VIOLETE

Érase una vez una niña. La llamaremos Violete aunque no fuera ese su nombre, pues es un nombre bonito, que suena a rosas y jardines parisinos. Violete vivía con su padre, camionero de profesión. No llegó a conocer a su madre, que murió poco después del nacimiento de Violete. Llamaremos Celine a la madre, pues es un nombre que suena a tardes de chocolate con galletas, y no contaremos que huyó con su jefe en una fría mañana de febrero mientras Violete soñaba en ese limbo mágico de la primera infancia.
Violete no tuvo más hermanos, pero el día de su séptimo cumpleaños su padre (de nombre le pondremos Theodor, pues suena a hombre bueno tal y como era Theo) le regaló un precioso perro, un cachorro de golden retriever.
-Mira Violete, este perro es como el del anuncio que tanto de gusta –le dijo Theo observando los ojos de la niña, cada movimientos de su cara, cada gesto.
-¡Qué chulo, un perrito! –Violete saltaba sobre los muelles de su cama haciendo peligrar el ajado somier.
A partir de ese día Violete y Lula, pues finalmente resultó ser perrita, únicamente se separaban para ir al cole. Theo casi siempre estaba viajando, así es que ellas iban juntas a pasear, juntas al parque, y los fines de semana salían con Theo al centro comercial y al zoo.
-Papá, guárdale un trozo de hamburguesa a Lula, porfa. No me importa darle un trozo de la mía.
-Violete, ya te he dicho un millón de veces que los perros no comen hamburguesas del Mc Donalds, venga no insistas.
-Porfa, porfa, porfa.
-Bueno, deja un trozo, que yo se lo daré luego cuando lleguemos a casa –mentía Theo, que arrojaba el trocito de carne a la basura en cuando Violete se dormía camino de casa.
Para Lula era el último beso de cada noche, y el primero de cada mañana. Conforme pasaron los meses Violete fue creciendo, y a Lula contaba sus problemas en el cole, junto a ella estudiaba, sobre su pelo lloró la primera vez que suspendió de manera injusta y a la gran oreja de Lula contó que odiaba a Samara, la niña repelente de pelos rizados y ojos azules que le dijo que ella era Violete la chiflada.
Una mañana de Diciembre, cuando estaba cercana la Navidad y Violete acababa de cumplir los diez años, al levantarse de su cama descubrió que Lula no estaba.
Violete inicialmente no le dio importancia, la llamó pensando que se habría escondido. Pero Lula no acudió. La buscó sin cesar por toda la casa, pero Lula no aparecía. Juana, la chica que se encargaba de darle el desayuno y llevarla al cole le dijo que ella no la había visto. Y Violete se fue triste como jamás había estado, aunque con la seguridad de que Lula aparecería. Ya había ocurrido antes, y siempre aparecía.
Esta vez no fue así. Al volver del cole la niña arrojó su mochila junto a la entrada y corrió a su dormitorio. Lula no estaba. La llamó, la buscó en todos los huecos, en todos los recovecos de la casa. Nada.
Esa misma noche, al volver a casa, Theo le explicó a su hija que posiblemente Lula no volvería.
Y Violete lloró. Y Violete gritó a su padre que la vida era injusta con ella. Que le había quitado a su madre, que no tenía hermanos y que ahora le quitaba a Lula.
-Te comparé otro perro, princesa…
-¡No quiero "otro" perro, quiero a Mi Lula!
-No puede ser, no puede ser cariño –Theo se acababa dar cuenta de su error, pero no había marcha atrás.
Esa noche Violete gritó hasta que Theo se enfadó, por primera vez en años, y le ordenó callar y dormir.
Esa noche fue triste para Violete, y esas Navidades fueron las más tristes de su vida. Esa noche Theo mordió su almohada para evitar que su hija oyera sus sollozos; pero no había marcha atrás.
Violete creció. Pasaron meses, pasaron años, y el dolor se fue haciendo cada día más leve, más llevadero, más lejano. Aunque Violete jamás pudo olvidarse de Lula, su perrita de pelos blancos. Hasta que llegó la adolescencia, y la tormenta vital, junto a la premura de los primeros amores, hizo que aquella Navidad de 1991 quedara en una anécdota que Violete solía recordar con nostalgia.
Theo murió en Noviembre de 2008, cuando Violete tenía veintiocho, años en una de esas mañanas absurdas de hielo y bruma. Un frenazo a destiempo acabó con su vida y la de tres jóvenes que estaban en el lugar erróneo y el momento equivocado.
Violete en ese tiempo había acabado la carrera y vivía con Andreas, un joven enfermero al que adoraba.
La muerte de Theo fue como si arrancaran una parte de su cuerpo. Aquel camionero de cuerpo rudo y barriga enorme era el ser más adorable que jamás conoció. Sabía que Andreas la amaba, pero sabía que Theo hubiera dado todo por ella sin dudarlo un segundo.
Y si triste fue la muerte del camionero, más triste fue su entierro. Una mañana de Noviembre, un cementerio del sur de Francia cubierto por la nieve. Un cura arrastra su sotana sobre la escarcha, el sepulturero acaba su enésimo cigarrillo y cuatro personas trasladan el pesado féretro hasta la tumba. Son sus cuatro compañeros de trabajo. Junto a Violete, la tía Valerie, hermana de Theo, Andreas…y un hombre desconocido por todos.
Es un hombre de unos sesenta años, la edad de Theo, aunque él es delgado, de nariz afilada y pelo plateado. Le falta la mano derecha, y cojea levemente de la pierna derecha.
Al acabar la monótona letanía del cura, se acerca a la pareja de novios.
-¿Tu eres Violete? –la mira fijamente. Los ojos de Germain, pues así llamaremos al hombre del pelo gris, son de un azul intenso.
-Sí, soy Violete, ¿y usted como lo sabe? –ella nota cómo tiembla el labio inferior del desconocido.
-Imaginé que vendrías. Creo que deberías acompañarme, tengo algo que quizás te interese, seguidme.
Mientras caminan hasta el vehículo de Germain, les va contando una historia.
-Theodor y yo somos amigos desde la infancia. En Junio de 1981 mi mujer, sufrió un accidente en la fábrica de carnes donde trabajábamos... Intenté salvarla, pero no pude. Debieron amputarme esta mano y casi pierdo la pierna. No estábamos asegurados, eran otros tiempos. Lo perdimos todo. Todo…Estuve once meses ingresado y jamás olvidare una mañana de diciembre. Llegó Theo y simplemente me dijo algo que jamás olvidaré. Me había ayudado económicamente cuanto pudo, pero no podía más porque apenas llegabais a fin de mes, pero me entregó algo. Me dijo que en su casa ya había cumplido su función, que quería que la cumpliera en la mía –entonces el hombre de pelo blanco grita algo… -¡Ninette, ven tráenos la caja!
Del vehículo sale una joven de apenas treinta años, porta una caja de cartón. Con lentitud se acerca a Violete.
-¿Tú eres Violete?
-Sí.
-Toma, salvó mi infancia, pero te pertenece a ti. Gracias.
Violete abre la caja. Allí está su viejo peluche del pelo blanco. Pone la caja en el suelo, se arrodilla y coge a Su Lula, la que recibía el último beso de cada noche, y el primero de cada mañana, a la que contaba sus problemas en el cole, junto a la que estudiaba, sobre cuyo pelo lloró la primera vez que suspendió y a cuya oreja que odiaba a Samara, la niña repelente de pelos rizados y ojos azules que le dijo que ella era Violete la chiflada, con la que iba a pasear, con la que compartía los fines de semana de centro comercial, zoo y Mc Donalds, junto a Theo. Junto a un Theo que nunca volvería.
Violete se sienta en el suelo y abraza a Lula. Entonces empieza a nevar…
Dedicado a Lula.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Precioso cuento!!!

Anónimo dijo...

sin duda tienes magia salva