OJOS VERDES, OJOS NEGROS

A las tres de la madrugada casi todo es silencio. Casi todo.
Por el pasillo gris y azul suenan unas pisadas huecas y apresuradas. Ana sale a la calle y enciende el enésimo cigarrillo. Hace un frío polar en la puerta de aquel hospital. La luz que escapa por la puerta acristalada pinta de amarillo la noche.
Ana mira la luna y exhala el humo tóxico. Ha nevado a las puertas del hospital. Una vez más se olvidó de ponerse la bata, y nota el abrazo del frío.
Junto a ella, dos médicos comentan algo sin darse cuenta de su presencia. Hablan de un paciente moribundo. Uno de esos seres humanos remitidos al hospital para rendirse definitivamente ante la Parca entre sueros y bombonas de oxígeno.
Ella es Ana, pero casi nadie conoce su nombre. A veces se ha llegado a sentir invisible. Mira a los lados y sonríe.
En uno de esos incómodos sillones metálicos a su espalda dormitaba una mujer.
Se cruzan miradas de curiosidad cómplice. Ojos verdes, ojos negros.
Se sonríen.
Se saludan.
Se despiden…
Ana vuelve a su trabajo. Con la parsimonia de cada noche coge su carrito de limpieza y sigue con monotonía el ritmo: consulta 1, consulta 6, sala de yesos, sala de críticos, consulta 2…y vuelta a empezar.
A las cinco de la madrugada hay una novedad en su monótono recorrido nocturno. Hay que limpiar y desinfectar la cama siete.
Con tranquilidad retira los últimos restos, las últimas manchas de sangre, las últimas manchas de vómito, las últimas señales de lucha del último paciente. Como siempre casi nadie nota su entrada; su saludo cae al suelo frío y azul. El paciente de la cama siete ya no existe, y los profesionales se centran en otras vidas.
Ana mira de reojo los papeles. Treinta años trabajando en el mismo sitio ha hecho que llegue a familiarizarse con determinadas palabras, edema agudo de pulmón, disnea severa, oliguria, bradicardia, pausas de apnea, parada cardiorespiratoria, éxitus. Absurda y extraña palabra. Éxitus dicen los médicos para definir la muerte. Quizás creen que con el latín lograrán esquivar la realidad dura y cruda que supone su derrota definitiva: la muerte. Porque al final los médicos casi siempre pierden la última batalla. El truco es saber aceptarlo.
Ana termina de recoger una papelera, pulveriza la cama. Sale de la zona de observación y vuelve a la rutina.
En el pasillo se cruza con la mujer de ojos verdes que llora al salir de la consulta nueve.
-¿Puedo ayudarla? -le pregunta con timidez.
-Sí, mi padre ha fallecido y necesito hablar por teléfono- la mujer no para de sollozar inquieta.
-Al final del pasillo hay uno –señala Ana.
-Imagino que no sabrás nada, pero veo que sales de la zona de observación, ¿me podrías decir algo?- la mujer de ojos verdes ahora la tutea, con la osadez de saberse ambas rozando la cincuentena
-Imagino que sí –Ana piensa que han compartido luna, noche y cigarrillos, y eso las une de alguna forma.
-Olvidé preguntar al médico si mi padre sufrió en los últimos minutos. El médico ya se fue y me da reparo avisarlo sólo para eso. Estaba en la cama siete. ¿tú sabes algo?
La pregunta de siempre, las dudas de siempre…
-La verdad, yo sólo soy la limpiadora, y apenas me doy cuenta de nada, lo siento –entonces Ana toma una decisión- de todas formas el señor de la cama siete cuando falleció estaba dormido. Creo que ni siquiera se dio cuenta de nada –miente Ana.
-Gracias. Por cierto me llamo Sonia.
-Yo Ana, encantada.
La mujer de ojos verdes se aleja por el pasillo.
Ana sigue con su rutina: consulta 1, consulta 6, sala de yesos, sala de críticos, consulta 2…y vuelta a empezar.
En ese momento empieza a amanecer. Mañana será otro día.

4 comentarios:

Anna dijo...

Un aplauso por tu historia y todos los invisibles que se pasean por nuestras vidas. Todos lo hemos sido también alguna vez...

Besos!!

Anónimo dijo...

¿por qué lanzo un gran suspiro justo después leer tus relatos?...porque he estado casi aguantando al respiración...Besos desde Madrid

dra jomeini dijo...

Precioso. Todos ponemos nuestro granito de arena para que la gran maquinaria de la vida siga rodando.

Juana dijo...

Hay gente que ni se entera de tu presencia, no deja de ser curioso me encanta la sensación, porque ser invisible es fascinante.