EL ERROR

Víctor sabía que algún día llegaría. Que se presentaría de forma traicionera y absurda, a la vez que sin paliativos, sin excusas ni derecho a queja.
Son las tres de la madrugada. Víctor ha intentado dormir durante varias horas, pero no puede conciliar el sueño. No para de darle vueltas una y mil veces a lo mismo.
-¿Cómo ha podido pasar, como ha podido pasar…?.Se levanta y observa una noche con luna. Una de esas noches en las que el universo duerme y la oscuridad pasa a ser propiedad de insomnes, de locos y de amantes rebeldes.
Fuerza una sonrisa y palpa su soledad hiriente como nunca. Entra en la ducha y se sienta mientras el agua tibia lo recorre, lo limpia, lo acaricia. Víctor cierra los ojos mientras el vapor lo envuelve. Se abraza las rodillas…y sigue pensando en lo mismo una y mil veces...el error.
Diez horas antes…
Siempre lo pregunta. Es algo sistemático y obligado. Esta vez también lo hizo, además figuraba en la historia clínica previa de la paciente, y Víctor Bárcenas escribe:
"Paciente de 27 años alérgica a penicilinas que acude…"
Apenas diez minutos más tarde ha puesto tratamiento a la paciente, la ha destinado al sillón cinco y pasa al siguiente enfermo. Antes de pasarla al sillón se fija en los bonitos ojos almendrados de la joven.
La puerta de su consulta se abre de un portazo. Una enfermera con la cara desencajada lo mira…
-Víctor, vente para observación –su voz tiembla –la paciente del sillón cinco se ha puesto a morir.
Entonces el médico lo reconoce de inmediato: Es el error. Apenas dos minutos antes ha prescrito una dosis de penicilina a la paciente del sillón cinco.
-¡Joder, joder!! –exclama mientras proyecta su silla hacia atrás y corre tras la enfermera.
Los siguientes minutos fueron un viaje al infierno para el joven médico. Su compañero Mario intenta colocar una mascarilla de oxigeno a la joven que apenas puede respirar. Víctor corre como envuelto en una nube en busca de un ambú y un guedel.
Las órdenes se suceden en cascada…el resto de médicos, enfermeras y auxiliares de la urgencias acuden avisados por el altavoz… ¡Prioridad 1!
La joven ha perdido el conocimiento en su lucha por introducir aire en sus pulmones y ha dejado de respirar. Desmadejada pasa a una camilla, y vuela por el largo pasillo. Alguien descuelga el teléfono y llama…
El corazón de Víctor bombea a un ritmo que jamás imaginó.
Nunca sintió una situación tan desagradable, tan terrible.
La joven paciente no tiene pulso, no satura, no respira…
Víctor no para de decirse una y otra vez que no entiende cómo le ha podido suceder. No es religioso pero en un instante suplica a quien esté ahí arriba que arregle esto.
-Por Dios, que se arregle…por Dios, que sobreviva...
Víctor flota como en sueños. Pero nada es un sueño. Porque cuando te vistes de verde nada es en broma, no hay margen al error, nada es irreal, nada…
En ese instante de absoluto pánico Víctor se da cuenta de que no está solo. En menos de un minuto ha bajado aquel anestesista que apenas conoce de los cafés de por la mañana, la intensivista no ha vacilado un segundo en aplicarse a fondo y ninguno de sus compañeros ha dudado en echarle una mano.-¡Hostias, qué forma de cagarla más absurda…!. ¡Maldita sea mi suerte!
Una médica más veterana se le acerca, pone la mano en su hombro y le susurra:
-No te culpes Víctor, ninguno somos máquinas, estas cosas pasan y punto–le acaricia el pelo –venga, vamos a seguir.Veinte minutos de adrenalina, oxígeno, masaje cardiaco, minutos de horror, en los que todos y cada uno de los allí presentes supieron lo que hacer, cómo y cuando hacerlo.
Tres horas más tarde Víctor sale arrastrando los pies de ese lugar donde tantas emociones se ponen en juego. Su pijama verde quedó en el suelo, junto a la taquilla de urgencias, su bolígrafo de la suerte se perdió en un suelo de gasas, sangre y prisas, su risa se escondió entre los pasillos grises.
La música del coche le suena falsa, sin alma, su piso hoy está más vacío que nunca, su cama se le hace inmensa, y los programas de la tele parecen absurdos. No tiene hambre y piensa que un cigarrillo le vendría bien. Pero decide que eso no arreglará nada.El agua cae limpiando el alma desnuda de Víctor, que respira el vaho húmedo.
Está jodido, auténticamente jodido.
Entonces sale de la ducha, se seca la piel con pausa, y se mira al espejo recordando por enésima vez a la chica de los ojos almendrados.
-Estoy tocado, pero no hundido -dice en voz alta. Entonces respira profundo, y se promete que mañana encontrará un nuevo motivo para seguir amando su profesión…mañana será otro día...

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Me pusiste los vellos de punta. Escribes con una verdad que hace tiempo no leía. Deberías plantearte publicar en papel. Besos

Juana dijo...

Y los fantasmas corren tras de nosotros ..... pero no para culparnos, que eso ya lo hacemos nosotros. Para decirnos que las cosas que han de pasar pasan, queramos o no.
Elegiste la mejor profesión y también la peor .....

Anónimo dijo...

uf...la música que elegiste es increible....realmente magistral

Nuria dijo...

Gracias por recordarnos que de vez en cuando todos nos equivocamos y que eso no nos impide seguir adelante. besos

Ana dijo...

Errar es humano pero toca apechugar con las consecuencias y seguir adelante. Ojalá Victor encuentre otro motivo para seguir amando su trabajo. Un saludo.

Ismael dijo...

Que maravilla de post, que sensibilidad.
Por cierto, todos nos equivocamos y aprendemos de estos errores.
Saludos!!

Anónimo dijo...

Todos nos equivocamos , a diario....
pero no somos robot y hasta ellos fallan y hay que seguir ¿que hacemos si no?.
La chica de ojos almendrados seguro ha comprobado la sensibilidad del joven victor pese al error, y victor habrá comprobado que no está solo, que hay mucha gente que lo quiere lo apoya y lo respeta.
animo !!!!! te queremos.
Amely

salva dijo...

El violín se trata de Sarah Chang, para mí la violinista que mejor ha interpretado a Bach, y la pieza es "air on the G String" una obra maestra (al menos para mí,
Después suena Ella Fitzgerald con un clásico del soul "Lets do it".
Gracias!

Miguel Angel dijo...

Joder,,,joder,,,joder.
¡Qué vellos me has puesto!, como escarpias. Que me pinchas y no sangro, que me miras y no me ves, que no me llega la camisa al cuerpo (y eso que mi orondo cuerpo hace por acercarse)...
¡Qué bueno eres gavilán!