VICTOR AND THE KILLERS

El seat Ibiza atraviesa la noche. En el CD del coche suenan los Killers (Are we human or are we dancers?) a todo volumen y la luna alumbra la carretera de playa.
Cien kilómetros por hora. Víctor baja la ventanilla y....
Una hora antes
La jornada de guardia estaba siendo absurdamente tranquila. El final del verano y la vuelta a los trabajos hace que la gente esté más ocupada en deshacer maletas, preparar la vuelta al colegio de los niños y suscribirse a la colección de muñecas de porcelana, al inglés y al gimnasio (y borrarse de todo a las 3 semanas), que en llevar al abuelo al hospital.
En la zona de observación hay sólo un paciente de ochenta y quince años pendiente de pruebas. El turno de tarde acaba a las doce de la noche y son las once y media. Víctor ha quedado para ir a la sesión golfa. Irá a ver Mapa de los sonidos de Tokio con Sandra, así es que la cosa promete. En noches como ésta Víctor piensa que está a punto de rozar la felicidad (salud, dinero, amigos, amores...y su consulta controlada)
Son las once y cuarenta y cinco cuando entra un paciente en camilla.
-Vale, ya me jodieron la peli -piensa Víctor rememorando todos y cada uno de los antepasados del enfermero de triaje que le ha pasado un paciente con fiebre a su zona -joder, una fiebre me la pasa a observación, lo próximo que será, ¿un ataque de caspa?

Ciento diez kilómetros por hora...
El médico se acerca a la camilla. En ella, un paciente que ronda los ciento veinte kilos, con el pelo ralo y la cara redonda, como de luna llena. Su edad, indeterminada entre los 30 y los 45. Su mirada, febril. Sus manos, regordetas y blancas, en el torso desnudo y adiposo, una cadena de la que cuelga un anillo.
Son las once y cuarenta y cinco minutos y Juan Francisco Bélida entra en camilla al área de observación. Tiene fiebre de hasta 40 grados desde esta mañana. Ayer fue la última sesión de quimioterapia. Un linfoma lo está devorando desde hace casi medio año.
Al acercarse, el paciente reconoce al médico inmediatamente...es Víctor.
Quince años antes habían compartido internado en una residencia para estudiantes. Habían hecho un grupo de amigos increíble. Juntos saltaban la verja los viernes por la noche para ir a comprar cervezas y chorizos para hacer barbacoas prohibidas en los jardines del colegio, juntos salieron los primeros sábados a los bares del centro, y juntos se fumaron los primeros cigarrillos a escondidas. En aquel internado compartieron habitación cuatro años. Unas habitaciones irrespirables para seis, con literas y olor a calcetín mezclado con sudor adolescente.
Cuatro años en los que compartieron todo, como tan sólo se comparte todo a los quince años. Eran los cuatro mosqueteros: Víctor, el intelectual; Juanfran, el guaperas-fashion; Luigi (Se llamaba Pedro pero le llamaban Luigi por su cara de italiano), el empollón; y Poli, el gracioso contador de chistes. Jamás olvidaría las tardes de risas tumbados en el césped y mirando a las chicas pasear (chicas por otro lado inaccesibles).

Ciento veinte kilómetros por hora...
Un día todo acabó. Cada uno empezó su carrera, menos el Poli que se dedicó a trabajar en la fábrica envasadora de aceite del padre...y las vidas siguieron rumbos distintos. Pero el último día antes de despedirse decidieron que los cuatro mosqueteros siempre llevarían un anillo de plata dondequiera que fuesen.
Juanfran estudió periodismo y tuvo suerte. En unos años consiguió trabajo en una emisora de radio y encontró pareja. Un chico llamado Roger. Jamás se atrevió a decirle a los otros mosqueteros que le gustaban los chicos, aunque en realidad era algo asumido y sin más importancia. Víctor apenas lo seguía pues la crónica deportiva no era de su interés.
Su vida en Madrid fue un sueño hasta que una fiebre persistente acabó abriendo las puertas del infierno. Roger desapareció una noche de mentiras empapadas en ginebra. Las nóminas dieron paso a una menguada baja laboral de 650 euros al mes. El piso en Madrid fue sustituido por la habitación con un ajado póster de Butragueño en casa de sus padres. Y la vida de Juanfran se convirtió en una sucesión de consultas, médicos, sueros y comprimidos, la vida en el infierno.

Ciento treinta kilómetros por hora...
Víctor ha entrevistado al paciente de la camilla 1, y en todo momento ha notado algo familiar en aquella voz, en aquellos ojos...hasta que reconoce el anillo de plata en un colgante sobre el cuello de Juanfran, un anillo idéntico al que él mismo porta en su pulgar.
-¡Joder tío...tu eres el Juanfran! -le dice con una mezcla de sorpresa y horror.
-Sí, ¿no me has reconocido, verdad? -responde Juanfran forzando una sonrisa -es la puta cortisona. Fíjate tú, yo que era el más fashion de todos y no me queda ni pelo.
-Bueno, esto pasará tío -le miente a bocajarro Víctor -ya verás, volverás a la radio y serás el crack de siempre.
Víctor se acerca y ambos amigos se abrazan. El médico nota su pijama verde contra la piel grasa y sudorosa del que fuera hace tan solo unos meses uno de los chicos más adorados de Chueca, y su mente se impregna de cervezas con chorizo, de olor a césped recién cortado, de olor a cigarrillos mentolados y amistad adolescente.
Doce y veinticinco minutos: Víctor se ha quedado a acompañar a Juanfran. Tiene cinco llamadas perdidas en su móvil y una discusión pendiente con Sandra.

Ciento cuarenta kilómetros por hora...
El paciente gordo y con cara de luna llena, diabético a base de cortisona, el paciente calvo y mofletudo de los ojos verdes, pasa a la zona de aislamiento.
Doce y cincuenta y dos minutos: Juanfran duerme entre sueros, antibióticos e insulinas varias. Víctor, agotado, se cambia de ropa en el vestuario, allí se cruza con alguien.
-Oye tío, ¿has visto al gordo ése que está en la cama de aislados? -le dice ese alguien -"pos" resulta que es Juan Francisco Bélida, el del Carrusel Deportivo, aquél que decía eso de vivan los cuatro mosqueteros cada vez que marcaba España -Víctor mira a ese alguien incrédulo -pues resulta que el tío es gay, y ahora vete tú a saber lo que habrá "pillao". Los maricones siempre acaban en el barro...Jajaja!
Entonces Víctor mira con rabia a ese alguien que ríe como sólo los seres siniestros saben reír, y sale de los vestuarios dando un portazo.
Mañana será un saliente de guardia más, como cada saliente de guardia desayunarán entre risas y rosas.
Juanfran ya estará muerto, o ingresado, qué más da. Seguirá su calvario, y otro condenado ocupará su cama.
No puede apartar de su cabeza la misma idea martilleando sus neuronas: no es justo, no es justo...y le aterra saber que es la primera vez que ha visto la muerte realmente cercana, la ha notado como una auténtica hija de puta respirándole su aliento helado y apestoso al cuello.
El seat Ibiza atraviesa la noche. En el CD del coche suenan los Killers a todo volumen (Romeo and Julliet, un revival del Dire Sraits que adoraron los cuatro mosqueteros) y la luna alumbra la carretera de playa.

Ciento cincuenta kilómetros por hora.
Víctor baja la ventanilla y...la brisa salada limpia sus lágrimas.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

alucinante relato!! escalofriante, me hiciste rememrorar ye mocionarme. felicidades

Anónimo dijo...

No se como medico, pero como juntaletras tienes futuro. Saludos a los que hacemos guardias infernales.

Anónimo dijo...

uf!...me destroza leerte...pero me engancha

Anónimo dijo...

PD: Se me olvidaba decirtelo, soy Luis, del Hospital

Arkadia Beach dijo...

Si supieras cuanta gente seropositiva es degradada a diario...Gracias por estas palabras.
Visita mi blog, Yo tambien soy médico.