LA VIOLINISTA

Camino por el metro de Madrid, sobre mí circulan varios millones de personas. Miles de seres se mueven por los pasillos. Casi todos miran al frente y se mueven con gestos automáticos. Es curioso, en el metro todos caminamos de la misma manera anónima. Marea colectiva con destinos underground. Los más jóvenes se aíslan del mundo con su Ipod. Dos chicos cogidos de la mano se susurran al oído, una chica tamborilea sobre sus vaqueros raídos. Un anciano dormita. Camino mirando caras, explorando expresiones, buscando miradas. Salva retransmitiendo en directo para toda la humanidad.
-No mi amor, te equivocas. Te amo con locura –espeta a mi lado Jefferson a su teléfono móvil –sí cariño, en una ratito estaré ahí. Un beso.
Tras colgar el teléfono empieza a rezar una mezcla de padrenuestro y oración tribal precolombina. Jefferson Horantes asesinará de treinta y dos puñaladas a Camila Cienfuegos apenas en cuarenta y cinco minutos. Nadie lo sospecha.
En el vagón miradas vidriosas hijas de la clozapina, sonrisas lisérgicas, vidas prestadas, novelones a medias entre Mar de Cristal y Campo de las Naciones.
Salgo de nuevo al inmenso pasillo. De pronto algo sucede en mitad de un cruce de pasillos. Debo coger la línea diez, a la izquierda, pero a mi derecha oigo un sonido muy especial. Es el sonido de un violín interpretando a Tchaikovsky. Decido olvidar mi destino y dirigirme al origen de la música.
La violinista es una chica rubia. Está de pie y su cuerpo de arquea en torno al instrumento musical. Me acerco y la observo. Unas monedas a sus pies intentan justificar su arte. Es imposible.
Ella sigue, ajena a mi presencia, interpretando unas notas que se van perdiendo entre pasillos, unas notas que los viandantes recogen y se llevan a casa.
Últimas notas, me acerco a ella.
-hola, gracias por tocar.
-hola, me llamo Olga –su acento suena como del este de Europa.
Le dejo unas monedas en la cesta. Sé que no pago su arte, su amor por la música, pero no se me ocurre otra cosa.

-Tocas muy bien, hacía tiempo que no oía algo tan bonito.
-Gracias, ¿y tú de donde eres?.
-Yo soy del Sur.
-Me encanta el Sur, adoro sus playas. Yo soy de Kiev –sus ojos brillan rememorando algún instante de infantil felicidad.
-Si quieres te invito a desayunar -le digo esperando su negativa.
-Vale, aquí cerca ponen un café muy rico. Me encantan los churros de tu país.
Olga y yo desayunamos en una cafetería con olor a porras y bocadillos de tortilla. Durante dos horas nos contamos nuestras vidas.Terminamos riéndonos y con esa sensación, que sólo te dan ciertas personas, de conocerla hace años.
-¿nos vemos mañana? –esta vez estaba seguro de su respuesta afirmativa.
-vale, pero me dejas pagar a mí.
Ni siquiera nos intercambiamos los móviles, simplemente quedamos en el mismo sitio y en el mismo lugar. A la misma hora.
Al día siguiente en el cruce del número diez había un chico senegalés tocando los timbales. No conocía a Olga Y en los días siguientes no volví a verla. Pregunté en el bar de desayunos pero nadie la conocía. Nunca más vi a Olga y ni a su violín.
Sé que Olga no leerá estas líneas, pero hoy, como el náufrago que lanza una botella al océano sabiendo la inutilidad de su gesto dejo un trozo de mí en la red recordando a aquella violinista que conocí una mañana de lluvia en Madrid.Quizás Olga volvió a sus tierras de nieve y radiactividad, aunque prefiero pensar que cada mañana desayuna café con leche y porras en un bar frente a una playa del Sur.


Noticia: Washington Post: El 12 de enero de 2007, en plena hora punta, el violinista Joshua Bell, uno de los músicos más prestigiosos del planeta, se situó en el vestíbulo de la estación de L’Enfant e interpretó seis piezas magistrales de Bach y Schubert provisto de su stradivarius ‘Gibson ex Huberman’, una pieza única en el mundo. La actuación duró exactamente 43 minutos, durante los cuales prácticamente nadie se detuvo a escuchar...y éste es el vídeo. Suerte que aún quedan soñadores.





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