EL NIÑO DE OJOS GRANDES

Era un niño de ojos grandes en un tiempo ya pasado y su historia sucedió hace casi treinta años.
El niño de ojos grandes tenía diez años, esa edad en la que se descubre el mundo de los adultos, y en la que se empieza a sospechar que en el Universo no rigen las normas mágicas de la infancia.
El niño de ojos grandes vivía en un pequeño pueblo lejos de la ciudad. Sus mañanas las pasaba entre tablas de multiplicar (siempre se equivocaba en la tabla del cuatro al llegar al cuatro por siete), mapas de España , oraciones de sujeto-verbo-y-predicado y recreos inolvidables. Sus tardes fueron de calle, indios contra vaqueros, pan con chocolate, fútbol, clases de catequesis y policías contra ladrones.
Inolvidables noches de brasero y Kunta Kinte.
El fin de semana era especial, pues su madre le permitía ir a comprar la leche, ver cómo el cabrero ordeñaba, y además podían desayunar tortas de harina frita con Cola-Cao.
El niño de ojos grandes siempre era feliz. Bueno, realmente recordaba una tarde en la que, al llegar de jugar, encontró al médico en casa, a su madre con cara de miedo y a su padre gritando de dolor por una piedra en el riñón. Esa tarde fue la peor de su vida. Hasta que llegó aquel día.
Una tarde de Mayo el niño de ojos grandes dijo que no tenía ganas de salir, que le dolía la cabeza.
-Ya has cogido las anginas de nuevo –aseguró la madre.
Después de una semana en cama, el niño de ojos grandes seguía con dolores de cabeza.
-No te preocupes, yo no le encuentro nada serio al niño, vamos a hacerle un análisis y ya veremos –dijo el médico del pueblo a la madre.
El niño de ojos grandes se dio cuenta de que el dolor aparecía todos los días por la mañana, desaparecía a mediodía y volvía, certero y puntual, cada anochecer. Especialmente aparecía siempre que intentaba ver la televisión.
Pasaron tres semanas hasta recibir los resultados. En ese intervalo el niño de ojos grandes había intentado ir al colegio, pero el dolor de cabeza y la fiebre lo hacían volverse antes del recreo.
Una noche, antes de dormirse decidió rezar con fuerza, con toda la fuerza del mundo. Rezaría con tanta fuerza que Dios le quitaría el dolor. Esa noche se durmió sonriendo. La mañana siguiente el niño se despertó antes de tiempo, y una sonrisa se dibujó en su boca. Lo sabía, sabía que Dios no le fallaría. Pero a las diez de la mañana, Dolor acudió a su cita.
-El niño tiene velocidad en la sangre –dictaminó el médico.
El niño ignoraba el significado de aquellas palabras, pero se alegraba de que al fin hubieran encontrado el origen del dolor y la fiebre. Además, su madre parecía tranquila, así es que se alegró. Era curioso, tenía velocidad en la sangre…
-Debe hacer reposo un mes, y tomarse estas vitaminas y estas pastillas.
Las vitaminas eran unas ampollas bebibles de un sabor nauseabundo que el niño se tomaba cada mañana.
Pasaron las tres semanas, pero la cefalea y la fiebre seguían acudiendo a la cama del niño cada día. Además ahora estaba perdiendo peso.
Una mañana el niño de ojos grandes decidió que el dolor sería su compañero de viaje, que lo acompañaría siempre, siempre. Lo único que debía hacer era esperar a que aliviara. Por eso pasaba horas enteras con la cabeza bajo la almohada buscando una postura menos dolorosa.
Así pasó el verano. Una tarde vinieron sus amigos del colegio a hacerle una visita. Le trajeron dulces y un auténtico balón de cuero con la imagen de Naranjito.
El niño de ojos grandes ahora era el niño enfermo.
Pasaron tres meses desde que Dolor lo acompañaba. Una tarde su madre le dijo que había venido un hombre de las montañas y le había traído unas hierbas mágicas.
-Prueba, a ver qué te parece.
-¡Mamá, está buenísimo!
-Verás como te alivia el dolor, son unas hierbas secretas –le dijo la madre.
Se trataba de una simple infusión a base de manzanilla, hierbaluisa y menta, ideada por su madre, pero la infusión mágica conseguía cierto alivio.
Como el niño de ojos grandes seguía con fiebre después de cuatro meses, el médico decidió derivarlo a la capital, donde le hicieron una radiografía.
Al empezar el colegio, un amigo le traía los deberes cada tarde y se llevaba los del día anterior.
Una mañana de Septiembre en la que Dolor lo respetó, el niño enfermo decidió explorar el armario de su padre. En una estantería, por encima de las botellas de Marie Brizard, y de licor de Café, y cerrada con cristales corredizos, su padre guardaba una veintena de tomos cuidadosamente alineados.
Subiéndose a un taburete, el niño se asomó a la hilera de libros. Con cuidado cogió un grueso volumen: Los tres Mosqueteros. Primera Parte. Víctor Hugo.
Ese día todo cambió en su vida. En aquel armario se encontraba un mundo nuevo para él, plagado de reinos extraños y lejanos, de personajes heroicos y de historias increíbles.
El niño enfermo, ya cercano a los once años pasaba las horas leyendo a Stendhal, a León Uris o Nabokov. Igual leía una novela de Julio Verne que se pasaba las horas devorando las pasiones de Calixto y Melibea o se retorcía de angustia imaginando al hombre de Kafka convertido en repulsivo escarabajo. El niño leía sin orden ni concierto, sin los prejuicios de saber lo que iba a encontrar dentro de cada libro. Literatura en estado puro, salvaje, virgen.
El niño enfermo se dio cuenta de que el dolor pasaba a un segundo plano cuando él entraba dentro de los libros, porque Dolor no podía viajar al lejano oriente con Pearl Buck o saltar a las estepas lejanas con Tolstoi. Dolor se quedaba bajo la almohada mientras el niño escapaba por la ventana.
Pero a pesar de todo seguía perdiendo peso.
Los padres del niño enfermo decidieron entonces acudir a la capital, donde visitarían al célebre doctor Villaespesa. La economía familiar apenas daba para llegar a fin de mes, pero el doctor Villaespesa era la única opción, la mejor opción de todas. Quizás la última.
Los recibió un hombre ya mayor, de cara amable, con cierto sobrepeso y un cuidado bigotito canoso. El niño pensó que aquel hombre debía parecerse a Hercules Poirot. La visita se llevó a cabo en una lujosa consulta, rodeado de maderas nobles, bonitas alfombras y una enfermera con cofia. Una vez más lo exploró (metal frío en pecho y espalda, respira, abre la boca, di Aaa), y una vez más volvió a preguntarle por Dolor, por sus características, por sus idas y venidas, por sus trampas y sus mentiras. Una vez más volvió a sacarle sangre una enfermera con gesto adusto.
Unas semanas más tarde empezó el nuevo tratamiento.
-Son quince inyecciones, una cada dos días –había dicho el doctor Poirot a los padres. Si el niño no mejora, me lo traen en dos meses.
Ya avanzaba el mes de Diciembre, y cada mañana el niño enfermo acudía a su cita.
Mercedes y sus agujas: Una jeringa y dos agujas para todo el pueblo, recalentada, a modo de burda desinfección una y otra vez en el hornillo de gas de Mercedes.
-Una para todos y todos para una –pensaba el niño.
Las tardes seguían siendo para volar junto a Delibes y Marc Twain, para escapar de Dolor en brazos de Vargas Llosa, para navegar hasta Macondo a hombros de García Márquez, para sentirse cerca de Yerma…
Las inyecciones eran dolorosísimas, y le provocaban mareos. Una vez incluso llego a desplomarse. Su madre siempre lo arreglaba con una reconfortante sopa caliente y unas patatas fritas.
Una mañana de Febrero, recién cumplidos los once años, el niño enfermo notó algo extraño. Se levantó de su cama, desayunó con ganas y abrió la ventana. Curiosamente, le apetecía salir. Fuera el mundo seguía girando, se oía el chirriar de una repasadora en la cercana fragua…y Dolor no estaba.
El niño enfermo sabía que no debía ilusionarse. Había pasado antes, y Dolor volvería, siempre volvía.
Pero esta ocasión fue diferente. Pasaron dos días, pasó una semana. Y Dolor no volvió.
-Mamá, ya no me duele –dijo una tarde.
-Eso han sido las hierbas de las montañas, seguro –la madre se apartó una lágrima sin que el niño enfermo lo notara.
A principios de Marzo, el niño enfermo volvía a ser el niño de ojos grandes. Volvió al colegio, a sus mañanas de divisiones y mapas. A los recreos, a las tardes de pan con chocolate, a los policías contra ladrones, a los fines de semana con Torrebruno y a las Bolas de Cristal.
Dolor nunca más volvió, y en su estantería sobre el Marie Brizard y el licor de Café se quedaron Víctor Hugo, Tolstoy, Delibes, Lorca, Kafka, Twain y muchos otros.

Post-Scriptum: Durante diez meses de mi infancia padecí una fiebre de origen desconocido. Yo fui el niño de ojos grandes. Finalmente el doctor Villaespesa me diagnosticó y trató por una Brucelosis (Fiebres de Malta). Hoy debo agradecer a mi madre sus hierbas de la montaña, porque realmente me mejoraban. Debo agradecer a mi padre su armario lleno de libros en una época y un lugar donde casi nadie leía, porque gracias a ellos amo la literatura. Debo agradecer a mis padres su empeño y sacrificio en no parar hasta encontrar una solución a mi fiebre. Debo a agradecer a mis amigos del cole que me visitaban cada cierto tiempo. Incluso debo agradecer a aquella mujer cuyas inyecciones me duelen de tan solo recordarlas.
Hoy la sopa y las patatas fritas de mi madre siguen siendo sin duda las mejores del mundo. La infusión de menta, hierbaluisa y manzanilla no he vuelto a probarla.
Hoy sigue existiendo aquella estantería con libros en casa de mis padres, desapareció el Marie Brizard. El licor de café sigue ahí.
Hoy sigo notando un nudo en la garganta cada vez que mi hija se atasca en la tabla del cuatro, concretamente en el cuatro por siete.
Hoy sigo siendo incapaz de enfrentarme a un niño con Dolor.

6 comentarios:

Matahari dijo...

¡Qué bien escribes! Y que cosas tan emotivas cuentas.
Consigues emocionarme.
Gracias, de verdad.

Anónimo dijo...

de lo mejor que he leído hace meses. Enhorabuena. Sara

jane dijo...

Me has hecho acompañarte, a ti y a Dolor, en tus tardes de enfermedad y en tu descubrimiento de la lectura. Gracias por emocionarme y por haber sido tan fuerte, niño de ojos grandes.

Anónimo dijo...

me encantó oel post

Anónimo dijo...

Cada vez que te leo tienes la capacidad de emocionarme .Me encanta el cariño y el amor que le tienes a tus padres sobre todo a tu madre, reflejas que es muy especial para ti.

J. dijo...

Me han saltado las lágrimas.
Sospechaba que podías ser tú y pensaba a la vez que no podía ser y que habría un final trágico... Pensé en Leucemia... pero sobretodo sentí a dolor y a la emoción de los libros descubiertos...
Muchas gracias por tan maravilloso post!!!!!!!