VÍCTOR, MARIANO...Y MALAQUITO.

Victor Bárcenas mira el espejo. Observa su imagen cansada, su pijama verde sembrado de arrugas, el fonendo negro al cuello y una mirada de cansancio. En su mano izquierda un cigarrillo Marlboro. Hace más de tres años, un veintidós de octubre, dejó de fumar, aunque dejó algunos cigarrillos en la taquilla.
Por si acaso.
En su mano derecha un mechero azul (Bar Paco, tapas y raciones). El rulo chasquea contra la piedra...chispas y llama azul. Víctor cierra los ojos...
Dos horas antes...
-Señor le insisto en que esto es un hospital, no una ITV, ¿me está diciendo que viene a urgencias a hacerse un chequeo de la rodilla?- pregunta el joven médico al señor que se sienta al otro lado de la mesa.
-Eso es doctor, quiero que me revise la rodilla, me lleva doliendo varios meses, pero mañana debo estar en plenitud de facultades, no puedo fallar- responde el paciente, un hombre de unos cincuenta años, delgado y fibroso a pesar de su edad, pelo cortado a cepillo y dos grandes ojos saltones escoltando a una enorme y arqueada nariz. Es un hombre feo, de eso no hay duda.
Víctor mira fijamente a su paciente, con seriedad. La tarde está siendo horrible, el área de urgencias está abarrotada y el colmo es atender a un señor que quiere un chequeo médico. Al cruzarse sus miradas, Víctor cree recordar aquellos ojos. Aquellos ojos...
-Mariano, creo que debería ir primero a su médico de familia para este tipo de asist...-empieza a decir el médico.
-Yo soy Malaquito- el paciente sostiene una mirada limpia.
Mariano Fray, cincuenta y tres años. Trabaja como portero en un edificio de oficinas desde hace más de treinta años; casi nadie lo conoce, casi nadie lo saluda. Intentaron sustituirlo por un portero automático, pero no pudieron. Es el señor vestido de gris sentado en la cabina de portería al que nadie mira al pasar...hasta que llega el domingo.
Nadie en el gran edificio lo sabe, pero desde septiembre de 1986 Mariano es Malaquito, la mascota del Club representativo de la ciudad. Un sonriente oso marrón, veinte kilos de tela y goma espuma, vestido de azul y blanco. El Alma del Club.
Mariano era un joven y anónimo aficionado cuando alguien le invitó a enfundarse el pesado disfraz un domingo de enero. No pagaría entrada, le darían un bocadillo y quinientas pesetas.
Nunca olvidaría aquella tarde. Con la ayuda de dos operarios se enfundaron el traje de Malaquito. Mariano a duras penas mantenía el equilibrio, el calor era horrible dentro de aquella coraza, y su campo visual se limitaba a una franja delimitada por la boca del oso. Los primeros pasos fueron simplemente un bamboleo por el pasillo intentando mantenerse en pie. Sudaba a chorros. Al final del corredor, la entrada al estadio, donde se oía la muchedumbre como un gigantesco enjambre. Diez pasos más y el panal se convirtió en el ruido de una catarata a lo lejos, diez pasos más y decenas de miles de gargantas gritaron al unísono saturando sus tímpanos. Una explosión de luz y sonido colapsó sus sentidos. Inmediatamente un pulso de adrenalina inundó su torrente sanguíneo, activando todas y cada una de sus fibras musculares, tensando cada sístole cardiaca hasta el límite, y propulsando el cuerpo de Malaquito hacia el césped. Mariano corría por la hierba transportado por miles de voces, sintiéndose elevado por el himno del club, empujado por los once jugadores que lo aplaudían con mirada curiosa.
La experiencia fue un éxito, y cada domingo Malaquito saltaba al césped bandera en mano corriendo como una exhalación el cuadrilatero, haciendo aspavientos ante la salida de los jugadores locales, saludándolos antes del partido, animando a la afición durante los noventa minutos, saltando de alegría con cada gol.
En pocos años llegó incluso a ser entrevistado una noche por Jose María García que lo bautizó como el Alma de la Afición.
Malaquito, el anónimo conserje se convirtió en un ser querido por niños y adultos, un simpático oso gris que cada domingo animaba sin parar.
Así durante más de cuatrocientos partidos, así durante más de veinticuatro años. El club nunca había ganado ningún título. No importaba, porque algún día...
Entonces Víctor recordó aquellos ojos. Recordó aquel año, cuando su padre lo hizo socio del club. Acudieron cada domingo, puntuales a su cita. Él tenía apenas once años, y recordaba las tardes de pipas, bufanda azul, gorro, bandera, bocadillo de tortilla y fanta de limón. Recordaba los minutos previos al partido, cuando miles de gargantas gritaban todos a una ¡Ma-la-qui-to...Ma-la-qui-to!, y entonces salía aquel gran oso marrón vestido de azul y blanco, corriendo como una estela el campo en un equilibrio imposible. Luego bailaba en el centro del campo una danza tribal imitando las danzas indias, el divertido baile del Zumba-Zumba.
Fue lo más divertido del año, pues esa temporada las derrotas se encadenaron una tras otra. Mala temporada de enfados, gritos al árbitro y cambios de entrenador. Víctor veía el sufrimiento y enfado de su padre cada tarde y no entendía nada. El último partido marcó la tragedia. Derrota por la mínima y descenso a segunda. Víctor jamás vio nada parecido en su vida. Miles de personas derrotadas abandonando un estadio multicolor, cientos de aficionados llorando por los pasillos. Ruído de miles de pasos abandonando los graderíos en silencio.
Mientras su padre iba al servicio, Víctor decidió esperar fuera, sentado en un escalón; cabizbajo y con los ojos llorosos.
-No llores fenómeno -le dijo una voz.
El niño levantó la cabeza y se encontró con los dos ojos saltones y la gran nariz que asomaban por la boca de Malaquito.
-Sonríe, porque algún día volveremos a Primera.
-No sé, mi padre dice que jamás ganaremos nada, que esto es el fin.
-Sonríe chaval, y levanta la cabeza. Algún día seremos campeones. Nunca lo olvides, y recoge esa bufanda del suelo.
Han pasado veintidós años desde aquel descenso, el Club ha vuelto a Primera. Y dentro de veinticuatro horas jugará su promera final europea. Son setenta y dos años de historia, y por primera vez el Club jugará una final...
-¿Usted es Malaquito?- Victor vuelve a la realidad de su consulta azul- ¡Joder!, si una vez usted me saludó, fue el año que bajamos en un partido contra el Hércules. Nunca lo olvidaré. Me prometió que ganaríamos alguna vez, y mire, igual mañana...
-No lo dudes joven, el miércoles es el día, el gran día- responde Mariano orgulloso- además es mi último partido, ya estoy mayor para esto, me canso y me duele la pierna.
-Cuénteme eso del chequeo que me decía antes...
-Llevo unos meses con dolor en la rodilla, y no me gustaría fallar el miércoles. No puedo fallar, es la ilusión de toda mi vida. Si usted lo ve bien, había pensado que quizás un vendaje me ayudara.
-Bueno, vamos a ver esa pierna, túmbese en la camilla Mariano.
Con una leve cojera el paciente se tiende; el médico explora, palpa, siente, moviliza, distiende.
-No veo nada raro, pero le pediré una radiografía y luego se lo vendamos.
Mariano sonríe tranquilo. Es una buena persona, un ser amable, un anónimo hombre feo que por veintisiete euros con cincuenta y un bocadillo de chorizo alimenta la ilusión y la alegría de miles de personas cada domingo. Un hombre tranquilo cuya vida gira en torno al Club, un hombre cuyo mayor orgullo es sentirse querido por miles de personas, cuyo mayor sueño es ganar una final y ayudar al Club. A ganar, a ganar por fin...
Treinta minutos más tarde Víctor atraviesa el pasillo a toda velocidad. En su mano derecha una radiografía. Con trazos torpes escribe "ruego informe" y la deja en la bandeja de Radiología.
En menos de diez minutos se recibe el informe radiológico.
-Bueno Mariano, le vamos a poner un vendaje en esa rodilla- dice el médico sin levantar la mirada.
-Me alegro doctor. ¿Todo bien no? Bueno imagino que algo de artrosis ya habrá.
-Bueno, me gustaría revisarlo Mariano, yo estoy de nuevo el jueves, ¿podría volver por aqui?
-Muy atento doctor, ¿podría ser el viernes? es que si ganamos la Final, igual estamos de celebración...
-Bien, nos vemos el viernes, pero no lo deje Mariano- ambos hombres se cruzan una mirada.
Cuando el paciente abandona la consulta, Víctor lo vuelve a llamar
-Mariano -le dice.
-Dígame doctor.
-Mucha suerte mañana...
Minutos después Victor Bárcenas baja a los vestuarios se lava la cara y se mira en el espejo. Observa su imagen cansada, su pijama verde sembrado de arrugas, el fonendo negro al cuello y una mirada de cansancio. En su mano izquierda un cigarrillo Marlboro. Hace más de tres años que no lo prueba. En el bolsillo del pijama, el informe radiológico "... de límites imprecisos, infiltrante que rompe la cortical. Reacción perióstica intensa, con áreas de tejido osteoblástico sugestivo de una lesión maligna como primera posibilidad osteosarcoma, se recomienda..."
Víctor recuerda aquella tarde del descenso, el baile del Zumba-Zumba, las miles de gargantas gritando Ma-la-qui-to, Ma-la-quito, las lágrimas de su padre, el oso marrón y azul con sus piruetas imposibles, la promesa de aquellos ojos saltones desde detras de una gran boca de goma espuma a un niño que lloraba...
El rulo chasquea contra la piedra...chispas y llama azul. Víctor cierra los ojos, e inspira.
PS: El Club ganó su primera final europea el quince de Mayo de 2010. Cien mil personas abarrotaron el estadio de Paris. Al final del partido los cincuenta mil aficionados del Club bailaron el Zumba-Zumba con Malaquito en el centro del terreno de juego.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Eres tremendo y estremecedor en tus relatos! me emocionó

Anna dijo...

Cada vez que leo uno de tus relatos pienso: "Ya está, con éste se ha superado" e imagino que difícilmente harás otro mejor... Pero ahí está el problema, que siempre lo digo :)

Besos!!

Armando Nevado dijo...

Pues resultó que sí, que ganaron la final.
¡Atleeeeeeeeeeeeeti!

Anónimo dijo...

Como viene sièndo costumbre,me ha encantado,que tierno....y como sabes trasmitir el sentimiento que causa en el personal sanitario,todas las historias que nos llegan,que forman parte de nuestro dìa a dìa,que nos hacen sentir.Gracias.
FLORENCE