CABLE AZUL, CABLE ROJO...

Un silencio espectral, absoluto, frío y hermético envuelve a las diez personas en aquella sala de paredes blancas. Un silencio sólo roto por el siseo del oxígeno escapando por la mascarilla y el rítmico pit-pit del monitor delatando que aún existe actividad eléctrica. Silencio...


Una hora antes...

La entrada de un paciente grave a un hospital suele ser bastante espectacular. Ruído de sirenas, luces a la puerta de urgencias, camillas que vuelan trasladando a un ser semidesnudo hasta la cama de críticos. En todos los hospitales del mundo sucede lo mismo. Una alarma general para los médicos, unas carreras de verde y blanco, y en apenas unos segundos se activan todos los protocolos.
Juana ha despertado en mitad de la madrugada sintiéndose morir. Un dolor extraño oprimía su pecho; segundos más tarde notó que se ahogaba. Tan intenso era el ahogo que incluso podía oír sus pulmones gorgoteando con cada respiración. Minutos más tarde alguien vestido de azul le gritaba al oído, pero Juana a esas alturas se encontraba junto a la chimenea oyendo los cuentos de su abuelo Blas y el gorgoteo de la olla junto al fuego.
Han pasado apenas cincuenta minutos desde entonces, y Juana vuela en la camilla blanca hacia la sala de críticos. Fuera hace frío...
La alarma ha congregado en esta ocasión a nueve personas en torno a la camilla de reanimación. Nueve personas y la tecnología más avanzada para intentar diagnosticar, tratar, curar. Salvar en tiempo récord.
Dos médicos adjuntos, dos residentes, dos enfermeras, dos auxiliares, un celador. Y Juana en la camilla.
El médico de la ambulancia informa con rapidez
-Viene de la residencia San Marino. Una mujer de ochenta y dos años polimedicada, Alzheimer leve, hipertensa, diabética, cardiopatía isquémica con infarto hace cinco años. Ahora parece que es un edema agudo de pulmón, crepita hasta arriba y además está infartada toda la cara lateral. El año pasado tuvo otro y salió, pero esta vez, no sé...apenas responde a estímulos
En esa sala cada cual debe saber exactamente su papel. Preguntar, explorar, desnudar al paciente, quitarle joyas y dentaduras, monitorizar, constantes, vía periférica, oxígeno, electrocardiograma, vales de analítica, radiografía, pensar... El joven residente de primer año observa atento. Le han dicho que únicamente debe centrarse en no molestar, aprender, y sobre todo no pulsar el interruptor de la luz y apagarlo todo. Observa cómo el médico encargado de dirigir las actuaciones debe ir tomando decisiones segundo a segundo, eso le hace recordar aquellas películas en las que el policía debe desactivar la bomba (cable azul-cable rojo...).
La paciente sobre la camilla apenas puede mover su caja torácica, sus ojos en blanco denotan que está a punto de claudicar ante la Parca, de rendirse.
El joven residente ha recibido varios cursos acerca de humanización de la medicina y cree que él lo haría mejor, sería más humano, más perfecto, más profesional que el resto de personas allí presentes.
Han pasado apenas cinco minutos desde que Juana atravesó la puerta de la gran sala blanca, las nueve personas que la rodean han podido coger una vía venosa, empezar a poner medicación, hacer un electrocardiograma, ponerle oxígeno a alta concentración, pero Juana se va apagando. Cable rojo, cable azul...
-Vamos a subirle la solinitrina, otros dos seguriles y ponle un tercio de mórfico a ver si así...- el médico no para de pensar mientras da órdenes claras y escuetas.
En ese momento Juana recorre la calle principal de su pueblo del brazo de Andrés. Van camino de la iglesia. Algunos curiosos los observan, la comitiva nupcial los acompaña. En apenas unos minutos se casarán y ella será la mujer más feliz del mundo.
Siguen las órdenes...Juana no responde al tratamiento
-Parece que está algo mejor, hay que sondarla, mira a ver cómo tiene la tensión ahora, que alguien le quite ese anillo y se lo lleve a la familia.
En ese momento la auxiliar se acerca al brazo izquierdo de Juana, retira con cuidado la alianza de su cuarto dedo.
-¡Joder!- exclama de pronto.
El resto del personal de urgencias vuelve su mirada a la auxiliar, que entrega la alianza al médico. Éste la mira y suspira.
-Joder- exclama el veterano médico- la mujer tenía como única joya el aro metálico de una botella de coca-cola.
-Qué lástima- dice alguien apartando un mechón de la frente de Juana...
En ese momento el mundo se para, un silencio espectral, absoluto, frío y hermético envuelve a las diez personas en aquella sala de paredes blancas. Un silencio sólo roto por el siseo del oxígeno escapando por la mascarilla y el rítmico pit-pit del monitor delatando que aún existe actividad eléctrica. Silencio...los nueve profesionales se miran unos a otros.
-Esto nos puede pasar algún día a cualquiera de nosotros, nunca lo olvidemos -dice el médico más mayor, cogiendo la arandela de lata y depositándola en su bolsillo- y ahora seguimos para bingo.
En ese mismo instante el joven residente piensa que aún le queda mucho por aprender, cansado apoya su espalda contra la pared, pulsando el interruptor y apaga la luz.
-Vale, ya está el residente, mira que te lo he dicho...
Y el trabajo sigue en la noche. Cable azul. Cable rojo...
Pero Juana ya está lejos, muy lejos. Tres horas más tarde Juana se rinde, pero apenas un segundo antes de lanzar el último suspiro ha notado cómo Andrés volvía a insertar el anillo en su dedo convirtiéndola en la mujer más feliz del mundo.
PS: dedicado a todos aquellos que alguna vez atendieron a un paciente en estado crítico, porque pocas veces he visto tanta humanidad junta.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Tremenda sensibilidad. Es cierto que los residentes debemos aprender a veces de todos y cada uno de los prefesionales qeu nos rodean.

Anna dijo...

A mí también me han dicho lo del interruptor, pero por suerte no apoyé en la pared... Aunque lo hubiera necesitado, cuando estás en esa sala lo necesitas muchas veces.

Como siempre, una historia triste y preciosa.

Besos!!

FLORENCE dijo...

COMO SIEMPRE PRECIOSO.YO QUE TRABAJO EN URGENCIAS Y HE TENIDO QUE ATENDER A BASTANTES CRÌTICOS DECIR QUE NUNCA ES IGUAL,QUE CADA UNO DE ELLOS MARCA Y QUE TODOS ELLOS TE HACEN VER,QUE EN EL FONDO TODOS SOMOS IGUALES,PERSONAS,QUE NO PODEMOS CONTROLAR TODO LO QUE NOS SUCEDE.
FLORENCE

Anónimo dijo...

soy tecnico de transporte santario en un soporte vital basico, y por desgracia he estado ante muchos pacientes criticos, he visto apagarse mucha gente en mi camilla mientras mi compañero intenta llegar lo antes posible a urgencias,mientras yo con nuestas grandes limitaciones intento mantenerle en la camilla. nunca he visto descrivir de forma tan sensible esa situacion, no la pierdas nunca algo muy comun en la sanidad.
Estoy seguro que seras un gran medico

dra jomeini dijo...

Me ha encantado, Salva. Y qué real es. Casi estoy ahí. Casi puedo tocarla.

Anónimo dijo...

Un precioso relato que me ha conmovido mucho. He trabajado en urgencias y he vivido unas cuantas veces situaciones similares. Aunque a veces olvidamos el trasfondo que va detrás de todas esas historias, en ese momento en el cual una persona transita de la vida a la muerte. Y a veces se nos olvida que aunque intentemos agarrar a alguien desesperadamente a la vida, todo sigue su curso...

Camillas dijo...

Interesante, Saludos!