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A las cinco de la madrugada es difícil escribir. Más aún si te has tomado varios gintonics. Más dificultad adquiere la escritura cuando estás solo en la playa y acabas de navegar en una sonrisa de fresa.
Cinco de la madrugada y diez minutos y sigo mirando el cielo estrellado buscando en la cara B de mi alma una excusa para justificar mis decisiones, mis contradicciones, mis esperanzas, soy piedra pequeña al albur de las olas.
Algún día contaré por qué no acudo a bodas ni funerales; algún día contaré por qué me gustan las almas ajenas, los sentimientos, por qué disfruto el segundo vital, reir, saltar, bailar ,viajar, conocer, escribir…piedra pequeña rememorando vidas. Quizás hoy es el día de contarlo. No se trata de una historia, de otra historia, no es cualquier historia.
Él tenía treinta años y yo algunos menos. Años noventa. Siempre lo admiré de alguna manera. Aún lo recuerdo con su aire entre melancólico y risueño. Sonrisa triste la suya, y apasionado. Apasionado sobre todas las cosas. En la amistad, en la política, en el amor.
Recuerdo de noches de verano y feria de pueblo con orquesta y tiovivos. Olor a patatas fritas y perritos con mostaza. Noches de azul Larios y porros, noches de risas fáciles mojadas con sexo furtivo. Él siempre estaba por allí paseando su sonrisa triste, exponiendo sus ideas, charlas eternas con amigos del alma (preciosa expresión, Amigos del Alma…), y su mente lúcida y brillante entre todas.
Tardes de verano y chocolate con una Olivetti claveteando ideas sobre blanco, soñando revoluciones imposibles. Eternas reuniones desgranando cambios sociales, sonrisa triste, mente brillante. Siempre cercano a él, su compañera, la guapísima Lucía y su hijo Rubén, de apenas cinco años, con la mirada profunda de su padre. Rojas tardes de verano con un gran hombre, con un hombre realmente bueno.
El destino giró una absurda tarde de otoño, cuando notó que en las últimas semanas se cansaba más fácilmente. Los siguientes meses se convirtieron en un rosario de fríos pasillos de hospital, consultas desangeladas, médicos con prisas, prisas…sus vidas entraron en una cruel montaña rusa.
Finales de enero: de la mano de Carlos cae un papel y suavemente va planeando hasta posarse a sus pies. En su mente retumban los ecos de la última frase que acaba de leer: “…hallazgos en definitiva compatibles con la sospecha clínica de Esclerosis lateral amiotrófica”. Mira abajo, en el suelo ve un papel irreal sobre un suelo irreal. El mundo gira.
En un intento mágico de convocar a los dioses se sienta una tarde frente a la playa, grita y arroja al viento todos los papeles, los informes, las historias clínicas. Los papeles revolotean y se alejan. La enfermedad se quedará. Baja la mirada ; piedras pequeñas, redondeadas a base de golpes de mar, que se mueven al son de las mareas…Carlos de sabe piedra pequeña.
En apenas unos meses la enfermedad lo va devorando, carcomiendo sus neuronas motoras, destrozando sus músculos, angulando su rostro. Carlos deja de caminar, de usar las manos, la vieja Olivetti se queda en un rincón, incluso va desapareciendo su voz. Sólo va quedando su mirada inteligente y brillante, y su mente…su mente.
Maldijo mil veces, en esas noches en las que uno se siente solo consigo mismo, a aquella enfermedad que lo devoraba sin piedad condenándolo a mantener la lucidez necesaria para sufrir lo indecible. Llegó a desear la locura, pero la locura nunca llegó.
Nada pudieron hacer los médicos, nada los rezos, nada las ganas de luchar. Piedra pequeña siempre pierde ante la marea, siempre pierde.
Rubén, ya con siete años, es testigo silencioso de esa lucha titánica y sin sentido. Cuando puede se refugia en los ojos de su padre que lo mira en silencio intentando vocalizar lo que siente. No puede, no puede.
Lucía aprieta los nudillos y sigue suplicando, rezando para que cada noche acabe con una mañana de esas en las que apenas recuerdas un mal sueño.Pero no, no es un sueño. Hasta que un día deja de suplicar, de rezar. Piensa que no es justo. Dios no puede dejar que esto suceda. Si es bueno, si es omnipotente, si es justo no puede permitirlo. Ese día deja de rezar, sólo les queda luchar.
Tarde de Mayo, de flores, de risas infantiles en la calle. Y golondrinas. El tórax de Carlos se agota. Hace unos días que se está ahogando, y ya no puede más. Y su mente sigue intacta. Oye niños en la calle. –Jodido destino –piensa. Sabe que no puede más, que se acerca el fin, y siente un alivio a la par que ese miedo que da el saberse al borde de un abismo inmenso y eterno. Abre los ojos con desesperación intentando agarrarse a la luz. En penumbras nota la silueta de Lucía a su lado, y a sus Amigos del Alma, siempre cerca. Quisiera despedirse, pero sabe que no queda voz, sólo una lágrima recorriendo su cara habla por él…adiós Amor. Y muere, se muere para siempre como aquellos toreros de antaño, muerto para siempre…piedra pequeña arrastrada al fondo del abismo por la marea nocturna.
Un niño de siete años aprieta los dientes bajo las sábanas queriendo volver a refugiarse en aquellos ojos tristes. Llora en silencio, piensa que no es justo, sabe que no es justo, pero los ojos tristes no volverán; adios papá.
Ya son las seis de la mañana, y ahí viene el sol naranja de la mañana. Me siento en la arena y miro: millones de piedrecitas multicolores bailando al ritmo de las olas.
Respiro profundo…y sigo.

Nota final: Carlos no se llamaba Carlos sino Pepe, Lucía no se llama Lucía, sino Josefina. Rubén sí se llama Rubén. Es mi sobrino.
verano de 2008.

2 comentarios:

Miriam dijo...

Conmovedor. Sé que está escrito hace dos años... pero acabo de leerlo...

Tus palabras llegan muy hondo, de verdad.

Miriam dijo...

Conmovedor. Sé que está escrito hace dos años, pero acabo de leerlo.

Tus palabras llegan muy hondo, de verdad.