SANDRA...SANDRA

-¡Doctora, doctora, venga rápido por Dios!!!
El familiar de un paciente en la zona de observación grita con la cara desencajada a la doctora. Ella se levanta de un salto y corre hacia el paciente. Ya la ha liado de nuevo. Un paciente pendiente de pasar a camas. Seguramente se ha parado (léase muerto en lenguaje coloquial).
-Lo sabía, lo tenía que haber pasado antes –piensa la doctora mientras una especie de calambre recorre su cuerpo imaginando el Cohíba que le va a caer (léase purazo en lenguaje coloquial). Se acerca…
-¡Doctora, que a mi padre se le está acabando el suero!
El miedo más grande de los pacientes no es el infarto, la trombosis, la gangrena ni la muerte súbita. El que se le acabe el suero y le entre aire en las venas, lo cual provocará que muera entre grandes sufrimientos, lleno de aire el cerebro por culpa de la enfermera que se fue a fumarse un cigarrillo es un pánico superior a todos. Ignoran que es imposible que suceda. La doctora Sandra Rupérez respira (se da cuenta que lleva diez segundos sin respirar). Sandra.
Sandra…la residente mayor de
Víctor Bárcenas.
Dos años antes…
Sandra Rupérez es hija de uno de los abogados más reputados de la ciudad (Victor siempre supo que lo de reputado sólo podía ser por dos cosas: o bien era por las tremendas putadas que se gastaba en los juicios, o bien por su afición a las meretrices y casas de alterne. Victor se inclinaba más bien por lo segundo dada la pinta de sátiro que se gastaba el muy melón).
Desde que la vio el primer día Víctor supo que aquella chica le gustaba. Guapa hasta no poder más, como decía Víctor, era lo más antitético a él y a la vez lo más parecido.

La típica niña pija, familia bien de la clase alta de la ciudad. Educada en un ambiente opusino, su infancia estaba plagada de mañanas en colegios de monjitas, faldas tableadas y jerseys azulmarino. Tardes tocando el piano en el té con pastas de las amigas de mamá, juegos con los primos Carlos Alfonso y Merceditas. Y fines de semana haciendo ejercicios espirituales entre personajes de mirada torcida.
Todos tenían asumido que Sandrita estudiaría derecho o económicas, y posiblemente se casaría con algún chico bien que conocería en la facultad (Cayetano, el hijo de don Lorenzo Medina otro reputado juez sería ideaaaaaal).
Pero Sandra creció…
A los diecisiete decidió que estudiaría medicina para irse con las monjitas del sagrado corazón a predicar en tierras africanas.
-Mira hija, eso de las monjitas está muy bien, pero tú… tú te mereces otra cosa. Te hemos hecho reserva de matrícula en Económicas en Navarra –le dijo una tarde su padre, apodado secretamente por Víctor el melón opusino.
Pero Sandra se mantuvo en sus trece. Es más, al acabar la carrera decidió que no cogería cardiología ni endocrinología ni dermatología como querían sus papis, especialidades de rancio abolengo y nombres bien largos. Cogería Medicina de Familia.
-¡¡¡Con dos cojones…!!! –le dijo guiñándole un ojo su profesor de bioquímica Peter Bissel, un vetusto profesor, médico de relumbrón en los años 60, suizo enamorado de España y relegado a los sótanos de la universidad por las altas instancias políticas hace más de 30 años por haber participado en las revueltas estudiantiles, eso es motivo de otro post.
Peter Bissel también fue el gran aliado de Víctor durante sus años de facultad, en los que pasaron tardes enteras delante de un café y un tablero de ajedrez hablando de lo humano y lo divino, de los peones y los alfiles de la vida, de los reyes y reinas. De las torres.
Fue Bissel quien los presentó una tarde de enero en el café del teatro. Víctor gustaba de dejarse caer de vez en cuando por allí. Acababa de llegar de Granada el día después de examinarse del MIR y le apetecía castigarse un poco con los amigos. Casualmente se encontró a Bissel y le estaba contando lo que todo el mundo cree único y superinteresante: su peripecia en el examen MIR. Ignoraba que era la misma cantaleta que Bissel había oído mil veces a sus exalumnos, aunque prestaba educada atención.
-¡Profesor Bissel!! –la voz de Sandra irrumpió como un rayo en la conversación ex alumno-profesor (no ex profesor, pues nuestros profesores los sentimos como tales de por vida, aunque dejemos de ser sus alumnos).
Sandra Rupérez. Sin duda los años de educación neocatecumenal dejaron en ella marca. Tenia el aspecto de niña bien, cara angelical y aspecto de no haber roto jamás un plato.
-La persona que jamás te haría daño…o que te haría tanto daño que te jodería el resto de la vida –pensó Víctor.
Venía fumando. Al darse cuenta de este detalle Víctor se supo perdido. No sabía por qué , pero una chica tan adorable que fumara con aquella pose era algo irresistible. Supuso que Freud tendría mucho que decir al respecto, pero el pobre se hallaba criando malvas longtime ago.
-Bueno, voy a depositar unos troncos en el aserradero –era la forma que tenía Bissel de decir que iba al wc , expresión aprendida durante su estancia en Canadá siguiendo a una adorable francesita que lo abandonó por un leñador alsaciano.
Se quedaron solos. Miradas.
-Joder, joder joder, ésta me ha trincado – al menos el preMIR Bárcenas era sincero consigo mismo. Estaba atrapado en aquellos ojos…

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