SFUMATO

A veces hay cosas que haces en momentos de tu vida y se quedan aparcadas en un rincón de tu mente, en una esquina de tu recorrido vital. Yo las llamo notas al margen de la vida, letras pequeñas en tu libro vital. Son instantes, episodios, vivencias y experiencias que, quién sabe por qué, se van quedando en la orilla, olvidadas mientras vamos luchando en el día a día de nuestra existencia, viviendo nuevas cosas. Y así vamos dejando atrás sitios que visitamos, amores que amamos, personas que conocimos, emociones que sentimos, pasiones que deseamos. Y aquél sentimiento que un día ocupaba el cien por cien de nuestra mente se va alejando. Vamos difuminándolo como hizo Da Vinci con su Gioconda (por otro lado, cuando la ví en el Louvre me desilusionó bastante), vamos superponiendo capas de pintura hasta olvidar.
Pero hay algo curioso: Por más olvidados que tengamos los sentimientos, arrojados a las playas del olvido más lejano, existen resortes que, en décimas de segundo, nos traen la vivencia al presente. Un olor, una música, un sonido, una voz, unos ojos, una luz, un sueño, y vuelven todos y cada uno de esos sentimientos con todos sus matices, sus colores, sus olores...y sus dolores. La canción que oyes de Suzanne Vega (si tienes altavoces) es uno de esos resortes para mí...
Los que escribimos tenemos cierta ventaja: usamos la escritura como bisturí. Con ella diseccionamos y analizamos nuestras pasiones, con ella compartimos y también con ella nos conocemos a nosotros mismos.
Escribo desde que tengo recuerdos. En mi infancia incluso llegué a escribir una mini-novela de misterio y un relato sobre la vuelta al mundo de un aventuero en busca de unas flores misteriosas para convertir en humana a una sirena de la que se había enamorado.
Más tarde, ya de adolescente, seguía escribiendo por puro placer (también gané algún concurso de relatos en el instituto). Conservo mi Olivetti Lettera 42 de teclas blancas y letras en negro. Le faltaban las letras a y p. Con mi primer sueldo, dando clases de verano a niños con asignaturas pendientes (o eso creía yo, realmente se trataba de ser una especie de vigilante de niños que saltaban por las mesas, me escupían y constantemente huían de clase), gané veintiséis mil pesetas y las invertí íntegramente en comprarme una máquina de escribir nueva. Olivetti Eléctric Max Power, tenía dos tipos diferentes de letra, y además un típex automático. Con ella pasaba tardes enteras "pasando a máquina" todos mis escritos.
Hasta que llegó la medicina. Con la facultad, las clases, las salidas y entradas... la nueva Olivetti pasó al desván dando paso al ordenador, los poemas fueron cambiados por apuntes, las historias en papel quedaron en un cajón. Y poco a poco mi vida fue cargándose de nuevas capas de pintura, aquellas vivencias quedaron bajo la arena, se esfumaron de mi mente y Salva siguió viviendo nuevas aventurillas...hasta hace unos días.
Supongo que a todos nos pasa. A veces me digo: voy a ponerme a tirar cosas inservibles. Entonces empiezo a abrir cajas polvorientas de cartón. Descubro la metralleta que me regaló mi tío hace mil años, aquella que era la única del barrio que hacía ratatá (eso lo hacían todas), pero la mía además de ratatá hacía fiuuuu! y lanzaba un destello luminoso con lo cual me dejaba a los otros niños patitiesos. No puedo tirarla a la basura. Ni mi colección de cromos, ni mis notas del cole, ni mis libretas de colegial. Ni una especie de cucharita de plástico que me regaló una chica cuya cara ni siquiera recuerdo y con la que me reía por ser la persona que más rebañaba una tarrina de helado. Está científcamente comprobado que aunque la apures mil veces, siempre queda una rendija de la tarrina con algo de helado.
Finalmente siempre acabo releyendo mis cuadernos escolares y guardándolo todo después de haber comprobado que la metralleta sigue funcionando correctamente... ratatá-fiuuuu.
Hace unos días, dediqué nuevamente una mañana a revolver papelajos. Me fijé en una caja que hacía años que no abría. Y debajo de unos libros de Naturaleza y Sociedad...dentro de una carpeta amarilla, tal y como los abandoné hace años, ¡estaban mis relatos!. Cogí la carpeta con una mezcla de veneración, miedo e ilusión y al abrirla tuve la sensación de que volvía a ser aquel chico de quince años que, sentado en la alfombra de su dormitorio, escribía sólo porque le gustaba.
Me pasé toda una mañana leyendo. Me redescubrí en mi adolescencia y me dí cuenta de que algunas cosas no han cambiado. Finalmente me senté en el suelo frío y húmedo para pensar. Entonces me sentí orgulloso de haber sido aquel chico tímido, y quizás no muy convencional, de quince años que escribía poemas por las noches y luego los pasaba a máquina en su Olivetti Lettera 42. A él, que era yo, está dedicado este post.
Voy a poner dos de los poemas, ambos escritos hace mucho, mucho tiempo.


PENSAMIENTOS NOCHE DE VERANO

Medianoche, silencio
alguien anda por la calle
¿o son mis pensamientos?

Un lejano quejido se oye
en el sonoro silencio
un sonoro quejido
¿o son mis pensamientos?

Un gato negro en la noche
cruza mi ventana riendo
la noche como un gato negro
¿o son mis pensamientos?

TÚ (NOCHES DE DISCOTECA)
Ansias de volar
deseos de tenerte
y luego...
dejarme morir

Dejarme llevar por tu voz
mirarte
y ver tu danza ritual
y mirar al cielo mientras todo se hunde.

Gritar, romper mi garganta
Y escapar contigo...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo contigo.