BOLSA CACA

Me levanto cansado. La guardia de ayer fue extenuante. Y para colmo tengo un hambre atroz.
Ignoro la causa, pero mi trabajo me provoca hambre. Afortunadamente no cojo ni un gramo a base de horas de bici.
Pongo la cafetera, y pongo la radio. Son mis dos primeros gestos cada mañana.

Entonces...zasca! La gran noticia del día.
¡¡Bolsa Caca!!
Son mis amigos, los publicitas, publicitarios o publicadores, sin duda los seres más inteligentes sobre este planeta desde el fallecimiento de Espinete han diseñado una nueva campaña, pero esta vez es ecológica y medioambiental.
Nuestros amigos de los supermercados, en un gesto insólito y nunca visto; en un gesto de desprendimiento y amor por la madre tierra, deciden prescindir de la bolsas de plástico. Para ello se despliega una campaña publicitaria sin precedentes en defensa del medio ambiente: carteles, folletos, publicidad en televisión, internet...
Qué alegría por la mañana, por fin el mundo de la empresa, los tiburones del comercio, se han dado cuenta de que hay que inveritr en medio ambiente...

Tres meses antes de mi mañana de felicidad verde:

Sala de reuniones en la decimoquinta planta de las Oficinas Centrales de Supermercados Terratul, la planta Noble. Se reunen la Junta Directiva y los publicistas, gran jefe incluídos. El gran salón huela a maderas. Alrededor de la mesa de cristal, once personas trajeadas.
-Bueno señores, el primer punto del orden del día: Hay una nueva directiva europea que nos obligará a retirar las bolsas de plástico en dos años -dice el secretario económico -Tenemos la opción de cambiarlas por bolsas de polietileno que son biodegradables. El precio es parecido, pero necesito su visto bueno.
-Vale, me parece bien -dice el Presidente, ya pensando en los centollos que le esperan al acabar la reunión y en la rubia platino que conoció anoche.
-¿Pasamos entonces al siguiente punto?
Entonces habla Marc Obiols, el publicista.
-Tengo una propuesta señores -el público mira al joven publicista, recién salido de los hornos de Yale y con su máster debajo del brazo.
-La solución es distinta. Les propongo que montemos una campaña publicitaria "independiente", una página web y nos gastemos una pasta a todo trapo. Objetivo: decir lo malas que son las bolsas de plástico para el medio ambiente. Luego le hacemos el favor a nuestros clientes de retirarlas de la circulación. Por último le hacemos un nuevo favor: venderles bolsas ecológicas. Bueno, tenemos una oferta para unas bolsas a buen precio. Igual cuela.
Hemos calculado una inversión de un millón de euros. En dos años ganaremos once millones.
-A ver Marc -dice el subdirector general -en serio, ¿tú te has creído que los españoles son tontos? eso no colará.
-¿Tu crees?
-No es que lo crea, es que estoy convencido. La gente no se lo va a tragar. Los españoles no somos tan cencerros como los yankies...¿y cómo prentendes llamar a la campaña...Bolsa Caca o algo por el estilo? jajaja -rie el subdirector burlándose del joven publicista. Nadie más le ríe la gracia

Tres meses más tarde reflexiono:
1.-Existe una directiva que obligará en corto plazo a la retirada de las bolsas de plástico no biodegradables, pudiéndose sustituir por bolsas homologadas.
2.-Se estima que los supermercados se ahorrarán muchos millones de euros anuales con este tema. Y para colmo resulta que les tenemos que agradecer el favor. Y encima quedan de ecológicos.
3.-¿Que será de las señoras que van al mercadillo cuando de pronto se ponga a llover, si no pueden ponerse una bolsa en la cabeza? Si se ponen una de papel no va a funcionar..
4.-Si somos realistas: ¿Nadie en este país reutiliza las bolsas para usarlas como bolsas de basura? Si le echo una ojeada a cualquier contenedor veo que el noventa por ciento de las bolsas para la basura son bolsas de supermercados reutilizadas.
5.-La página web patrocinadora de la campaña Bolsa Caca es una página de Carrefour
Yo soy bastante cortito de miras, de hecho me perdí bastantes capítulos de Barrio Sésamo, pero aquí me huele algo a que alguien va a ganar una pasta...y no soy yo.




EL ERROR-2ª parte

La definición versus descalificación de Víctor Bárcenas es relativamente fácil y a la vez prolífica:
-Despistado: hasta unos límites difíciles de imaginar. Es frecuente verlo merodeando por la zona de urgencias en busca de un libro olvidado, un fonendo perdido o un documento extraviado.
-Desordenado: Tanto en lo físico como en lo moral, la vida de Víctor es lo que un Jesuíta calificaría como francamente mejorable y un Dominico medieval facturaría directamente a la hoguera.
-Impuntual: Sólo existe un sitio en el mundo al que Víctor llega puntual: el trabajo. Al resto de eventos, ya sean sociales, lúdicos, festivos o esotéricos si los hubiese, se puede contar con un retraso Barcenil entre los quince y cuarenta minutos.
-Friki: Aunque es éste un adjetivo aún en evolución, ciertas costumbres como la de ver películas chinas, hacer estudios estrafalarios, estudiar alemán o coleccionar frases de pacientes hace que algunos lo consideren un poco friki.
-Cotilla: Es un defecto innato. No lo puede evitar. En cuanto se entera de un cotilleo (ya sea propio o ajeno)...Zas! no puede guardárselo. Afortunadamente sus allegados ya conocen este defecto.
Sin embargo esa mañana Víctor no sabía que debía añadir un nuevo adjetivo a su larga lista...
Durante la noche previa no ha podido pegar ojo. La imagen de los cincuenta minutos de horror con la chica de los ojos almendrados le ha pasado factura en forma de ojeras de resacoso y un dolor de cabeza espectacular.
Se ha prometido una y mil veces que no volverá a pasar, se ha preguntado cientos de veces la causa del despiste tan tremendo.
Sabe que a la mañana siguiente lo estará esperando su jefa...y no sabe qué sucederá.
-Victor, que dice Teresa que te pases por su despacho a las diez -le comenta el administrativo al llegar.
-vale -responde Víctor desanimado-ya lo esperaba.
-La suerte está echada -piensa-me van a empurar a tope. Bueno supongo que esto va en nuestro sueldo.
Las dos horas siguientes el joven médico trata de trabajar como habitualmente, pero se da cuenta de que le cuesta concentrarse. Hasta que llegan las diez de la mañana.
Toc, toc!
-Pasa Víctor.
Teresa Valdez. La jefa. Una mujer de unos cincuenta años, de mirada dura y voz aguardentosa maltratada por el tabaco. Sus rasgos son pétreos y su cara morena y angulosa. Los ojos hundidos tras unas gafas sin montura y la nariz aguileña le dan un rictus que bien podría figurar en un cuadro de El Greco. Dicen de ella las lenguas oscuras que es lesbiana y pulula en las noches de Madrid persiguiendo jovencitas borrachas. En realidad es una mujer triste y aburrida, casada con un profesor de matemáticas hace más de treinta años, y que aún sueña con amores pasionales leyendo a escondidas las tórridas novelas de Laura Hardy.
-Hola Teresa -dice Víctor, sabiendo que es su último día en urgencias al comprobar que Teresa aparta la mirada.
-El caso es que -dice ella- tengo que decirte algo importante.
-Sí, ya lo imagino.
-He decidido prorrogar tu contrato un año más -dice Teresa .
-Pero...-Víctor vuelve a levitar 24 horas más tarde.
-Bueno si no te gusta esto, o te lo quieres pensar, es tu decisión -responde ella- yo creía que este trabajo te gustaba.
-La verdad, me encanta -responde el joven médico-pero creía que querías hablarme de lo que paso ayer...
-Esa es otra cosa que quería tratar contigo -ahora ella lo mira a los ojos -Víctor tienes un ángel que cuida por ti, o bien una suerte endiablada. La chica de ayer tuvo un shock anafiláctico, pero resulta que la enfermera aún no le había puesto la penicilina que tú habías prescrito. Al parecer es alérgica al cacahuete y unos minutos antes había comido un pastelito que lo contenía. Te has salvado por los pelos.
-Joder... -Víctor se queda sin palabras.
-La chica está recuperándose del susto. Ya bajó de la UCI y está ingresada en medicina interna.
-Joder...-repite Víctor.
-¿Bueno, entonces que me dices?
-Joder...
-Deja de tanto joder y céntrate -Teresa sonríe- anda y ahora ve y tómate un café.
Cinco minutos más tarde Víctor Bárcenas sale del despacho de Teresa con un nuevo contrato y con una sonrisa radiante. Le tiemblan las piernas. Por el pasillo se cruza con Sandra.
-Hola Víctor ¿cómo te encuentras?
-Joder...-responde el joven Bárcenas que no acaba de creerse lo que ha pasado.
A partir de hoy debería añadir un nuevo adjetivo: Afortunado.
Dos días más tarde. Pirineo catalán. Una escondida iglesia románica lejos de la civilización, escondida entre riscos y pinos salvajes. Se acerca un vehículo. Aparca en el patio de chinos. De él sale alguien, se acerca al gran portón de entrada y empuja casi con miedo. Sus pasos resuenan con ecos en la iglesia vacía. El individio vestido de negro se acerca a una hornacina donde una virgen de apenas cincuenta centímetros reposa cubierta de polvo.
El hombre vestido de negro dice unas palabras en voz baja. Tan baja que casi ni siquiera él las oye. Apenas dos minutos más tarde de haber aparcado, Víctor arranca su coche y vuelve a la ciudad.
Víctor Bárcenas siempre cumple sus promesas. Siempre.

EL ERROR

Víctor sabía que algún día llegaría. Que se presentaría de forma traicionera y absurda, a la vez que sin paliativos, sin excusas ni derecho a queja.
Son las tres de la madrugada. Víctor ha intentado dormir durante varias horas, pero no puede conciliar el sueño. No para de darle vueltas una y mil veces a lo mismo.
-¿Cómo ha podido pasar, como ha podido pasar…?.Se levanta y observa una noche con luna. Una de esas noches en las que el universo duerme y la oscuridad pasa a ser propiedad de insomnes, de locos y de amantes rebeldes.
Fuerza una sonrisa y palpa su soledad hiriente como nunca. Entra en la ducha y se sienta mientras el agua tibia lo recorre, lo limpia, lo acaricia. Víctor cierra los ojos mientras el vapor lo envuelve. Se abraza las rodillas…y sigue pensando en lo mismo una y mil veces...el error.
Diez horas antes…
Siempre lo pregunta. Es algo sistemático y obligado. Esta vez también lo hizo, además figuraba en la historia clínica previa de la paciente, y Víctor Bárcenas escribe:
"Paciente de 27 años alérgica a penicilinas que acude…"
Apenas diez minutos más tarde ha puesto tratamiento a la paciente, la ha destinado al sillón cinco y pasa al siguiente enfermo. Antes de pasarla al sillón se fija en los bonitos ojos almendrados de la joven.
La puerta de su consulta se abre de un portazo. Una enfermera con la cara desencajada lo mira…
-Víctor, vente para observación –su voz tiembla –la paciente del sillón cinco se ha puesto a morir.
Entonces el médico lo reconoce de inmediato: Es el error. Apenas dos minutos antes ha prescrito una dosis de penicilina a la paciente del sillón cinco.
-¡Joder, joder!! –exclama mientras proyecta su silla hacia atrás y corre tras la enfermera.
Los siguientes minutos fueron un viaje al infierno para el joven médico. Su compañero Mario intenta colocar una mascarilla de oxigeno a la joven que apenas puede respirar. Víctor corre como envuelto en una nube en busca de un ambú y un guedel.
Las órdenes se suceden en cascada…el resto de médicos, enfermeras y auxiliares de la urgencias acuden avisados por el altavoz… ¡Prioridad 1!
La joven ha perdido el conocimiento en su lucha por introducir aire en sus pulmones y ha dejado de respirar. Desmadejada pasa a una camilla, y vuela por el largo pasillo. Alguien descuelga el teléfono y llama…
El corazón de Víctor bombea a un ritmo que jamás imaginó.
Nunca sintió una situación tan desagradable, tan terrible.
La joven paciente no tiene pulso, no satura, no respira…
Víctor no para de decirse una y otra vez que no entiende cómo le ha podido suceder. No es religioso pero en un instante suplica a quien esté ahí arriba que arregle esto.
-Por Dios, que se arregle…por Dios, que sobreviva...
Víctor flota como en sueños. Pero nada es un sueño. Porque cuando te vistes de verde nada es en broma, no hay margen al error, nada es irreal, nada…
En ese instante de absoluto pánico Víctor se da cuenta de que no está solo. En menos de un minuto ha bajado aquel anestesista que apenas conoce de los cafés de por la mañana, la intensivista no ha vacilado un segundo en aplicarse a fondo y ninguno de sus compañeros ha dudado en echarle una mano.-¡Hostias, qué forma de cagarla más absurda…!. ¡Maldita sea mi suerte!
Una médica más veterana se le acerca, pone la mano en su hombro y le susurra:
-No te culpes Víctor, ninguno somos máquinas, estas cosas pasan y punto–le acaricia el pelo –venga, vamos a seguir.Veinte minutos de adrenalina, oxígeno, masaje cardiaco, minutos de horror, en los que todos y cada uno de los allí presentes supieron lo que hacer, cómo y cuando hacerlo.
Tres horas más tarde Víctor sale arrastrando los pies de ese lugar donde tantas emociones se ponen en juego. Su pijama verde quedó en el suelo, junto a la taquilla de urgencias, su bolígrafo de la suerte se perdió en un suelo de gasas, sangre y prisas, su risa se escondió entre los pasillos grises.
La música del coche le suena falsa, sin alma, su piso hoy está más vacío que nunca, su cama se le hace inmensa, y los programas de la tele parecen absurdos. No tiene hambre y piensa que un cigarrillo le vendría bien. Pero decide que eso no arreglará nada.El agua cae limpiando el alma desnuda de Víctor, que respira el vaho húmedo.
Está jodido, auténticamente jodido.
Entonces sale de la ducha, se seca la piel con pausa, y se mira al espejo recordando por enésima vez a la chica de los ojos almendrados.
-Estoy tocado, pero no hundido -dice en voz alta. Entonces respira profundo, y se promete que mañana encontrará un nuevo motivo para seguir amando su profesión…mañana será otro día...

CUESTIÓN DE PASTA

Hay momentos en los que te debes cuestionar muchos de tus planteamientos vitales, muchos (o algunos) de tus gestos cotidianos, de tus reacciones. Y puesto que estoy en un cambio de ciclo vital (cada vez que cambia la estación algo va cambiando en mí), hoy me toca examen de conciencia:
-Error 1: Abrir maquinalmente la nevera unas doscientas veces al día los salientes de guardia, o los días que no trabajo, acudir ciento cincuenta veces a la despensa y dieciséis al congelador. ¿Acaso si no habían helados a las 11 hay alguna posibilidad de que a las 12 hayan aparecido?. Lo dudo.

-Error 2: Usar una vez al mes la misma frase: "yo no me he podido gastar eso" cuando me viene la factura del móvil. ¿Acaso alguien usa mi teléfono a escondidas?. Lo dudo.

-Error 3: Sufrir un cuadro de taquicardia y sudoración de manos, así como mirar para otro lado como haciéndome el tonto cada vez que me cruzo con la guardia civil de tráfico. ¿Acaso llevo cocaína en el maletero?. Lo dudo. De todas formas debo aclarar que cierta vez evité una multa por no llevar el carnet de conducir encima ni otra documentación con el socorrido "yo es que soy médico del hospital". Imagino que tendré cara de buena persona, pues la cosa coló.

-Error 4: Sufrir un ataque de ira cada vez que mi "amado" colegio médico me manda una carta, revista o periódico de auto-bombo diciendo lo buenos que son los de la junta directiva, o en su defecto las actividades de la Asociación-de-viudas-de-médicos (tócate los pirindolos...), o actividades varias: Campeonato de golf del colegio médico, el fin de semana taurino del colegio médico, pregones de Semana Santa en el colegio médico, celebraciones religiosas o comilonas varias. Un Colegio Médico que me obliga a estar colegiado, a pagar un pastón mensual, y que me aporta cero (pelotero). Bueno, al acabar la residencia nos dieron una "comidita" y regalaron una corbata a los chicos y un pañuelo a las chicas, detalle que sería la envidia de Berlusconi.

-Error 5, El peor de todos: Creer que un médico es un profesional cualificado, respetado, dignificado, tanto social como económicamente. En otros países de nuestro entorno los médicos son los profesionales mejor pagados, dada su cualificación, turnos de trabajo y responsabilidad. En España somos un profesional más, con sueldos a veces incluso menores que cualquier otro. Ejemplo: Un médico puede cobrar unos 14 euros la hora de guardia. Mi mecánico me cobra 35 euros la hora de trabajo (más IVA). Sin contar que, al tener una nómina, no tenemos derecho a becas, subvenciones, devoluciones o prevendas fiscales. Cierto conocido, con dos coches (uno de ellos audi), vivienda, cobrando el paro, casa de campo y piscina me lo decía claramente: "Salva, no te comas el tarro: para tener dinero, el camino no es trabajar: O defraudas o especulas, no hay otra. Además, los médicos deberíais trabajar gratis, para eso lo vuestro es vocacional".
Por suerte la nuestra es la profesión más bonita que conozco, pero también dura, exigente, con una responsabilidad y un nivel de cualificación tal que deberíamos estar infinitamente mejor pagados. Pero es lo que hay...igual sacamos un fecaloma, que comemos un bocata de mortadela las 3 de la madrugada, por 14 euros la hora. Lo siento si este post me quedó demasiado corporativista, pero es lo que hay.

VICTOR AND THE KILLERS

El seat Ibiza atraviesa la noche. En el CD del coche suenan los Killers (Are we human or are we dancers?) a todo volumen y la luna alumbra la carretera de playa.
Cien kilómetros por hora. Víctor baja la ventanilla y....
Una hora antes
La jornada de guardia estaba siendo absurdamente tranquila. El final del verano y la vuelta a los trabajos hace que la gente esté más ocupada en deshacer maletas, preparar la vuelta al colegio de los niños y suscribirse a la colección de muñecas de porcelana, al inglés y al gimnasio (y borrarse de todo a las 3 semanas), que en llevar al abuelo al hospital.
En la zona de observación hay sólo un paciente de ochenta y quince años pendiente de pruebas. El turno de tarde acaba a las doce de la noche y son las once y media. Víctor ha quedado para ir a la sesión golfa. Irá a ver Mapa de los sonidos de Tokio con Sandra, así es que la cosa promete. En noches como ésta Víctor piensa que está a punto de rozar la felicidad (salud, dinero, amigos, amores...y su consulta controlada)
Son las once y cuarenta y cinco cuando entra un paciente en camilla.
-Vale, ya me jodieron la peli -piensa Víctor rememorando todos y cada uno de los antepasados del enfermero de triaje que le ha pasado un paciente con fiebre a su zona -joder, una fiebre me la pasa a observación, lo próximo que será, ¿un ataque de caspa?

Ciento diez kilómetros por hora...
El médico se acerca a la camilla. En ella, un paciente que ronda los ciento veinte kilos, con el pelo ralo y la cara redonda, como de luna llena. Su edad, indeterminada entre los 30 y los 45. Su mirada, febril. Sus manos, regordetas y blancas, en el torso desnudo y adiposo, una cadena de la que cuelga un anillo.
Son las once y cuarenta y cinco minutos y Juan Francisco Bélida entra en camilla al área de observación. Tiene fiebre de hasta 40 grados desde esta mañana. Ayer fue la última sesión de quimioterapia. Un linfoma lo está devorando desde hace casi medio año.
Al acercarse, el paciente reconoce al médico inmediatamente...es Víctor.
Quince años antes habían compartido internado en una residencia para estudiantes. Habían hecho un grupo de amigos increíble. Juntos saltaban la verja los viernes por la noche para ir a comprar cervezas y chorizos para hacer barbacoas prohibidas en los jardines del colegio, juntos salieron los primeros sábados a los bares del centro, y juntos se fumaron los primeros cigarrillos a escondidas. En aquel internado compartieron habitación cuatro años. Unas habitaciones irrespirables para seis, con literas y olor a calcetín mezclado con sudor adolescente.
Cuatro años en los que compartieron todo, como tan sólo se comparte todo a los quince años. Eran los cuatro mosqueteros: Víctor, el intelectual; Juanfran, el guaperas-fashion; Luigi (Se llamaba Pedro pero le llamaban Luigi por su cara de italiano), el empollón; y Poli, el gracioso contador de chistes. Jamás olvidaría las tardes de risas tumbados en el césped y mirando a las chicas pasear (chicas por otro lado inaccesibles).

Ciento veinte kilómetros por hora...
Un día todo acabó. Cada uno empezó su carrera, menos el Poli que se dedicó a trabajar en la fábrica envasadora de aceite del padre...y las vidas siguieron rumbos distintos. Pero el último día antes de despedirse decidieron que los cuatro mosqueteros siempre llevarían un anillo de plata dondequiera que fuesen.
Juanfran estudió periodismo y tuvo suerte. En unos años consiguió trabajo en una emisora de radio y encontró pareja. Un chico llamado Roger. Jamás se atrevió a decirle a los otros mosqueteros que le gustaban los chicos, aunque en realidad era algo asumido y sin más importancia. Víctor apenas lo seguía pues la crónica deportiva no era de su interés.
Su vida en Madrid fue un sueño hasta que una fiebre persistente acabó abriendo las puertas del infierno. Roger desapareció una noche de mentiras empapadas en ginebra. Las nóminas dieron paso a una menguada baja laboral de 650 euros al mes. El piso en Madrid fue sustituido por la habitación con un ajado póster de Butragueño en casa de sus padres. Y la vida de Juanfran se convirtió en una sucesión de consultas, médicos, sueros y comprimidos, la vida en el infierno.

Ciento treinta kilómetros por hora...
Víctor ha entrevistado al paciente de la camilla 1, y en todo momento ha notado algo familiar en aquella voz, en aquellos ojos...hasta que reconoce el anillo de plata en un colgante sobre el cuello de Juanfran, un anillo idéntico al que él mismo porta en su pulgar.
-¡Joder tío...tu eres el Juanfran! -le dice con una mezcla de sorpresa y horror.
-Sí, ¿no me has reconocido, verdad? -responde Juanfran forzando una sonrisa -es la puta cortisona. Fíjate tú, yo que era el más fashion de todos y no me queda ni pelo.
-Bueno, esto pasará tío -le miente a bocajarro Víctor -ya verás, volverás a la radio y serás el crack de siempre.
Víctor se acerca y ambos amigos se abrazan. El médico nota su pijama verde contra la piel grasa y sudorosa del que fuera hace tan solo unos meses uno de los chicos más adorados de Chueca, y su mente se impregna de cervezas con chorizo, de olor a césped recién cortado, de olor a cigarrillos mentolados y amistad adolescente.
Doce y veinticinco minutos: Víctor se ha quedado a acompañar a Juanfran. Tiene cinco llamadas perdidas en su móvil y una discusión pendiente con Sandra.

Ciento cuarenta kilómetros por hora...
El paciente gordo y con cara de luna llena, diabético a base de cortisona, el paciente calvo y mofletudo de los ojos verdes, pasa a la zona de aislamiento.
Doce y cincuenta y dos minutos: Juanfran duerme entre sueros, antibióticos e insulinas varias. Víctor, agotado, se cambia de ropa en el vestuario, allí se cruza con alguien.
-Oye tío, ¿has visto al gordo ése que está en la cama de aislados? -le dice ese alguien -"pos" resulta que es Juan Francisco Bélida, el del Carrusel Deportivo, aquél que decía eso de vivan los cuatro mosqueteros cada vez que marcaba España -Víctor mira a ese alguien incrédulo -pues resulta que el tío es gay, y ahora vete tú a saber lo que habrá "pillao". Los maricones siempre acaban en el barro...Jajaja!
Entonces Víctor mira con rabia a ese alguien que ríe como sólo los seres siniestros saben reír, y sale de los vestuarios dando un portazo.
Mañana será un saliente de guardia más, como cada saliente de guardia desayunarán entre risas y rosas.
Juanfran ya estará muerto, o ingresado, qué más da. Seguirá su calvario, y otro condenado ocupará su cama.
No puede apartar de su cabeza la misma idea martilleando sus neuronas: no es justo, no es justo...y le aterra saber que es la primera vez que ha visto la muerte realmente cercana, la ha notado como una auténtica hija de puta respirándole su aliento helado y apestoso al cuello.
El seat Ibiza atraviesa la noche. En el CD del coche suenan los Killers a todo volumen (Romeo and Julliet, un revival del Dire Sraits que adoraron los cuatro mosqueteros) y la luna alumbra la carretera de playa.

Ciento cincuenta kilómetros por hora.
Víctor baja la ventanilla y...la brisa salada limpia sus lágrimas.

Gente del Sur

El hombre del pelo blanco sigue sentado en la silla de madera. Arqueado sobre su espalda y doblado ante ochenta años de vida, espera el parte de la dos en radio-nacional.
En la habitación blanca como blancas son las habitaciones del sur, desnuda de cuadros; una gran mesa, unas sillas, una mesita y una antigua radio desgranando noticias. Se oye un tamborileo monótono, sin ritmo, el toc-toc-toc de un bastón golpeando el borde de la mesa. El sonido del Parkinson.
El hombre del pelo blanco lo oye desde hace casi once años, cuando su mano empezó con ese temblor extraño, ajeno, tóxico.
Hombre del pelo blanco, hombre del sur.
Junto a él, un niño de apenas diez años. No lo cuida, simplemente le ayuda a levantarse, le acerca el vaso de agua, le ayuda a encender los cigarrillos Rex y oye sus historias. Historias inolvidables. Cuentos heredados que el niño retiene en su mente, palabras con sabor a añejo como granuja, perro-lobo u hogaño, que nunca más oiría en boca alguna. Palabras hundidas en el abismo el olvido colectivo.
Una mañana el anciano le dijo al niño:
-Algún día oirás que los del sur no servimos para trabajar, que somos pandereta, vino y flamenco. No lo creas.
El niño no entiende las palabras del anciano, pero las guarda en la memoria.
El hombre del pelo blanco le cuenta cómo fue su infancia, de piojos y colchones compartidos, en una tierra seca y áspera.
Cómo lo encarcelaron con siete años por robar leña en un invierno helado y cruel. Le explica cómo eran aquellas enfermedades en que los niños morían ahogados por una tela en la garganta.
-Era la diteria, y cada año moría algún niño –le cuenta recordando noches de frío y sarmientos robados -luego llegó la tisis y también murieron muchos echando sangre por la boca. Eso ya no existe hoy en día.
Y si su infancia fue dura, su juventud no lo fue. Ni dura ni triste. Simplemente no existió.
Una guerra absurda como todas, con una posguerra terrible hizo que su infancia saltara en mil pedazos. De aquella época sólo le cuenta una cosa:
En esa época trabajaba a cambio de comida. Una comida al día. El trato era trabajar como una mula. A cambio podía comer la cantidad que pudiera de una sola sentada en una gran olla compartida. Una tarde, tras comer calabaza con tocino salado, vio cómo colgaban de un olivo a un vecino. No pudo volver a comer calabaza en toda su vida.
Al acabar la guerra partió a la siega, decidido a comprar su trozo de tierra. Cuando aún no existía la cosechadora, en la campiña sevillana, las grandes terratenientes hicieron fortuna gracias a los braceros. Los braceros, hombres del sur que hoz en mano, se partían los lomos dieciséis horas diarias a cambio de una peseta al día. En aquella época un pan valía una peseta y media.
Pero el hombre del pelo blanco logró juntar dinero bastante para comprar un trozo de tierra.
La tierra más barata, la de una de las zonas más áridas de aquel país seco y yermo. Una tierra pedregosa y ruin, incapaz de devolver ni siquiera una milésima parte del trabajo en ella invertido. Tierras lorquianas aquellas, tierra para titanes.
Y después plantó simientes que se convertirían en viñedos.
Pronto formó una familia. Durante unos años vivieron en una choza con una lona, varios palos y un quinqué. Cuando llovía cada uno debía coger su colchón y correr bajo la lluvia en busca de refugio.
Y el hombre del pelo blanco decidió que tendría una casa.
Para ello se debió hacer más de doscientos hoyos. Para plantar un olivo es necesario hacer un hoyo del tamaño de una persona en la piedra caliza. Cuando no existían las excavadoras, se hacían a mano, y el hombre del pelo blanco empleó cientos de tardes y noches haciendo hoyos hasta conseguir su casa.
Y pasaron los años. Y tuvo una familia. Y la espalda del hombre del pelo blanco se fue encorvando por el trabajo de sol a sol, pero consiguió algo casi milagroso…aquellas tierras duras del sur que cultivó dieron unos frutos extraordinarios. Y pudo conseguir darles a sus hijos incluso una educación y mandarlos a estudiar a la capital.
Hasta que apareció aquel temblor. Entonces el hombre del pelo blanco debió jubilarse, dedicándose a intentar no caerse al caminar, oír el tamborileo de su bastón y criticar las noticias del parte en radio-nacional.
Y así pasó aquel verano de cuentos y cigarrillos a escondidas.
Una tarde de esas absurdas, se dejó de oír el toc-toc-toc en aquella sala blanca del sur, y el informativo de las dos en radio-nacional calló para siempre. Veinte años más tarde, aquel niño olvidó algunos de sus cuentos de granujas, condesas y bandoleros. Pero hay algo que casualmente nunca olvidó: Se equivoca quién crea que los del sur sólo servimos para la pandereta, el vino y el flamenco.
El hombre del pelo blanco se llamaba Salvador Pendón, curiosamente igual que yo. Era mi abuelo, mi otro abuelo. Como él, muchos millones de personas en el Sur dejaron sus espaldas, sus fuerzas, sus vidas en su lucha por Vivir. Para ellas fue un sacrificio, para mí fue un privilegio. Gracias.