NUEVE DE DICIEMBRE

Este no ha sido su mejor año. Hace menos de veinte meses la empresa contaba con casi cien trabajadores, la facturación mensual crecía de forma espectacular y todos los datos eran positivos. Pero un día empezaron los números rojos, las facturas sin pagar, los pagarés sin fondos, las pólizas vencidas...los despidos.
Quedan diez trabajadores; una secretaria, el viejo conserje en espera de jubilación, un comercial, tres redactores, dos técnicos de imprenta, un informático y el jefe. Blas Maluenda es uno de los cuatro periodistas que quedan en plantilla.
El Globo llegó a ser el quinto periódico del país con más de cien mil ejemplares diarios. Hoy la tirada apenas llega a mil seiscientos. Se devuelve la mitad. Hoy El Globo es un cadáver en negro sobre blanco.
Blas vive con Andrea, una chica alemana que conoció durante una cumbre de jefes de estado en Colonia. Ella es diseñadora y tampoco encuentra trabajo. Se dedica a cuidar a Cris, al que ellos llaman el gnomo de ojos azules. Su hijo de siete años.
Hace dos semanas Blas ha recibido una llamada. A Blanca, su hermana menor le han diagnosticado algo en un pecho. Entrará en quirófano a principios de Enero.
Hace diez días se ha reunido con Alberto, el jefe de redacción. Su escaso sueldo de mil doscientos euros se reducirá a media jornada (si te conviene, es lo que hay): seiscientos treinta míseros euros mensuales.
No ha querido decirlo aún en casa, pero hace dos meses que no puede hacer frente a la hipoteca. Ha logrado convencer a Andrea de que no necesitan conexión a internet; de que no son necesarias las soñadas vacaciones mágicas en Paris y que el Ford Ká es un coche genial. Ha conseguido convencer a Cris de que no necesita una Nintendo, y de que este año mejor no se sacan el abono para ver al Atleti. Renunciar a sus tardes de Atleti, bufanda, bocata y Cris de la mano ha sido lo peor. Pero no había otra opción.
Nueve de diciembre de 2009: Blas no puede más. Esta tarde llueve. Han vuelto a multarle por aparcar mal, se olvidó el paraguas y al pagar en la gasolinera la tarjeta se ha negado (falta de saldo) a dar más de sí (no se preocupe señor, será cosa de la banda magnética -le dijo la cajera apenada al ver su mirada de desesperación).
Mojado hasta los huesos, y con frío hasta el alma, Blas decide subir a pie los treinta y dos escalones hasta su (mientras la hipoteca aguante) apartamento. Unos segundos antes de entrar se sienta en el escalón número diecinueve. Apoya los codos en las rodillas, cierra los ojos. Y llora.
Llora por Cris y por Andrea. Llora porque va a perder su vivienda y su empleo. Llora por Blanca y su cáncer, por sus ilusiones arrojadas a la basura, por su vida atrapada entre números rojos. Llora porque no encuentra salida. Y lo peor de todo; llora porque se apiada de sí mismo. Y no le quedan fuerzas.
Con un gesto mecánico Blas se limpia las lágrimas (espera que las gafas disimulen sus ojos enrojecidos), se levanta y sube los trece escalones hasta casa.
Con dolor, con infinita nostalgia gira la llave. Clek, cleck...
Y el calor de su casa lo arropa, lo envuelve. Por el final del pasillo viene Cris corriendo con los brazos abiertos y una sonrisa enorme...
-Papá...¡¡hoy es el día, hoy es el día!! Mami dice que hoy es...
-¿El día? -responde Blas con mezcla entre sorpresa y miedo a haber olvidado algo importante.
-Sí, mamá dice que hoy es nueve de diciembre, hoy es el día -responde el niño mientras salta a los brazos de Blas.
Entonces Blas recuerda, y sonríe. Se aparta una última lágrima y besa la mejilla del niño sonriente.
-Es cierto...¡vamos Cris, vamos corre!
Entonces padre e hijo bajan al garaje de donde sacan dos cajas de cartón llenas de polvo y unas bolsas.
-Yo subo las cajas y tú llevas las bolsas -dice Blas.
Quince minutos más tarde Blas y Cris empiezan a montar el árbol. Blas se encarga de ensamblar las piezas, mientras Cris le acerca una a una las bolas.
-¡No, no..esa bola gorda ponla más a la derecha...allí -grita Cris entusiasmado.
Blas sonríe mientras obedece con simulado enfado las órdenes del niño.
-No sé no sé...no lo veo claro.
Después de dos horas, padre e hijo han logrado montar el árbol más feo de la historia. Un árbol sintético con bolas azules y blancas pasadas de moda, envuelto por metros y metros de tira navideña dorada, manzanas rojas, una estrella rota y una bola verde con la inscripción Feliz 1998.
-Está perfecto -dice Blas.
-¿verdad que sí ? Yo creo que este año ha salido más bonito que nunca -reponde el niño mientras salta nuevamente a los brazos del padre.
-De hecho, creo que sin duda es un de los mejores árboles de Navidad que he visto en mi vida.
Entonces entra Andrea y le sonríe, se acerca a Blas y a Cris y los besa con ternura. Los tres se cogen de la mano, se sientan frente a un árbol de resina y mil colores, cierran los ojos y se abrazan. Blas decide en ese mismo instante que no se rendirá, y sonríe.
Casi un año más tarde; Siete de de Diciembre de dos mil diez: Blas, Andrea y Cris pasean las calles de París. Hace frío.
Esa primavera se inció la recuperación de El Globo gracias a una exclusiva de su reportero Blas Maluenda. En tres meses han multiplicado por diez la tirada, el periódico es ahora el número tres ventas, con ciento cinco trabajadores. Blas ha sido ascendido a jefe de redacción. El tumor de su hermana finalmente fue un simple quiste y el ford Ká ha pasado a mejor vida. En ese momento los tres pasan junto a un gigantesco y espléndido árbol de navidad. Blas lo mira, cierra los ojos y sonríe.
-Papi, recuerda que faltan dos días para el árbol -le dice Cris.

2 comentarios:

somosmedicina.com dijo...

Una vez más me has emocionado Salva!

Genial relato

Anónimo dijo...

ufff..y digo yo ¿ahora como sigo trabajando con el nudo en la garganta? Gracias.