Gente del Sur

El hombre del pelo blanco sigue sentado en la silla de madera. Arqueado sobre su espalda y doblado ante ochenta años de vida, espera el parte de la dos en radio-nacional.
En la habitación blanca como blancas son las habitaciones del sur, desnuda de cuadros; una gran mesa, unas sillas, una mesita y una antigua radio desgranando noticias. Se oye un tamborileo monótono, sin ritmo, el toc-toc-toc de un bastón golpeando el borde de la mesa. El sonido del Parkinson.
El hombre del pelo blanco lo oye desde hace casi once años, cuando su mano empezó con ese temblor extraño, ajeno, tóxico.
Hombre del pelo blanco, hombre del sur.
Junto a él, un niño de apenas diez años. No lo cuida, simplemente le ayuda a levantarse, le acerca el vaso de agua, le ayuda a encender los cigarrillos Rex y oye sus historias. Historias inolvidables. Cuentos heredados que el niño retiene en su mente, palabras con sabor a añejo como granuja, perro-lobo u hogaño, que nunca más oiría en boca alguna. Palabras hundidas en el abismo el olvido colectivo.
Una mañana el anciano le dijo al niño:
-Algún día oirás que los del sur no servimos para trabajar, que somos pandereta, vino y flamenco. No lo creas.
El niño no entiende las palabras del anciano, pero las guarda en la memoria.
El hombre del pelo blanco le cuenta cómo fue su infancia, de piojos y colchones compartidos, en una tierra seca y áspera.
Cómo lo encarcelaron con siete años por robar leña en un invierno helado y cruel. Le explica cómo eran aquellas enfermedades en que los niños morían ahogados por una tela en la garganta.
-Era la diteria, y cada año moría algún niño –le cuenta recordando noches de frío y sarmientos robados -luego llegó la tisis y también murieron muchos echando sangre por la boca. Eso ya no existe hoy en día.
Y si su infancia fue dura, su juventud no lo fue. Ni dura ni triste. Simplemente no existió.
Una guerra absurda como todas, con una posguerra terrible hizo que su infancia saltara en mil pedazos. De aquella época sólo le cuenta una cosa:
En esa época trabajaba a cambio de comida. Una comida al día. El trato era trabajar como una mula. A cambio podía comer la cantidad que pudiera de una sola sentada en una gran olla compartida. Una tarde, tras comer calabaza con tocino salado, vio cómo colgaban de un olivo a un vecino. No pudo volver a comer calabaza en toda su vida.
Al acabar la guerra partió a la siega, decidido a comprar su trozo de tierra. Cuando aún no existía la cosechadora, en la campiña sevillana, las grandes terratenientes hicieron fortuna gracias a los braceros. Los braceros, hombres del sur que hoz en mano, se partían los lomos dieciséis horas diarias a cambio de una peseta al día. En aquella época un pan valía una peseta y media.
Pero el hombre del pelo blanco logró juntar dinero bastante para comprar un trozo de tierra.
La tierra más barata, la de una de las zonas más áridas de aquel país seco y yermo. Una tierra pedregosa y ruin, incapaz de devolver ni siquiera una milésima parte del trabajo en ella invertido. Tierras lorquianas aquellas, tierra para titanes.
Y después plantó simientes que se convertirían en viñedos.
Pronto formó una familia. Durante unos años vivieron en una choza con una lona, varios palos y un quinqué. Cuando llovía cada uno debía coger su colchón y correr bajo la lluvia en busca de refugio.
Y el hombre del pelo blanco decidió que tendría una casa.
Para ello se debió hacer más de doscientos hoyos. Para plantar un olivo es necesario hacer un hoyo del tamaño de una persona en la piedra caliza. Cuando no existían las excavadoras, se hacían a mano, y el hombre del pelo blanco empleó cientos de tardes y noches haciendo hoyos hasta conseguir su casa.
Y pasaron los años. Y tuvo una familia. Y la espalda del hombre del pelo blanco se fue encorvando por el trabajo de sol a sol, pero consiguió algo casi milagroso…aquellas tierras duras del sur que cultivó dieron unos frutos extraordinarios. Y pudo conseguir darles a sus hijos incluso una educación y mandarlos a estudiar a la capital.
Hasta que apareció aquel temblor. Entonces el hombre del pelo blanco debió jubilarse, dedicándose a intentar no caerse al caminar, oír el tamborileo de su bastón y criticar las noticias del parte en radio-nacional.
Y así pasó aquel verano de cuentos y cigarrillos a escondidas.
Una tarde de esas absurdas, se dejó de oír el toc-toc-toc en aquella sala blanca del sur, y el informativo de las dos en radio-nacional calló para siempre. Veinte años más tarde, aquel niño olvidó algunos de sus cuentos de granujas, condesas y bandoleros. Pero hay algo que casualmente nunca olvidó: Se equivoca quién crea que los del sur sólo servimos para la pandereta, el vino y el flamenco.
El hombre del pelo blanco se llamaba Salvador Pendón, curiosamente igual que yo. Era mi abuelo, mi otro abuelo. Como él, muchos millones de personas en el Sur dejaron sus espaldas, sus fuerzas, sus vidas en su lucha por Vivir. Para ellas fue un sacrificio, para mí fue un privilegio. Gracias.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

soy del sur también y leyendo tu post me sentí orgulloso de serlo. Gracias!

Anónimo dijo...

¡Gracias! No llegó a los ochenta, pero era como tú recuerdas y su vida fue la que te contó.(El otro Salvador Pendón)

Anónimo dijo...

Por fortuna, yo tambien soy de Sur.
Leyendo esta entrada de tu bloc uno no puede por menos que emocionarse.
Mi padre, que ya sobrepasa los setenta, tiene tambien el pelo blanco, aun mantiene su costumbre de escuchar en su pequeña radio el parte y hace uso de palabras como hogaño( ayer, sin ir mas lejos, la utilizo cuando conversaba conmigo).

Gracias, pues con tu relato me has recordado a tu abuelo, al que no conoci, o tal vez si, ya que alguien se ocupo de contarme pasajes de su vida, sus costumbres( se que miraba cada noche al cielo antes de acostarse)pero hay algo que desconocia:el motivo por el que no comia calabaza. No me perdono haberla cocinado y creo que a partir de hoy yo tampoco volvere a comerla.

Salud, Salva.