KIKOS

El relato que estás a punto de leer no es un cuento. No es fruto de noches de insomnio, ni de soledades compartidas. Es la verdad, la realidad que camina junto a nosotros por la calle. Normalmente dejo volar mi imaginación. Hoy no.
-¿Me das kikos? –dice Ramón.
Hacía más de doce años que no lo veía. Ramón el kikos hoy sería catalogado como discapacitado psíquico. En realidad es el tonto del pueblo. Así de frío, así de duro…así de cruel. Vivo en un pueblecito de la montaña andaluza. En los pueblos como el mío hay cosas que no cambian. Los niños corriendo por la calle, los cotilleos, las puertas abiertas, los viejos mirando obras, el médico, el cura, el alcalde, el guardia civil…y el tonto del pueblo.
Nacimos apenas con dos meses de diferencia, hecho que condicionó que compartiéramos los primeros años de colegio. En aquella infancia de Espinete y Mazinger zeta, de recreos con Tulipán y Revilla, en tardes de pan con chocolate persiguiendo ladrones, Ramón era uno más. Quizás algo más lento en las carreras, quizás más llorón en las caídas, quizás menos ágil en las mentiras, y con una peculiaridad: le encantaba comer kikos. Ramón el kikos le pusimos.

- ¿Me das kikos?.

Pocos años después se fue quedando en cursos inferiores mientras el resto íbamos avanzando. Mientras íbamos asaltando el huerto de naranjos, invadiendo albercas en verano o robando cigarrillos al kiosquero minusválido, Ramón siguió varado en su infancia, en su sonrisa, en sus saludos de hombre mayor, en sus cinco duros para kikos.
La madre de Ramón, María se llamaba, llevaba un tiempo sangrando de forma extraña. Una mañana de Mayo salió con destino al gran hospital de la capital. Iba a ver al ginecólogo tras largos meses de espera. Ramón, ya con diez años, la despidió con un beso en la parada del autobús saludándola alegremente con la mano.
-¡Hasta mañana mamá!!! -gritaba Ramón mientras veía la cara triste y cerúlea de su madre alejarse. María, no volvió. Un cáncer de útero la había devorado, y fallecía días más tardes en un quirófano.

Desde entonces Ramón acudía de forma metódica cada tarde a la parada del autobús a esperar a su madre. Nadie tuvo el valor de decirle nada. Él simplemente se sentaba, con su bolsa de kikos esperando a las ocho de la tarde, hora en la que el desvencijado autobús abría su boca para vomitar nauseosos pasajeros. Ramón siempre ensayaba su mejor sonrisa los dos minutos que pasaban mientras salían los viajeros, firme delante de la escalerilla de salida. Siempre esperaba que su mamá saliera la última. Ramón volvía cada tarde a casa con la cabeza gacha, con los kikos, con la camiseta de naranjito, la gorra de Unicaja y en el bolsillo una preciosa piedra que un día encontró en el río y que guardaba para dásela a su madre.

El día que volviera le demostraría que no era tan tonto como decían, pues había logrado encontrar una piedra genial, totalmente redonda y brillante.

Así pasaron tres años. Una tarde de Septiembre Ramón, al volver de la parada del autobús encontró el cuerpo de su padre colgado de una viga en la cuadra del mulo. Se quedó mirando durante horas antes de poder reaccionar. Lo encontraron por la mañana llorando junto a los pies de su padre.

Días más tarde se lo llevaron a la capital, a casa de unos tíos. Ramón no volvió al pueblo. Nuestras vidas siguieron, acabé al carrera, empecé a vivir, a luchar, a soñar...hasta ayer. Ayer tarde lo encontré en la parada del autobús, sentado en el mismo malecón que hacía años. Paré el coche y me acerqué.

-Hola Salva -su mirada limpia, su sonrisa franca a pesar de tanto sufrimiento me desarmó al instante.

-¿Qué pasa Ramón? -me odié por no saber qué decirle.

-Aquí, esperando, he venido con mis tíos ¿Quieres kikos?

Me senté a su lado. Me dio un puñadito de kikos y nos sonreímos. Salva y Ramón...por unos minutos volvimos a ser aquellos dos niños del pan con chocolate, de mazinger-zeta, de los policías y ladrones. Minutos más tarde llegó el bus de las ocho. Ramón se levantó, no se acercó pero ensayó su mejor sonrisa. Dos pasajeros con prisas se bajaron sin mirarnos. Ramón bajó la cabeza, de su bolsillo sacó una pidrecita redonda:

-¿La quieres?, es una piedra genial. La encontré yo -me dijo con los ojos brillosos.

-Gracias Ramón, la piedra es la leche, la guardaré.

Ramón se alejó con las manos en los bolsillos...lo siento no puedo seguir escribiendo.

6 comentarios:

pescaenourense dijo...

hola
soy noel de http://pescaenourense.blogspot.com/
te gustaria hacer un intercambio de enlaces entre nuestros blogs?
contestaciones en mi blog o por email
saludos

majoriazu dijo...

Es precioso, siempre consigues sorprenderme y emocionarme. continua escribiendo.

AMELY dijo...

t
Tengo un nudo en la garganta ,me pasa cuando leo algo tuyo , no se puede evitar .
Me gusta.

Nebulina dijo...

Jodida mala suerte..me ha recordado mucho a alguien..que en su caso ahora está sola fruto de la codicia de sus padres, que prefirieron cobrar la pensión, a que su hija estuviese interna en un colegio para niños con pequeñas deficiencias..
Un saludo!

Ana dijo...

uff... creo que al final todos hemos tenido que respirar hondo. increible. eres genial.

Nacho Palomar dijo...

Jo Salva! que historia tan triste y tan cercana..

Me encantó y me emocionó.

gracias, gracias!!

oye, sin día vienes por Madrid nos tomamos un café.. con Raquel y quién quiera. Si quieres.