GUARDIA DE SÁBADO

Las guardias en zonas rurales rurales tienen su encanto. Las guardias en Villafranco son para cortarse las venas. Un pueblo de siete mil habitantes en el casco urbano, más cientos de casas, cortijillos, aldeítas y mansiones dispersas a lo largo de cientos de hectáreas y conectadas por una laberíntica red de caminos de tierra, convierten cada aviso en una tragedia homérica. Si a ello le sumamos una demora de siete días en el médico de atención primaria (pues yo no puedo esperar, me voy a urgencias) y un solitario equipo de urgencias terminamos obteniendo veinticuatro horas de extenuante trabajo sin descanso.
Es sábado, el equipo de guardia(los de azul) no han parado, pero siempre sacan un hueco para las risas y las bromas.
Antonio, el técnico de transporte sanitario. Larga nariz y poco pelo, treinta y seis musculosos años de pasión por los automóviles y los teléfonos de última tecnología. Laura, la enfermera sustituta, una chica que roza los treinta, de tez morena y ojos negro azabache, tiene cara de niña asustada; siempre pendiente de los puntos, las bolsas de trabajo y los contratos de fin de semana. Arturo, el celador, apodado el cocodrilo por la parsimonia con que toma nota y por la ferocidad de sus comentarios (señora, le he dicho que se siente, que el médico está fuera. Si no le conviene, ahí tiene la puerta). Y Víctor Bárcenas.
18.00 horas. Llueve sobre mojado. Fuera hace frío. Han comprado unos pasteles y Arturo ha preparado un café cuyo olor se mezcla con las risas inundando el pasillo. Por fin una tarde tranquila.
18.15 horas. Se rompe la magia, el politono Nokia Tune suena estridente. Víctor descuelga de forma mecánica a la vez que coge un bolígrafo y apunta sobre el mantel de papel.
-Equipo de Villafranco.
-Hola, tenéis una Prioridad 1. No tenemos el nombre, una mujer de unos cuarenta años inconsciente. Camino de la Tunilla. Son ingleses.
-Joder -responde el médico- ¿ Y eso por dónde queda?
-Me dicen que pasada la gasolinera Repsol, a la altura del mesón El Atranque, hay un camino rural, seguís todo recto y el cuarto carril tomais a la izquierda, luego llegais a unos corrales, ahí cogeis a la derecha y luego unos dos kilómetros, queda cerca del Cortijo Becerriles
Mientras van entrando en la ambulancia, sigue la conversación telefónica...
-¿Respira la paciente?- pregunta de rigor.
-Al parecer ni respira ni tiene pulso, el coordinador le ha dicho que vayan iniciando una RCP básica.
-Vaya marronazo nos vamos a comer -dice Víctor- porfa, pásame con la familia, estamos en camino.
Llueve a cántaros y la ambulancia vuela sobre una carretera mojada camino del infierno. Al otro lado del teléfono una voz con acento inglés grita jadeante, suplicante, desesperada.
-¡Corrran por favor!
18.23 horas. La ambulancia aparca junto a una casita de campo.
-Yo cojo el maletín de vía aérea y la bombona, tú coges el otro maletín y tú el monitor ¿No quedan guantes medianos?
-Toma, están aquí -reponde la enfermera.
-venga, vámonos.
Tres personas de azul pisan el barro con prisas. Víctor intenta recordar los protocolos mil veces repetidos en interminables cursos. Ahora es el momento. Ahora.
A la carrera entran en la casa, atraviesan el gran salón donde arden unos troncos en la chimenea.
Come here por favor, here! -oyen al final del pasillo.
Sobre una cama de matrimonio, un hombre de mediana edad intenta hacer inutilmente un masaje cardiaco unicamente consiguiendo hundir el cuerpo de una mujer semidesnuda en el colchón cada vez que empuja su pecho.
Víctor se acerca.
Es una mujer rubia, de piel blanca, muy blanca. Muy guapa...
-Es Carol, se ha llevado la mano al pecho, ha dicho que le duele y se ha caído -dice el hombre.
-¿Ha tomado alguna droga? ¿Tiene alguna enfermedad? -pregunta la enfermera nerviosa.
-No, nada, sólo toma unas pastillas para la tensión.
-¡Venga, el monitor! -dice el médico.
18.26 horas. Las heladas palas tocan el pecho de la mujer rubia. La pantalla del monitor dibuja una línea verde, un pitido metálico inunda todo.
-Asistolia, no tiene pulso ni respira.
Antonio y Laura lo miran. Entonces Víctor lo nota. Es apenas una milésima de segundo, pero lo percibe perfectamente. Es éste el momento para el que se ha estado preparando durante años. No hay más nadie que decida por él, no hay teléfonos que descolgar, no vendrá nadie a ayudarle, pues él es el responsable. No puede, no debe fallar, pues no habrá vuelta atrás. Es el momento de decidir, de actuar, de mandar, de luchar sin que pueda haber dudas ni equivocaciones.
-Bueno, hay que darlo todo, tiene cuarenta y un años, vamos a tirarla al suelo, el familiar, a la calle. Laura, cógele una vía. Antonio tu empiezas con el masaje, dame el maletín de la vía aérea.

No hay dudas ni vacilaciones, mientras el técnico empieza con el masaje y el médico inicia la ventilación, la enfermera monitoriza y coge una vía venosa.

Silencio sólo roto por el fshhhh de la bombona de oxígeno, el falso latido del monitor provocado por las compresiones torácicas (pip,pip,pip,pip...) y la voz de Antonio...

-¡Veintiocho, veintinueve, y treinta! -canta el técnico

-Ya tengo la vía Víctor

-Ponle una adrenalina y tres de atropina. Vamos a probar intubar en la próxima, a ver qué pasa.

En medio del frenesí Víctor se pregunta si se está dejando algo olvidado, si algo falla. La mano izquierda está entumecida, apenas le queda fuerza.

-¡...veintiocho, veintinueve, y treinta!

El laringoscopio se arma con un sonoro click; el médico se tumba en el suelo y lo introduce en la boca de Carol(tienes veinte segundos, hay tiempo, muy suave, sobre la lengua...eso es y luego tiras hacia arriba, como si fuera la pata de un jamón, ¿ves? ahí tienes las cuerdas...Víctor recuerda una a una las frases de su Maestro)

-¡El tubo, dame el tubo, hostias!

Veintidós segundos, pero el tubo ha entrado suavemente en la tráquea de Carol. Víctor comprueba que el aire llega a los pulmones.

-Otra adrenalina Laura.

18.58 horas: el monitor sigue mostrando la línea plana cada vez que cesa el masaje cardiaco. El tórax de Carol se levanta falsamente cada vez que Víctor propulsa el oxígeno mediante la bolsa del ambú. Los tres saben que ya no hay nada que hacer. Los protocolos dicen tras ese tiempo ya no hay opción, que no quedan esperanzas. Pero Carol tiene cuarenta y un años.

-Es inútil seguir.¿lo dejamos? -dice el médico.

-Tu verás tío.

-Joder.Paramos. Laura anota la hora. Saca una tira de ritmo.

19.27 horas. Nadie habla. Sentados en el asiento delantero, los tres de azul miran la noche. Ya no llueve.

-Bueno, esto es lo que hay. Se ha hecho todo bien, lo hemos dado todo así es que enhorabuena a los dos -dice Víctor aún con la falsa sensación de haber fallado en algo.

-Bueno para esto nos pagan. Vamos, aún podemos recalentar el cafelillo y tomarnos los últimos pasteles -responde Antonio.

-Joder tío, esto no está pagao con ná, era muy joven la mujer y... -el acento malagueño de Laura suena dulce.

-Déjalo Laura -cierra Víctor la conversación.

La ambulancia vuelve a baja velocidad. El viento helado silba acariciando los olivos. Víctor levanta la mirada y descubre la luna llena que se asoma entre las nubes. Respira y sigue...

PS: No siempre se gana. Dedicado a Toñi y Jose. Gracias compis.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

tremendamete real, tremendamente humano. Me pusiste los vellos de punta.

musicandoensol dijo...

Hola,me llamo Rocío, he leido tu entrada, la verdad que impresiona y refleja la tensión del momento de una forma exquisita.

compi1 dijo...

Es verdad, no siempre se gana; pero aunque salieran bien 999 casos, siempre duele inimaginablemente el que perdimos. Y a pesar de todo, en cada nuevo caso no podemos dejar de creer que ganaremos...

somosmedicina.com dijo...

De hecho en asistolia pocas veces se gana :'(

Una vez más, emocionante Salva.

Anónimo dijo...

Hola, es la primera vez que me dejo caer por tu blog y te aseguro que no será la última.
Sergio, enfermero.