EL LAGAR


Me lo encontré ayer en mitad del tiempo.
Era una de esas mañanas de domingo luminosas y preñadas de sol que a veces regala el Sur. Después de un desayuno frugal decidí hacer uno de esos largos paseos sin rumbo, en los que suelo perderme entre lomas y caminos cuyos nombres a veces sólo recuerdan los mayores.
Hacía calor y tras una hora de caminata decidí abandonar el cauce de un arroyo sembrado de cantos y seguir una senda que subía en el monte zigzagueando entre olivos. El camino me llevó a una hasta un antiguo cortijo abandonado.

Me acerqué con cautela presintiendo que algo iba a suceder. No sé si sólo me sucede a mí (imagino que no), pero hay momentos en los sé que voy a vivir un momento de magia.

Me lo encontré ayer en mitad del tiempo.

Una ventana de madera desvencijada y una carcomida puerta sin cerradura eran mudos cancerberos de aquella antigua vivienda. Empujé la puerta que se abrió con un crujido de madera podrida. Un viejo lagar con cuadra, salón y un dormitorio No había cocina, tan sólo una rudimentaria chimenea junto a la cual aún dormía una olla oxidada. Después de unos minutos salí nuevamente al camino. De pronto algo se movió a mi derecha.
Me lo encontré ayer en mitad del tiempo.


Se acercaba con paso rápido y respiración jadeante. Pantalón de chándal azul, camisa a cuadros y zapatos negros. Caminaba con como quien tiene prisa, protegida la cabeza con un sombrero de paja, un canasto enganchado del brazo derecho, y un viejo transistor en la mano izquierda donde Radio Nacional contaba vidas lejanas.

Me lo encontré ayer en mitad del tiempo.
Inicialmente creo que ni siquiera nos conocimos, nos miramos como dos extraños junto a la puerta de aquel lagar centenario.
-¿Eres tú? –me dijo apartando el transistor de la oreja izquierda.
-Sí, claro –creo que mi voz sonó como una excusa- estaba dando un vuelta por el campo.
Allí estaba Antonio, aquel que siempre ganaba en las carreras del colegio; el portero del equipo en los recreos de pan con chocolate de tercero de EGB. Allí estaba Antonio, el mismo que siempre que reía nos contagiaba ataques de risa porque se reía con la i, el que jamás se negó a prestarme su sacapuntas.
-Joder quinto, no esperaba encontrarte por estos parajes –me sonrió.
Nunca antes nadie me había llamado quinto, pero era cierto que éramos quintos. Parece que sucedió hace mil años, pero una tarde de febrero , quince jóvenes, Antonio y yo mismo nos tallamos. El policía municipal nos pesó, nos midió y nos tomó los datos para hacer la mili. Después, en una especie de rito iniciático, empezamos a beber alcohol como cosacos hasta casi desfallecer.
Luego la vida nos separó y cada uno siguió su camino. Yo sabía lo de Antonio, su vida y peripecias. Seguramente él también sabía mi recorrido en los veinte años que nos separaban.
-¿Cómo te va? –le pregunté.
-Bueno, ya sabes; yo sigo con lo mío –su mirada destellaba tristeza- la verdad es que salgo a andar para despejarme un poco.
-Todo mejorará, no te preocupes –le dije.
-Dios lo quiera quinto –respondió- Dios lo quiera. ¿Quieres una pesicola?
-Venga.
Me lo encontré ayer en mitad del tiempo.
Hablamos de los recreos y las tardes de fútbol en aquel campo lleno de piedras. Hablamos de aquella borrachera de los quintos del setenta y de las chicas que no conquistamos. Nos reímos al recordar que finalmente ninguno de los dos fuimos a la mili
-jijijiji, lo único que sacamos de la mili fue una borrachera como un piano –me dijo volviéndome a contagiar su risa.
También hablamos de cosas que no debo contar y que se quedarán en aquel viejo lagar entre olivos.
Quedamos en vernos pronto. Quizás el próximo domingo, quizás dentro de otros veinte años.
Me lo encontré ayer en mitad del tiempo, y debo decir que fue una de las mejores  pesicolas he bebido.

EL DÍA MÁS FELIZ DE TU VIDA. ¡UF!

Es una pregunta que me hago con cierta frecuencia, y que normalmente me cuesta trabajo responder. He conocido mucha gente que lo tiene muy claro. Sin duda es el número uno y el menos original: el día más feliz de su vida coincide con el nacimiento de su hijito o hijita. Así, sin más. A bocajarro y sin más planteamientos. Es algo respetable, desde luego, e imagino que en ello intervienen factores culturales, hormonales, y mecánicos pues el alivio de poner fin a nueve meses de gestación incómoda y varias horas de dolor es algo para tener en cuenta; pero debo decir aun a riesgo de parecer un poco insensible, que el día del nacimiento de mi hija no fue el día más feliz de  mi vida (claro que no fui yo quien dio a luz), fue un día de inseguridad, vértigo por el futuro y sensaciones importantes. Pero definitivamente no el día más feliz de mi vida.
También puede coincidir tu día más feliz con el día de tu boda, con la consecución de la Liga por tu equipo de fútbol, aprobar unas oposiciones o conseguir un premio de lotería (eso los menos).
Mucho más raro eres si lo que recuerdas es tu primera comunión, tu primera noche con alguien especial, o tu primera cita. Si lo que recuerdas es el día que aprobaste el carnet de conducir es que algo empieza a fallar.
Para mí es difícil hablar de días felices, pues suelo tener memoria de pez, y me gusta más pensar en momentos de felicidad. Son esos ratos en los que respiras  y dices: 
-Uf.
Y no necesitas más. Con un simple "uf" lo sientes todo. Luego la vida sigue, pero ese instante ya no te lo puede robar nadie.
Esos momentos quizás son más frecuentes, aunque también cuesta identificar el momento más especial de tu vida. Quizás lo recuerdes como una experiencia sexual única, el reencuentro con alguien especialmente querido o con el día en que conociste a Rafa Nadal.
Hace dos días estuve en la nieve. Jamás he esquiado y todo lo que sean menos de 22 grados me parece frío siberiano. Odio la nieve y suelo caer con una cadencia de un ceporretazo cada treinta segundos. Pero mi hija, a sus nueve años, quería nieve y nieve tuvimos.
Eran las doce y media de la mañana y el termómetro marcaba tres grados bajo cero. Yo iba embutido como un salchichón en la ropa que había alquilado, incluido un casco casco que me impedía oír, unos guantes que me impedían sentir nada y unas botas incomodísimas. El primer intento de hacer algo asimilable a esquiar había acabado en un traumatismo importante en mi hombro, así que decidimos optar por los roscos. Se trataba se transportar una especie de flotador hasta lo alto de una colina y lanzarse. Y así una y otra vez golpeándote los puntos más insospechados al llegar abajo.
Después de casi una hora, varias subidas con sus correspondientes bajadas me faltaba la respiración, me dolía casi todo, mi nariz insistía en gotear un liquidillo salado y estaba a punto de plantarme y decir que no subía más.
-Papi ¿sabes una cosa? -me dijo mi pequeña.
-Dime -respondí esperándome lo peor.
-Me parece que este es el mejor día de mi vida -me dijo regalándome una sonrisa.
No recuerdo un Ufff más grande en los últimos años, claro que debo recordar que tengo memoria de pez.
PS: Subí siete veces más, me golpeé la muñeca derecha, hoy me duelen todos los huesos del cuerpo y seguramente volvería a subir quinientas veces por una sonrisa como aquella.
Y tú...¿recuerdas tu momento uf?

PADRES

Después de 12 horas en la que he visto, explorado, diagnosticado y tratado a 62 niños he llegado a unas conclusiones muy básicas:
-El padre modelo suele estar de acuerdo contigo en que "la gente viene al hospital por cosas poco importantes", aunque no suele ser consciente de que ellos han traído a Yumalay por fiebre desde hace media hora.
-Las abuelas en consulta son un elemento que suelen anular al niño, a la madre, incluso al médico.
-Los niños de entre 5 meses y 3 años tienen algún sistema glandular aún desconocido por la medicina moderna que hace que cuando le metes el depresor para verle la garganta te lance un moco verdoso que suele proyectarse certeramente contra tu ojo.
-Las madres a las que les suena el politono de "mosa mosa asi voce me mata" suelen tener la afición de tatuarse el nombre del nene en  la muñeca.
-Si el padre interviene en el terrorífico relato de síntomas que la madre hace acerca de "la fiebre que no se le baja con nada al niño" diciendo "bueno un poco mejor está", el señor se puede considerar automáticamete sentenciado con una mirada asesina y la lapidaria frase de "porrfavor cari, no me interrumpas"
-El parto produce en la inmensa mayoría de las señoras una extraña deformidad del cristalino del ojo, ello hace que siempre vean a sus hijos flacos, desnutridos, deshidratados y poco reactivos.
Es fundamental mantener el buen humor a lo largo de toda la jornada de trabajo si quieres sobrevivir.
Y en mi penúltimo paciente, un chico de ocho años con fiebre y tos, me dispongo a hacerle la receta, y le pregunto:
-¿Y cuanto pesa Pablo?
-La verdad, no lo sé -responde la señora madre- hace tiempo que no se pesa, imagino que unos treinta y pocos.
-Ahí tiene un peso -le digo señalandole la báscula de consulta.
-¿Se puede usar? -me pregunta ella.
-Sí, claro -le respondo.
Entonces, como proyectada por un resorte, la señora madre se levanta y se pesa.

DANIELA


Me duele. Y me duele mucho...
Me llamo Daniela. Ya sé que no es un nombre para una vieja. Tengo casi noventa años y con mi edad lo normal sería llamarme María, Dolores, Concepción o Ana. Pero Padre siempre fue así de moderno y me puso el nombre de una camarera que conoció en uno de sus viajes a Argentina.
Me duele, sólo Dios sabe cuánto me duele.
-Daniela Racua, para servir a Dios y a usted –me insistía doña Angustias, la maestra del pueblo. 
Sólo fui unos meses a la escuela. Eran tiempos malos aquellos. Padre siempre embarcado, Madre servía en casa de unos señores y nosotros, siete hermanos, compartíamos la sopa ajo, la muñeca de cartón (se llamaba Lala) y una cama llena de chinches.
Padre no era muy religioso, pero Madre me explicó que hay un cielo, y un Dios que te recompensa si eres buena persona.
-Aunque a veces verás cosas difíciles de comprender –me decía Madre.
Me duele mucho, ojalá esto pase pronto.
Empecé a trabajar con siete años, y estuve diez años sirviendo en casa de los Montiel. Fueron unos tiempos muy buenos; hasta que una mala mañana el señorito don Álvaro se intentó propasar. Me dijo que o me dejaba hacer o me volvía para el pueblo. Esa misma tarde me dieron tres reales y me pusieron en la calle. En aquellos años aprendí a hacer todas las cosas de la casa, las cuatro cuentas y descubrí que la Virgen siempre vela por nosotros (bueno, casi siempre, sobre todo si le rezas con devoción).
Vaya si me duele, esta vez no se me pasa…
Volví al pueblo, y siete meses más tarde vinieron a casa buscando a Padre. Al parecer estaba en el bando equivocado. Hasta para la guerra hay que tener suerte. Se llevaron a Alberto y a Natalia, mis dos hermanos mayores. No he vuelto a verlos; tampoco a Padre. A Madre le pelaron la cabeza. Fueron muy malos años aquellos. Pasamos hambre. Mucha hambre.
Una tarde, al salir de la iglesia me encontré con el señorito don Álvaro. Él había elegido bando mejor que Padre. Volvió a repetirme la proposición. Fuimos a una fonda. No volvimos a pasar hambre durante varios años, hasta que el señorito don Álvaro se buscó otra. Imagino que no estuvo bien aquello que hice, pero había que hacerlo y hecho se queda. Nunca lo he contado a nadie más que a ti.
Me duele mucho, si alguien me ayudara…
Me casé con veinte años y tuve seis hijos, uno se me murió de anginas con seis años. Manolillo le decíamos al pobre. Mi marido, Antonio se llamaba,  fue el mejor hombre del mundo. No era hombre de letras, pero se mató a trabajar para sacarnos adelante. Nunca supo lo que me hizo el señorito don Álvaro. Se hubiera buscado una ruina, y la familia Montiel eran gente de calidad. Gracias a la Virgen María, mis otros cinco hijos crecieron sanos.
Me duele tanto la barriga, además el hierro de la camilla me hace daño en la mano…
Tengo quince nietos y tres bisnietos. A mi Antonio se lo llevó Dios una tarde del mes de Mayo de hace seis años. Se le paró el corazón mientras regaba las plantas de tomates. Dios lo tendrá en su gloria, con Madre y Padre. Con mis hermanos y con mi Manolillo.
Aún puedo caminar con un bastón y siempre hay alguien que me ayuda. El viernes es la fiesta del Carnaval, y quieren que vaya a ver a mi bisnieta. Se llama Daniela, y tiene siete años. Daniela, como yo. Hoy ya no es un nombre raro. Hace dos días me trajo una máscara y un gorrito para que me lo ponga en la fiesta.
Le dije que yo ya soy muy vieja para estas cosas, pero quien sabe, igual me pongo el gorrito, le hace ilusión. Daniela es guapísima; tiene los ojos de Padre.
Pero desde hace una semana tengo este dolor, por fin esta mañana me trajeron al hospital y ahora estoy en esta camilla. Me duele, me duele mucho…
Llevo varias horas aquí. Imagino que es normal. Hay mucha gente que pasa de un sitio para otro. De vez en cuando viene un chico vestido de verde y me pregunta si necesito algo. Me sonríe y me alisa el pelo. Le pedí agua pero me dijo que nada de beber ni comer, luego le dijo a una jovencita que me mojara los labios con una gasa.
El viernes será una gran mañana. Decidido, me pondré el gorrito y el antifaz. Seguro que Daniela se monda de la risa.
Me duele, me duele mucho…
Víctor Bárcenas sigue hablando por teléfono:
-…ochenta y nueve años y buena calidad de vida previa.
-Pero sabes que poco arreglo tiene con lo que me acabas de contar -responde alguien al otro lado de la línea.
-Ya, pero quizás se podría intentar algo.
-Además con casi noventa años –recalca el cirujano- no tiene ni una posibilidad entre mil de salir adelante. Como no sea un milagro…
Me duele, aunque me duele menos. El chico de verde ha vuelto. Me ha sonreído, pero su mirada parecía triste. Ahora ha sido él quién me ha mojado los labios.
Tengo sueño. Qué tontería; ahora me acuerdo de Lala. Era una muñeca de trapo preciosa, tenía una camisetita rosa con sus botones y todo. También me acuerdo de Padre, siempre me besaba la frente cuando volvía de sus viajes. Tengo sueño; no sé si estaré mejor para el viernes. Ojalá la Virgen quiera.
Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros…

CÓMO ACABAR CON TU MÉDICO

Aunque de todos es sabido que los médicos y sanitarios en general somos unos seres ungidos por la gracia divina, y por ello inmortales, que nuestra paciencia es infinita y que nuestra vocación haría que trabajásemos gratis, también es recomendable no tentar a la suerte. Por ello convertiré mi post de hoy en una especie de “consejos al paciente”. Y no hablaré de dietas saludables, ejercicio físico o dejar de fumar. Asumo que tú, querido lector o lectora, eso ya lo sabes. El post de hoy versará acerca de la salud de tu médico.
Es conveniente conocer una serie de técnicas o conductas saludables, pues con ellas evitarás que la salud mental de tu médico caiga en barrrena. También debes saber que con una adecuada dosis de estas conductas aplicadas en consulta de forma inteligente puedes acabar con tu doctor en poco tiempo.
El trabajo de acoso y derribo se inicia antes de acudir al médico. Para ello es fundamental no ducharse previamente ni ponerse ropa limpia (menos aún calcetines nuevos), y acudir urgentemente por un catarro desde hace una semana. Puedes elegir, o bien acudes a urgencias del hospital o a tu médico de familia sin número.
Ya en consulta, no debes bajar la guardia y golpear al inicio de la entrevista. Para ello puedes colocar tu bolso en la mesa del médico, y sacar de ella una carpeta llena de papeles variados (informes de altas de hace once años, resguardos de recetas, resultados analíticos de diversos familiares, cartas con citas para especialistas vasrios y algún recibo de la luz), una vez realizada esta técnica, mirarlo de frente y decirle “ya era hora”.
En cuando te pregunte sobre alergias, puedes golpearle con frases enigmáticas como “alérgico no, que se sepa”, o mejor aún “no…hasta este momento”, dando la sensación de que eres una especie de bomba de relojería de las alergias. También puedes usar “soy alérgico a algo, pero no recuerdo a qué”, y si realmente quieres liquidar a tu doctor con una buena carga de profundidad te recomiendo “sí, alérgico a casi todo…creo”.
Luego te preguntará acerca de tus enfermedades; aquí puedes poner cara de Iker Jiménez y responder con cualquiera de estas frases:
-¿Enfermedades?, si yo padezco casi de todo.
-Sí, tomo muchas cosas pero no recuerdo como se llaman, pero son unas pastillitas amarillas para el azúcar.
-Sí padezco del corazón, pero no sé lo que tengo.
-Sí tomo muchas pastillas, mire usted en el ordenador que seguro que aparecen, y si no aparecen, podemos ponernos a mirar en estos papeles.
Si compruebas que tu doctor empieza a teclear golpeando las teclas con furia, quiere decir que lo tienes tocado; de todas formas te preguntará acerca de qué te sucede. Ahí debes seguir con la labor de zapa:
-Me duele “todo”.
-Me encuentro mal pero no sé lo que me pasa.
-Usted no puede imaginar como me encuentro.
-Realmente yo lo que necesito es que me vea un traumatólogo, no usted.
-Estoy resfriado, pero ya que estoy aquí, me gustaría que me diera su opinión sobre un bultito en que tengo en la ingle.
Está demostrado; con cualquiera de estas cuatro frases subirán un 32% la frecuencia cardiaca de tu, hasta ahora, inmortal galeno.
Cuando el médico te ausculte y te pida que respires, recuerda que la respiración consta de dos fases: coger el aire y soltarlo. Pero es útil quedarse con el aire cogido durante varios segundos esperando la orden del médico para soltarlo. Igualmente puedes hacer ruiditos cerrando la laringe al espirar tales como jihhnn, jihnn, o ayyy ayyy.
Si te pide que tosas es importante mirarlo fijamente a la cara y entonces emitir una tos cavernosa, procurando acertar con las gotitas verdosas en su ojo.
También debes recordar que auscultar significa oír todo el tórax, pero puedes bajarte un poco el cuello indicando al médico que coloque el fonendo en el canalillo, entre la medallita de la virgen y el pañuelo (¿porqué algunas mujeres llevan un pañuelito entre los pechos?)
Cuando te toque la barriga es importante decir que duele todo, mucho y en todas partes eso contribuirá a que el color rojo de su cara pase a un azul violáceo.
También suele ser muy efectivo coger el teléfono en mitad de la entrevista, olvidarse del médico y explicarle a tu pareja la causa por la cual estás en el médico y que “esperas que te vea el especialista, porque si no…”.
Si te solicita una radiografía de abdomen, es conveniente la consabida “¿nada más que una radiografía?” o sugerirle que “¿la barriga no se ve mejor con una eco?”. En caso de que el médico se ponga duro siempre puedes refrescarle la memoria y recordarle que pagas “la seguridad social, con lo cual le estás pagando el sueldo”. Si compruebas que en ese momento el doctor se pone color berenjena no te incomodes, siempre queda el infalible argumento de que “la última vez que vine a urgencias “me echaron a pesar de lo mal que estaba”
También puedes mirar acusadoramente al doctor y apostillar que “ya he venido tres veces por lo mismo y lo que me han dado no me hace nada”.
Y en caso de la consulta de pediatría no es necesario ser tan sutiles; basta con cambiar de pañales al niño en mitad de la entrevista, exigir al médico una completa explicación acerca de la anatomía de la vía aérea, sugerirle que “esa fiebre que tiene el niño no es normal” y rematarlo comentando al salir a los padres que están en la sala de espera “que el médico no sabe lo que le pasa, le ha dado apiretal y dalsy, para eso no me hacía falta venir, digo yo. Me lo llevo a Don Juan”.
En definitiva, querido lector o lectora: todos somos personas, a todos nos molesta, duele o chirria ciertas cosas; si evitamos ciertas conductas, aunque sea por mera delicadeza, quizás contribuyamos a llevarnos mejor.
Por cierto, también están las conductas de los médicos hacia los pacientes, pues no estamos libres de culpa, y eso debe ser motivo de otro post.

LA PUERTA

Son casi las nueve de la noche y ella está a punto de tirar la toalla. Son las nueve de la noche y él está a punto de dormirse.
Alicia tiene veintiseis años, el pelo corto y unos impresionantes ojos negros. Hace apenas unos meses que ha terminado la carrera. La verdad es que hasta el último día había dudado entre periodismo y medicina, pero finalmente eligió la segunda, quizás gracias a la influencia de sus ilusionados padres. Tras siete años sin pena ni gloria, había obtenido un título que sólo servía para presentarse al examen MIR. Seis meses de academia y un buen examen le dieron la posibilidad de elegir especialidad. Hasta una hora antes de la elección dudaba entre Medicina Interna, Dermatología o Traumatología. Casi por azar eligió la tercera, y ahora se encuentra en aquel momento...
Marcelo Blesa tiene ochenta y dos años, un gato gris, una pensión miserable y una diabetes complicada. Apenas ve, su riñón funciona más mal que bien y sufre continuos calambres en las piernas. Siempre vivió solo.
Alicia eligió plaza en un gran hospital de Madrid porque le dijeron que allí se formaban los mejores traumatólogos del país.
-El primer año, deberás hacer guardias de urgencias -le explicaron- y luego sólo harás guardias de traumatología, fuera de La Puerta. Aquello es un infierno, pero verás como pasa rápido.
Después de un mes de aclimatación, Alicia empezó en La Puerta. La Puerta es el área de urgencias, la policlínica, la zona por donde entran todos los pacientes, el filtro donde el médico debe interrogar, diagnosticar, tratar, y decidir qué pacientes están graves y quienes pueden volver a casa; quienes deben ser valorados por especialistas o cuando se debe pedir una analítica, radiografía o ecografía...La Puerta.
Marcelo se nota mal desde hace unos días. Todo empezó con unas molestias urinarias, luego vino la fiebre, dos días depués dejó de comer y apenas bebe desde hace un día. Ahora apenas recuerda nada; se limita a respirar con dificultad y desear que alguien lo ayude...
Esto no es lo que Alicia había deseado. Tiene trece pacientes asignados, siete de ellos sin ver y con una demora de  tres horas. No recuerda cómo tratar una celulitis en un pie, una señora le acaba de recriminar que va muy lenta,  debe llamar al cirujano porque es la primera vez que se enfrenta a una posible apendicitis...y ahora la camilla.
Marcelo mira a ambos lados y comprueba la actividad frenética, gente de azul, de verde o de blanco que se habla entre sí, caminan con paso ligero y a veces intercambian alguna broma.
-Oiga señorita -intenta llamar a alguien que pasa por allí. Tiene sed y cada vez le cuesta más respirar.
El cirujano le ha dicho que no tiene ni idea, y ya son catorce los pacientes de su consulta-6, cuando una extraña sensación de irrealidad se apodera de Alicia. Se nota ajena a todo, sólo quiere huir, volver a aquel maldito momento de hace siete años y coger periodismo. Le vendría bien un pitillo, pero eso supondría encontrarse con quince pacientes a la vuelta, mejor tragarse las lágrimas y seguir. Mira la pantalla:
-Blesa Landa, Marcelo: paciente de ochenta y dos años con deterioro del nivel de conciencia -lee casi en voz alta en la pantalla- hoy me ha tocado el premio gordo.
El anciano de pelo canoso y barba de una semana se encuentra realmente mal, ahora le duele el pecho, está cansado, muy cansado. Son las nueve de la noche y Marcelo empieza a dormirse.
Son casi las nueve de la noche y ella está a punto de tirar la toalla, porque pensaba que la medicina era otra cosa.
Ha llorado. Todos los residentes lo hacen alguna vez. Y lo hacen porque son personas. Alicia ha llorado pero sólo durante el tiempo justo de secarse las lágrimas. Luego se ha acercado a la camilla.
El paciente nota un movimiento a su derecha; alguien se le acerca. Abre los ojos con dificultad.
Se encuentra con la mirada de una joven vestida de blanco, entonces un pensamiento absurdo acude a su mente (parece que la joven ha llorado).
Marcelo nota una mano cálida, como de seda, que coge su propia mano, oye una voz suave muy cerca, pero apenas entiende nada.
Alicia sabe que si se entretiene demasiado su lista de pacientes va a dispararse, su demora se multiplicará y que incluso es posible que le pongan alguna reclamación.
Él no ha respondido a las preguntas, y sin duda será difícil llegar a un diagnóstico.
-Ayúdeme Marcelo -susurra, casi suplica la joven médica.
Alrededor  personas que se mueven, ruído de camillas.
-Ayúdeme doctora -él intenta esbozar una sonrisa de agradecimiento.
Afortunadamente para Marcelo, la joven médica del pelo corto y grandes ojos negros le dedicó todo el tiempo necesario. La lista de la consulta-6 llegó a diecisiete pacientes, la demora fue de cinco horas y un señor con dolor de rodilla desde hacía un mes puso un reclamación.
El anciano de pelo gris no se durmió, la joven de grandes ojos no tiró la toalla y la vida siguió en aquel gran universo de La Puerta, donde cada día cientos de personas se necesitan entre sí.
Y allí, a las nueve de la noche de un invierno cualquiera, en La Puerta de un gran hospital de Madrid, Alicia descubrió el sentido la Medicina. 

DEMASIADAS NOCHES SIN TI

...y no puede dejar de pensarlo.
Todo había empezado casi como una broma; recordaba que fue una noche celebrando la victoria de su equipo preferido. Habían bebido y se acabaron perdiendo entre la multitud. Fue una noche extraña como son todas las primeras noches. 
Los siguientes doce meses fueron fantásticos; hasta que la chispa se apagó (cosas de la vida, cosas de la vida...). Algo había salido mal, quizás alguien tuvo la culpa pero eso ya no importaba.
...pero no puede dejar de pensarlo.
Un día de Mayo se dijeron adiós, porque las personas civilizadas se despiden de forma educada. No hubo lágrimas ni tragedias, sólo un sentimiento de que algo se perdía para no volver.
-Siempre es así -le dijeron- deja que pasen los meses y lo olvidarás.
-Jodido tiempo que todo lo cura -maldijo.
Poco a poco el polvo del tiempo cubrió de olvido las heridas. Sólo quedaban cicatrices resecas y endurecidas por el pensamiento racional.
Ella sabía que aquello no hubiera llegado a ninguna parte.
Pensó en él cuando sonaba el teléfono; lo esperó tras cada número desconocido, tras cada esquina, tras cada mirada.
A veces era un trozo de tarta de chocolate junto al Moldava, a veces el olor de la hierba fresca, incluso una vez creyó encontrar su mirada en un chico de ojos azules que bailaba en Covent Garden a cambio de unas libras.
Otra vez fue una canción de Norah Jones, o simplemente lo recordaba al descubrir que aún debía arreglar aquel cajón del baño.
Han pasado muchos años, pero hoy lo recordó mientras el sol acariciaba las plácidas olas de su vida. Era curioso porque hacía meses que su recuerdo dormía anestesiado.
Era una mañana cualquiera de un día cualquiera. Ella paseaba por una calle fea y llena de gente anónima en una ciudad con playa.
Y allí estaba él. Miraba un escaparate con aire distraído. Quizás con más canas, incluso con algunos quilos de más, pero era él, no cabía la menor duda. Tan presente como siempre, tan ausente como nunca.
Ella se acercó en silencio
-¿Eres tú? -su voz sonó absurdamente asustada.
No se hablaron, sólo se acercaron entre la multitud.
Esta vez tendió su mano y no sintió, como antaño, la necesidad de despedirlo. Habían pasado quince años (demasiadas noches sin ti).
Se fundieron en una sonrisa. Entonces Rosa despertó.