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La tarde de viernes estaba siendo catastrófica para Víctor Bárcenas, residente de familia. Empezó la mañana recibiendo una carta certificada de hacienda. Ignoraba su contenido, y eso aumentaba exponencialmente el índice de ansiedad. Debería esperar al lunes para saber hasta dónde se la iba a meter el señor ministro de economía and company, aunque fijo que la clavada iba a ser dolorosa. Ya imaginaba que no debía haber intentado colar aquellas desgravaciones por alojar en su casa a su amigo Ernesto, en proceso de divorcio. En realidad fueron 3 meses en los que a su piso le faltaba sólo un cartel en la puerta, con neones indicando "picadero Ernesto, abierto 24 horas. Perdonen por el olor a pies".
Su gatito, llamado Señor Krosky (le iba a poner Rascafú, pero le sonaba así como demoniaco) padecía un cuadro entérico (es decir, que se iba de varillas, como dirían en su tierra, o sea que tenía una diarrea máxima). El pobre minino había tenido a bien no cagarse únicamente en el sofá. Había repartido hábilmente todos sus fétidos liquidillos por cama, pasillo, alfombra e....increíble, el gatuno ser se había hecho sus cosas exactamente encima del mp3 de Víctor.
Para colmo otra de sus costumbres le ha costado una pasta. Mientras hacía sus cosillas en el servicio, Víctor se dedica a revisar mensajes del móvil. Tiene la certeza de que son millones de personas las que han cambiado el leer la etiqueta del champú por revisar el teléfono móvil. En esto Carl Jung tendría mucho que decir sin duda. De hecho, no sería mala idea la de poner publicidad de vodafone en los wc públicos. En ese momento , suena el politono del mes (en este caso Vetusta Morla, hay que estar a la útima...), y el sobresalto es tal que el selulal (como diría su amigo Carlos Wilson Besteiro, célebre cazador nocturno de callos malayos) cae al único sitio donde no debe caer cuando estás sentado en la taza del wc...doscientos eurazos a tomar viento, y la agenda telefónica al limbo (no resultó efectivo el meter el móvil en el microondas a ver si así...).
Siete de la tarde. Víctor se sienta en su sofá (ya limpio). En la mesa del salón, un aviso de carta certificada y un amasijo de plástico derretido que hasta hace un rato era un teléfono móvil (selulal).
-Vaya asco de día -piensa.
Pone la tele, en busca de anestesiarse un poco con el diario de Patricia o con esos programas de corazón y cotilleos (igual se consuela descubriendo lo fea que es la duquesa de Alba). Mala suerte, para empezar el mando lleva varios día fallando; sin duda las pilas se están gastando. Como es costumbre universal, en lugar de cambiar las pilas, Víctor se dedica a apretar con fuerza los botones y agitar el mando en dirección a la tele , apuntando como si fuese a dispararle. Gesto inútil, lo que falta son baterías no puntería o fuerza, así es que no puede hacer zapping durante los anuncios. Víctor se va durmiendo en el sofá... suena un anuncio de Coca Cola. De pronto se fija en la patalla. Víctor se queda sorprendido, emocionado. Un minuto y medio dura la cosa. Un simple anuncio de Coca Cola acaba de arreglarle el día, acaba de proporcionarle el momento mágico que necesitaba.
Es absurdo, es del género tonto, pero Víctor piensa que el estado de felicidad absoluta sólo la tienen los necios o los que se engañan a sí mismos. Sin embargo, sí es posible recopilar pequeños momentos mágicos a lo largo del día, son como cápsulas de felicidad, que es lo que le da sentido a la vida, lo que se va a quedar en nuestra memoria.
Esta tarde de viernes, Víctor ha vivido uno de esos momentos, y el simple hecho de reconocerlo le da el momento de felicidad que necesitaba.
Y si pulsas en la foto, podrás ver el vídeo...


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