FELICIDAD

Quizás este post sea algo farragoso...
La Felicidad. Gran palabra. Y gran dificultad...y gran error. Estoy convencido de que el estado eterno de felicidad es complicado de tener, muy complicado (bueno si exceptuamos a la felicidad ñoñi con sabor a empalagosa mermelada de fresas). Y en la inmensa mayoría de las ocasiones se trata tan sólo de una postura forzada ante la vida, un autoengaño o una obligación. El sentirse feliz como pauta de vida es algo tan absurdo como el pasearse por la calle con un antifaz veneciano, aunque mucho más frecuente.
Algo más frecuente es encontrar personas infelices las 24 horas del día, personas atrapadas por una coraza (aquella coraza neurótica de Freud) que las mantiene atadas a más absoluta miseria. Hoy os contaré una historia. Es la historia de un hombre que quería ser feliz.
Marcelo Cienfuegos siempre vivió con un objetivo: encontrar la felicidad. Había leído mucho acerca de ella, había oído incluso de personas que la habían encontrado, de personas que vivían instaladas en ella, de otras que la habían perdido para siempre.
Alguien le dijo un día que la felicidad se disfrutaba únicamente en el útero materno, pero él no recordaba ese periodo de vida amniótica (y casi anfibia). También le dijeron que sólo los niños son felices, pero Marcelo no recordaba una infancia especialmente flotando en felicidad, así que decidió esperar. Con quince años le dijeron que encontraría la felicidad al encontrar el amor. Marcelo encontró el amor. Encontró amores apasionados, amores de fuego, amores eternos, amores que le dieron mucha alegría. Pero no lograba sentir la Felicidad, ese estado ideal y fantasioso. También le hablaron de la religión como forma de sublimar sus sentimientos y conseguir el estado anhelado. Pero tampoco la religión le aportó el éxtasis (claro, él tampoco nunca se consideró Santa Teresa de Jesús ni San Juan de la Cruz).
Finalmente, una tarde de primavera decidió que la felicidad consistía en pequeños momentos, pequeños flashes que salpicarían su vida. Y se dio cuenta de que la mayoría de esos instantes estaban relacionados con los sentidos. La capacidad de sentir (oido, olfato, gusto, tacto, vista...). Y así fue encontrando momentos de felicidad suprema, coleccionando instantes mágicos. Disfrutando la lluvia en la cara, una conversación, una mirada, un roce, un sabor, un color...
Una noche al fin descubrió algo sorprendente: existía una actividad que mezclaba todos y cada uno de los sentidos: El Baile. Es el baile, la única actividad humana donde se disfrutan todos y cada uno de nuestros sentidos. Todos a la vez: La vista, el oído, el tacto, el olfato, y...faltaba el gusto.
Esa misma noche comprendió que existía otra actividad que igualmente mezclaba todos y cada uno de los sentidos, incluído el gusto. Y todo ello compartido con otra persona: El sexo. Claro, que eso no es políticamente correcto, quizás Marcelo ni lo pensó. Era la sensualidad, el disfrute de los sentidos a través del conocimiento de la otra persona y el disfrute mutuo. Si además existe el amor, entonces ya es la leche.
Quizás algún día debiéramos preguntarnos la causa de que una sociedad castre de esta manera, convierta en tabú algo tan natural... sexo, sentidos, sensualidad, felicidad...convirtiéndolos en pecado, culpa, castigo, infelicidad.
Finalmente, tras muchos años de búsqueda Marcelo llegó a la conclusión de que quizás fue realmente feliz mientras buscaba la forma de serlo...y murió feliz como una lombriz.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es feliz la lombíz?
Estoy de acuerdo, los pequeños momentos y placeres son los que dan la felicidad, si es a si como se llama, yo los llamo también momentos vitales.
spf.

Lu dijo...

Estas es una de las mejores frases q conozco:

La felicidad completa no existe, solo existen momentos felices. (Yeimy Rolong)