LAS RATAS

Otro post con banda sonora...
Un vehículo pasa rápido surcando la noche, la niebla y la llovizna. Hace tres meses que no para de llover y el turismo avanza con cautela por la carretera de montaña.
Dentro suena la radio y la agradable temperatura interior empaña los cristales. Suena la música suave y triste. Víctor vuelve a casa tras su turno de doce horas.
Junto a la cuneta algo sobresale de la tierra. Sin duda las fuertes lluvias han desenterrado alguna cosa olvidada tiempo atrás; un objeto blanquecino y alargado que brilla reflejando la luz de los faros durante apenas un segundo.
Víctor Bárcenas, cansado de oír música, pulsa el botón de búsqueda automática hasta que el dial digital encuentra una nueva emisora. Alguien habla al otro lado de la tormenta...
-Insisto en que eso de la memoria histórica es una patraña inventada por cuatro radicales apoyados por un juez chiflado -inteviene un tertuliano.
-Completamente de acuerdo Blas -reitera otro- se trata de un empeño de unos locos por dividir nuestro país y una democracia moderna debe mirar al futuro no al pasado.
Una rata gris y mojada olisquea aquel objeto que sobresale entre el barro. El hambriento roedor da unos mordiscos, agarra con sus mandíbulas el objeto y lo extrae de la tierra.
Victor entonces siente curiosidad. Para el motor y observa a la rata bajo la lluvia, divertido.
Llueve como hace años que no llueve por aquellas tierras. Concretamente llueve como llovía una noche de hace setenta y dos años, cuando un grupo de personas atravesaban a pie, y en fila india esa misma carretera, entonces apenas un camino sin asfaltar, destino a ninguna parte.
Víctor sigue entretenido los movimientos de la rata mientras mordisquea el objeto. Ahora otro roedor se acerca y le disputa el tesoro. Empieza un duelo bajo la lluvia, ambas ajenas al joven que las observa. De fondo sigue monótona la tertulia radiofónica…
-Es más, yo creo que al juez este que está empeñado en rescatar el pasado lo que deberían hacer es denunciarlo y retirarlo de la judicatura -apostilla behemente el director del programa.
-Un puñado de radicales así no caben en nuestra democracia, ¡que dejen descansar a los muertos de una vez estos impresentables! –asegura otra periodista casi escupiendo las palabras.
Víctor piensa que las tertulias siempre repiten la misma cantinela. Recuerda a su abuelo, fallecido en la guerra y se indigna. Por ello baja el volumen de la radio y se dedica a sonreír mirando la lucha titánica de las dos ratas grises por un palo redondo bajo la lluvia.
Y llueve. Exactamente igual que aquella noche sin luna en la que una fila de catorce personas pasaron por allí.
La niebla lo envuelve todo excepto el haz luminoso del vehículo, y fuera el clonk, clonk de las gotas sobre el capó. Víctor baja la ventanilla y observa a los roedores. En la soledad inmensa del campo oye el rechinar de los dientes sobre la el objeto blanquecino. El joven médico siente curiosidad.
Abre la puerta y sale a la noche mojada. El ruido provoca el miedo en las dos ratas que huyen a la maleza dejando el objeto sobre el barro. Víctor se acerca, se agacha. Entonces sonríe bajo la lluvia y habla para sí:
-Joder como llueve.
Llueve exactamente igual que hace setenta y dos años cuando la persona que encabezaba el grupo dio el alto a los que caminaban en fila bajo la tempestad.
-Sentaos un momento, vamos a descansar.
-Pero llueve a cántaros sargento –repuso el cabo que cerraba la fila.
-¡Galíndez, te pagan para obedecer coño! –gritó el sargento- al próximo comentario te doy una hostia que te arranco la cabeza de cuajo.
Víctor Bárcenas observa en su mano el preciado tesoro de los roedores. Un trozo de hueso, sin duda de conejo o de cabra. El joven se da cuenta de que tiene frío. Mucho frío. Entonces arroja el objeto a un arroyo cercano y vuelve al coche. Llueve.
Exactamente igual que aquella noche en la que el sargento hizo el gesto convenido previamente, apagando el cigarrillo con la punta de su bota. En ese instante los militares alzaron sus ametralladoras. En menos de diez segundos las doce personas que descansaban bajo el olivo agonizaban mientras la lluvia arrastraba la sangre formando pequeños arroyuelos.
-Remátelos cabo –gritó el sargento con voz neutra.
El joven cabo se ha orinado encima, la mano derecha le tiembla violentamente, la Lugger de fabricación alemana cae al barro y el cabo empieza a vomitar.
-¡Menudo maricón está hecho Galíndez! –grita el sargento, y entonces empieza a disparar metódicamente sobre las cabeza de los doce moribundos.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve diez, once, doce…y llueve.
El trozo de hueso no es de conejo, ni de cabra. Un hueso desnudo y blanco. Un hueso descarnado a bocados por carroñeros de la noche. Un hueso sin historia y sin memoria, sin derecho a ser llorado ni recordado. Es un trozo de hueso anónimo, sin futuro y sin pasado, sin derecho a nada, ni siquiera al recuerdo. Un trozo de hueso con una única condena: el olvido, el frío eterno, y un único destino: ser devorado por las ratas en la noche igual que un trozo de madera podrida.
Víctor arranca el motor, unos tertulianos siguen explicando desde sus mullidos asientos las causas por las cuales debemos olvidar nuestra historia, entonces el joven vuelve a cambiar de emisora hasta encontrar esta sintonía venida de oriente.
El trozo de hueso de Gilberto Bárcenas, cae junto a una flor silvestre…y lentamente vuelve a hundirse en el barro arropado por el murmullo del arroyo cercano.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

me encantó...gracias por aportar esa mirada de las cosas

Anónimo dijo...

me encanta la música..cual es? Luisa

Ismael dijo...

Estupendo relato. Es evidente que no debemos olvidar a los que murieron por la libertad.

Saludos!!

Anónimo dijo...

Es la primera vez que entro en tu blog, y me ha gustado este relato. Hace poco he visto "Bucarest. La memoria perdida", muy recomendable. Aunque yo afortunadamente nací en democracia, me parece que no podemos olvidar a todos aquellos hombres que dieron su vida por la LIBERTAD.