PENÉLOPE...

Me acordaría de tanta gente en este día...
Cuando se trata de felicitar el nuevo año, todos queremos aportar un poco de originalidad, algo nuevo, divertido o emocionante.
Todos, y especialmente los que escribimos para los demás, querríamos dirigirnos a cada uno de los que, como tú, estais leyendo al otro lado de la pantalla, para desearos algo, para haceros alguna dedicatoria personal, para deciros simplemente hola.
No puede ser. De hecho no conozco a la mayoría de mis lectores. Pero sí sé que estás ahí, que si sigues de alguna manera mi blog, aunque sea una vez cada dos meses, es porque algo tenemos en común. Y eso es importante.
Y por ello no voy a desear nada especial a ninguno de vosotros. Se lo voy a dedicar a alguien con quien únicamente compartí dos palabras.
El caso es que desconozco su nombre. No sé ni siquiera su nacionalidad, su edad o su situación laboral.
Sucedió hace apenas veinticuatro horas en el aeropuerto de Barcelona. Suelen ser los aeropuertos una zona de miradas anónimas, donde los trabajadores se limitan a ejecutar su trabajo de forma aséptica e impersonal. Un sitio donde siempre caminamos con prisa, donde jamás recordamos una cara.
Sucedió antes de embarcar, justo antes de pasar las maletas por el control de equipajes. Cuando estás preparándote para depojarte de cinturón, llaves y pistolas debes enseñar tu tarjeta de embarque a un operario que confirme que no vas a la zona equivocada.
Tendría unos cuarenta años, y sin duda era sudamericano. Delgado, muy delgado, y moreno. Tenía el pelo corto y los ojos negros. Nos recibió con una sonrisa que dejaba ver dos filas de dientes blancos, inmaculados.
-¿me dejan sus tarjetas de embarque? -el acento me sonó como de Colombia, pero igual era venezolano-.
-Aquí tiene. -me fijé en su nariz, larga y afilada.
Con rapidez comprobó las tarjeta de embarque, pero al comprobar la tercera tarjeta algo sucedió.
Son cosas de las que nadie suele darse cuenta, pero la cara de aquel hombre cambió en apenas un segundo. La sonrisa, inicialmente profesional y amable, se tornó infinitamente tierna.
-¿Te llamas Penélope? -le dijo a mi pequeña.
La niña asintió con la cabeza, los ojos del hombre de piel morena brillaron en aquella inmensidad de maletas y prisas.
-Penélope, el nombre más bonito del mundo... -entonces acarició la cabeza de la pequeña mientras pasaba-. Mi Penélope está bien lejos. Buen viaje.
La niña sonrió tímida y sorprendida por la amabilidad de aquel hombre uniformado.
Nos cruzamos una mirada, nos sonreimos y seguimos nuestras vidas.
Sucedió ayer, tal y como lo cuento.
No le conozco, ni probablemente volveremos a vernos, no conozco su nombre, ni su nacionalidad. No sé nada de su vida, hasta ignoro a quién se refería, pero para el 2011 sólo desearé una cosa: Deseo que aquel hombre del control de equipajes del Prat vuelva a estar junto a su Penélope.
Ojalá mi deseo se convierta en realidad.

LA NAVIDAD EXISTE. ¿O NO?

Estaba siendo éste un fin de año especialmente raro, se avecinaba una Navidad extraña. Hacía tiempo que no me lo planteaba, pero este año se acercaban unas fechas que no me hacían sentir nada especial.
Busqué en la ciudad iluminada y me encontré observando millones de bombillas de colores, gente cantando villancicos, calles decoradas. Pero no sentí nada.
Pasaron los días y monté un árbol precioso. Uno de esos que ahora se llevan, con bolas plateadas y grandes lazos, y tras una agotadora tarde sólo vi una imitación de plástico con bolas colgando. Monté el Belén mientras la tele emitía los mismos anuncios de siempre y acabé pensando que las figuritas no tenían vida, que la chica de Freixenet es espectacular y que me encantan los anuncios de perfumes. Pero nada especial sucedió esa tarde.
Y logré sobrevivir a tres comidas de empresa, incluidos chuletón, villancicos y mantecados. Pasaron los días y mi facebook se fue llenado de felicitaciones, tarjetitas, papanoeles y postales virtuales. Mi mail se llenó de mensajes navideños y el Corte Inglés volvió a mandarme su tarjeta por correo postal. Incluso mi banco me mandó una carta decorada con hojitas verdes.
Busqué el espíritu navideño en otra gente, pero no encontré nada más que personas forzando el ritmo de su alma como quien ríe sin ganas, como quien se siente feliz simplemente porque toca.
Ayer fue 23 de diciembre…
La vida en urgencias tiene un ritmo ajeno al resto del universo. Allí el tiempo pasa de otra forma, la vida se vive de otra manera difícil de explicar. Muy difícil. Fuera soplaba un viento rabioso azotando la puerta de entrada. Dentro los pasillos se llenaban de verdes y blancos, de pacientes de última hora, de prisas robadas, de gente huyendo de la enfermedad.
Eran casi las doce cuando pensé que un café me animaría la mañana. Salí de mi consulta y atravesé el largo pasillo, al final del cual se encuentra el área de pediatría. Mientras caminaba saqué los cincuenta céntimos del bolsillo, con tan mala suerte que la moneda cayó al suelo y salió rodando por el pasillo hasta tropezar contra la pared. Me agaché a recogerla…
-Hola médico –oí una voz y levanté la cabeza.
-Hola –respondí aún agachado- ¿y tú quién eres?
Frente a mí encontré la cara de una niña de unos seis años. La cara plagada de pecas, los pelos rojos y las trencitas me recordaron a Pipi Calzas largas. Tenía unos ojos enormes y expresivos que brillaban como sólo brillan los ojos de un niño cuando acaban de llorar.
-Me llamo Andraperezfuentes –los niños a esa edad dan su nombre y apellidos de corrido, imagino que es una forma de demostrar que van siendo mayores.
-Hola Andreaperezfuentes.
-¿Tú eres médico?
-Sí, soy médico –le sonreí.
-Es que la Merche me ha dicho que la navidad es tontería, y que los reyes son los padres – ella me miraba curiosa- y como los médicos son muy listos, a lo mejor tú sabes si eso es verdad.
-A mí también me dijeron lo mismo y me lo creí –le dije- pero el año pasado estuvo aquí el rey Melchor porque se había caído del camello. De eso sí estoy completamente seguro. Y en la puerta lo esperaron los otros reyes con los camellos a tope de juguetes. Y te lo digo porque lo vi.
Entonces la mirada de la niña volvió a relucir y una gran sonrisa dejó al descubierto que le faltaba un diente.
En ese momento me di cuenta. Allí estaba la navidad. La había buscado durante quince días sin resultados y estaba allí delante en forma de gran sonrisa iluminada.
Parecía algo irreal, el mundo se había parado durante unos segundos; las camillas seguían rodando, las batas blancas volaban, las prisas, la megafonía…todo parecía haberse ralentizado mientras un médico de verde hablaba con una niña pelirroja.
-¡Andrea deja de molestar a los médicos! –sonó una voz de mujer a su espalda.
-Adiós médico –dijo, se dio media vuelta y volvió dando saltitos al área de pediatría.
-Adiós –dije mientras recogía mi moneda.
Hoy es veinticuatro de diciembre. Estoy de guardia y me perderé la comida familiar. No importa porque estoy contento. He descubierto que las bombillas de colores, las calles adornadas, los anuncios de cava y perfumes, los papanoeles por las calles, los regalos, las cenas y los árboles tienen un sentido: hacer que los niños sigan teniendo la ilusión de que existe un mundo fantástico donde los Reyes magos se lesionan la pierna al caer del camello. Gracias Andreaperezfuentes.
PS: ¿acaso no es posible que ese mundo exista? Feliz Navidad.

LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO Y LA SEMANA MÁGICA DE CARREFOUR

Hay ocasiones en las que debes pedir que paren el tren porque tienes ganas de apearte. Ocasiones en las que no comprendes, no entiendes, o simplemente quizás no sabes.
Hoy me haré una serie de reflexiones a ver si me aclaro o finalmente llego a la conclusión de que soy cortito de luces.
En primer lugar asumiré que nos encontramos en un país civilizado, donde un montón de gente trabaja (más o menos a gusto) para pagar a unos políticos que gestionen o gobiernen, para que pongan orden. Si los gobernantes deben gestionar es porque asumimos que los ciudadanos (votantes, usuarios o clientes), debemos ser gobernados, pues es imposible una autogestión de los sistemas humanos, eso ya lo sabían hasta los atenienses. Hasta ahí llegamos todos. Es necesario poner guardias en las calles, cajeros en los bancos, porteros en los cines, etc... pues si no existieran sería un caos.
Imaginemos una situación: El Carrefour decide crear la semana mágica, siete días en los cuales elimina vigilantes, elimina cajeras, y pone todos los productos gratis. La quiebra sería completa en menos de cinco días, o bien se acabarían los productos, eso nadie lo duda. Por tanto llegamos a
Conclusión 1: Los ciudadanos necesitamos de la existencia de unas normas comunes y unos elementos reguladores, que gestionen la vida pública y los recursos. Esto es de segundo de primaria.
Y de la frase anterior me quedo con unos elementos: Normas comunes obligatorias (leyes, reglamentos...), reguladores (precio, vigilantes...) y recursos.
Y lo más interesante es que normas, reguladores y recursos deben estar en equilibrio. No podemos concebir que una norma prohibiera entrar a los feos en el Mercadona, que los precios fueran abusivos, que las cajeras maltrataran a los clientes o que faltaran alimentos, debe haber una estabilidad, un equilibrio.
Y así llegamos a la
Conclusión 2: Cualquier sistema humano para funcionar necesita un equilibrio entre las normas comunes, los elementos de control y los recursos.
Otra pregunta tonta. En la situación previa del supermercado de puertas abiertas, ¿Alguien que pasara por la puerta y cogiera una caja de leche, podría ser considerado culpable? No infringe normas, no hay vigilantes ni le piden nada a cambio. Por tanto actúa correctamente.
Conclusión 3: No podemos culpar al ciudadano que usa un servicio si lo hace de forma acorde con las leyes.
Por último me pregunto. ¿Sería posible y viable la creación de un producto o sistema humano que obviara estos tres elementos? Un sistema sin normas obligatorias, sin nadie que controlara el uso y disfrute y cuyos recursos fueran inacabables. Un Carrefour sin control de acceso, todo-gratis, sin que se acaben los productos...
Y ahora cambiaremos el supermercado por el sistema sanitario, donde a fin de cuentas tenemos usuarios (clientes/pacientes), recursos (personal, hospitales, centros sanitarios...) y normas de control (...? ) y analicemos las tres conclusiones previas:
Conclusión 1: ¿Existe alguna ley, norma o elemento que controle el acceso, uso y disfrute de las urgencias sanitarias en nuestro santo católico y apostólico país? ¿Puedo ir a un hospital de primer, segundo o tercer nivel a que el médico de urgencias me valore una verruga de dos años de evuloción? ¿Puedo llevar a un niño por un catarro de una semana cuatro veces al pediatra, cuatro a las urgencias de atención primaria y tres al hospital? Respuesta: sí.
Conclusión 2: ¿Existe un equilibrio entre los tres elementos normas, elementos de control y recursos? No hay normas que controlen el uso del sistema de urgencias, no hay elementos que puedan aplicar unas normas que no existen. Todo el peso recae en los recursos. En resumen: hay que atender a todo el que llega, primero a los más graves y después a los menos, pero a todos por igual. Sin parar, sin descanso, sin pausa hasta que revientes o el sistema se vaya al carajo.
Conclusión 3: ¿Son los usuarios los culpables? En mi opinión no, por los motivos arriba expuestos. Si algo no es ilegal ni va contra las normas, si nadie lo controla el ciudadano no es culpable. Ciudadano que roba a Hacienda es el que incumple sus normas. El ciudadano que despilfarra servicios sanitarios no roba aunque el daño para el sistema es equivalente.
En mi opinión tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. Pero estoy plenamente convencido de que está cojo, no hay equilibrio, pues le fallan dos patas al banco. Y el problema de no tener equilibrio es evidente: te caes. Vamos a matar a la gallina de los huevos de oro y nos importa un rábano verde siempre que consigamos nuestra radiografía, nuestra analítica y la cita para el traumatólogo.
El Carrefour no aguantaría una semana. La sanidad lleva años , pero a veces tengo la impresión de que este sistema, como dicen en La Comarca, "va a pegar un explotío" que lo vamos a flipar. Ojalá me equivoque.
Quizás el problema es que los políticos encargados de decidir ciertas cuestiones están asustados pues temen perder el voto de sus queridísimos clientes/usuarios/VOTANTES. Porque la otra opción que me queda pensar es que son tontinabos o que les importa un pimiento el sistema, y eso no va a ser... ¿verdad?
Hasta aquí el problema. Mi solución en otro post que éste me salió un poco espeso para las fechas en que estamos.

LA RADIOGRAFÍA

-¡Maldita sea! -piensa el joven médico- debí haberle prestado más atención.
La paciente le había dicho minutos antes que tenía un dolor en forma de pinchazos en el pecho desde hacía dos semanas, ahogos, palpitaciones, cansancio y falta de apetito.
Se trataba de una mujer de mediana edad, con cierto sobrepeso, fumadora, depresiva, insomne, histerectomizada tres años antes y diagnosticada de fibromiálgica recalcitrante. A ello se unía un exceso de perfume barato y un continuo ay, ay ay que provocó que Víctor relajara sus alarmas mentales (mode piloto automático: On).
La exploración fue completamente normal, destacando un corazón que latía como una locomotora, dos pulmones que ventilaban como molinos y dos piernas convenientemente adornadas de pelos como alambres.
Víctor estaba convencido de que la paciente no tenía nada grave. Una convicción apoyada por un electrocardiograma de trazo limpio y ritmo normal con unos complejos exquisitamente dibujados y una analítica que sería la envidia del mismísimo Adán. Ni azúcar ni creatinina ni alteraciones de los iones. Ni troponinas ni hemoglobinas, nada. Ni una sola -ina que llevarse a la historia. Hasta los leucocitos eran normales, cosa harto sospechosa por otra parte.
Por último quedaba la radiografía...
Víctor sabía que siempre debía pedir "el completo" en los dolores torácicos porque a veces se llevaba alguna sorpresa. En esta ocasión sucedió.
Allí estaba, en el pulmón derecho. Exactamente a nivel de la sexta costilla derecha. Era una masa redondeada y siniestra que sin duda cambiaría la vida de aquella mujer alegremente diagnosticada como fibromiálgica-depresiva-insomne-histérica.
Nadie le había realizado una radiografía pese a haber acudido en varias ocasiones con el mismo dolor, y ahora era él, Víctor Bárcenas, el que debía enfrentarse a la cruda verdad, a comunicar la noticia.
Antes de informar a la paciente y familia decidió pedir el informe radiológico de la masa pulmonar, solicitando una orientación diagnóstica que le ayudara a decir a la paciente el tipo de tumor que sufría.
17.32 horas. Solicitud de informe. Paciente de 37 años sin antecedentes previos que presenta dolor en hemitórax derecho desde hace meses. En radiografía se aprecia nódulo a nivel de lóbulo medio de pulmón derecho. Ruego informe. Firmado: Doctor Bárcenas. Médico de Familia.
Pasaron casi dos horas eternas en las que el médico esperó con ansiedad el informe final del radiólogo.
-¿Me falta mucho doctor? -le preguntó la mujer intranquila.
-No se preocupe, he mandado a informar sus radiografías -el médico intentó aparentar seguridad- luego hablamos.
-¿Es que ha visto algo raro? -se cruzan las miradas.
19.17 horas: Informe radiológico. Radiografía de tórax en proyección PA. Corazón dentro de límites normales. No se aprecian lesiones óseas ni pleurales. Mediastino Normal. A nivel de sexta costilla derecha apreciamos imagen redondeada. Igualmente apreciamos dos lesiones más, similares a la previamente descrita, a nivel de segunda y cuarta costillas. Las características radiológicas de los nódulos descritos, junto con la existencia de imágenes hiperclaras en su interior, nos llevan a concluir sin lugar a dudas de que se tratan de tres botones de la bata de la paciente. Nota: rogamos desnudar a la paciente previamente a realizar las radiografías y realizar proyección lateral antes de meterse en mayores berengenales. Firmado: Dra. Cifuentes. Radióloga.

EL ARCO IRIS

Alicia da un nuevo sorbo al café amargo. Normalmente le gusta con un poco de leche y mucho azúcar, pero hoy es diferente. Hace dos años que no lo tomaba solo. Le apetece notar el sabor rasposo y duro del café arañando su garganta. Hoy es distinto a otros días. Si no estuviera trabajando incluso se tomaría un whisky. Hace meses que no bebe, y cuando lo hace suele tomarse un poquito de ron con mucha Coca cola, pero hoy…hoy ha vuelto a cambiar su vida, y se odia por ello.
Alicia había tomado una decisión hacía varios meses. Estaba convencida y lo había meditado durante semanas. Hoy vuelve a replantearse todo. No hay cosa que le dé más rabia que tener un pensamiento intruso. Son esos pensamientos que no se puede quitar de la cabeza por más que lo intente. Esos que la despiertan a las tres de la madrugada y hacen que pase horas mirando el techo, dando vueltas en la cama o mirando de reojo la lucecita de un eterno despertador que nunca llega a las siete. Ese pensamiento que se empeña en decirle que no, que no puede ser feliz porque él está ahí para que le dé mil y una vueltas al tema, para que analice cada detalle y lo multiplique hasta provocarle la punzada que tan bien conoce, para joderla como sólo saben hacerlo los pensamientos tóxicos. Por eso necesita algo que la dañe físicamente, algo que vuelva a ponerle los pies sobre la tierra. Notar el alcohol quemándole la garganta, seguido de esa sensación de irrealidad de la embriaguez irremediable. Por eso quiere castigarse, porque se siente imbécil.
Se habían conocido un sábado de madrugada. Alicia había salido con unas amigas y acababan de cortar la música en el último pub abierto. Es ese momento en el que se encienden las luces y un tipo con malas pulgas te invita a salir del local; ese instante en el que la luz descubre las caras de cansancio, los ojos enrojecidos y los maquillajes dejan de serlo para convertirse en curiosas máscaras en la madrugada. La hora en la que intentas salir con cierta compostura de un local donde minutos antes bailabas como si con Rafaella Carrá se acabara el mundo (para hacer bien el amor hay que venir al sur…).
-Disculpa –le dijo alguien- ¿sabes como puedo llegar al NH Zentrum?
-Pues, creo que te pilla un poco lejos –Alicia cruzó su mirada con unos ojos que brillaban en la noche. Los ojos más expresivos que jamás había visto.
Tres horas más tarde compartían desayuno en un bar con vistas a la bahía. Contemplaron cómo las brumas de la playa daban paso a una mañana de lluvia inclemente, compartieron risas y se mojaron por la calle de aquella ciudad junto al mar. Compartieron la habitación 709 del hotel NH Zentrum durante horas. Allí se comieron a besos, allí gozaron de sus cuerpos, allí durmieron a ratos. Allí compartieron secretos. Allí Alicia comprendió que se acababa de enamorar.
Se separaron dos días más tarde. Él debía volver a Madrid y ella debería seguir su vida. Se intercambiaron los números de teléfono, los mails y la promesa de seguir en contacto.
Alicia se había enamorado como sólo se debe enamorar a los diecisiete, con una única diferencia: había cumplido los treinta y dos.
Cinco mensajes al móvil, tres llamadas sin respuesta, tres correos electrónicos. Nada. Lo buscó en facebook, en tuenti, en twitter. Llegó a teclear su nombre en Google. Nada.
Entonces empezó el sufrimiento. Dolor por la duda, por no saber si debía buscarlo, si debía esperarlo, o simplemente olvidarlo.
Hubiera dado todo por un simple desplante, por un abandono. Por una negación de todo, por un olvido. Tardó casi dos años en darse cuenta, dos años plagados de dudas, de noches sin fin, de pensamientos tóxicos, de incertidumbre.
Hasta que una mañana decidió que ya no quedaba tiempo para la espera, empezaba el tiempo de olvido, y así empezó a limpiar su mente de aquel día de lluvia.
El proceso fue rápido. Una vez asumida la pérdida todo se limitó a seguir viviendo. Encontrar nuevas ilusiones, descubrir nuevas sensaciones, navegar nuevos cuerpos, vivir…
Hasta esta mañana. Alicia conducía como cada día hacia el bufete de abogados. Llovía de forma torrencial sobre la ciudad, en el CD del coche sonaba un adagio de Mozart y la joven abogada sonreía mientras seguía las notas. Tenía nuevas ilusiones, nuevos proyectos. Si todo iba bien la mandarían a Londres en unas semanas a cerrar un importante acuerdo. Luego vacaciones en Tokio, luego…Un taxi paró junto a su Audi A3, Alicia dirigió una mirada curiosa al ocupante del asiento trasero. Allí estaba él. Dos años y siete meses más tarde. Hablaba por teléfono mientras escribía algo en un bloc de notas. Fueron apenas diez segundos, el tiempo de cambiar a verde el color del semáforo, pero estaba completamente segura de que era él; los mismos ojos, la misma sonrisa, el mismo pelo. Él no la vio, pero en aquel preciso instante la vida de Alicia volvió a cambiar. La abogada de éxito segura e impetuosa, la considerada mejor negociadora del país, la mujer de los nervios de acero temblaba como una niña asustada a la vez que apretaba los puños con rabia al darse cuenta de que sabía que habían sido exactamente 875 días esperando.
Tres horas y varios cafés más tarde Alicia huye del gran edificio donde trabaja. Llueve como nunca sobre su ciudad junto a la playa. Alicia camina bajo la lluvia hasta llegar a la orilla y deja que las olas acaricien sus pies. Piensa que quizás debería haberle llamado, haberle gritado, haber salido del coche para pedirle explicaciones. O no… Está completamente segura de que nuevamente los pensamientos tóxicos se alojarán en su alma durante unos meses.
Sigue lloviendo, pero a lo lejos se abre un claro entre las nubes. Y entonces lo ve. Un arco iris espectacular, de esos con los siete los colores que nace en el horizonte imposible donde acaba el mar, para atravesar todo el paisaje y anclarse al otro lado del océano. Entonces lo comprende todo, se da cuenta de que no ha sufrido por su pérdida, sino porque durante dos años lo había estado esperando sin darse cuenta. Alicia se sienta frente al inmenso arco de colores, enciende un cigarrillo y sonríe.

CAMBALACHE

Siglo veinte cambalache, problematico y febril... decía el viejo tango que ahora suena en sus oidos de esa forma que sólo los argentinos saben decir: arrastrando las sílabas, recreándose, adornando las vocales, imaginando acentos imposibles.
El joven Víctor Bárcenas tiene la impresión de que se ha perdido algo...Conduce de vuelta a casa y en la radio suena el viejo tango. Siglo veinte cambalache...
Ramiro siempre insistía en que su acento no era argentino. Él era uruguayo, pero para todos era el enfermero argentino. A sus cuarenta y cinco años y más de veinte años en España trabajando como enfermero sumaba su participación en campañas de lucha contra el SIDA en Kenia, las colaboraciones en equipos quirúrgicos en los campos de refugiados y su experiencia en socorrismo acuático. Moreno, aunque de pelo escaso y con algunas canas. Grandes ojos marrones, expresivos y directos. Alto y espigado gracias a interminables horas de gimnasio, tenía tres pasiones: Su compañera Lara, una guapísima cordobesa; su hijo Leo, diez años de vitalidad y pelos alborotados. Y el tango...
Víctor lo había conocido tres años atrás cuando aún era residente. Siempre con una sonrisa, siempre con las cosas muy claras, siempre tarareando alguna canción de Gardel, Goyeneche o Alfredo Belusi mientras cogía una vía o curaba una herida.
-¿Por qué siempre cantas tangos? -le preguntó un día
-Sirven para espantar los malos espítritus -le respondió- además en las letras del tango se dicen las cinco verdades de la vida: amor, pasión, venganza, traición y dinero.
Desde esa noche ambos se habían hecho grandes amigos. En las madrugadas imposibles en las que todos dormían, Ramiro traía viejas grabaciones y las comentaba con Víctor. Hablaban de la vida, del amor, del dolor.
Una noche habían comentado el gran dilema: hasta donde estarían dispuestos a luchar en caso de enfermar.
-No sé hasta donde llegaría -dijo Víctor.
-Yo lo tengo muy claro -respondio el uruguayo- el día que sepa que la parca viene a por mí, no de daré chance de regodearse. Me quito de enemedio y punto.
Pasaron los meses. Y el dolor llegó a la vida de Ramiro. Como casi siempre, la enfermedad decide marcar con su mano siniestra de la forma más vil y rastrera. Como siempre sucede, la muerte decidió jugar al escondite y el invitado era Ramiro Mendoza. Una leucemia aguda, debilitante y progresiva que lo mataría en menos de un año. Sin esperanzas...Ninguna esperanza, y ambos lo sabían.
Y entonces el enfermero de ojos marrones pasó al otro lado de la trinchera. Ahora no compartían cigarrillos en la puerta, ni cenaban bocatas de mortadela mientras comentaban las letras tremendas de Cátulo Castillo.
La muerte venía de frente, y ambos sabían que la cosa no tenía arreglo. Pero Ramiro seguía tarareando viejos tangos mientras esperaba el fin de la enésima analítica, mientras recibía una nueva transfusión. Siglo veinte, problemático y febril...
El hombre atlético y ágil pasó a ser un amasijo de huesos pálido y ojeroso que se desplazaba en silla de ruedas con su mantita a cuadros sobre el regazo y su sonrisa a modo de excusa vital.
Aquella noche había sido especialmente rara. Quedaban dos pacientes en la zona de observación: Un chico que dormía su inquieta borrachera y Ramiro.
Casi todos dormitaban en la tranquilidad de esas escasas noches apacibles.
Ramiro llamó a Víctor y estuvieron compartiendo unas letras. Esa noche el joven médico notó que a su amigo le faltaba luz en la mirada.
-¿Te pasa algo? -le preguntó.
-Creo que llegué al final del camino mi amigo.
-Te voy a preguntar algo, porque creo que puedo hacerlo.
-Dime.
-Siempre dijiste que si enfermabas así te quitarías antes de enmedio, que...
-Que no dejaría que la enfermedad jugara con mis depojos -repuso- si siempre lo dije.
-¿Y por qué luchas?
-No lucho -repuso el uruguayo- No lo hago por creencias religiosas. No lo hago por la esperanza de curarme, pues sé como viene esto. No lo hago por seguir vivo, pues sé que el camino se acabó hace meses para mí. Únicamente lo hago para que mi hijo nunca me vea derrotado. Para que nunca piense que a su viejo lo vencieron, para que siempre me recuerde luchando. Ahora ya lo sabes...
Quince días más tarde Víctor Bárcenas acudía al funeral del que fuera su amigo. Llovía con fuerza. Ramiro se había ido. Seguía la vida, una cordobesa de ojos profundos caminaba con un niño de pelo azabache. Ambos se mojaban, ambos miraban al frente. Entonces Víctor empezó a tararear una vieja canción.
Siglo veinte cambalache, problematico y febril...

EL REAL MADRÍ

Hay argumentos que se caen por su propio peso. También hay posturas indefendibles. En esta mañana de lluvia y resaca futbolera me voy a plantear algo que hace tiempo me ronda la neurona.
¿Por qué leches soy del Madrid? Es algo que jamás me había preguntado, pero empecé a planteármelo anoche mientras sufría al son del baño de goles de los culés.
-Argumento 1: Soy de Málaga, no de Madrid. No tengo apenas vínculos emocionales con esta ciudad y nunca he visto un partido del Madrid, por ello debería ser del Málaga según ese criterio arbitrario de algunos.
-Argumento 2: Dicen que el Madrid era el equipo de Franco, también de Aznar y el equipo de Régimen. Nada más lejos de mis posiciones ideológicas.
-Argumento 3: El presidente del Madrid es un tipo distante, antipático y con cara de repelente niño Vicente, de esos que ponía la mano sobre su examen para que el de al lado no copiara.
-Argumento 4: Cristiano Ronaldo es más kinki que un tanga con volantes. Hortera, con cara de chulito de feria, engreído y con un punto macarra ciertamente insoportable.
-Argumento 5: Mourninho va de sobrado, de perdonavidas y de fantasmilla ciertamente antipático.
-Argumento 6: Es un equipo soberbio con un punto a veces rancio y ciertamente está mucho más de moda ser del Barça.
-Argumento 7: Para colmo Guardiola es un tipo que cae bien, educado y humilde. Los jugadores del Barca tienen cara de buenas personas y siempre están en su lugar. (¿Alguien sería capaz de atizarle una patada a Xavi o a Pedrito sin pedirle perdón tres veces?) Si es que Iniesta seguro que lo más ilegal que ha hecho en su vida es pegar un chicle en un pupitre.
-Argumento 8: Me suelen caer bien casi todos los seguidores del Barça, pues suelen ser gente con cierto criterio (y digo casi todos porque algunos pueden llegar al mismo punto de Neanderthalismo de los ultrasur).
Pero ahí me veía yo, con mi cerveza y mis patatas comiéndome las uñas y haciendo fuerza para que los de blanco ganaran como fuese.
Y entonces me acordé de cuando apenas tenía seis años y mi padre ponía la radio junto a la ventana. (¡Taaableroooo deporrrtivoooo con Juan Manuel Gozalo!). Cuando el fútbol sólo era los domingos por la tarde. Cuando los domingos por la noche veíamos la Moviola y los goles.
Recordé cómo mis hermanos y yo saltábamos de alegría con los goles de Juanito, Michel o Butragueño. Me acordé de mis tardes en la plaza cambiando cromos de Santillana y Maceda. Cuando no hablábamos cromos de fútbol, sino estampicas de furbolista.
Y me acordé de que cuando tenía cinco años siempre quería que ganaran los de blanco (en nuestra tele en blanco y negro sobre aquella mesita marrón).
Me acordé de los enfados de mi padre con las grandes derrotas en Europa, cuando equipos como el Aberdeen o el Anderlecht eran grandes de Europa. Y de un piso de estudiantes gritando por un gol de Prosinecki. Y de las remontadas, y de los cabezazos de Santillana. Y de una tarde donde casi lloré porque el Tenerife nos arrebató la liga en el último partido (aún recuerdo a Buyo con su gorrita buscando un balón imposible).
En fin, supongo que soy del Madrid porque hay cosas que no se eligen, porque mi padre era del Madrid y porque mi infancia está plagada de Gordillos, Stilikes, Zamoranos y Pirris...
¿Contradictorio? Ciertamente. Pero nunca dije que yo no sea un ser totalmente contradictorio.

INFIERNO

-¡Que la jodan! -escupe el tipo del pelo gris-¡Que la jodan una y mil veces!
En la consulta azul huele a orines y vómitos. Olor a sudor reseco, a sangre y alcohol. A miseria.
Es una de las sensaciones más desagradabes que Víctor recuerda. Ese olor rancio, avinagrado y amargo que te impregna hasta la ropa.
Sobre la camilla el hombre de pelo gris lo mira desafiante (¡que la jodan bien jodida!); esboza una sonrisa mezcla de mueca y burla que deja entrever un colmillo amenazante corroído por la caries. Las correas de cuero le sujetan las muñecas y tobillos a los laterales metálicos de la camilla. El hombre de pelo gris forcejea inutilmente tratando de arrancarse las sujeciones. En un gesto de furia gira el cuerpo a un lado y otro intentando zafarse de los anclajes (protocolo de sujeción mecánica, protocolo de sujeción mecánica ...).
-¿Es usted alérgico a algún medicamento? -pregunta el médico. La voz suena fría.
-¿Alérgico? A su puta madre soy alérgico...-escupe.
El médico escribe con rapidez las frases de siempre. Clac, clac, clac, suenan las teclas (historia clínica, historia clínica, céntrate...)
-¿Tiene alguna enfermedad o sigue algún tratamiento? -intenta no mirarlo a la cara. Sabe que no debe mirar sus ojos, pues eso sólo logrará empeorarlo todo.
-¿Enfermedades? Las que ella me haya contagiado. Y de los nervios, estoy de los nervios por su culpa.
Víctor intenta respirar el aire viciado y putrefacto de su consulta, concentrarse en su trabajo.
-Me duele la mano, me duele mucho la mano -se queja el hombre de pelo gris.
El médico mira el lateral de la camilla; allí descansa una mano deformada en su quinto dedo. La sangre, aún fresca, resbala y cae goteando sobre le suelo. No necesita radiografía, sabe que encontrará lo de siempre: fractura del quinto metacarpiano.
Víctor se levanta y se aproxima a la camilla. Guantes, mascarilla, gafas.
-Me duele mucho la mano -el paciente empieza a llorar.
El joven médico se acerca un poco más y mira la otra mano, también ensangrentada. En ese momento se cruzan las miradas. El hombre de pelo gris lo mira con furia. Sabía que no debía, pero no ha podido evitarlo. Se miran a los ojos...
-¿Por qué lo has hecho? -le susurra con rabia.
-Porque era una zorra, una jodida zorra, por eso lo hice y lo volvería a hacer mil veces -entonces empieza a gritar , empieza a luchar contra los correajes intentando volcar la camilla. Acuden celadores y personal de seguridad.
El hombre no es hombre; es un demonio de pelo gris y espumarajos en la boca (protocolo de agitación, protocolo de agitación...)
Cinco minutos más tarde alguien desinfecta la consulta azul, alguien arrastra una camilla por el pasillo donde alguien duerme desmadejado en brazos de midazolam.
Víctor se mira al espejo y descubre una cana solitaria. Entonces se da cuenta de que es la primera vez en su vida que no le apetece curar a alguien, la primera vez que mandaría a alguien al mismo fango infecto del que vino. Entonces respira profundamente y se da cuenta de que debe hacerlo y lo hará únicamente por una razón: porque le pagan por ello.
Dedicado a todas y cada una de las 76 mujeres asesinadas por sus parejas en 2010. Y a las 68 del 2009, y a las 84 del 2008, y a tantas que murieron y morirán víctimas de seres sin alma.

VIDAS

Hoy no escribiré para mí porque no soy nadie.
Escribiré para Lidia que acaba de darse cuenta a los cuarenta y dos años de que vive con el mismo demonio. Para Pedro que intenta convencerla en una consulta de tres por tres de que su marido es un cabrón, y todo sin ofender porque Lidia volverá al infierno dentro de siete minutos. La bofetada de hoy será la muerte mañana. Ambos lo saben, pero...
Escribiré para Gustavo, el chico de ocho años que no entiende por qué cada semana sus padres lo llevan al médico con el único fin de calmar sus propias angustias.
Para Nuria, una Residente de primer año que vino de un pueblecito extremeño, y que hoy se enfrentará a su primer error en un gran hospital de Madrid . Para Luisa, la Residente mayor que le dirá que eso nos pasa a todos y le arrancará una sonrisa.
Y para Francisco que acude cada dos semanas a "ponerse sangre" mientras una leucemia lo devora y siempre pregunta si le queda mucho para acabar su transfusión. Luego sonríe. Para la enfermera que le regala una broma cada tarde porque ya se conocen.
Para Eufemia, que lloraba porque a sus ochenta y tres años decía que no quería morirse mientras se agarraba a su hija en una camilla. A la médica que se peleó con casi todos por lograr una habitación donde Eufemia se apagó para siempre.
Escribiré para Marta, que acaba de llegar a casa tras su operación. La reciben sus tres hijos y el marido con una gran pancarta y un pastel de chocolate y almendras. Ellos la ayudarán en el camino que aún queda.
También para Janis, el chico polaco sin familia que se consume en la cama 17 de observación en el hospital la Paz devorado por un sarcoma abdominal. Y para la cirujana que no puede evitar que sus ojos se le inunden de lágrimas tras decirle que casi nada pudo hacer, pero que seguirán luchando. Como sea...
Para Angustias, que acaba de despertar de una operación y descubre una sonrisa.
Para Laura que acaba de nacer hace unos segundos. Y para Magdalena, la matrona de sesenta y tres años, que atiende su último parto porque se jubila y ha vuelto a sentir cómo cada vello de su cuerpo se erizaba al sacar a Laura. Igual que hace cuarenta años. Exactamente igual...También para Pablo, el padre de Laura, que se desmayó al ver tanta sangre y tuvo que salir en camilla de la sala de partos.
Escribiré para Paco, el que arregla los enchufes, que siempre llama a la puerta para no interrumpir ni molestar. Escribiré para los que no pueden evitar una mueca de dolor al ver el dolor ajeno, para los que sienten un calambre al ver el dolor en la cara de un niño, y para los que se quedan después de acabado el turno porque alguien los necesita.
Hoy escribiré para todos y cada uno de los que intentan salir adelante y por los que están a su lado en la pelea.
Y brindaré por ellos. Por sus éxitos y sus errores. Por sus llantos y sus penas. Por sus alegrías y sus risas. Por sus noches en vela. Por sus familias y sus soledades. Por sus vidas. Por sus Vidas...
No, definitivamente hoy no escribí para mí porque no soy nadie. Escribí para todos vosotros.
Y sólo os pediré que cuando salgais, cuando volvais a sonreir, os acordeis de una cosa: Mientras suene la música, nunca os olvideis de bailar.
Soy Salva, y éstas son mis cartas.

ABLA 2010


El concepto de Salud 2.0 es todavía una especie
de desconocido ente para muchos. Para otros es un objetivo, un sueño; incluso una posibilidad si nos ponemos a ello.
Significaría (y significará queramos o no) una revolución en el campo de la medicina, una interacción plena médicos-pacientes, una nueva forma de enfocar y solucionar los problemas de salud.
Y los médicos de familia no debemos ser ajenos a ello si no queremos quedarnos a la cola del furgón.
El mundo ha cambiado gracias a la revolución tecnológica. Han cambiado las formas de relacionarnos, las redes sociales han dado un vuelco al concepto "vivir conectado", el mundo de la ciencia, del arte, de los negocios gira en red. La vida hoy fluye, queramos o no, interconectada a través de la fibra de vidrio.
La medicina no debe quedarse anclada (típico de los médicos es el quedarnos atados a unas tradiciones obsoletas, recordemos los cientos de años ejerciendo la medicina galénica mientras el mundo evolucionaba). El médico patriarcal con pipa y colección de libros a la espalda ha dado paso a nuevas generaciones de médicos que basan su práctica clínica en algo más que el Harrison y el "no fume-no beba-no...".
Los pacientes-usuarios-cientes están ya conectados, y en la red nos esperan. En nuestra mano está quedarnos anclados, esperar que otras especialidades nos pasen y luego quejarnos.
Hace unos meses, en Abla, 32 años después de Alma Ata se ponían las bases de esta nueva revolución. Suerte... y adelante.
Igualmente pienso que jamás habra nada que sustituya el momento crucial en que dos personas, médico y paciente, se cruzan las miradas, las palabras y las vidas con un solo objetivo: sanar.

PUTAS

Frío...
Pero no el frío del viento que abofetea cada mañana la cara, ni el que traicioneramente abraza el cuerpo desnudo al salir de la ducha. Tampoco es el frío de aquellas noches de sensualidad robada al amanecer.
Es la sensación que sintió aquella noche. No podía definirlo de otra mejor manera, porque mentiría. A sí mismo y al mundo.
La había valorado apenas dos horas antes.
Irina Ylipova era puta. Es cierto que podría describirla de otra manera. Quizás prostituta quedase más fino. Pero para los vecinos de San Jeromo, Irina no era más que puta y rumana. Para unos era la rumana puta; para otros la puta rumana. Si hubiese trabajado en un colegio la llamarían maestra, pero trabajaba en El Eclipse, y a las chicas del puticlub no se les ponía otro nombre en San Jeromo.
Cuarenta euros el servicio completo en el coche del cliente y sesenta en la habitación del Eclipse. Irina nunca besaba a los clientes.
Nunca quedaba con clientes fuera del trabajo. Nunca se enamoraba.
Había cumplido los veintiocho apenas tres días antes. Lo celebró con Yulemay, una guapísima mulata de ojos azabache, una agradable dominicana. Su única amiga. La puta dominicana...
Lo celebraron en el centro comercial, con unas hamburguesas y una película de esas en las que Yulemay lloraba. Irina jamás gastaba más de lo estrictamente necesario.
Y lo celebraron lejos de San Jeromo, porque en aquel barrio de viejas de rosario y padrenuestro ellas eran las putas. Ellas ni siquiera iban a misa, pues don Jacinto, el tendero con cara de sacristán pervertido les dijo un día que las "mujeres de vida alegre" no eran queridas del Señor de los españoles, que María Magdalena se debía arrepentir de todos sus pecados para acercarse a Jesús.
Irina había decidido que volvería a misa cuando todo aquello acabara.
Al día siguiente del cumpleaños empezó a sentirse mal. La fiebre alta dio paso al dolor de abdomen y en pocas horas apenas recordaba su nombre presa de un delirio.
Alguien la acercó al gran hospital de las afueras donde le hicieron muchas pruebas. Después de más de seis horas un doctor de ojos azules se acercó a la camilla donde descansaba la joven rumana.
-¿Estás mejor Irina?
-Parece que ahora no me duele tanto doctor -respondió- ¿Sabes qué me ha pasado?
-Eso ya lo hablaremos más adelante -él desvió su mirada limpia- pero esta tarde debes ingresar.
Irina notó como todo el mundo volvía a moverse a su alrededor, sintió que una luz lo llenaba todo. Entonces empezó a convulsionar.
Habían pasado quizás varias horas, quizás varios minutos. Quizás días...Irina volvió a despertar para encontrarse frente al doctor de ojos azules.
-Hola Irina -sonrió- ya estás mejor .
-Dígame lo que pasa doctor.
-Está bien -esta vez él la miró a los ojos- ¿Has oído hablar del sida?
-Claro qué sí. Soy rumana pero no tonta doctor.
-Pues tienes una infección en el abdomen, además tus defensas están muy bajas, parece que puedes tener el virus del sida. Pero hoy en día es una enfermedad que tiene trat...
-Doctor -interrumpió ella- ¿Eso me ha pasado por ser puta?
-No exactamente Irina...pero debes entrar en quirófano. Tu barriga no está bien.
-Doctor, estoy sola. Mi amiga Yulemay no vuelve hasta dentro de seis días.
Los ojos de dos personas se vuelven a cruzar en una noche fría. Ella agarra la mano del médico y le pide algo.
-Doctor, tengo una hija en Rumanía. Sólo le pido que le haga llegar esto -entonces entrega dos papeles al joven de ojos azules.
Uno era un cheque por valor de seiscientos euros. El otro una frase: Nunca te olvidaré Rania.
-¿Se llama Rania tu nena?
-Sí, es preciosa. Tiene once años y cree que trabajo de recepcionista de hotel. Algún día, cuando deje esto, me la traeré a España. Ese día la llevaré a misa, porque ya podré entrar.
-No puedo coger nada de los pacientes, son las normas, lo siento de verdad.
-Doctor, no lo haga por mí, hágalo por la niña.
Unas horas más tarde Irina entraba en el quirófano y Víctor Bárcenas abandonaba el hospital. Jamás había sentido tanto frío, nunca se sintió tan vacío, tan débil, tan cansado, tan solo...
Quizás debería hacer alguna llamada.
Dos meses más tarde:
Rania Ylipova y la abuela Marita depositan unas flores en el cementerio de Bellu. Allí descansan los restos de Irina.
La abuela guarda el cheque de dos mil euros que asegura el futuro inmediato de la familia.
La niña viste de negro. En su mano derecha un arrugado papel con cuatro palabras: nunca te olvidaré Rania.
En la mano izquierda una carta del director del hotel Ritz Madrid expresando su pésame a la familia de la recepcionista recientemente fallecida Irina Ylipova, una de las mejores profesionales que habían pasado por el hotel.
A miles de kilómetros Víctor Bárcenas siente un frío atroz. Pero no queda otra que seguir.

CLOE Y LA PARTIDA DE PÓQUER

Fabio había decidido que esta vez la cosa iba en serio. No tenía ni la más mínima duda al respecto.
Tantos años a sus espaldas, tantas caricias, tantos cuerpos, tantas camas ajenas. Y al fin tenía la plena seguridad de que ella era la mujer de su vida.
Se habían conocido una tarde de lluvia a la salida del inmenso bloque de oficinas y lo que empezó con un paraguas compartido acabó con unos croissants mezclados con chocolate y risas.
Aquella noche descubrieron una habitación en un hotel de sueños robados y palabras secretas. Esa noche le regaló un trozo de luna llena.
Habían pasado tres meses y ahora no concebía la vida sin Cloe. Ella era su aire, su risa, su placer. Era su droga, su sueño, su mañana. Su vida.
Noche parisina...
Esa noche era una más, pero él no quería que lo fuera. Ésa iba a ser la noche más importante de su vida.
El reloj a punto de marcar la medianoche cuando Cloe y él miraban una escurridiza luna mientras apuraban la botella de Château Petrus. La había invitado a un fin de semana en París y ahora descansaban en la gran habitación del Champs Elysées Plaza. Desde la gran ventana veían cómo la ciudad de la luz titilaba a sus pies.
Entonces sucedió.
-Cloe quiero que sepas que jamás encontré a nadie como tú -le dijo mirándola a los ojos- y que estoy convencido de que jamás encontraré a nadie igual. Eres todo cuanto necesito, me colmas, me llenas y me haces completamente feliz. Cloe, en unas semanas has pasado a serlo todo en mi vida.
Dos horas más tarde Fabio compraba el primer billete para Madrid.
-¿Viaja solo el señor? -preguntaba la empleada de Spanair.
-Sí, un billete por favor -respondió sin poder olvidar aquella mirada.
Fabio siempre había jugado con las cartas marcadas, siempre había pisado sobre seguro. Hasta esa noche. Por primera vez había puesto su juego sobre la mesa, había enseñado sus cartas.
Y dos segundos más tarde de descubrir su jugada comprobó que llevaba las cartas perdedoras. Cloe lo miró con cara indecisa, luego sonrió y con la mano derecha acarició su mejilla:
-Fabio, necesito tiempo -le respondió- además, sabes que...
Mientras el Airbus A310 despegaba pesadamente Fabio sabía que dejaba atrás a Cloe para siempre, que posiblemente se equivocaba, que quizás se arrepentiría, que volverían las noches de camas ajenas, de labios extraños y caricias prestadas. Pero también sabía que quien lo da todo no puede conformarse con recibir una duda.
Así vienen a veces las cartas en la vida, y quizás es así como debe ser. Lo más triste es que hay partidas donde todos pierden.

HALLOWEEN: MI AMERICANADA Y YO.

Hoy me voy a disfrazar porque es Halloween. Imagino que si estás leyendo este post podrás pensar que te importa un pimiento el hecho.
El caso es que estoy un poco cansadillo de que algunas personas (o personos) me miren con cara mezcla entre perplejidad y superioridad mientras sueltan la consabida frasecilla-de-los-cojones de que "eso es una americanada que no forma parte de nuestras tradiciones". Y es que las tradiciones simpre me están dando por...saco.
Vamos a ver queridos amiguitos. Ignoraré que realmente es ésta una costumbre de origen europeo importada por los americanos, pues tampoco creo que venga al caso, pero me gustaría hacer algunas reflexiones al respecto:
-No creo que las tradiciones como tal sean algo intrínsecamente positivo ni negativo. Ni las españolas ni las americanas ni las de la Conchinchina. Es tradicional usar el burka en ciertos países, la mutilación genital, o la lapidación, y no por ello es algo bueno en sí. Podemos hablar del tradicional lanzamiento de cabras desde los campanarios españoles o las tradicionales torturas de toros en nuestros pueblos.
-Cuando nuestros antecesores llegaron a América liquidaron su cultura y su tradición e impusieron una lengua y una religión nueva a base de sangre y fuego fuimos a "civilizarlos" (bueno mis abuelos no, porque ésos me consta que se quedaron en España, realmente los que invadieron fueron los abuelos de los que hoy se quejan, pues casi todos tienen apellidos españoles).
Curiosamente muchos de los que se quejan de ciertas evoluciones y cambios sociales, también se quejan del facebook (también estoy cansadillo de oír a los mismos alardear de que ellos no se ponen en el facebook, por no sé qué conspiración, uso de datos y otras patrañas). Imagino al señor jefe del facebook usando mis fotos para...¿qué? Recuerdo que en muchas tribus de África no se dejan fotografiar por miedo.
Los que ya hemos cumplido los treinta debemos tener algo muy claro (yo al menos lo tengo): la sociedad no siempre cambia al ritmo que nos da la gana. Los más jóvenes apuestan por Halloween porque es una fiesta divertida sin más. Los jóvenes están en las redes sociales porque viven conectados, cambian a un ritmo diferente y oyen unas músicas distintas a los cincuentones. Por cierto al próximo que oiga decir "es que en mis tiempos sí que había buena música, no ahora", procederé a estrangularlo, o bien a forzarlo a oir la discografía completa de Los Pecos.
Hoy en día, si te hacen una foto, debes asumir que al día siguiente estará colgada en la red, pues son las nuevas normas sociales no escritas (las leyes van por detrás como siempre), y oponerse a ello es asimilarse a aquellos que creían que los Beatles eran enviados del maligno. En el fondo son argumentos similares a los usados por la Santa Inquisición para quemar a quienes pensaban diferente, o no acordes con la tradición y las costumbres que costó diez siglos de atraso científico a la Humanidad ( y uno más a nuestro país porque nosotros somos más cristianos que nadie por supuesto). Muchos de los que censuran los cambios de hoy son los mismos que hace treinta años gritaban pidiendo cambios, quizás envejecieron mentalmente. Curioso.
Quizás en el fondo muchos se terminan moviendo por una motivación universal: El Miedo. Miedo al cambio, a la tranformación, al placer, al pecado, al distinto. Miedos...
Me negaré siempre a usar la famosa frase de "es que los jóvenes de hoy en día, vaya desastre", "Sólo oyen música que son chum chum" o "están manejados porque no tienen criterio propio".
Recuerdo que las grandes audiencias de programas de telebasura son gente mayor de cuarenta años, que los culebrones insufribles se los tragan las marujas cincuentonas, que no suelen ser los jóvenes los que asesinan a sus parejas.
Quizás no sería mala idea aprender algo de ellos (tampoco todo, la verdad, no logro entender muy bien el argumento de Bob Esponja).
Vivimos en una sociedad conectada universalmente, una sociedad en constante cambio, una sociedad que fluye en red, donde cada cual elige según sus gustos. Es el presente y será el futuro (momento bruja Lola).
Yo elijo lo que me gusta de ella, y esta noche me disfrazaré de niño asesino (ya tengo mis disfraz) y saldré con mi peque y sus amigos. Luego colgaré las fotos en facebook porque me da la gana, porque me divierte y porque soy libre. Porque no tengo miedo a algo que hago en uso de mi libertad sin dañar a nadie.
Seguramente muchos no estarán de acuerdo con esta visión tan simple que tengo de las cosas, pero hay que tener en cuenta que los hombres somos bastante mononeuronales, eso me excusa sobradamente. Por ello si a alguien picó con rascarse se aliviará bastante...
Claro, que siempre es más fácil quedarse al margen y decir que "vaya americanada".

VERDES, AMARILLOS, ROJOS. Y NEGROS...

-¡Joder, sal de una puta vez! –grita la voz de su amigo Pedro arriba.

-Un segundo, sólo un segundo…-responde Mario.

-Fuck you, suéltala hijo de la chingada, suéltala o te vuelo los sesos cabrón! -Mario nota el frío acero de la ametralladora del soldado americano en su nuca…

Dos días antes:

Mario Lares sabía que había otras formas de ganarse la vida, pero él había elegido ésta y no estaba dispuesto a renunciar.

A los treinta y cinco años, el joven médico podría tener una plaza fija, chalet, perro y Audi. Mario prefería un trabajo eventual, una pequeña casa junto a la playa, un Ford Fiesta del 2001, y una vida junto a Lidia, su pareja, y Carla, su hija de nueve años.

Desde hacía ocho años Mario formaba parte del operativo de intervención en catástrofes humanitarias.

Lidia nunca se acostumbra. Cada mañana un escalofrío recorre su espalda al encender la radio y poner las noticias. Sabe que Mario saldrá en cuanto haya un nuevo terremoto. El plazo desde que saltaba la noticia hasta la partida no solía superar las cuarenta y ocho horas. El incierto retorno debía ser quince días más tarde.

Siempre lo llaman porque simplemente es el mejor. En los últimos años han sido El Salvador, Indonesia, Nicaragua, Somalia, Haití, Pakistán…

Cuando regresaba a casa Mario apenas hablaba de sus experiencias. Apenas dedicaba una hora a explicar a Lidia cual había sido el trabajo, y luego desconectaba. Intentaba olvidar la inmensa miseria vivida, el viaje a un juego con la muerte. No repetir las imágenes los cientos de decisiones tomadas en apenas unos minutos decidiendo sobre miles de vidas; no revivir cada mirada de personas a las que debió dejar morir porque habían otras más graves.

En unos días todo volvía a la normalidad, desaparecían las pesadillas, apartaba de su mente aquella negociación con los reyezuelos de la guerra para conseguir una caja de antibióticos, o el silencio ante la injusticia para evitar que los expulsaran, para poder ayudar.

En el área de trabajo debía centrarse en aplicar los protocolos, estaba demostrado que era lo único que funcionaba: salvar lo que se pueda salvar con el menor daño posible, no salir dañado y no provocar el daño a sus compañeros. Triaje de urgencias, selección de víctimas. Etiqueta verde a los heridos leves, amarilla a los menos graves y roja a los graves. Etiqueta negra a los muertos o inviables. Verdes, amarillos, rojos…y negros. Sin prisas, sin parar.

En esta ocasión había sido el norte de República Dominicana. Más de veinte mil víctimas, doscientas mil personas sin hogar, cinco ciudades destruidas, un país de rodillas, colapsado, donde mueren las leyes, donde mandan los soldados, un pueblo en manos de la ley del más fuerte.

Mario había partido con su equipo veintisiete horas más tarde de la primera sacudida.

El equipo de salvamento estaba compuesto por nueve componentes: tres bomberos, dos técnicos de transporte, dos enfermeros, un médico y un perro.

Dos horas tras la llegada, un grupo de soldados de la Marina de los Estados Unidos los escoltaba hasta su zona de trabajo: un colegio a las afueras de Santo Domingo.

Eran las seis de la tarde cuando llegaron a las ruinas de un colegio semiderruido, donde cientos de dominicanos retiraban escombros sin orden ni concierto. Unas sábanas tapaban los cadáveres de siete niños y dos adultos. Una rata mordisqueaba una mano que asomaba obscena entre hierros torcidos y hormigón.

El inicial recelo de los dominicanos ante la llegada de los dos jeeps se convirtió en colaboración en cuanto percibieron que trabajar con los recién llegados mejoraría la situación.

En apenas unas horas el trabajo de desescombro avanzó de forma espectacular. A las 21 horas veinte minutos, mientras trabajaban en lo que parecía una cocina a punto de derrumbarse Zambo, el perro de aguas del cuerpo de bomberos empezó a rascar inquieto señalando con su hocico un imaginario punto bajo los escombros.

Aunque lo había repetido mil veces, Mario no pudo dejar de emocionarse. Allí abajo había alguien. Zambo jamás se había equivocado...

Entonces el trabajo empezó a volverse más frenético, más intenso, más peligroso. Mario conocía los riesgos de la situación. Un grupo de voluntarios empezó a sacar escombros sin control mientras gritaban, otros llamaban a su familiar perdido esperando una respuesta imposible.

Finalmente la Thermo- Scan Allux 215 detectaba un hueco con un cuerpo vivo a dos metros bajo los escombros. Media hora después lograban meter una micro cámara hasta el cubículo. Se trataba de una niña de unos ocho años. La cámara captaba el brillo dos grandes ojos en la cara redonda de una niña, el pelo encrespado y la boca con expresión aterrada al descubrir una pequeña cámara que se movía escrutándola. Amalia, la bombero jefa de grupo de rescate observaba junto a Mario la pantalla unos metros más arriba.

-Es guapa la nena –dijo ella.

-A ésta la sacamos Amalia –respondió él- vamos.

El trabajo debía ser metódico. Tenían unas horas más antes de que los soldados dictasen la vuelta a la base. Sabían que tarde o temprano llegarían. Lo habían hecho cientos de veces, simplemente era cuestión de ir quitando escombros con cuidado, fabricando un túnel por donde sacar a la niña, entrar y salir. Fácil. O no…

Habían pasado ochenta y siete minutos desde que detectaron a la niña. Trabajaban en turnos agotadores de siete minutos y casi habían conseguido llegar. Ahora era Mario el que estaba apartando rocas. Las sacaba una a una y las entregaba a Pedro, el veterano enfermero. Éste las sacaba a la superficie.

Finalmente Mario movía un tablón y descubría el hueco. Enciende una linterna y descubre la cara llorosa de la niña:

-¡Ayúdeme señor, por favor no me deje aquí! Hace frío…

-Tranquila princesa, dame la mano.

-No puedo moverme señor, estoy enganchada de un pie.

-¡Ya la tenemos! –Grita- ¡voy a sacarla!

Entonces sucede lo que jamás debe suceder. Lo que siempre le explicaron en los mil cursos de salvamento, lo que ha ensayado cientos de veces. Una réplica.

Mario lo nota inicialmente como un trueno lejano, luego nota que el mundo se mueve a su alrededor.

-¿Qué pasa señor? –la niña grita desde la oscuridad.

Mario sabe que no tiene más opción, que son las normas; los protocolos lo dicen y no hay otra. Deben salir lo antes posible. Hay que abandonar la zona porque el equipo de salvamento no puede ponerse en riesgo nunca. Nunca…

-Debemos evacuar Mario, lo sabes. Esto se va a venir a bajo y nos machaca. A todos.

-Pedro, en cinco minutos la tenemos fuera, no me hagas esto.

-No eres tú, ni yo. Sabes que necesitamos doce minutos, que necesitamos cinco personas para extraerla con unas garantías mínimas de seguridad, que…

Entonces unas piedras empiezan a moverse alrededor de los dos cooperantes…Pedro ha salido dejándolos solos en el angosto túnel.

Mario introduce una mano en el hueco y logra agarrar la mano de la niña…

-¡Joder, sal de una puta vez! –grita la voz de su amigo Pedro arriba.

-Un segundo, sólo un segundo…-responde Mario.

-Fuck you, suéltala hijo de la chingada, suéltala o te vuelo los sesos cabrón! -Mario nota el frío acero de la ametralladora del soldado americano en su nuca…

El movimiento se hace más intenso, caen cascotes alrededor del médico. El soldado recoge el arma y sale. Mario lo sabe, no hay posibilidades para la pequeña. Debe salir pero no puede soltar esa mano.

-Tranquila princesa, te vamos a sacar.

Entonces oye la voz de Amalia, su jefa.

-¡Mario sabes que no tienes ni un minuto, nosotros salimos! No te ordeno que subas, pero ¡acuérdate de tu hija y sal de una jodida vez!

Han pasado dos minutos. Los miembros del equipo de salvamento abandonan el colegio a punto de derrumbarse. Falta Mario Lares.

Entonces cedieron definitivamente los cimientos. Un ruido ensordecedor precedió a la columna de humo. El techo y las paredes que aún quedaban en pie cayeron sobre los restos del colegio.

Los cooperantes se sientan en el suelo abatidos. Tanto esfuerzo para nada, para perder a uno de los mejores por un error de principiante.

Amalia aprieta los puños hasta sangrar, con su otra mano acaricia al lanudo Zambo.

Entonces nota cómo el perro entra en tensión, cómo levanta el hocico señalando, cómo señala con la pata un punto indefinido bajo los escombros…

-¡Maldito cabezota!

Noventa minutos más tarde el equipo de rescate logra llegar a una oquedad bajo los escombros. Mario sujeta los restos de maderos evitando que todo se venga abajo mientras abraza a la niña. La extracción de los dos cuerpos duró quince minutos. Ambos respiraban con dificultad, ambos con bajo nivel de conciencia, ambos agotados pero vivos. Rojos…

La mañana siguiente Amalia visita a Mario que descansa en una camilla prácticamente recuperado.

-La niña se llama Camila –le dice- dice que un señor de pelo amarillo la sacó del infierno.

Mario sonríe agotado.

-Sabes que no debiste hacerlo ¿verdad? –dice ella.

-Lo sé, pero así son las cosas.

-Me queda una duda, si no quieres no me respondas –se miran a los ojos- ¿Porqué te quedaste incluso a pesar de te recordé a tu hija?

-Precisamente me quedé por eso, porque me la recordaste –responde Mario.

PD: Dedicado a los que cada día tratan de convertir en posible lo improbable. Pero especialmente a aquellos que son capaces de darlo todo por convertir lo imposible en probable.

LA ESTACIÓN DU NORD

Bruselas, seis de la mañana, un grado bajo cero. En la estación del Norte nadie sonríe desde hace meses. Miles de personas atraviesan sus puertas sin mirar a su alrededor, sin saber con quien se cruzan. Y lo que es peor, sin querer saberlo. Pero sobre todo nadie mira a los olvidados. Cada uno con su vida anónima, con su destino, con sus miedos y sus fracasos.
Nadie se fija en Abdul Nassa, el senegalés que vino buscando trabajo y encontró miradas frías y miseria. Nadie mira a Marie, su cartón de vino y su perro Jasón; ni a Pierre, un cabrón que huyó de Amberes hace años para dedicarse a robar carteras y tocar el culo de jóvenes estudiantes. A las doce cierran las puertas de la estación y dentro quedan los olvidados. Marie duerme sobre un asiento metálico, cubierta de periódicos, Pierre prefiere usar cartones y Abdul duerme en el suelo. También está Maximilian. Dicen que hace años fue un abogado de éxito, que una mujer tóxica lo empujó al mundo de los trankimazines con ginebra, que perdió su fortuna por confiar en unos ojos. En realidad Maximilian fue un obrero de la construcción en Polonia hasta que vino en busca de fortuna. También está Carlos, un anciano español que se niega a dormir tirado entre cartones. Pasa la noche aristocráticamente sentado junto a Abdul dando cabezadas (pero jamás dormiré entre cartones)
A las seis menos cuarto entran los trabajadores del metro. Los mismos gestos mecánicos: abrir, cobrar, informar con desgana (el tren para Lovaina a las cinco quince en la vía 4). Miradas por encima de unas gafas de concha y ruido de trenes sin nombre. Funcionarios sin destino.
Son los tres mundos en estación du Nord: los viajeros, los trabajadores, los olvidados.
Un día llegó Marcel. Un hombre corpulento y con cara de bonachón. De pelo rojo y rozando las cincuentena, Paul venía de un pueblecito de Flandes. Rozaba los dos metros de altura, con barriga prominente y manos enormes. Los ojos eran pequeños brillantes y su gran boca siempre lucía una sonrisa amable.
-Buenos días –saludó el primer día al cruzarse con Maximilian- ¡Soy Marcel, y vengo de Saint Marie de Paix, el pueblo donde se elaboran los mejores quesos de Flandes!
El polaco se lo quedó mirando con aire sorprendido:
-Hola Marcel –respondió- soy Maximilian Kroczy, abogado aunque estoy pasando una mala racha, pero puedes llamarme Max.
-Encantado Max, por cierto, bonita chaqueta.
Marcel era el cajero de la taquilla cinco. Cada mañana, a las seis menos cuarto, abría su cubículo no sin antes saludar a todos los olvidados. Algunos días regalaba a Marie una flor robada del cercano edificio de oficinas, otras veces les repartía algunos bombones, o traía refrescos y bocadillos.
Una tarde de octubre trajo una vieja manta:
-Don Carlos, le he traído esta manta –le dijo al anciano.
-Ya sabes que nunca dormiré entre cartones jovencito, además no tengo donde guardarla durante el día.
-Yo se la guardaré en mi taquilla.
Y a partir de esa noche don Carlos decidió echarse sobre la manta y dormir sobre un asiento.
Marcel siempre bromeaba con los viajeros. Para todos tenía una palabra de ánimo, una sonrisa, un consejo o simplemente un guiño. En un mes consiguió incluso conocer los nombres de algunos viajeros, los trayectos que solían hacer y conocer sus profesiones.
-Buenos días señora Tina, ¿De nuevo a visitar a su hermana? –le decía cada jueves a una señora de pelo blanco.
A unos comentaba el resultado del último partido, a otros simplemente les deseaba buenos días, o a los turistas intentaba bromearles hablando en su idioma.
A los tres meses todos saludaban a Marcel. Los olvidados ya no eran tan anónimos gracias a aquel cajero. Y los viajeros habituales siempre elegían la taquilla cinco para comprar sus billetes.
-Espero que pronto dejemos de vernos Vincenza –le decía cada sábado a la mujer regordeta que visitaba a su hijo en la cárcel.
-Ojalá así sea Marcel, gracias por acordarte.
-¿Cómo se me van a olvidar los dos ojos más bonitos de toda Bélgica señora? No diga tonterías y corra que su tren está al salir.
A los cinco meses la taquilla cinco acumulaba colas de clientes para comprar su billete. Todos querían comprar el billete a Marcel, todos querían sus diez segundos de cariño.
Porque Napol ya no era el ojeroso cincuentón que trabajaba haciendo pizzas en la Grand Place, era Napol el gran cocinero italiano. Suzanne no era la chica de la tienda de recuerdos, era la princesa de Gante.
Todos salían con su ticket y su sonrisa.
Hasta que un día se acercó a la taquilla cinco Romuald, el cajero de la Taquilla tres:
-Oye Marcel, debo decirte algo –le dijo mirándolo por encima de sus gafas con antiparras.
-Dime Romi –respondió el cajero regalando una sonrisa a su compañero.
-Estamos harto de la forma que tienes de tratar a la gente. La vida no es así.
-Pero…-intentó responder
-Marcel, te equivocas. Si tú eres feliz porque has tenido suerte en la vida, no hace falta que nos lo eches en cara a diario
-Pero…
-Sí, ya sé que tú lo ves todo de color de rosa, pero la vida es otra cosa. Nos dejas en evidencia porque nosotros somos Normales, tenemos vidas normales, no como tú que te crees que la vida es colores.
-Pero…
-No hay peros que valgan Marcel. No me caes mal, pero la vida no es así como tú la ves. Vienes de un pueblecito donde vivís dedicados a hacer quesos y criar vacas, pero aquí es diferente, esto es la vida real ¿Acaso has tenido algún problema real alguna vez? Seguramente no.
Entonces Marcel se pone de pie y mira fijamente a Romuald a los ojos:
-Soy Marcel, el tonto que siempre sonríe. Tuve dos hijos y una mujer. Mi hijo André falleció con siete años. Mi otro hijo, Jacques empezó a tomar drogas con trece años. Calculo que hoy tendrá unos veintiséis si aún vive. Hace cinco años que no sé nada de él. Mi mujer murió atropellada hace seis meses. No me quedaba nada en la vida salvo una docena de vacas, así que decidí buscar a Jacques. No tengo dinero para viajar, por eso elegí la Estación du Nord, la más grande del pais
Cada vez que vendo un ticket imagino que podría ser Jacques, que seguramente estará tirado por alguna estación, que ojalá reciba un trato como el que yo intento dar. Ojalá…
Cada mañana, cada segundo, cada nueva cara al otro lado de la ventanilla es una oportunidad, cada vez que vendo un billete espero que el siguiente de la cola sea Jacques. Si quieres otro día hablamos de mi mundo. De todas formas, querido Romi, soy Marcel, el tonto que siempre sonríe.
Y la vida siguió en la estación du Nord…
PD: Dedicado a aquel cajero sin nombre gordito y de pelo rojo que me vendió un ticket regalándome una sonrisa y una broma en la estación du Nord en Bruselas. Porque saber que existen personas capaces de sonreír a un desconocido y dedicarle unas palabras amables hace que merezca la pena creer en el ser humano (al menos para mí).

EL RETO

Esa mañana se levantó con una extraña sensación de vacío. Se había sentido así en varias ocasiones, siempre coincidiendo con los cambios en su trabajo.
Pero esta vez la sensación rozaba el vértigo.
En una ocasión, con dieciseis años, se presentó a un examen si haber estudiado suficiente, sin tener controlado cómo afrontar la prueba. Ahora sus sensaciones eran parecidas.
Afrontaba un nuevo reto simplemente porque su superior directo le había dicho que estaba preparada para ello, que era una persona seria, eficiente y reponsable. Que con eso era más que suficiente, y que el resto era cuestión de rodearse de gente eficaz. Que en unos días se haría con las riendas del trabajo.
Ella sabía que debería negociar con auténticos tiburones de la negociación, lidiar en mil y una batallas, navegar en un campo que hasta hoy le era completamente ajeno.
Esa mañana las ojeras delataban una noche de pesadillas y mil vueltas en la cama. Un desayuno escaso a base de café americano y un croissant mientras la radio soltaba las nuevas mentiras de cada mañana le dieron las fuerzas que necesitaba.
-Joder, ¿cómo me he metido en esto? -pensaba mientras se forzaba a tragar el amargo café.
Ni siquiera sabía donde quedaba su nuevo trabajo. Dos días antes una llamada le confirmaba el ascenso.
-No te preocupes -le dijeron- un chófer te recogerá a las ocho en punto. Luego alguien te enseñará tu nuevo puesto y a las doce nos vemos par apresentarte a tu equipo.
Con treinta y cuatro años era una mujer segura, toda una profesional, una de las mejores. Pero este nuevo puesto...
Cuando oyó el timbre de la puerta su primer deseo fue que llegaran las ocho de la tarde, poder volver al apartamento y desconectar de todo a base de helado de trufas y "Sexo en Nueva York".
Quince minutos más tarde el chófer la dejaba a las puertas del gran edificio donde la esperaba un señor de aspecto serio, vestido de riguroso traje oscuro y corbata. Ella pensó que aquel tipo bien podría ser un actor protagonista de la segunda parte de "Jack el destripador".
Entraron en el lujoso edificio, y su única preocupación era que no se notara el temblor de piernas. Su padre se lo había explicado hace años: Mira al frente, piensa que estás sóla en el campo...y palante...
Mientras el ascensor los conducía a la planta noble no dejaba de preguntarse las causas de que le hubieran elegido precisamente a ella, y precisamente para aquello...
-Y éste es su despacho -el destripador la miraba con un aire de superioridad que la enervó- en el cajón de arriba tiene un sobre, en él tiene las claves del ordenador, las llaves de los cajones y la contraseña de la caja de seguridad. En aquella puerta tiene un aseo. Si me necesita mi extensión en 90654.
-Muchas gracias -ella intentó aparentar seguridad- ¿Me deja sola? Debo hacer unas llamadas.
Jack el asesor salió no sin antes mirar a su nueva jefa con la curiosidad del zorro antes de devorar a un polluelo.
Ella vomitó todo el desayuno en el estrecho servicio anexo a su inmenso despacho.
Luego miró al espejo, esbozó una sonrisa y vio a una chica de ojos marrones, a una niña que jugaba en la playa, a una mujer de la que dependería a partir de ese día el futuro de miles de personas.
-Vamos palante -dijo recordando a su padre.
Con la serenidad de quien sabe que no hay vuelta atrás ella abrió el primer cajón y miró el solitario sobre sepia que la esperaba.
Con el miedo de quien no sabe lo que le espera rasgó el papel.
Con la esperanza de que tendría suerte tecleó las claves.
Tras unos segundos, y tras el consigueinte ronroneo, especie de sutil protesta del ordenador, tres palabras llenaron la pantalla: Bienvenida señora ministra.