EN EL TREN

Dentro de apenas dos horas pisaré nuevamente Madrid. Subiré los peldaños del metro y respiraré profundo al salir a Gran Vía. Siempre pienso lo mismo al subir esos escalones: Madrid me espera.
La música me arropa mientras miro las traviesas del tren pasando veloces y Ella Fitzgerald me susurra al oído. What´s wrong?
Me gusta perder la mirada en el horizonte en esa inmensa Castilla que ahora cruzo.
Madrid me espera. Con sus ruidos mágicos y sus calles con olor a bocadillos de calamares.
Amigos me esperan al otro lado de la catenaria. Eso cuenta. Y mucho. Gente de norte las llamo con el mayor cariño del mundo. Destroyers sin duda.
A mi lado dormita una chica. En su regazo un libro abierto reza:
Y tras la lucidez tremenda que da el saberse intocable, tras la certeza de que la libertad es lo único que merece la pena, Torcuato Treslindes decidió volver a Madrid”.
Alguien habla por teléfono en mi vagón, especulando acerca de las posibilidades de vender algo.
Me gustan las ciudades grandes, muy grandes. Tanto como viajar dentro de mí, muy dentro.
Nubes a lo lejos. Miro mis manos como el lactante que descubre su cuerpo, y entonces me vienen a la mente aromas de noches infinitas.
Ahora es Chopin quien me va entregando en ese sueño agradable que sólo nos da en tren. En ese mismo momento me voy durmiendo mientras me envuelve el recuerdo de su piel de chocolate en una noche de magia granadina.
Madrid me espera al otro lado de la catenaria. Y amigos increíbles. Eso cuenta. Y mucho…

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