GITANOS

Rafael sube uno a uno los escalones y entonces recuerda a un niño extrayendo con cuidado la caja de zapatos que esconde bajo la cama. Junto a él, y en su misma cama, duerme Juan de Dios. En la litera de enfrente están Alba y Candela, las dos gemelas. En la gran cama duermen los padres, y junto a la esquina duerme la pequeña Yureida en una cuna metálica.
La familia Heredia. Una familia gitana en un barrio de gitanos. Cruz Verde, barrio de drogas y basura. Barrio de putas, camellos y audis sin capota. Cruz Verde, el barrio donde nunca amanece, el barrio sin policía, porque la ley de los payos se quedó a la entrada, el barrio sin papeles.
Vivían en un gran edificio de viviendas sociales desde hacía tres años. Antes vivían entre cartón, chatarra y ratas, ahora entre hormigón, chatarra y ratas. El ascensor no funcionaba desde hacía dos años y once meses, no había luz en los pasillos, en el quinto F se vendía hachís. En el segundo K coca base y tripis. En aquel tiempo aún estaba Miguel, el hermano mayor.
En aquel entonces Rafael tenía 12 años, el pelo negro azabache, los ojos negros profundos y la mirada limpia. También tenía un secreto.
Los padres salían cada mañana al mercadillo; minutos más tarde llegaba la abuela Matilde que los obligaba a levantarse para ir al colegio. Rafael acompañaba a las gemelas al colegio y luego se dirigía al instituto.
Rafael Heredia, el Rafi, era uno más en su clase de secundaria. Alguien los había calificado como carne de cañón. Quince chicos gitanos, cinco marroquíes, tres hondureños y dos rumanos. La media de asistencia diaria a clase era de siete alumnos de veinticinco; siempre suspendían casi todo. No importaba, la sociedad nada esperaba de los chicos de Cruz Verde. Desde hacía seis años nadie aprobaba todas las asignaturas. El Rafi era uno de ellos. Quizás más rebelde, quizás más respondón, menos disciplinado, pero uno más a fin de cuentas. También suspendía casi todas, gritaba en clase y se burlaba de los profesores, especialmente de don Rémulo, aquel viejo tontorrón con gafas de culo de vaso. Pero Rafael tenía un secreto.
Don Rémulo era el profesor de literatura. Desde hacía quince años ejercía en Cruz Verde. Sus cincuenta y dos años, pelo cano y barba canosa le conferían un aire de intelectual acentuado por las gafas de concha. Algunos decían que tenía cierto parecido a Sean Connery. Rémulo Lindes era un apasionado de Chopin, Kant y sobre todo de los cuentos de Edgar A. Poe.
El instituto de Cruz verde ni siquiera tenía nombre, simplemente se habían limitado a llamarlo Instituto de Educación Secundaria Cruz Verde, aunque era conocido por los profesores como Jungla Verde. Veinticinco maestros en plantilla. Cada año renunciaban veinte de ellos. Don Rémulo aguantaba. Cuando alguien le preguntaba la causa respondía con una enigmática frase: Él era un buscador de diamantes. Sus compañeros se burlaban, sus alumnos se burlaban.
Ese año en la clase de primero A don Rémulo conoció a alguien extraño. Un chico de pelo negro, altanero y peleón, que se sentaba al fondo de la clase. Un chico que gritaba, fumaba en los pasillos y jamás obedecía. Un chico cuya mirada tenía algo…
Cuando Miguel estaba con ellos la vida era color de rosa. Siempre jugaban camino del colegio, siempre tenía un aliado, un amigo, un defensor. Pero una noche de sábado y una partida de heroína demasiado pura se lo llevaron por delante. Desde entonces Rafael se volvió más arisco, más rocoso, más insensible. Pero con un secreto.
-Maestro, ese libro viejo ¿te hace falta?- le dijo una mañana el Rafi a don Rémulo- es que en mi casa tenemos una mesa con una pata coja y nos vendría bien.
-Te lo puedes llevar Rafael- respondió el maestro señalando el ajado volumen de la Odisea que acumulaba polvo sobre el armario al fondo de la clase.
Unas semanas más tarde don Rémulo decidió abordar al chico al final del pasillo:
-¿Qué tal la mesa Rafael?
-Bueno, mucho mejor, aunque cojea un poco aún.
-Quizás con un libro más gordo se pueda arreglar- respondió el maestro.
Así fue como Rafael por primera vez compartió su secreto con alguien.
Cada dos jueves don Rémulo dejaba un libro olvidado sobre el armario al final de la clase. Cada dos jueves el Rafi lo escondía disimuladamente en el fondo de su mochila y se lo llevaba a casa.
Cada noche, mientras todos dormían, el joven gitano encendía su linterna bajo las mantas. En silencio se dedicaba a leer los libros de don Rémulo y a escribir sobre papel de estraza. Luego guardaba todo en una vieja caja de zapatos bajo su cama.
Y Rafael tenía el don de la escritura. Escribía unas historias increíblemente bellas, descritas con una prosa pocas veces leída. Unos relatos llenos de vida y de color, unos cuentos extraordinariamente escritos que jamás serían leídos por nadie, pues a nadie iban dirigidos.
Pasaron los meses y Rafael suspendió todas las asignaturas, seguía teniendo intencionadas faltas de ortografía, errando todos los problemas, burlándose de don Rémulo o fumando entre clases, porque él era El Rafi y así debería seguir siendo.
Una noche de Noviembre su padre descubrió la luz bajo las mantas…
-Niño ¿eso que es? –gritó Raimundo Heredia.
-Ná Papa, estaba sólo escribiendo, cosas mías- la voz del niño pareció asustada.
-Déjate de tonterías Niño, no quiero verte más haciendo esas cosas.
-Pero es que…
-He dicho que se acabó, a dormir Niño.
Esa noche acabó la linterna bajo la manta. Pero Rafael continuó con su secreto. Ahora leía en los servicios del colegio, en el descampado bajo un olivo, en el hueco de la escalera; y seguía escribiendo a ciegas por las noches.
El Rafi siguió siendo el rebelde gitano de ojos negros, el chulo de la clase, el torpe, el ceporro, el fumeta, el que compartía un secreto únicamente con aquel viejo de barba blanca...
Así pasaron dos años hasta que llegó nuevamente el verano Una mañana de junio acabó el curso en Cruz Verde. Para la clase de Rafael no hubo despedidas, no hubo fiestas, no hubo adioses ni lágrimas. Simplemente un conserje cerró con llave la puerta del aula. El Rafi en esa época ya no acudía a clase desde hacía dos meses. En el mes de Marzo había fallecido doña Matilde, la abuela. La madre volvió a las labores del hogar y el Rafi tuvo que empezar a trabajar el mercadillo. A nadie importaba, era un chico de catorce años que iba a suspender todas las asignaturas. Uno más de los alumnos de Jungla Verde perdidos para siempre. Carne de cañón.
El catorce de Junio don Rémulo acudió a recoger sus cosas de clase. Recogería los últimos papeles, limpiaría la mesa y recordaría en soledad algunos momentos del pasado año.
La puerta del aula estaba abierta, cosa poco usual en esas fechas. Rémulo adelantó unos pasos, e inmediatamente levantó la vista mirando al fondo del aula. Sobre el armario, una vieja caja de zapatos. Un escalofrío recorrió la espalda del maestro.
Con las manos temblorosas, Rémulo levantó la tapa polvorienta. Dentro vio una hoja con grandes letras escritas a mano: Gracias maestro, y debajo de la misma cientos de hojas de papel de estraza escritas a mano por las dos caras. Inmediatamente se sentó en un pupitre y empezó a leer…
Dos días más tarde Rémulo Lindes marcaba un casi olvidado número de teléfono. Había llegado el momento:
-¿Dígame?- preguntó una voz al otro lado de la línea
-Luis, soy Rémulo y necesito que veas algo…
Rafael sube uno a uno los escalones y entonces recuerda su infancia en Cruz Verde, Al llegar arriba, la oscuridad lo rodea. Entonces un foco lo ilumina desde arriba... no puede evitar que en su mente se agolpen recuerdos: sus noches de linterna y papel de estraza, los juegos con Miguel, su cita cada dos jueves, su Maestro, su Maestro…
-Y el premio nacional de novela es para Rafael Heredia- dice la presentadora, una afamada periodista.
En ese momento los aplausos de miles de personas resuenan en los oídos del joven escritor. Ha publicado dos libros y es el autor español más vendido del año. A sus treinta y dos años de edad muchos lo consideran un auténtico genio.
En un rincón del gran Teatro Real, de pie junto a la puerta de salida, un anciano de barba blanca y chaqueta de tweed con un extraño parecido a Sean Connery se aparta una lágrima mientras acaricia la portada del último libro de Rafael Heredia: El Maestro que buscaba diamantes.

9 comentarios:

BlackZack dijo...

Qué bonito... ^^

Olga dijo...

Preciosa historia.

PAQUI dijo...

A mi,igual que el profesor, se me saltan las lagrimas.Gracias

Anónimo dijo...

tú también escribes como los ángeles.

Juana dijo...

Escribes como los propios dioses, cpaz de conmover el aire mismo.

Anónimo dijo...

Qué bonito y qué bien pintas esas "junglas". Yo soy profesora de instituto en un pueblo. Es un centro tranquilo, pero en el que hay un poco de todo, desde el hijo del médico que confía en la enseñanza pública, hasta el pakistaní que llegó a España la semana pasada, y los gitanos... Ni tan siquiera un gitano cursa, ni ha cursado bachillerato en este centro. Eso lo dice todo. Pero este año hemos descubierto un brillante, un Rafita, un gitano guapo, de mirada limpia, y mente privilegiada. Ojalá llegue!

Por cierto, me he enganchado a tu blog, y no extraña. Gracias por tus preciosas historias.

Jose Manuel dijo...

Buenisimo el relato me dejo sin palabras

pepeblogger dijo...

bonito

Antonia Mª Fernández Luque dijo...

Salva creo recordar que esta historia la leíste el día de la inauguración de la Biblioteca de pacientes .? Me la llevo a mi muro del fb. Toñi