ALBA

Alba no llora. Nunca ha llorado. Su madre la llamó así cuando tan sólo era una bolita de apenas unos milímetros en un útero adolescente. Le puso Alba porque pensaba que es nombre de ángel. Fue un parto complicado. Más de la cuenta. Un parto de esos que minan las noches en duermevela de los ginecólogos hasta en sus días más tranquilos. Una gestación inicialmente normal se convirtió en una noche de pesadilla. En el último instante el cuerpo de Alba dió un giro siniestro dentro de la matriz de su madre, y el parto simple se convirtió en un parto de nalgas, con tres vueltas de cordón, cesárea de urgencias, carreras por los pasillos. Y Alba no lloró. Los dos minutos, los ciento veinte segundos más absurdos de la historia de dos vidas, los ciento siete segundos sin oxígeno en su cerebro condicionaron los restante veintisiete años.
Alba jamás lloró.
Tiene unos ojos verdeazulados, grandes y expresivos. Siempre miran hacia arriba. Su cuerpo, rígido, sus brazos encogidos, las muñecas flexionadas en una postura casi imposible, y las piernas extendidas y rígidas son el resultado de aquellos ciento siete segundos de horror.
Luisa se convirtió en la madre del carrito. Y Alba en la chica del carrito. Siempre rígida, siempre mirando a un cielo invisible, siempre desconectada de la realidad. Cada día Alba recibe cientos de besos, oye los cuentos de Luisa, heredados de su abuela Flor, aquella que creía en brujas y espíritus. Aquella que se empeñaba en que con la cruz de Caravaca todo se arreglaría.
Luisa está convencida de que Alba entiende sus cuentos, disfruta los besos, percibe las caricias. A pesar del neurólogo que siempre le dijo que Alba sufre un autismo profundo, que nunca será capaz de sentir, de gozar...ni de sufrir. Por eso Alba no llora.
A los quince años un traspiés en el centro comercial acabó con Alba al final de cinco escalones. Fractura de fémur derecho. Pero Alba no lloró. Durante su estancia en el hospital, durante las tres operaciones de la pierna, durantre la trombosis pulmonar que complicó el cuadro, lo más que se oyó fue un quejido lastimero ahogado con gotas de haloperidol en la madrugada verde de un hospital.
Este año decidieron viajar al Norte, allí viven los únicos primos de Alba. Aunque la joven-niña no los mira, Luisa suele visitar Santander una vez al año. Al menos puede descargar llantos con su hermana Laura. Que no es poco.
El hospital de Vallsec es uno de esos grandes hospitales con cientos de personas recorriendo los pasillos. Un hospital de tercer nivel, donde el neurocirujano tropieza en el ascensor con el cirujano vascular. Uno de esos grandes complejos donde casi nadie se conoce, casi nadie se saluda. Un hospital sin alma.
Alba hace dos días que dejó de comer, y tiene fiebre de hasta cuarenta. Pero no llora. Ahora se encuentra en la camilla siete en espera de resultados. Cuando el médico le tocó la barriga Alba notó como si le clavaran miles de agujas perforando su ombligo. Una especie de corriente dolorosa atravesó su organismo estallando en su cabeza. Pero apenas se movió. Alba siguió con sus ojos azules clavados en el infinito. Alba oye la voz atemplada de su madre.
Minutos más tarde nota que la pasean en la camilla. Está en una habitación oscura, y una médica le pone una especie de gel frío en la barriga mientras mira una pantalla en blanco y negro.
-Está jodida la chica -oye decir, y se alegra de oír una voz parecida a la de su madre.
Alba oye otras voces mezcladas con la de su madre. El médico está asombrado de la entereza de Luisa. Al comunicarle que la chica debe entrar en quirófano, que tiene una úlcera perforada, que la situación es extremadamente grave, Luisa ha respondido con una sonrisa y un "bueno-como-ustedes-vean" que ha estremecido al veterano cirujano.
Ocho y cinco minutos, Luisa da los últimos besos en el pelo de Alba, le susurra algo al oído...
-Aquí te espero. Vuelve.
Ocho y trece minutos, la camilla siete rueda por el largo pasillo con destino al quirófano cinco. Alba oye el traqueteo de las ruedas contra el mármol frío...y entonces llora.

8 comentarios:

Juana dijo...

"nunca será capaz de sentir, de gozar ... ni de sufrir."
He visto mucho, soy "mayor" y no me atrevería a decir jamas esas palabras, no tenemos ni la más mínima idea de "que sienten" .... ni la más mínima.

Anónimo dijo...

La vida son coincidencias... hoy he visto como una madre joven adoptaba una extensión de piernas, extensión de codos y una flexión de muñecas...

En fin, muy triste todo :7

Marcos.


PD: Es la primera vez que posteo, pero hace mucho que te sigo. Enhorabuena por tu blog lleno de humanidad e historias llenas de sentimientos pors los que se merece reflexionar.

Anónimo dijo...

Logras contar lo que cada día vemos con una belleza especial. Tremendo, terrible y bello a la vez. Precioso. Gracias por emocionarme.
Edurne

Deneb dijo...

Alba nunca llegó a llorar. Queda tierno y esperanzador pero sus grandes y secos ojos seguirán mirando hacia arriba...como tantos otros y Luisa seguirá sonriéndola y colmándola de besos...como tantas otras.

Ana dijo...

Realidad aterradora pero a la vez narrada con sencillez y ganas de dar a conocer estas cosas al mundo en forma de relato. Bonito y estremecedor.

Un saludo :)

AMELY dijo...

Me gustó mucho tu relato.
besos

Anónimo dijo...

me llegó al alma

Berni dijo...

Me ha recordado un relato real, el de una compañera que tuvo un niño igual a Alba.
Ella me contó que un pediatra, en una revisión cuando el crío tenía dos meses, le dijo "a bocajarro" que su hijo sería como un mueble.
Mi compañera colmó a su hijo con miles de besos, cariño y cuidados infinitos durante los 20 años que el niño vivió.
El cansancio se reflejaba perpetuamente en su cara, pero también la satisfacción y la eterna sonrisa, que se hacía enorme cuando nos contaba cosas de su Quique.
Una mujer absolutamente admirable, como Luisa y otras anónimas, cuyas vidas y cuya entrega son aleccionadoras para todos.