GURK

Algunos días recuerdo aquella noche en la que mis ilusiones se llenaron de barro. Fue una noche parecida a la de hoy, cercana a la navidad. Un frío realmente cabrón helaba hasta los pensamientos y yo caminaba por el centro de una calle desierta.
A mi lado iba Gurk. Caminábamos muy cerca, como conectados. Siempre jugábamos a andar marcando el paso y nos mirábamos de reojo. Aquel año había sido especialmente malo tras la huída de Anke. Apenas podíamos pagar la factura de la calefacción con mi miserable sueldo de conserje.
Decidimos prescindir de calefacción y pasar las noches abrazados bajo las mantas. Decidimos prescindir de la sopa caliente y pasar las tardes abrazados en el sofá.
Gurk jamás se quejó. Gurk jamás abandonó.
Tres meses antes de aquella navidad Anke me había abandonado como quien abandona una lata de sardinas (sin sardinas por supuesto). Se había largado una mañana de verano dejando una nota (lo siento, pero debo vivir mi vida...), escrito pulcramente en un post-it de la nevera. Me dolió su huída cobarde, pero me terminaron de matar aquellos tres jodidos puntos suspensivos. Ese día empecé a odiar a Anke y sus malditas cosas a medio hacer, sus ataques de nadie-me-entiende y sus complejos de que-bueno-soy-yo-y qué-malos-los-demás.
Fueron tres meses de sangre y fuego en los que cada noche recordé su respiración pausada, cada madrugada busqué su cuerpo bajo las sábanas, cada mañana lo maldije entre lágrimas. Finalmente fui comprendiendolo todo. No era tragedia. Ni siquiera desgracia ni mala suerte. Anke habría huido tarde o temprano en busca de su vida. Yo jamás signifiqué nada para él. Simplemente devoró las sardinas y arrojó la lata al río.
Aquella tarde de diciembre, vísperas navideñas mientras yo miraba un escaparate, un frenazo a mi espalda me indicó que mi calvario no había hecho más que comenzar.
Entre las ruedas de un citroen y el asfalto nevado estaba Gurk. Un reguero de sangre bajo su cabeza iba derritiendo la nieve. Siempre he pensado que realmente amas a alguien cuando te duelen sus dolores. Jamás pensé que algo me doliera más en la vida que ver como un golden retriever agonizaba atropellado. Me arrojé a su lado entre el barro, la sangre y la nieve justo para despedirlo, para besar sus orejotas mientras se iba apagando con un quejido. Recuerdo que me quedé mirando mis botas llenas de barro durante horas.
Hoy camino sola, sin Gurk, ya no añoro a Anke y sus puntos suspensivos. Sin embargo sigo echando de menos esas tardes de frío asesino en las que Gurk y yo marcábamos el paso y nos sonreíamos a orillas del Volga.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ahhh, aputate un diez.
Me encanto.

Marga. dijo...

Me hace gracia lo de la lata de sardinas...es muy descriptivo! Al principio pensé que Anke era un perro también. Y sí, en el fondo, lo era.