LA LLAMADA

Mario se despierta con el regusto amargo del último sueño aún flotando en sus neuronas. Las últimas 24 horas han sido una locura, otra más. Mario está acostumbrado. No es la primera, ni será la última vez que le sucede.
Hace apenas un día estaba discutiendo con su jefe, por enésima vez, su cuadrante de guardias para el próximo mes. Pero eso fue ayer, hace una eternidad, era otro sitio, en otro mundo, en otro tiempo.
-Mario, a ver cuando te centras en lo tuyo, que estás medio chiflado –le dicen continuamente los amigos.
Al contrario de sus compañeros de trabajo, Mario no tiene un gran vehículo cuatro por cuatro. Se conforma con su viejo Opel Astra rojo. Tampoco ha conseguido comprarse un chalet en la zona opulenta de la ciudad. Le gusta su casita en el campo.
A veces siente la punzada de una responsabilidad, rayana en culpabilidad. No se considera un buen médico, tampoco un buen marido, ni siquiera un buen padre.
Ya ha superado la treintena de años y no puede, no quiere dejar de coger ese teléfono. Cada vez que suena piensa que será la última vez, que ya no más, que aquello le va a costar su carrera, su familia, su vida. Pero siempre vuelve...
Cinco de la tarde y treinta y dos minutos. Mario apenas ha dormido dos horas. A su lado está Marga, ella sí duerme. Atrás han quedado Nuria y Amaia, su hija y su mujer. Amaia lo respeta, lo adora, aunque no está seguro de que lo entienda. La pequeña Nuria lo añora.
-Que conste que es la última vez que te lo permito, así nunca vas a llegar a ser fijo –le había gritado su jefe al oír que Mario no iría a trabajar esa mañana- ¡Esto no funciona así Mario, que lo sepas!
-Es lo que hay Juan –respondió Mario tranquilo- ya sabes, si no te conviene, no me renueves el próximo contrato.
-Pero que hijoputa eres tío –le dice Juan con fingido enojo- recuerda lo de hace dos años. Esto te va a costar tu carrera.
Hace dos años Mario había dejado de presentarse a unas oposiciones a causa de una de estas llamadas.
Marga se ha despertado. Mira a su derecha y sonríe.
-¿Falta mucho? –pregunta con una sonrisa cansada.
-Ya casi llegamos, ¿le has dicho a tu amigo que nos ayude? –Mario señala la cruz de madera que cuelga del cuello de Marga.
-Tú siempre con las bromas, pues que sepas que.. –y así empiezan una nueva conversación entre bromas.
Una hora más tarde la escalera metálica se acerca a la gran panza del Boeing. Con un ruido metálico se abre la puerta trasera.
En el gran descampado el aire cálido huele a quemado. El sol apenas llega al suelo, atenuado por el humo negro que todo lo impregna. Marga y Mario bajan los veintitrés escalones; pisan el asfalto rajado. Apenas a unos metros del avión se amontonan cientos de heridos sobre mantas ensangrentadas; unos metros más allá se acumulan decenas cadáveres. Entonces Mario vuelve a reconocer el olor de la tragedia.
Se miran. Marga acaricia su cruz de madera.
-¿Vamos?
-Vamos….
Y los dos cooperantes de Médicos sin Fronteras empiezan a trabajar.

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5 comentarios:

Anna dijo...

Espectacular Salva...

Anónimo dijo...

escalofriante...

marta dijo...

estaba esperando tu particular relato sobre el desgraciadisimo acontecimiento de haití,y como siempre,ha estado a la altura.
gracias por tu gran sensibilidad de parte de una desconocida que una vez te paró para comentarte que te leía.

Anónimo dijo...

ufff...qué forma de ver las cosas. Siempre tienes un enfoque original hasta para este tema del que se ha escrito rios de tinta, vuelves sorprendernos. Gracias.

Juana dijo...

Hasta mis mayas son de "Medicos sin Fronteras" porque se, que no es para nada fácil.