PARA NO OLVIDAR...

Invierno de dos mil nueve...
Florencio se siente extraño en esta mañana de jueves. Hace frío y al mirar en el almanaque de pared (obsequio de Caja Rural) descubre que esa misma noche es nochevieja. Con la lentitud que dan los setenta y cuatro años (recién cumplidos), se prepara el descafeinado con pan y aceite; las migas de bacalao y el vasito de Casera blanca. En la radio (Sanyo) suena la SER, son las noticias de las diez. Florencio sonríe entre dientes (pocos dientes), y barrunta algunas palabras comentando el último escándalo político. Su mano derecha tiembla al elevar la cuchara a la boca, el descafeinado resbala por su barba canosa; resbala y cae sobre el pijama que otrora fue gris perla.
-Es precioso -le dijo Aurora hace apenas tres años- con este pijama vas a parecer el mismo Alfonso Doce.
Aurora descansa en su nicho, con su mármol grisperla y sus flores (dos con cincuenta la docena en la tienda de los chinos).
Años de felicidad junto a aquella mujer del pelo azabache y los ojos de fuego.
Florencio suspira...
Dos pasos al frente, tres a la derecha. Florencio recorre su habitación y se asoma a la ventana. Fuera llueve sobre sobre la calle desierta y gris. Florencio baja la cabeza y observa la mancha del café.
Recuerda sus mañanas hace apenas cinco años cuando aún era un poeta de relumbrón. Uno de esos a los que invitaban a los programas tan sesudos de La2, uno de los pocos que aún vendía libros de poesía en un país de prisas electrónicas y soledades asfixiadas con lexatines.
Florencio sonríe...
Se sienta en su cama y mira el techo. Una mancha de humedad le recuerda uno de aquellos dibujos que pintaba su hija Fátima y su Pedro con apenas cinco años. Entre risas y peleas infantiles; entre fingidos enojos, entre tardes de estudio y chimenea pasaron unos años felices. Hoy Fátima trabaja en Bilbao. Es abogada. Pedro es piloto de Iberia.
Florencio recuerda...
El anciano vuelve a la cama. Está fría. Se acuesta y se hace un ovillo recordando, entonces empieza a llorar por su juventud perdida; por Aurora y sus pijamas, por sus libros olvidados, por sus hijos que no le visitan hace meses, porque nadie le quitará su mancha, porque nadie oirá su llanto, ni siquiera nadie le hablará, aunque tan sólo sea para decirle lo tonto que es. Luego lo piensa mejor y sonríe. Al menos le quedan los recuerdos felices de unos años únicos, un refugio de paz en su mente al recordar tiempos mejores.
Una vez más, como cada día desde hace trece meses ha vuelto a llorar, una vez más se ha empañado las gafas, una vez más ha vuelto a girarse sobre su brazo derecho buscando el cuerpo tibio de Aurora. En su lugar, sobre la almohada, la mano del anciano encuentra un papel arrugado. Intrigado, Florencio se incorpora, prende la luz de la mesilla y se ajusta las gafas.
Florencio lee una hoja mil veces leída...
"Verano de dos mil seis:
Soy Florencio Rández, tengo sesenta y dos años. Soy conductor de autobuses de la línea Logroño a Zaragoza desde hace treinta y dos años. Apenas sé leer ni escribir, pues de niño ni eso me enseñaron. Soy soltero, aunque a los quince años tuve una novia, Aurora. Aurora era la chica más guapa del barrio. Nunca la olvidaré. Un verano sus padres la mandaron a servir a Madrid y nunca más supe de ella. No tuve hijos. Hace unos meses me han diagnosticado Alzheimer, y desde hace una semana estoy ingresado en esta residencia. Me han dicho que todo lo olvidaré. Escribo esta carta para mí mismo, para nunca olvidar. Soy Florencio Rández y no quiero olvidar".
Esa mañana de Diciembre, un anciano se levanta de su cama, abre la ventana y arroja un papel al viento.
Florencio ha decidido vivir en su nueva vida, los recuerdos de la demencia...

DEDICADO A...

A Carmen que ayer rezaba frente al televisor con los siete décimos de lotería sobre la mesa camilla esperando el milagro de los niños de San Ildefonso, a Luis que cada mañana encuentra un nuevo motivo para luchar. A Manuela que esta noche cenará en soledad su pan migado en leche esperando la llamada de sus hijos desde Oslo.
A Pedro que paseará su soledad de cocaína y don Simón por las afueras de Granada. A Marco que no para de corretear por los pasillos de la planta de pediatría esperando la llegada de Papá Noel.
A todos los que hoy estamos trabajando, a los que nos tomaremos una copa y unos langostinos brindando con la mente puesta en los nuestros.
A mí, que cada noche, al despedirme de mi princesita, cierro la puerta de su habitación simplemente para oírla decir "¡¡papiiiii no cierres la puerta despistado!!". A ti que me lees y nunca te atreviste a escribirme, a la enfermera que nunca me saluda en el ascensor y a la desconocida que me paró en un pasillo para decirme que me leía.
A Pedro, que esta noche conocerá a Marta, y a Blas que reirá junto a sus hermanos y cantará villancicos, ocultándoles que hace dos meses que no puede pagar la hipoteca.
A mi chica porque a veces me pregunto cómo es posible que aguante mis rarezas, y porque con ella el tiempo va a otra velocidad.
A mis compañeros de trabajo, porque de ellos he aprendido a Ser Médico.
A Cándido, que ayer me encontró tras una semana buscándome por los pasillos para regalarme una caja de bombones por haber tratado a su mujer que falleció hace dos meses.
Al aparcacoches de mi hospital que cada mañana me mira huraño.
Y al perro del vecino, al presentador de la tele, al que se rasca la nariz en el semáforo. Al tímido y al loco. Al músico ambulante, al payaso y al poeta.
A mi madre, que ayer me dijo que lloraba leyéndome...
A todos y cada uno de los que este año os habéis cruzado en mi vida, a todos los que habéis conseguido que éste sea un año especial…gracias y Feliz Navidad.

AVATAR VS. MARIO VIÑUELA

Hace unos días fui a ver Avatar (3D). Seguramente será la película del mes, del año, de la década... Seguramente será analizada por sesudos cinéfilos, cineastas y cinetóntilos. Llegarán los culturillas diciendo que no les gusta, los romanticones diciendo que es bella, los ideólogos diciendo que es una "americanada". A mí me gustó. Y me gustó mucho. He estado pensando la causa de que me gustara:
¿El argumento? No es un argumento novedoso. Al contrario, es una historia mil veces contada.
¿El mensaje? No está mal, con el punto del encuentro de civilizaciones, el medio ambiente, la ecología...quizás demasiado políticamente correcta; pero para una super producción, vale (tampoco le podemos pedir a estas producciónes que sean reservoir dogs)
Y después de mucho pensarlo, descubrí lo que me gustó: Se trata de un sueño. Al acabar las dos horas y media me sentí como si hubiera estado soñando despierto, como si realmente me hubiera transportado miles de años luz a aquel mundo fantástico. Seguramente sería el efecto lisérgico de la animación 3D, pero disfruté de la peli exactamente igual que cuando tenía 11 años y veía el cine como algo realmente mágico. Por eso me gustó, porque me transportó, porque cambió el hecho de ver una peli por la experiencia de vivir el cine.
Pero ( y siempre debe haber un pero) no me llegó a tocar esa fibra especial que me gusta tocar, ese segundo de magia que te dan algunas pelis (y no estoy pensando en Condemor ni en supersalidos, dos grandes obras de la filmografía de culto). Fue una especie de orgasmo prolongado y dulce de dos horas y media de duración sin el clímax final que tanto me gusta.
En cambio he descubierto a alguien que sí tiene esa capacidad, ese bisturí sentimental.
A veces me gusta navegar la red de forma anárquica, mirando fotos, vídeos, blogs o leyendo vidas ajenas; hace unos días encontré a Mario Viñuela, y descubrí sus cortometrajes.
Un corto es el equivalente a un relato. Poco tiempo, poco espacio, poco presupuesto. Y mucho que contar, por eso me gustan ambos.
En una mañana de esas de frío y lluvia me ví sus cortos y todos me emocionaron. Pero entre todos me quedo con uno muy muy especial. Uno que me llegó exactamente al sitio donde me gusta recibir los impactos emocionales, uno de esos que cuando acaba te quedas varios minutos como tonto, mirando una pantalla en blanco. Y pensando...
Por eso si hoy tuviera que elegir entre Viñuela y Cameron sin duda me quedaría con quien, en una mañana de invierno y cielos grises, consiguió arrancarme una vez más algo de mí. Aquí tienes el vídeo:

HOY NO PENSABA ESCRIBIR, PERO...

Es cierto, hoy no tenía previsto escribir en mi blog.
Muchos de mis personajes y situaciones son ficticias. Hoy no.
Iba a ser uno de esos días de mini-vacaciones que normalmente no pasan a la historia de mi vida. Había decidido dedicar la mañana a hacer algo de deporte, revisar el correo (creo que últimamente reviso demasiado mi correo) y pelearme por enésima vez con mi banco, que aficiona a sisarme unos euros de vez en cuando, y que suele devolverme tras la correspondiente reclamación.
Una mañana cualquiera de un mes de Diciembre atípicamente soleado. Durante el viaje a la sucursal decidí usar la carretera de la playa. Me encanta viajar por esa carretera junto a las olas, dando palmaditas al volante al son de la música y cantando (tratando de hacerlo al menos) las canciones a todo volumen (además han sacado una canción del Pavo Real de El Puma versión electrónica-poligonera realmente genial).
Decidido, hoy no tocaba escribir en mi blog. Definitivamente, una mañana perfecta adornada con la cercanía de la Navidad. Las calles decoradas, la música, el sol, la playa. Perfecto.
Entro a la sucursal con la idea de salir lo antes posible. Apenas hay gente en las colas, pero aún hay menos gente en las ventanillas. Un enorme árbol de navidad súper fashion anuncia las bondades de mi banco. Sólo una ventanilla abierta, cuatro personas en la cola.
El mero hecho de esperar, desencadena en mí un irrefrenable odio hacia la persona que está delante. Y por supuesto hacia la cajera. Sé que es absurdo, pero no lo puedo evitar. Siempre siento antipatía hacia la persona que hay delante de mí (especialmente cuando empieza a hablar por teléfono a voces, se rasca la oreja con una llave o insiste en sacar bolillas de sus fosas nasales).
Una chica paga un recibo de la luz (cinco minutos de trámite). En segundo lugar una señora de avanzada edad espera para sacar algo de dinero (es que yo lo del cajero no me fío –dice); y justo delante de mí un hombre de unos cincuenta años con un arrugado papel en la mano.
El hombre debe trabajar el campo, pues tiene las manos sembradas de negros callos agrietados. Delgado, con la piel quemada por el sol y su tez extremadamente morena, con incipientes signos de queratosis actínica en la frente (siempre termino diagnosticando a la gente) contrasta con unos ojos claros, una nariz recta y una mirada firme. Pienso que en su juventud habrá sido bastante atractivo. La ropa es limpia, pero gastada por mil usos, y por la roída zapatilla asoma un trozo de calcetín.
El hombre no para de leer una y otra vez el papel arrugado; yo intento leerlo disimuladamente en la distancia, pero nada. Siento curiosidad.
Al fin llega su turno.
-Buenos días. Señorita, venía por esta carta.
-A ver, démela –la chica de la ventanilla levanta los ojos de su pantalla mirando al hombre por encima de sus gafas de Tous –esto es una notificación de un descubierto.
-Un descubierto, ¿eso es que la cuenta se quedó en números rojos? –la voz del hombre parece temblar.
-Sí, más o menos –la voz de la chica suena impersonal, aséptica- son treinta euros de la reclamación del descubierto más los intereses diarios.
-Pero, no puede ser, ¿puede que haya habido un error?
-A ver, voy a mirar –la chica resopla mientras teclea ágil.
-Hágame usted el favor señorita.
Click, click, click…
-El subsidio por desempleo se le acabó el mes pasado.La cuenta está en descubierto, se han devuelto dos recibos y las letras de la hipoteca están pendientes.
-Señorita, pero esto tendrá un arreglo…
-Ese no es mi problema señor, usted firmó lo que firmó.
-Pero… -entonces el hombre de piel quemada empieza a llorar. Jamás había visto a un hombre llorando ante una chica de apenas treinta años.
En ese momento otro trabajador del banco se acerca a la chica y le recuerda que la cena de navidad ha cambiado de hora.
-Vale, allí estaré sin falta Pedro.
-Ponte guapa, que luego tendremos copas.
-Y tú también bombón, ¡Jajaja!
Pedro se aleja hojeando las páginas de un diario deportivo que titula en su portada: Tragedia por la lesión del central del Real Madrid, cinco meses de baja.
La cajera vuelve nuevamente su cara al hombre del papel arrugado, de la cara arrugada, de la vida arrugada.
-Señor este problema debe arreglarlo usted, no es mi responsabilidad; si quiere le cojo una cita con el director y lo hablan, ahora no puede estar atrasando a otros clientes.
-Pero yo ahora no tengo trabajo, no encuentro nada. Nada. ¿No podríamos apañarlo de alguna manera? Mire, tengo mujer y dos hijos… –el acento malagueño del hombre me hace trizas.
-Le repito que ése es su problema señor –la voz suena como un cuchillo. Atípico silencio en la gran sala.
La cola es ya de cinco personas, todas atentas a la ventanilla. Un hombre de cincuenta años llora y aprieta los puños frente a un metacrilato y un cartel que reza Feliz Navidad.
-Por Dios, por Dios…
-Señor, le insisto en que…
El hombre de pronto se gira sobre sus talones, nos mira, baja la cabeza y abandona la sucursal.
Los cinco clientes que aguardábamos nos miramos sin saber qué decirnos. Cinco desconocidos con una misma sensación difícil de describir. Tres de los cinco abandonamos la sucursal. Dos se quedaron. No cruzamos ni una palabra.
Al salir a la calle me cruzo con el hombre del papel arrugado, habla por teléfono…
-Sí, no te preocupes, ya lo arreglé todo… nada un problemilla de ordenadores, ya sabes, estos del banco…yo también os quiero…
Hoy no era un día para escribir en mi blog, era un día de calles decoradas, mantecados, villancicos y tragedias futbolísticas; se ha convertido en la mañana del hombre del papel arrugado. Y si no lo escribo reviento.
PS: Creo que es inmoral lo que está sucediendo.

TRADICIONES

Las odio. Desde que era adolescente lo he tenido muy claro. En aquel entonces me dijeron que era la rebeldía propia de mi edad; que eso se pasaría, que ya empezarían a gustarme, a añorarlas , a respetarlas. Y sobre todo, a conservarlas. Las tradiciones.
Y es que no entiendo por qué el mero hecho de ser "tradicional" o "una tradición" es un plus de valor para algo, una especie de garantía de que ese algo es intocable, respetable, venerable...
En mi (seguro equivocada) opinión, debería existir otro parámetro para estimar si algo es beneficioso o no que el simple calificativo de "es que es una tradición".
Y como no puedo salir a la calle a gritarlo (hasta que no sea tradicional el hecho de hacerlo), lo gritaré aquí, pues para eso es mío el post:
Estoy HARTO de que me digan que en el colegio se debe dar religión porque es una tradición de años, de que se mantengan fiestas en las que se torturan a los animales porque son tradicionales, de salir al campo y encontrarme gente armada con escopetas y disparando alegremente a cincuenta metros de mí, porque eso de cazar es una tradición, de tener que asistir a tradicionales y venerables bodas por la iglesia, bautizos, comuniones y funerales, sabiendo que el noventa por ciento de los asistentes no vuelve a pisar una iglesia el resto del año, de que mis impuestos sirvan para financiar una organización privada, tal y como es la iglesia católica, que no paguen impuestos y que encima me digan cómo organizar nuestras leyes civiles porque hay que respetarlos, son la tradición cristiana de nuestro país, que la jefatura del Estado sea heredada de padres a hijos como quien hereda una colección de sellos (tradición española).
Y sobre todo estoy harto de que cada año, cuando voy a montar el Belén la gallina es más grande que las ovejas, tengo tres vacas y ningún burro, un general romano que siempre se cae, el río de papel de aluminio me sale cutrísimo, la virgen es casi el doble de tamaño que San José, el caganet no sé donde colocarlo, pues me parece un poco escatológico (ahhhh, es que es una tradición catalana).
Es en definitiva un Macro-Belén que he ido acumulando a lo largo de años sin orden ni concierto.
Aunque si me pongo a reflexionar: es divertido mi Belén de figuritas cutres. Lo adoro. cada año lo monto con Penélope. Ella a sus siete (recién cumplidos) años no se da cuenta de los tamaños descompensados, de que las figuras son de plástico, ni del papel de aluminio, ni de la vaca-burro, ni de que los camellos son más pequeños que los reyes, ni de que el ángel en realidad es una figurita del señor de los anillos, de que los siete enanitos de Blancanieves no pintan nada en un Belén. El día que se de cuenta de todo ello, quizás pida que compremos uno de esos tan finos y de diseño que venden en El Corte Inglés. Ese día dejaremos de montarlo pues se habrá perdido la ilusión.
En definitiva, estamos cerca de Navidad...y me encanta. Es cierto, quizás estoy lleno de contradicciones, pero dejadme disfrutarlas.

NUEVE DE DICIEMBRE

Este no ha sido su mejor año. Hace menos de veinte meses la empresa contaba con casi cien trabajadores, la facturación mensual crecía de forma espectacular y todos los datos eran positivos. Pero un día empezaron los números rojos, las facturas sin pagar, los pagarés sin fondos, las pólizas vencidas...los despidos.
Quedan diez trabajadores; una secretaria, el viejo conserje en espera de jubilación, un comercial, tres redactores, dos técnicos de imprenta, un informático y el jefe. Blas Maluenda es uno de los cuatro periodistas que quedan en plantilla.
El Globo llegó a ser el quinto periódico del país con más de cien mil ejemplares diarios. Hoy la tirada apenas llega a mil seiscientos. Se devuelve la mitad. Hoy El Globo es un cadáver en negro sobre blanco.
Blas vive con Andrea, una chica alemana que conoció durante una cumbre de jefes de estado en Colonia. Ella es diseñadora y tampoco encuentra trabajo. Se dedica a cuidar a Cris, al que ellos llaman el gnomo de ojos azules. Su hijo de siete años.
Hace dos semanas Blas ha recibido una llamada. A Blanca, su hermana menor le han diagnosticado algo en un pecho. Entrará en quirófano a principios de Enero.
Hace diez días se ha reunido con Alberto, el jefe de redacción. Su escaso sueldo de mil doscientos euros se reducirá a media jornada (si te conviene, es lo que hay): seiscientos treinta míseros euros mensuales.
No ha querido decirlo aún en casa, pero hace dos meses que no puede hacer frente a la hipoteca. Ha logrado convencer a Andrea de que no necesitan conexión a internet; de que no son necesarias las soñadas vacaciones mágicas en Paris y que el Ford Ká es un coche genial. Ha conseguido convencer a Cris de que no necesita una Nintendo, y de que este año mejor no se sacan el abono para ver al Atleti. Renunciar a sus tardes de Atleti, bufanda, bocata y Cris de la mano ha sido lo peor. Pero no había otra opción.
Nueve de diciembre de 2009: Blas no puede más. Esta tarde llueve. Han vuelto a multarle por aparcar mal, se olvidó el paraguas y al pagar en la gasolinera la tarjeta se ha negado (falta de saldo) a dar más de sí (no se preocupe señor, será cosa de la banda magnética -le dijo la cajera apenada al ver su mirada de desesperación).
Mojado hasta los huesos, y con frío hasta el alma, Blas decide subir a pie los treinta y dos escalones hasta su (mientras la hipoteca aguante) apartamento. Unos segundos antes de entrar se sienta en el escalón número diecinueve. Apoya los codos en las rodillas, cierra los ojos. Y llora.
Llora por Cris y por Andrea. Llora porque va a perder su vivienda y su empleo. Llora por Blanca y su cáncer, por sus ilusiones arrojadas a la basura, por su vida atrapada entre números rojos. Llora porque no encuentra salida. Y lo peor de todo; llora porque se apiada de sí mismo. Y no le quedan fuerzas.
Con un gesto mecánico Blas se limpia las lágrimas (espera que las gafas disimulen sus ojos enrojecidos), se levanta y sube los trece escalones hasta casa.
Con dolor, con infinita nostalgia gira la llave. Clek, cleck...
Y el calor de su casa lo arropa, lo envuelve. Por el final del pasillo viene Cris corriendo con los brazos abiertos y una sonrisa enorme...
-Papá...¡¡hoy es el día, hoy es el día!! Mami dice que hoy es...
-¿El día? -responde Blas con mezcla entre sorpresa y miedo a haber olvidado algo importante.
-Sí, mamá dice que hoy es nueve de diciembre, hoy es el día -responde el niño mientras salta a los brazos de Blas.
Entonces Blas recuerda, y sonríe. Se aparta una última lágrima y besa la mejilla del niño sonriente.
-Es cierto...¡vamos Cris, vamos corre!
Entonces padre e hijo bajan al garaje de donde sacan dos cajas de cartón llenas de polvo y unas bolsas.
-Yo subo las cajas y tú llevas las bolsas -dice Blas.
Quince minutos más tarde Blas y Cris empiezan a montar el árbol. Blas se encarga de ensamblar las piezas, mientras Cris le acerca una a una las bolas.
-¡No, no..esa bola gorda ponla más a la derecha...allí -grita Cris entusiasmado.
Blas sonríe mientras obedece con simulado enfado las órdenes del niño.
-No sé no sé...no lo veo claro.
Después de dos horas, padre e hijo han logrado montar el árbol más feo de la historia. Un árbol sintético con bolas azules y blancas pasadas de moda, envuelto por metros y metros de tira navideña dorada, manzanas rojas, una estrella rota y una bola verde con la inscripción Feliz 1998.
-Está perfecto -dice Blas.
-¿verdad que sí ? Yo creo que este año ha salido más bonito que nunca -reponde el niño mientras salta nuevamente a los brazos del padre.
-De hecho, creo que sin duda es un de los mejores árboles de Navidad que he visto en mi vida.
Entonces entra Andrea y le sonríe, se acerca a Blas y a Cris y los besa con ternura. Los tres se cogen de la mano, se sientan frente a un árbol de resina y mil colores, cierran los ojos y se abrazan. Blas decide en ese mismo instante que no se rendirá, y sonríe.
Casi un año más tarde; Siete de de Diciembre de dos mil diez: Blas, Andrea y Cris pasean las calles de París. Hace frío.
Esa primavera se inció la recuperación de El Globo gracias a una exclusiva de su reportero Blas Maluenda. En tres meses han multiplicado por diez la tirada, el periódico es ahora el número tres ventas, con ciento cinco trabajadores. Blas ha sido ascendido a jefe de redacción. El tumor de su hermana finalmente fue un simple quiste y el ford Ká ha pasado a mejor vida. En ese momento los tres pasan junto a un gigantesco y espléndido árbol de navidad. Blas lo mira, cierra los ojos y sonríe.
-Papi, recuerda que faltan dos días para el árbol -le dice Cris.

LA CONSULTA AZUL

-Joder tío, la verdad es que me has desilusionado -me decía una amiga hace unos días, después de varios años sin vernos- no me esperaba que te "quedaras en urgencias".
-vaya, ¿tan raro te parece? -pregunté.
-No sé -me dijo- te imaginaba más como Médico de Familia en una consulta de Atención Primaria y esas cosas...en urgencias como que no resolvéis nada, sólo ponéis parches.
Tres días más tarde, cinco de la madrugada.
Arrastro mis pasos ( mis zuecos demasiado gastados, mi pijama verde demasiado manchado, mi cuerpo demasiado cansado) por un pasillo infinito. Entro a una consulta sin ventanas donde me espera alguien. Es mi enésima visita al rincón de las lágrimas azules. La consulta sin número, sin nombre.
En el rincón de las lágrimas azules nunca debes pararte demasiado. Allí no hay tiempo para nada más que para sobrevivir (que no es poco).
En el rincón de las lágrimas azules deberás mirar a la cara a alguien que realmente necesita tu ayuda, y tratar de convencerle de que tú eres su tabla de salvación, aunque sabes que no es así.
Deberás afrontar ese segundo de infinita tristeza en el que comunicar a una hija que su padre no volverá a casa.
Es el rincón de las lágrimas azules un sitio reservado para aquellos que deben estar ahí sin horas, sin desalientos y sin dolor.
Es el sitio donde te verás cara a cara con tu destino, con tus miedos y tus fantasmas.
El sitio donde no podrás mentir, porque sólo hay sitio para las tres verdades y tres preguntas a las que jamás podrás responder... cuándo, cómo y sobre todo: Por qué.
El rincón de la lágrimas azules, de las miradas y las caricias.
Quizás debamos poner algunos parches, soldar algunas fisuras, cerrar algunos errores del sistema, pero sin duda hacemos una asistencia Humana como en pocos sitios se puede hacer.
Y una vez saldada la visita, me acuerdo de mi amiga y le respondo, por cierto con cierto retraso:
-Soy Médico de Familia en Urgencias hospitalarias porque me gusta, porque disfruto con ello y porque es una profesión que, a mis treinta-y-demasiados, consigue erizarme el vello cada vez que logro, o al menos intento, aliviar el dolor de un ser humano.
Y estoy plenamente convencido de que somos los Médicos de Familia los profesionales mejor preparados para esta labor, a pesar de que muchos, quizás demasiados, se empeñen en decidir que nuestro ámbito de trabajo debe ser exclusivamente la Atención Primaria.
Dixit


EL SECRETO DE SUS OJOS

Son las dos de la madrugada. Hace frío. No es el frío de las noches de Diciembre de una infancia plagada de claroscuros. Es la frialdad que te da el tener la absoluta certeza de estar solo frente al mundo.
Entonces decides parar tu viejo Renault Clío, salir al arcén y encender el penúltimo cigarrillo de la noche. Algún día te deberías plantear que tu relación con el tabaco no es leal.
La primera calada ilumina la noche, y en ese medio segundo un millón de sensaciones colapsa tu mente. Es uno de esos momentos en los que lo sucedido en las última semana se concentra en un suspiro. Starlux de pasiones, cápsula de amor contra la locura.
Y en ese instante recuerdas imágenes, músicas, olores, sonidos y voces. Tienes la inmensa fortuna de percibir que esas mil sensaciones se están grabando en tu mente. Para siempre.
Hacía algún tiempo que conocías a Leire. Era una más de las chicas que conocías. Hasta que dejó de serlo. Hasta que una cita para ver a Ricardo Darín acabó en una mirada interminable, en una confesión. Y finalmente en un beso eterno.
Los días siguientes tu vida fue arrasada por un tornado de sensaciones. Descubriste nuevos colores, nuevos sabores, nuevas miradas y nuevas risas.
En apenas diez días tu mundo giró, y decidiste que Leire era la persona con quien querías compartir tu vida.
Tres días más tarde los besos furtivos acabaron en caricias. Y esta misma noche quedasteis para cenar.
Habéis paseado y habéis hecho el amor en este mismo Renault Clío que ahora te acompaña. Hace de eso apenas una hora. Igual que cuando eras adolescente. Amor con prisas y pasión eterna.
Y entonces, un nuevo giro en tu noria.
-Leire, quiero decirte algo –susurraste a su oído, decidido a apostar fuerte.
-No, no lo digas –entonces te ha mirado muy fijamente –quiero que olvides esta noche, que olvides esta semana. Nada de esto ha sucedido.
-Pero…
Hubieras rogado, hubieras llorado, hubieras suplicado; pero sabes que el amor no se mendiga, se conquista.
Ahora te sienta junto al arcén y apuras el cigarrillo. Sabes que aquellas músicas, aquellos olores, aquellos sabores, aquellas miradas de los últimos quince días, te acompañarán el resto de sus días. Sabes que nunca podrás volver a percibir ese aroma de Ralph Lauren sin sentir una punzada de dolor.
Con tranquilidad apagas el Marlboro, recuerdas El Secreto de sus Ojos, sonríes y sigues.

MIS PROBLEMAS CON LAS MUJERRES

Hay momentos en los cuales tu profesión se vuelve una incomodidad para el normal desarrollo de tu vida personal (y no me refiero al momento en que una chica adorable decide comentarte sus problemas de golondrinos axilares en la discoteca cuando le dicen que eres médico).
A veces es en la cola del supermercado, otras en el banco, en el ascensor, o incluso en bodas, reuniones sociales varias y saraos lúdico-festivos, surge la temida conversación: Vaya-mierda-de-sanidad-tenemos.
Generalmente la conversación va tomando un cariz cada vez más truculento, escabroso y agresivo, especialmente si los contertulios en cuestión ignoran que eres médico.
Doce de la mañana; supermercado Mercadona. Víctor Bárcenas aprovecha el saliente de guardia para hacer la compra semanal. Ha estimado que con dos salchichones de los que él denomina "pata de borrico", dos litros de Hacendado-cola light, una bolsa de tranchetes, otra de bimbo sin corteza, una bolsa Maxi de patatas fritas y un kilo de tomates podrá seguir con su dieta mediterránea que ya le ha ofrecido unos resultados estupendos.
Delante de Víctor, doña Carmen, ochenta hermosos kilogramos con cincuenta y cinco primaveras enfundados en un vestido de los denominados "Bambos" con flores azules y grises. Junto a ella Candela Cortés, aún en pijama y chanclas; rodeada de tres churumbeles que se mueven en torno a ella como satélites. Un cuarto, el Yeremis cabalga la cadera derecha de Candela. Dos velotes verdes cuelgan de la nariz de Yeremis de forma ondulante...suben en la inspiración...bajan en la espiración. Cuando la madre se mueve los dos velotes verdes se mueven de uno a otro lado cual Péndulo de Foucault.
Junto a Candela y Carmen está Luisa. Luisa Jánforas, la más "lista" del barrio. Catedratica en la comparación de precios Mercadona-Lidl, especialista consumada en colarse en el médico con excusas variopintas y profesional en negociar el precio de las coquinas o de las bragas del mercadillo; Luisa, que además de presidenta de "el APA" y terror de profesores, tiene el récord de reclamaciones en el centro de salud, ha demandado al vecino por once centímetros de muro y está gestionando una Incapacidad por fibromialgia severa crónica incapacitante multifactorial idiopática.
-Oche Candela, al Yeremis te lo veo fatal. - dice Luisa poniendo cara de teniente Grissom.
-Bueno ya está bien, gracias a don Jorge, porque si no...el niño no lo cuenta, eso te lo juro por Santa Críspula. Porque si llega a ser por los médicos del seguro el Yeremis estaba más tieso que un garrote.
-Qué me vas a contar que yo no sepa, si yo le tengo una fe a don Jorge tremenda, porque siempre acierta con mi Paula María.
-Mi Yeremis es que se ha tirado una semana con una fiebre tremenda y una tos asisina. Pero una cosa horrible, que no se le bajaba la fiebre ni con el dalsy ni con ná de ná. El primer día por la tarde lo llevé a urgencias del centro de salud y la médica me dijo que era un virus. Pero digo yo que un virus...¿como lo sabe la médica que es un virus, acaso lo ha visto?.
-Di que sí...-apostilla doña Carmen.
-Así es que por la mañana cogí una cita para la pediatra. Y no te lo pierdas. ¿a que no sabes lo que me dijo?
-¿no te diría también que es un virus? -Luisa abre los ojos como platos.
- eso me dijo la tía.
-Pero qué poca vergüenza...claro como los médicos se protegen entre ellos. Normal.
-Entonces yo cogí al Yeremis y por la tarde me lo llevé a urgencias del hospital. Tres horas esperando, pero tres horas de reloj eh. Había un médico jovencito, la verdad es que fue amable, pero el pobre no daba abasto con tanto niño. Yo le dije que al niño yo no me lo llevaba hasta saber qué tenía.
-Muy bien Candela, a esta gente hay que ponerle las cosas claras.
-Total, que al final le hizo una radiografía y un análisis. Yo le dije que mi Yeremis estaba pa antibiótico, pero el médico no lo tenía claro creo yo. Al final le puso la Amosilina , aunque yo le dije que a mi Yeremis la Amosilina no le hace nada.
-Sí, es que ésa la receten porque es más barata,pero es leche frita. Y no se dice Amosilina, es Amorsiciclina -espeta Luisa
-Al final, alguien me dijo que el pediatra del hospital no era ni siquiera pediatra, que era como un médico que está haciendo la especialidad o algo así.
-Un MIR -le dice Luisa la sabionda -¿no has visto la serie en la tele? esa de jovencitos que están todo el día dale-que-te-pego-a-la-zambomba.
-Me suena algo. Yo lo que hice fue irme al hospital materno infantil, allí sí que hay pediatras buenos. Me lo vio un pediatra, pero resulta que tenía el ordenador conectado y se veia que la pediatra decía que era un virus, así es que el tío ya no se podía bajar del burro. Ni un miserable análisis de orina le hizo.
-¡Vaya panda! Eso ya no es ser médico ni ser nada. Esto lo arreglaba mi Antonio en dos tardes -Luisa está en Nivel 5 de indignación.
Víctor observa impasible. La cajera espera a las tres señoras que están centradas en su conversación.
-Y al final, ¿qué remedio me quedó? - dice Candela.
-Lo tuviste que llevar a don Jorge, claro.
-Normal. Toda la vida pagando seguro para esto...-y entonces surge la frase.
-Vaya vergüenza de médicos del seguro -dice Luisa.
-¿y qué te dijo don Jorge? -doña Carmen está expectante.
-¿Qué me va a decir?. La Verdad. Porque don Jorge es el Levangelio,nunca miente. Me dijo lo que yo imaginaba, el Yeremis tenía una bronquitis, es más, ¡casi principio de neumonía...!
-Por Dios, por Dios. Y los otros venga decirte virus virus virus...¡dónde va a llegar este país!
-Por suerte don Jorge le recetó el Ceclón, Mucosal, Actithion Antistílico, Romilán y el inmunoferión. Y a los tres días empezó a mejorar.
-Es que don Jorge es mano de Santo...¡tiene un atino!
-Sí pero los cien euros que me cobró no me los devuelve el seguro.
En ese mismo instante el Yeremis realiza una gran inspiración...y en todo el supermercado suena un tremendo estornudo...aaaaatchhhíííísssssss!. Las dos velas de moco verde salen proyectadas directamente e impactan en la cara de un anonadado Víctor Bárcenas.
-¡Uy...vaya con el nene...mira como has puesto a este chico!
-No se preocupe señora, (en ese momento se imagina cogiendo a la santa madre de Yeremis y eyectándola contra la pared. ¡¡Cataplof!!)...no ha sido nada.
-No se preocupe por los mocos, ya estuve en el pediatra y me dijo que era un simple virus, que no contagia ni nada...-dice Candela sonriente.
PS: en recuerdo de la guardia de pediatría más horrible entre lo horrible...¡sobreviví!