GINECOLOGÍA DE PUERTAS PARA ADENTRO

-¡Maldita sea! ¡Quien me mandaría a escoger Ginecología! -la ginecóloga, mira sus manos ensangrentadas, reza algo rápido y...

(Una hora antes)
Víctor Bárcenas está haciendo una rotación en Gine. Durante su periodo de formación no pudo hacer guardias de esta especialidad, así es que ha decidido pasar un par de noches (trabajando) con Julia, una ginecóloga recién contratada de algo más de treinta años.
La mitad de la tarde Víctor la pasó con las matronas, aprendiendo a hacer episiotomías, mirando monitores y asistiendo a partos normales. Está absolutamente convencido de que si algún día debe asistir a un parto las pasará canutas...pero en peores plazas ha toreado.
Avanza la guardia, y tras una cena a base de tomate con maíz y coca-cola, el joven médico decide acompañar a la ginecóloga en las consultas de urgencias. Allí descubre que existen mujeres que pierden su támpax, o un preservativo dentro de la vagina (ni que fuera la cueva de Ali Babá), y acuden a urgencias para que el ginecólogo busque en tan tremendas oquedades.
Cada vez que había un parto, Víctor acompañaba nuevamente a las matronas.
El parto de Olga iba a ser uno más de los normales. Había roto la bolsa a media tarde. A las doce de la noche la dilatación del cuello era completa y las contracciones cada 10 minutos.
A la una de la noche le han puesto unos enemas. Olga se siente avergonzada. Es la primera vez que le ponen un enema.
A las dos de la madrugada la matrona la puso a pasear, y la mandó a partos.
Juan, el marido la acompaña, con un sentimiento que no sabe si calificar como pánico absoluto o como terror extremo.
Ya en partos, colocan a Juan junto a su pareja. Le coge la mano. Él se siente una especie de escoba, pues allí todo el mundo sabe lo que debe hacer, incluida Olga (parir que no es poco). Pero él se encuentra perdido.
Las tres menos cuarto, el parto va un poco retrasado. Olga suda como un botijo malagueño, Juan sólo sabe decir eso de "tú sopla cari, sopla" que ha oído en las películas. Una sábana verde sobre las piernas de la parturienta la separa de la matrona, que escruta el periné congestionado de la joven.
Víctor no tiene mucha idea, imagina que así son siempre las cosas. En los cuatro partos previos tuvo la misma impresión...es imposible que una cabezón tan tremendo pase por una abertura tan pequeña...pero siempre pasa.
Olga se siente avergonzada y a la vez asustada. Tiene la sensación de que va a defecar en lugar de parir. Nota una especie de bola enorme en el bajo vientre...y empuja. Muerde a Juan en la mano...y empuja. En un momento determinado todo le da igual, lo único que quiere es que pare ese dolor que la atraviesa de parte a parte cada vez que viene una contracción...y empuja.
Tres y dos minutos. La mirada de la matrona es inquieta.
Algo no está saliendo bien. Creyó que la cabeza pasaría.
Pero no. El niño está encajado en la pelvis y no pasará...ahora empieza la cuenta atrás.
-Señor, debe salir, voy a avisar a la ginecóloga -dice de pronto.
-¿Pasa algo? -dice Olga desde atrás mirando a Juan como pidiendo una explicación.
-No te preocupes -responde la matrona -simplemente que prefiero que esté la ginecóloga.
La paciente pasa con prisas al quirófano anexo a la sala de partos. Miradas de recelo.
Dos minutos más tarde el corazón del niño empieza a latir cada vez más lento: 154, 138, 129, 115. Ha llegado la ginecóloga.
-Preparad la ventosa-dice con premura -avisad al pediatra y al anestesista.
Luisa introduce la ventosa hasta encajarla en la cabeza del feto, conecta la aspiración, y tira. Con suavidad y energía a la vez. El sudor corre por la cara de Luisa. Sus gafas resbalan hasta la punta de la nariz. Una enfermera se la coloca. Y sigue la tracción.
De pronto la ventosa salta de la cabeza del bebé salpicando de sangre y liquido amniótico la sala de partos.
El anestesista ya ha pasado al quirófano y Olga se duerme en apenas quince segundos.
-¡Maldita sea! ¡Quien me mandaría a escoger Ginecología!
-La ginecóloga, mira sus manos ensangrentadas, reza algo rápido y...en menos de cinco minutos abre el abdomen de Olga. Un minuto más tarde extrae al bebé.
El bebé no es rosado. Ni siquiera pálido, ni gris. No es azulado. Es de un azul tan intenso que roza el negro. No llora, no grita. Julia lo extrae del abdomen de su madre y la imagen recuerda a Víctor la noche que encontró a su gato Gavus muerto en su cama.
El niño pasa disparado a las manos de la matrona; de aquí a la mesa de reanimación, donde un pediatra manipula con manos expertas.
La ginecóloga abandona el quirófano...
-¿me acompañas? , me voy a fumar un cigarrillo -le dice a Víctor.
Salen a la noche de verano. Fuera el mundo sigue tranquilo.
Una brisa leve les recuerda que el mar está a pocos metros.
-Joder, tenía nota para coger Derma, hartarme de ganar billetes y trabajar de lunes a viernes... ¡seré gilipollas! -Julia da una calada profunda al LM-Light.
-Bueno, aquí tampoco se está tan mal. A mí me gusta el hospi -responde Víctor -¿quieres un café?
Media hora más tarde arrojan los vasos de café a la papelera y entran al hospital sonriendo y hablando de cine y música de violín.
Pasan por neonatología. El pediatra les atiende café en mano.
-El bebé ha sufrido un montón, eso está claro -les dice con seriedad -de reflejos está regulín, y poco reactivo. No sé, habrá que ver cómo evoluciona, mañana le haremos una eco del coco a ver si tiene algo. Pero si yo fuera la madre iba poniéndole un velote de los gordos a san-como-se-llame el encargado en el cielo de estos asuntos.
Cinco de la madrugada. Víctor y Julia se van a dormir (a sus respectivos dormitorios, pues normalmente en los hospitales no se liga ni un rábano, menos a las cinco de la madrugada, por mucho que las series de TV insistan).
Siete de la madrugada. Víctor no puede dormir. Decide ir a neonatología. Al llegar se encuentra a Luisa. Ella no lo ha visto. Se encuentra junto a la incubadora mirando al bebé muy fijamente.
-¿Tú tampoco te duermes? -le pregunta Víctor.
-Imposible. No me quito de la cabeza si hice algo mal...no sé...
Seis días más tarde...
Olga Seoanez sale del hospital. Junto a ella Juan Repisco.
En los brazos de Juan duerme plácidamente Juan Respisco (junior). Una joven doctora se les acerca, los padres le sonríen.
Cruzan unas palabras. La doctora acaricia con cariño la cabeza del bebé, coronada por un hematoma azulado.
Entonces el niño se despierta, gira los ojos...y sonríe a la joven médica. Finalmente no hubo secuelas.
En ese mismo instante Julia se da cuenta de que no se equivocó al rechazar Derma.
En recuerdo de mi guardia en Gine, donde aprendí dos cosa
1.-Que la vida es un milagro.
2.-Que los ginecólogos trabajan como chinos.

8 comentarios:

Ana dijo...

Buen relato. Me recordó a mi [escasa] experiencia en paritorio. Un saludo ;)

Anónimo dijo...

realmente el misterio de la vida es mágico y asi nos lo haces sentir,

Anónimo dijo...

por un instante también me sentí en esa sala de partor...tu literatura transmite mucho. Enhorabuena

Manuela dijo...

Los recién nacidos no sonríen. Habrá que esperar a que ese niño empiece a hablar, a andar, vaya al colegio, y aparezcan las teribles secuelas de la anoxia. No crees que la matrona debería haber llamado al médico muchísimo antes al ver que el parto no evolucionaba?

salva dijo...

Estimada Manuela: Este blog no es un manual de medicina, menos aún un sitio donde analizar casos. Tampoco se trata de un sitio donde yo plasme casos clínicos. Simplemente son relatos fantásticos, para casos clínicos ya tenemos las revistas sesudas. También ignoro exactamente los protocolos de cuándo una matrona debe avisar a un ginecólogo y cuando no, en los relatos las cosas pasan como pasan. Ya sé que un bebe con días no sonríe, pero resulta que en mi relato sí lo hizo. Así son las cosas.
Un saludo

Anónimo dijo...

En el mío tambien sonreiría, seguro!!! Me encanta. Besitos. Anna.

Dra. M. dijo...

Que bonito es tu blog... volveré:-)

Anónimo dijo...

Me ha recordado la cesarea de mi cuñada.¡¡¡que miedo pase¡¡¡Mi sobrina necesito reanimación.Yo estaba en el quirofano por trabajar en el.Creo que en general en el las guardias se curra un monton.Y en los centros pequeños mas.La urgencia de los grandes hospitales sale adelante gracias a los residentes
Me encantan tus relatos,a veces me ponen triste
El de tu abuelo es un canto a la ilusión,a la lucha por vivir,por mejorar¡¡precioso¡¡¡