EL REGALO

Había una vez una niña de ocho años en un país de curas con sotana, sopas de ajo y guardias civiles de hierro. Un país de puertas cerradas, maestros de letra-con-sangre-entra y niños llenos de piojos. Un país de hambre sin tierra.
La llamaron María, como era costumbre por aquellas tierras de sol y pan con aceite y uvas.
En aquellos tiempos no había espacio más que para sobrevivir. Tiempo para matar una cabra en Nochebuena, comer roscos , brindar con vino de pasas, probar algo de aguardiente y oír los cuentos del viejo abuelo Paco junto a la lumbre.
María tenía miedo porque aquél no había sido un buen año. Una vez más el granizo de Mayo había destrozado la cosecha y apenas se cosecharon uvas en Septiembre. Sabía que la cosa estaba realmente mal el día que no pudieron comprarle las medicinas contra la tos. Aunque era una niña María oía las conversaciones de sus padres y sabía que apenas había dinero para comer.
-María, este año no habrán regalos de Reyes –le dijo su madre una mañana- las cosas no están para regalos.
-No importa –replica la niña- yo ya me lo esperaba. De todas formas a lo mejor…
-No esperes nada cielo, pues este año no vendrán. A lo mejor el año que viene…
La noche del cinco de enero fue una más para todo el mundo. Bueno en realidad fue una noche más para casi todo el mundo. Para María iba a ser una noche especial. Cenaron migas con naranja; el postre fue a base de pan de centeno migado en leche con canela. Hacía frío y se acostaron pronto. Tumbada en su cama esperó a oír las doce campanadas de la iglesia que indicaban la medianoche.
Todos dormían cuando María saltó de su cama. En la gran habitación, junto a ella se oía la respiración pausada de su hermano de cinco años. Unos centímetros más allá dormían sus padres.
Con sigilo, y caminando de puntillas salió del dormitorio y se acercó a la gran chimenea donde aún chispeaban las últimas llamas.
Con mucho cuidado María puso junto a las ascuas una galleta dura y un vaso de agua. Le hubiera gustado dejar leche y una gran magdalena, pero ellos lo entenderían. Al oír cómo la lluvia repiqueteaba en la calle, acercó un poco el agua a las brasas para que estuviese calentita…
Sin hacer ruido la niña cogió un trozo de papel de estraza con olor a arenque y envolvió su vieja muñeca de trapo. Con otro trozo de papel envolvió un caballo de plástico y un soldado al que faltaba la pierna izquierda. El soldado se llamaba señor Jorge y el caballo Plasticón. Eran los dos únicos juguetes de su hermano. María los había hecho desaparecer unas semanas antes, y los Reyes se encargarían de recuperarlos.
María se separa de la chimenea, mira la disposición de los regalos, reza un poco y sonríe. Luego con mucho cuidado vuelve a su cama. La niña se duerme. Diez minutos más tarde los tres Reyes Magos entraron en la casa.
Ese año no hubo regalos en aquella casita blanca junto al río, pero los Reyes de Oriente al menos habían encontrado los juguetes perdidos a dos niños del sur.
Cincuenta y ocho años más tarde una mujer sonríe mientras sus nietos rompen con ansiedad el papel de mil colores que envuelve los regalos que los reyes dejaron en casa de los abuelos. La casa se inunda de risas, gritos y sonidos electrónicos.
Entonces se me ocurre preguntar…
-Mamá, y cuando tú eras chica ¿cómo eran los Reyes?
María recuerda su muñeca de trapo, a señor Jorge y a Plasticón, suspira y sonríe con nostalgia.
-Eran como hoy, un poco más pobres, pero siempre caía algo. Ni un solo año faltaron en nuestra casa.
Momentos más tarde me cuenta lo que pasó aquella noche mágica de invierno.
Lo podría haber descrito de una forma más poética, menos dolorosa o más suave. Es casi irreal, casi pavoroso; Quizás soy un trágico, un romántico o un poco chiflado, pero considero terrorífico que un niño duerma su noche de reyes sin esperanza. Siento escalofríos de tan sólo pensarlo.
PS: María es mi madre y tuve la inmensa suerte de que aquella niña con trenzas conservara la ilusión aún en los peores momentos.

9 comentarios:

gangas dijo...

Sin duda has pedido y obtenido el mejor regalo: ilusión e ilusiones.

Saludos de un chiflado!

Anna dijo...

Me gusta mucho cómo lo has escrito Salva, y que tu madre conservara la ilusión. De todo se aprende :)

Besos!!

Anónimo dijo...

Hay, hayyy..uuhh.
besos Amely.

Anónimo dijo...

Poético!

Anónimo dijo...

...Y ahora cómo salgo a la calle con estoos ojos llenos de lágrimas? Gema

Juana dijo...

Es posible ser muchas cosas y, está bien, pero sobre todo es posible escribir como los propios Dioses.
Gracias.

Anónimo dijo...

Muy bonito,una gran persona tu madre.Gracias

Anónimo dijo...

Ganas mucho cuando te ocupas de asuntos que te cogen de cerca. Casi siempre pasa. Me permito corregirte un anacronismo que tiene que ver con ciertas costumbres locales: cuando tu madre tenía la edad que dices en la entrada, la noche de reyes era la del 6 de enero en nuestro pueblo.
Todavía no he aprendido a manejar la opción "elegir identidad" para no aparecer como "anónimo". Estas cosas hay que tomarlas con tranquilidad.

compi1 dijo...

Precioso, y además totalmente real. Nuestros hijos tienen que escuchar estas historias de sus abuelos, son parte de su identidad. En el pueblo de mi madre los reyes magos dejaban tres o cuatro caramelos en las familias ricas y mandarinas a los niños más humildes (mi madre era de la época de la guerra, no había juguetes comerciales). La ilusión era la misma que tú describes; y la ternura mía cuando lo contó imagino que como la tuya...