LA CAJITA DE MÚSICA

Este post debe ser leído con los altavoces encendidos. Es éste un relato musical.
El gran edificio tiene forma de hélice de cuatro aspas coronada por un gran letrero luminoso. Las cuatro alas del complejo residencial para personas mayores Novaluz (su tercera juventud en las mejores manos, promete la publicidad).
Obra de un arquitecto alemán, la residencia Novaluz pasa por ser una de las más modernas y mejor equipadas del país.
Trescientas veinticuatro habitaciones, diecinueve enfermeras, tres médicos, quince auxiliares de clínica, doce trabajadores de servicio. Y Bernard.
Cada una de los cuatro bloques de Novaluz es ocupado por un tipo diferente de pacientes.
Ala norte: ciento ocho habitaciones. Dedicado a los pacientes denominados válidos. Pacientes capaces de caminar, de alimentarse y de comunicarse con fluidez. Allí habita Bernard. Setenta y ocho años y seis como residente. Fue maestro de infantil. No tiene hijos. Su única familia es su olvidada sobrina Amelie. Vive en Novaluz gracias a una pensión de seiscientos euros.
Ala Este: Demencias Ciento ocho habitaciones. Allí habitan los residentes con deterioro cognitivo tipo Alzheimer, aquellos que olvidaron cómo comer solos, cómo controlar sus esfínteres, apenas caminan. Su comunicación con el entorno se limita a una sonrisa boba.
Ala Sur. Cincuenta y ocho habitaciones. Grandes discapacitados. Camas articuladas donde vegetan seres rígidos, con la mirada fija en el techo. Hace meses que dejaron de comer, hace meses dejaron de moverse, hace meses dejaron de comunicarse, de pensar, de Vivir. Sus pieles son tan finas que el simple hecho de apoyar sus talones en la cama provoca horribles escaras negras, profundas, putrefactas.
Ala este: ciento ocho habitaciones. Es el ala prohibida, el ala del haloperidol. Es la zona UTC; Unidad de Trastornos de Conducta. Porque los locos también se hacen viejos. Allí vive Bertrand Moulet (diagnóstico: esquizofrenia hebefrénica), únicamente pronuncia tres palabras desde hace más de cuarenta años: Para-La-Corriente, Para-La-Corriente…No duerme, apenas come, no camina. Sentado en su silla de madera, se balancea rítmicamente de derecha a izquierda desde hace más de veinte años, repitiendo siempre las mismas palabras. Su cuerpo está plagado de cicatrices gracias mi-amigo-Fridich. Ingresó con dieciocho años para tratamiento por ser un “invertido sexual” en la clínica del reputado psiquiatra alemán Friedrich von Hauser, defensor de la terapia electroconvulsiva como cura de la homosexualidad. Allí está Lucienne Cripal (oligofrenia profunda); ciento cuarenta kilos de peso y un coeficiente intelectual cercano al de un saltamontes. Con trece años ingresó en el psiquiátrico. Tras cincuenta y dos años ingresada pasó a Novaluz. Únicamente habla cuando alguien la mira a los ojos o la toca (Hijo de puta, cabrón, te voy a matar).
Y la paradoja de la gran hélice que es Novaluz consiste en que no se mueven las aspas, se mueven los internos. Cada primer lunes de mes se reúne la Comisión de Centro. En esta reunión se decide qué pacientes pasan del ala uno a la dos; o a la tres. No hay vuelta atrás.
Siete de marzo de dos mil ocho. Patio del Ala Norte:
Bernard disfruta de los últimos rayos de sol mientras acaricia su más preciado tesoro, su único tesoro, una cajita de música del tamaño de una caja de cigarrillos, regalo de una enfermera del centro el día que ingresó. Cada mañana la abre y oye las mismas notas, La Bohème, mientras una bailarina gira en torno a su eje. Así ha sido durante los últimos seis años. Hace tres meses que Bernard conoció a Cécile. Comparten desayuno y paseo por los jardines. Comparten recuerdos y se ríen juntos dando cuerda a la cajita musical. Hacía ocho años que Bernard no reía. Hace dos días decidieron sellar un pacto secreto: se ayudarán mutuamente a envejecer, se apoyarán en este último viaje. No necesitan papeles ni contratos, no necesitan nada más. No tienen a nadie más.
Así pasan los meses, entre mañanas de sol, Aznavour, risas y miradas.
Cinco de febrero de dos mil nueve:
Bernard se levanta como cada mañana, escucha su cajita de música durante quince minutos y se dirige al comedor. Como cada día mira al fondo, donde suele esperarlo Cécile, pero no la encuentra. Busca en el patio, y luego en su habitación. Pregunta a las enfermeras, pero nadie le responde. Simplemente Cécile no está. Cécile ha desaparecido de la vida de Bernard, se ha esfumado. El anciano vuelve a su habitación, da cuerda a su cajita de música y llora oyendo La Bohème.
Diez meses más tarde...
En la habitación 34 del ala sur dormita Bernard. Gracias a quince gotas de haloperidol ha dejado de luchar para arrancarse la sonda nasogástrica. Ignora que al otro lado del pasillo, apenas a tres metros se encuentra Cécile cuya única comunicación con el mundo es un quejido apagado desde hace meses.
En un sillón de madera del soleado patio Norte de Novaluz se encuentra Alain. Ha ingresado en la residencia hace apenas unos días. No conoce a nadie así es que pasa las tardes releyendo a Víctor Hugo y escribiendo.
De pronto percibe que se acerca una joven enfermera. Se sonríen.
-Buenas tardes Alain, ¿como se encuentra? -ella tiene acento de Toulouse.
-Bueno, mejores tardes he tenido -responde Alain.
-Si quiere se puede entretener con esto -dice la enfermera mientras entrega al anciano una cajita rosa.
Alain abre la cajita, y sonríe al ver la danza mecánica de la bailarina mientras suenan las notas. Una señora mayor se acerca al oír la música. Los ancianos se sonríen...
-¿Puedo sentarme a oír la cajita? -por supuesto señora, responde Alain.
-Me encanta Aznavour -dice ella sonriendo. Y la gran hélice empieza nuevamente a girar.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

gran relato. Con la música consigues que casi parezca una película. POr cierto sería un magnífico argumento para un corto. Alejandro

hamlet dijo...

Me ha gustado. Me gusta el efecto que consigues con la música. Y el relato, que deja un regusto amargo...
un saludo

Anónimo dijo...

Con la música,consigues arrancar una lagrima.Un beso.