...y quinientas noches.

Por fin...última guardia en el hospital para Víctor Bárcenas. Han sido casi doscientas noches a lo largo de los últimos cuatro años, y hoy el residente Bárcenas afronta la guardia de una forma especial. Suele bajar a vestuarios entonando la canción del toreador de la Carmen de Bizet, todo un clásico para pasillear, todo un rito, una especie de conjura. Y siempre le funcionó.
Tres de la tarde: Se acerca al área de sentados saludando a enfermeras, médicos y celadores. Sabe que hoy es algo especial, pero hay que ponerse a la tarea.
Nunca volverá el stress del relevo...
-Victor, te dejo mis pacientes, tres vistos y cinco sin ver...
No volverán las noches de ¿cuando partimos?, las cenas a las 3 de la madrugada (ensalada-sin-cebolla, coca-light y bocata-de-york).
Última sesión de padres solicitando radiografías imposibles, de una zona de urgencias convertida en una especie de mercadillo donde los pacientes intercambian opiniones, enfermedades y viviencias, y donde Víctor ha aprendido a sobrevivir.
Último capuccino sin azucar, en la máquina del sótano. Siempre faltan palitos para remover, hoy no es una excepción.
Y siguen los pacientes
-¿Cómo va ese dolor?
-No sé doctor, me queda aún como un requemorcillo, yo no me quedo tranquila.
-Tranquila señora, este es el tiempo del dolor -piensa Víctor.
Última noche de "¿cuando partimos?", de "esta noche hay que partir como sea", de preguntar cinco veces al paciente que tiene delante si es alérgico a algo mientras te mira con cara de horror pensando que ese médico está a punto de dormirse sobre el teclado.
Últimas risas de pasillos, últimos dolores amargos...amargos.
¿Partimos? -le dice Luisa, su Residente menor.
-No te preocupes, vete, yo quiero vivir esta noche completa -responde Víctor. Sale a la calle y mira la entrada de su hospital. Y piensa que es su hospital, porque en estos cuatro años, mucho de él se ha quedado en esas consultas azules. Today the dream is over.
Son las seis y media de la madrugada, apenas quedan ocho pacientes en urgencias. Casi todos los pacientes dormitan. Menos uno. Casi todos los médicos dormitan. Menos uno.
Víctor se acerca. Ha leído el informe del paciente del sillón 8, en una esquina del gran salón.
Hombre de 68 años, agricultor de profesión, fumador severo que acude por cuadro catarral desde hace un mes. Radiografía de tórax: atelectasia de LSD, sugiere cáncer de pulmón.
Víctor se acerca con cuidado, se sienta al lado del paciente.
-Hola Antonio, ¿cómo va eso?
-Bueno, tirando. En peores plazas he toreado, que cuando estuve en Alemania lo pasé peor, allí hacía más frío que robando pingüinos.
-Me alegro -responde Víctor- a ver si se mejora pronto.
-Me voy a morir doctor, lo he oído decir al médico antes -dice el hombre-pero le voy a pedir algo. He estado viendo toda la tarde cómo trabaja. Parece cariñoso, parece humano. Eso es importante.
-Gracias, bueno, para eso me pagan.
-Oígame, no quiero que mis hijos sepan lo que tengo -la voz del campesino rudo se quiebra entonces-bastante tienen con la crisis, el paro, las hipotecas...
Últimas pasiones en urgencias.
Victor toca el hombro de su paciente y acaricia el brazo, como a un niño. En estas situaciones todos nos sentimos niños. Antonio, de 68 años está intentando que las lágrimas no escapen. Aprieta la boca y mira con fijeza.
-Sólo le pido eso. Es mi deseo. Déme el alta. Firmaré lo que sea, pero no quiero que se enteren mis hijos. Ni mi mujer -entonces rompe a llorar. Víctor jamás ha visto llorar a un hombre de esa edad.
Tan sólo queda una hora en la última guardia de su último día, y Víctor se enfrenta a su peor dilema en los últimos cuatro años.
Se miran a los ojos. Más de 30 años los separan. Víctor se levanta, se dirige al ordenador y firma el alta de Antonio. Es su deseo y así debe ser.
Quedan sólo cinco minutos. En su última guardia Víctor aprovecha para lavarse la cara. Recoge el fonendo en silencio, recoge libros, bolígrafos, y limpia su mesa.
Pasan quince minutos de las ocho. Un Médico de Familia vestido de verde, Víctor Bárcenas, avanza por el eterno pasillo de urgencias, casi arrastra los pies. Hoy ha vuelto a perder una batalla. Ganará la guerra.
Víctor mira atrás, sonríe y se aleja silbando el toreador, de Carmen de Bizet.
Post escrito a las 6 de la mañana, mi última guardia como residente.

7 comentarios:

Juana dijo...

Pues yo hoy he perdido a uno mis más querido compañeros, el de todos los días, el de cada mañana, ha muerto y le echo de menos, hay despedidas que duelen ....
Mi hija se llama Carmen por esa música de Bizet, que curioso.

dra jomeini dijo...

Todos los adioses tienen su lado amargo. Pero el siguiente paso es necesario para seguir caminando. Ánimo y suerte.

Anónimo dijo...

Aunque hay mucho de autobiográfico en tus escritos, espero que eso de tu última guardia en Urgencias, sea Literatura. Es la última de residente. Para suerte de todos, espero que sigas con nosotros. Ahora comienza una nueva etapa, donde encontrarás muchas otras situaciones para seguir tus relatos. Te deseo todo lo mejor.
Tu "compañera". Anna.

Enrique Gavilán dijo...

Te quedan muchas faenas por hacer, Salva. Ahora empieza la corrida de verdad.
Suerte, y al toro, maestro!
Un abrazo. Seguimos, no?

marty dijo...

Tras leerte y reeleerte hasta consigues que me entren ganas de empezar de nuevo a sumergirme en el mudo de las guardias hospitalarias, que juré no volvería a realizar jamas, tan quemada terminé...
Pero gracias a tu sensibilidad y a tus reflexiones eres capaz de despertar¡ pasiones dormidas!
¿Ni se te ocurra dejar de hacer guardias, que necesito seguir leyendote!

Raquel dijo...

Haces que lo viva en primera persona, que me sienta en el pijama verde favorito, en tu piel...

Última guardia de residente...

Ahora, a conquistar el mar...

(Seguimos...como dice Enrique, seguimos...)

Anónimo dijo...

Genial, verdaderamente genial.Leo esto a las 0.15 horas del sábado cuando mis dos mujeres (Cristina y Claudia duermen)y acabo de sentir todo lo que un médico en una guardia sin haber estado nunca en una porque soy periodista. Los pasillos, la sala de espera... Tus textos transmiten mucho. Sigue escribiendo porque lo haces muy bien. Un fuerte abrazo. Javi