PARA NO OLVIDAR...

Invierno de dos mil nueve...
Florencio se siente extraño en esta mañana de jueves. Hace frío y al mirar en el almanaque de pared (obsequio de Caja Rural) descubre que esa misma noche es nochevieja. Con la lentitud que dan los setenta y cuatro años (recién cumplidos), se prepara el descafeinado con pan y aceite; las migas de bacalao y el vasito de Casera blanca. En la radio (Sanyo) suena la SER, son las noticias de las diez. Florencio sonríe entre dientes (pocos dientes), y barrunta algunas palabras comentando el último escándalo político. Su mano derecha tiembla al elevar la cuchara a la boca, el descafeinado resbala por su barba canosa; resbala y cae sobre el pijama que otrora fue gris perla.
-Es precioso -le dijo Aurora hace apenas tres años- con este pijama vas a parecer el mismo Alfonso Doce.
Aurora descansa en su nicho, con su mármol grisperla y sus flores (dos con cincuenta la docena en la tienda de los chinos).
Años de felicidad junto a aquella mujer del pelo azabache y los ojos de fuego.
Florencio suspira...
Dos pasos al frente, tres a la derecha. Florencio recorre su habitación y se asoma a la ventana. Fuera llueve sobre sobre la calle desierta y gris. Florencio baja la cabeza y observa la mancha del café.
Recuerda sus mañanas hace apenas cinco años cuando aún era un poeta de relumbrón. Uno de esos a los que invitaban a los programas tan sesudos de La2, uno de los pocos que aún vendía libros de poesía en un país de prisas electrónicas y soledades asfixiadas con lexatines.
Florencio sonríe...
Se sienta en su cama y mira el techo. Una mancha de humedad le recuerda uno de aquellos dibujos que pintaba su hija Fátima y su Pedro con apenas cinco años. Entre risas y peleas infantiles; entre fingidos enojos, entre tardes de estudio y chimenea pasaron unos años felices. Hoy Fátima trabaja en Bilbao. Es abogada. Pedro es piloto de Iberia.
Florencio recuerda...
El anciano vuelve a la cama. Está fría. Se acuesta y se hace un ovillo recordando, entonces empieza a llorar por su juventud perdida; por Aurora y sus pijamas, por sus libros olvidados, por sus hijos que no le visitan hace meses, porque nadie le quitará su mancha, porque nadie oirá su llanto, ni siquiera nadie le hablará, aunque tan sólo sea para decirle lo tonto que es. Luego lo piensa mejor y sonríe. Al menos le quedan los recuerdos felices de unos años únicos, un refugio de paz en su mente al recordar tiempos mejores.
Una vez más, como cada día desde hace trece meses ha vuelto a llorar, una vez más se ha empañado las gafas, una vez más ha vuelto a girarse sobre su brazo derecho buscando el cuerpo tibio de Aurora. En su lugar, sobre la almohada, la mano del anciano encuentra un papel arrugado. Intrigado, Florencio se incorpora, prende la luz de la mesilla y se ajusta las gafas.
Florencio lee una hoja mil veces leída...
"Verano de dos mil seis:
Soy Florencio Rández, tengo sesenta y dos años. Soy conductor de autobuses de la línea Logroño a Zaragoza desde hace treinta y dos años. Apenas sé leer ni escribir, pues de niño ni eso me enseñaron. Soy soltero, aunque a los quince años tuve una novia, Aurora. Aurora era la chica más guapa del barrio. Nunca la olvidaré. Un verano sus padres la mandaron a servir a Madrid y nunca más supe de ella. No tuve hijos. Hace unos meses me han diagnosticado Alzheimer, y desde hace una semana estoy ingresado en esta residencia. Me han dicho que todo lo olvidaré. Escribo esta carta para mí mismo, para nunca olvidar. Soy Florencio Rández y no quiero olvidar".
Esa mañana de Diciembre, un anciano se levanta de su cama, abre la ventana y arroja un papel al viento.
Florencio ha decidido vivir en su nueva vida, los recuerdos de la demencia...

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Tremenda esa visión, ese otro punto de vista de la demencia, visto con el prisma del afectado...gracias

Anna dijo...

Es una de las historias más hermosas que he leído... enhorabuena por ella!

Anónimo dijo...

Que triste... la noche vieja de algunos, y que historia.
Felicidades.
Amely

Anónimo dijo...

realmente profundo,emocionante, y conmovedor. ¿donde empieza la locura? ¿donde acaba nuestra realidad? genial Salva como siempre

Ismael dijo...

A veces solo nos preocupamos de nosotros mismos y no nos paramos a pensar en personas como Florencio :(
La historia es excepcional xD
Saludos!!

Juana dijo...

¡Feliz Año caballero!
Las historias son tristes, pero son ....
Gracias por contarlas.

Anónimo dijo...

Esto de Florencio es, sencillamente, excepcional. Sería bueno que te plantearas, igual ya lo haces,la conveniencia de escribir alguna novela (corta en un principio, y lo que la imaginación dé luego)en base a algunas de las historias que cuentas en este blog. Se trata de ir escribiendo, desechando, corrigiendo, escribiendo... Una tan fértil inventiva no puede quedar atrapada en la urgencia de un blog. Feliz año. Un abrazo. (Te parecerá extraño, pero mis reducidos conocimientos de informática no me dejan acceder a otra opción que a la de "Anónimo" para "Elegir identidad". Soy el segundo de los de tu nombre)

Robin Jud dijo...

Escalofriante. Mira que te vengo siguiendo desde hace tiempo, y que todo (TODO) lo que escribes merece la pena. Pero esto es por demás.

Espero, así desde el anonimato, que hayas empezado el año con buen pie.

dra jomeini dijo...

Mi regalo de reyes. Besos.
http://www.abc.es/blogs/weblog/public/post/la-blogosfera-cientifica-y-sanitaria-2665.asp

salva dijo...

Gracias a todos y todas!!!