VIDAS CRUZADAS, Y VIDAS TRABADAS.

Nunca supo cómo decirle que la amaba. Desde la primera mañana en que la vio supo que su destino estaba total y completamente en manos aquella mujer de ojos negros.
No era sólo esa forma de caminar tan desenvuelta, su mirada sincera o su risa blanca. Era todo. Cada movimiento, cada gesto, cada mirada, cada conversación a la hora del café, le provocaban esos sentimientos contrapuestos de las pasiones totales: atracción a la vez que dolor inmenso por lo inalcanzable.
Pero sabía que no podía ser.
Nunca supo si el ascensor de veintidós plantas del Boston Memorial Hospital era extraordinariamente rápido o si el tiempo volaba cuando compartían viaje a las alturas de aquel inmenso (y) complejo mundo que era el Memorial. Tampoco supo la causa de que cada mañana se cruzaran en varias ocasiones. Pero cada día se cruzaban a la misma hora en el mismo el ascensor de la cara Norte, el que conducía desde los aparcamientos al corazón del Memorial.
Sabía que su nombre era Claudia y que su apellido era algo así como Malosi o Caloni, un apellido italiano.
Alguna mañana cruzaban un comentario acerca del tiempo, de lo malo que estaba el café de la máquina, o del último programa del Show de Phill Anskett. Simplemente esos quince segundos (se fundían las miradas) de conversación le alegraban toda la mañana. El inglés de Claudia era deplorable, pero encantador.
Alguna vez leyó algo así como que la gente de sangre latina tenían esa forma de mirar, así es que trataba de no darle importancia. Pero no podía evitar la sensación de que Claudia le quería decir algo más con aquellos eternos ojos negros.
¿Sería muy atrevido invitarla a salir? ¿a tomar una copa? Llevaba más de diez años trabajando en el Memorial. Tenía una reputación, una familia, dos hijos. No podía tirarlo todo por la borda. Además aquello sería imposible. Realmente no hubiera dudado ni un segundo en dejarlo todo si supiera que tenía la más minima oportunidad...
Un día de Octubre se armó de valor. Bajó a la planta diecisiete y preguntó por Caludia, pero no supieron darle referencias. Finalmente encontró a alguien que le supo ayudar. Al parecer era una cirujana venida de Italia que estaba realizando una estancia formativa. Su nombre real era Claudia Marini, y partiría hacia su país el 2 de Noviembre.
El 2 de Noviembre de 2009 fue uno de los días con peor tráfico en la historia de Boston. A la lluvia torrencial se añadió un accidente en la Autopista J36, justo la que conduce al Memorial.
8.30 de la mañana: Llamada desde su Audi A3 al Hospital diciendo que se retrasaría y dando alguna excusa banal.
9.15 de la mañana: Ha tomado una decisión. Hoy hablaría con Claudia. Se la iba a jugar a una carta.
11.55 de la mañana: Aparca el coche en doble fila, ya es casi media mañana y no podía esperar la inmensa cola de vehículos que esperaban para entrar a los aparcamientos. La grúa se lo llevaría y con cien dólares,todo solucionado.
12.15 de la mañana: Entra a toda prisa en el Memorial. Sube al ascensor Este, el de la entrada principal. Pulsa el botón diecisiete.

Nunca supo cómo decirle que la amaba. Desde la primera mañana en que la vio supo que su destino estaba total y completamente en manos aquella mujer de ojos azules.
No era sólo esa forma de hablar, su mirada azul amortiguada por unas sofisticadas gafas de Prada, su sonrisa tímida. Era todo. Cada movimiento, cada gesto cada mirada, cada conversación a la hora del café, le provocaban esos sentimientos contrapuestos de las pasiones totales: atracción a la vez que dolor inmenso por lo inalcanzable.
Pero sabía que no podía ser.
Sabía que su nombre era Helen y que su apellido era Schneider.
Llevaba apenas dos meses trabajando en el Memorial Boston Hospital, y había hecho pocos amigos. Pero sin duda el mejor momento de la mañana lo tenia cada vez que subía a las alturas en el ultramoderno ascensor y se cruzaba con aquella mirada impresionante de Helen. Se las arregló para conocer los horarios de aquella secretaria de dirección de la planta veintiuno, la planta noble; y siempre lograba coincidir en la máquina del café . A veces se cruzaban una profunda mirada de apenas quince segundos, en los que Claudia trataba de decir con los ojos lo que no se atrevía a decir con palabras (...se fundían las miradas) o con gestos.
Alguna vez alguien le dijo que la gente de sangre germana tiene esa mirada extraña, como interrogante, pero que eso nada significaba. Sin embargo no podía evitar la sensación de que Helen le quería decir algo más con aquellos eternos ojos azules.
Cientos de veces estuvo tentada de invitarla a tomar algo. Absurdo. Una chica italiana, que apenas llevaba unos meses en ese país extrañamente puritano y liberal a la vez, no debía meterse en líos. Además estaba Gianpa. En Palermo la esperaba Gian Paolo, con el que se había casado apenas un año antes. Tenía una reputación, y no podía echarla por la borda. Un escándalo así provocaría que le suspendieran la beca. Además aquello sería imposible. Aunque en realidad no hubiera dudado ni un segundo en dejarlo todo si supiera que tenía la más minima oportunidad...
Día 2 de Noviembre.
8.30 de la mañana: Claudia Marini recoge sus pertenencias. Hoy no se ha cruzado con Helen. Lástima. Su último día de trabajo lo emplea en despedirse de los pocos amigos que ha hecho y firmar algunos papeles.
11.55 de la mañana: Claudia sube al ascensor de la cara Norte. Su último viaje. Destino sótano 4. Sin saber por qué, en lugar de pulsar el menos cuatro, Claudia pulsa el veintiuno. Acaba de tomar una decisión.
Sale del ascensor y recorre el gélido pasillo de la planta de dirección. Lo ha memorizado todo...oye cómo sus pasos van marcando su destino...clap, clap.
Las puertas se suceden a derecha e izquierda...quince, trece...
La mente de Claudia se nubla. Puerta nueve, puerta siete...toc toc!
La cirujana de ojos negros empuja la puerta...
-¿Es el despacho de Helen Scheneider? -ahora el mundo gira en un torbellino loco.
-Sí, pero hoy no está, el niño tuvo fiebre anoche -dice una correcta secretaria señalando la mesa de Helen. Junto a la pantalla del ordenador, la foto de Helen, Peter y los dos niños junto al Pato Donald. Navidades 2007. Disneyworld.
Claudia se da cuenta. Ha estado a punto de cometer un error fatal.
Gira sobre sus talones, recorre de nuevo el pasillo,
12.15 de la mañana: Claudia entra al ascensor de la cara Norte y pulsa. Planta menos 4.
A menos de cien metros Helen, cuyo corazón bombea a un ritmo casi atronador, sube en el ascensor de la cara Este.
Nunca más volverán a cruzarse. Nunca.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Eres tremendo Salva!! estaba convencido de que era una relación chico-chica, y de pronto ...zas!!! le das un giro completo a la historia. Genial.

dra jomeini dijo...

Reconozco que esta vez me has sorprendido. Me ha gustado mucho. Es un relato redondo.

Anónimo dijo...

crudo, bello, real. Has logrado, quizás sin quereerlo, que me dé cuenta de la cantidad de prejuicios que tengo. En unas líneas limpias y llenas de verdad me has enseñado mucho con este relato. Ali

Anónimo dijo...

bellisimo relato.