NIÑA DE ARENA

Es una niña que vino del desierto más árido de la Tierra, una niña de Sahara. Ella es Zeina, la niña que vino de entre la arena. Su madre le había contado, en una noche estrellada, que los padres de sus padres fueron expulsados de sus casas, de sus playas, de su país, y encerrados en un campo de refugiados en el desierto de La Hamada. Todos esperaban que el sol y la arena hicieran el resto, sin embargo allí seguían treinta años más tarde. Cosas de mayores que Zeina no entendía. Yo tampoco. Llegaron aquí una madrugada de Junio .Uno de esos aviones negros de las líneas aéreas argelinas abrió su boca luminosa y cual demudados espectros empezaron a bajar la desvencijada escalera aquellos niños de apenas diez años que miraban con ojos redondos, mezcla de miedo y admiración aquel nuevo país, donde les habían dicho que había agua, mucha agua, toda la comida del mundo y también los verían los médicos españoles. Me desperté pronto la mañana siguiente y lo primero que vi fue su cuerpecito frágil, como de cristal oscuro. Delgada, muy delgada, con la cara redonda, extraordinariamente guapa en sus nueve años y con unos ojos
generosos y profundos, aunque con la mirada de una persona que ha padecido. Es una lástima, pensé, que una niña de nueve años tenga una mirada de haber sufrido. Nos hemos mirado. Dos personas desconocidas en medio de un pasillo. De inmediato he pensado que Zeina tiene una mirada sabia. Le sonrío, quizás es un arcaico gesto de amistad; en un intento de aproximación acaricio su cabeza. Me mira con curiosidad, con seriedad. No sonríe, simplemente me mira.
Han pasado dos días y Zeina no sonríe. Tampoco llora. Esta mañana llamamos por teléfono a su familia. Le acerco el teléfono a su mano temblorosa.
–Es mamá -le digo. Zeina habla con su madre, al otro lado de la línea. No llora, pero mientras habla las lágrimas recorren su cara. La dejo sola aferrada con fuerza al teléfono móvil, debo respetar su intimidad. Al terminar la conferencia, me mira nuevamente, una mirada tan tremendamente inocente que me ace sentir culpable. Culpable de vivir en una sociedad del abuso, donde morimos de obesidad, culpable de ser uno de los que vivimos en la opulencia y el despilfarro, mientras miles de niños pierden la sonrisa por pura hambre. Siento necesidad de pedirle perdón por haberla separado de sus padres, de su casa, de sus hermanos, de pedirle perdón por hacer que su gente viva en la iseria más absoluta. Pienso que quizás me traje a Zeia para sentirme mejor, para limpiar mi conciencia de niño rico, pues todos los que vivimos “en este lado” lo somos. Esta noche algo cambió. Estábamos descansando tras la cena en la terraza y pensé en hacer un viejo truco de magia a Zeia. Un truco que me enseñó mi abuelo, aquel cazador de conejos con hurón, cuando yo era niño. Es un truco simple pero ingenioso, en el que hago desparecer una moneda y luego reaparece de forma mágica. Zeia abrió los ojos como platos mirando mis manos ejecutar un juego que no realizaba hace años. Al terminarlo, la niña se quedó mirando mis manos, la
moneda había desaparecido. Sube su mirada a mi cara, nos miramos a los ojos…brillan en la semipenumbra y veo como va desplegando una sonrisa maravillosa. Le sonrío, y Zeia me sonríe. Entonces señala al cielo con su dedo índice:
-Luna bonita –me dice.
Es su regalo. Me regala su luna a cambio de mi truco. Jamás pensé que la magia llegara a proporcionar un momento tan increíblemente mágico. Ella no lo sabe, quizás nunca lo sepa, pero su regalo no fue su luna, fue su sonrisa.

No hay comentarios: