Mi primer relato

Empiezo a colgar cositas con mi relato preferido, el primero que escribí este año
LA VISITA
Ayer la visité después de varios meses. Es algo que siempre voy dejando para otro momento. Pero ayer pasé por su puerta y me apeteció verla.
Pequeña, muy pequeña, y aferrada a su bastón. Pareció estar esperándome, porque la encontré junto a la puerta de la casa. Entramos al salón, iluminado sólo por una lámpara triste. El televisor apagado desde hace cinco años en que murió el abuelo; un reloj sobre la mesa camilla marca de forma cansina el ocaso de una vida…tic, tac… Ella sigue en pie, agarrada al bastón de madera que un día le hiciera el abuelo, y me mira. Beso sus mejillas y noto su cara tibia, y un olor extraño que me recuerda mi infancia.
Ochenta y siete años de lucha y el mismo miedo a la muerte que hace cincuenta años. Aún recuerdo cuando me preguntó hace un año, presa del pánico, si aquel dolor en el pecho eran los signos de que ya le tocaba irse.
Se sienta, nos sentamos…y mira la foto del abuelo. Mi abuelo, fallecido cinco años atrás. De joven fue cazador de conejos con galgo y hurones, y se conocía todas las hierbas medicinales. Experto en curar dolores de barriga, empachos y fiebres a base de infusiones y emplastos. Unas fórmulas que nadie conoció y que se llevó a la tumba. Un hombre sabio que me enseñó que la risa curaba, y al que sólo vi llorar una vez: el día que marché a estudiar a la capital. Su regalo: Un limonero que plantó y cuidó para mí, y hoy lo cuido como algo más que un árbol. Un aneurisma abdominal lo partió en dos una tarde de agosto sin tiempo para despedidas (una mala tarde la tiene cualquiera diría sonriendo donde quiera que esté).
Ayer la vi, después de varios meses y en un segundo mi mente se inundó de olores a guisos, de sabores de colonias antiguas, de mañanas aprendiendo a hacer trampas para pájaros con dos piedras y tres palitos y de tardes rebuscando en armarios llenos de tesoros de los abuelos.
María la Molinera le dicen. Arrastra sus pies por el salón. -¿Qué buscas abuela?-pregunto. Se afana con el monedero buscando unas monedas con las que obsequiar mi visita como hacía antaño.
Me siento a su lado y los dos miramos la foto del abuelo. Él nos mira, sonriente, desde la foto sepia, con una liebre en una mano y una jaula de hurones en la otra. Un galgo le acompaña. Feliz.
Niño-me dice- no recuerdo como te llamas, qué pena. Seguimos en silencio…la abrazo..tic tac..

Playas de Nerja, Enero de 2008
Salva

1 comentario:

adriana dijo...

hola, te escribo por que yo tambien tengo mi padre, ya de 84 años, y ya la memoria le esta jugando unas pasadas que ya le cuesta recordsr que hizo a primeras horas de la mañana, eso si tiene presente, la primera vez que fue a la escuela hace ya mas de 75 años ..cosa de los abuelos.....ya te contare cin mas detalle mas anecdtas..un saludo