JACOB

A veces la realidad se llega a convertir en pesadilla. Sólo a veces.
Fueron apenas cinco minutos, pero en ese breve intervalo de tiempo, la zona de urgencias pasó de ser una apacible balsa de aceite a las tres de la madrugada, a convertirse en un verdadero campo de batalla.
Aquello no podía estar sucediendo. Ambulancia con paciente en edema agudo de pulmón, un accidente de tráfico con dos víctimas, un chico presa de un cuadro psicótico gritando atado a una camilla, un paciente con dolor torácico. Y todo se presentó sin avisar, sin premeditación, sin aura. Sin duda el diablo había dado una coz en plena Comarca y ellos eran los encargados de intentar amortiguarla.
En esos instantes el médico nota como un pulso de adrenalina descarga en el torrente circulatorio, casi se puede oír el click! de las pupilas al dilatarse excitadas por este pulso hormonal, percibir cómo el corazón late desbocado al activarse todos y cada uno de los receptores adrenérgicos, cómo los vellos se erizan anulando cualquier otra sensación que no sea centrarse en el objetivo: curar.
En apenas unos segundos la zona de urgencias se convirtió en un hervidero de batas blancas y pijamas verdes, un mar de carreras, una locura de tarritos de colores con sangre, camillas volando en busca de un scanner que aclarase las cosas.
En ese mismo instante Markus, Karin y Jacob atraviesan la ciudad en su viejo coche. Vuelan por las calles.
La mente del joven médico, unos minutos antes en situación de stand-by, empieza a funcionar a pleno rendimiento, sacando energías de la nada.
En esos momentos ocurre algo curioso. Muchos pacientes, menos graves, suelen volver a sus domicilios al ver la situación de emergencia general. Víctor nunca sabrá si es por miedo, por solidaridad con los más enfermos o porque saben que el médico tardará en ver su verruga plantar. Volverán mañana.
Y cuando la situación parecía insostenible, cuando todas y cada uno de las personas allí presentes convertían la noche en una coordinada y precisa máquina de curar, cuando el engrasado sistema de urgencias funcionaba a pleno pulmón, cuando todos sabían que nadie podía dar ni un gramo más de sí porque todo lo daban, volvió a sonar la megafonía.
-¡Prioridad 1!
Marcus, treinta y un años, rumano. Hace veinte minutos que atraviesa la ciudad en su viejo Opel Corsa. En el asiento de atrás está Karin, treinta años, bielorusa. En sus brazos Jacob, dieciocho meses, apenas puede respirar. Han aparcado a las puertas del Hospital, han entrado como un vendaval. Alguien de blanco arrebata con cuidado al niño de las manos de Karin, alguien de blanco vuela hasta las puertas abatibles, y la megafonía atruena los pasillos.
Era la pesadilla hecha realidad, la confirmación de que esa noche Dios estaba de vacaciones.
Cientos de niños atendidos en los últimos años por Víctor, él diría que miles. Mocos, tos, fiebre, golpes y contusiones. Algunas convulsiones febriles, pero Víctor jamás había atendido a un niño realmente enfermo.
Un niño realmente enfermo no llora, no grita, no tose, no lucha. Un niño realmente enfermo simplemente se apaga.
En la amplia sala de reanimación, en una camilla demasiado grande para su tamaño, Jacob centra la atención de casi todo el equipo.
Un niño que está dejando de respirar, que se apaga sin luchar, porque más no puede dar.
Una enfermera coloca la mascarilla de alto flujo; otra, en este caso la que más experiencia tiene en niños, canaliza una vía venosa. Alguien llama a radiología, alguien llama al pediatra de guardia, alguien habla con Markus y Karin, alguien consulta el historial médico del niño, alguien intenta mantener erguida su cabecita rubia que se empeña en caer a la derecha, ese alguien acaricia el pelo de Jacob y no puede evitar un escalofrío al recordar que podría ser su ...
Dieciocho meses, doce kilos de peso. Tres de la madrugada y diecisite minutos...
Ha bajado el pediatra, el anestesista, intensivista, el radiólogo, pero Jacob está perdiendo la lucha.
-Hay que intubarlo y trasladarlo. No hay otra -dice el pediatra- el niño se va a parar de un momento a otro, debe ir a una UCI pediátrica. Ya.
Cinco minutos más tarde Jacob ha dejado de respirar. Ha sido sedado. El anestesista respira profundo. Aguanta la respiración unos segundos, los justos para introducir el finísimo tubo endotraqueal.
-¡Ya! Conecta el respirador- dice entonces.
Zuuuummm- Fsssshhhh, Zuuuummm- Fsssshhhh, Zuuuummm- Fsssshhhh.
La caja torácica se mueve arriba y abajo, el monitor indica un pulso bajísimo.
Entonces el pediatra vuelve la cabeza.
-¿Quién es el encargado de traslados? -pregunta
-El médico de observación- reponde una enfermera.
-Creo que soy yo -Víctor sabe que le ha tocado. Que es su papel ,su responsabilidad, que por eso le pagan. Que para eso se ha estado preparando, y que no hay otra.
-Toma, las pruebas y los informes -el pediatra entrega toda la documentación al joven médico- el niño está en situación de shock, parece un shock séptico. Otra cosa no nos cuadra con los datos que tenemos.
-Toma, el sedante y el miorelajante. Es fácil. Si ves que el niño empieza a luchar o se empieza a mover, un centímetro cúbico y lo duermes de nuevo- le dice el anestesiólogo- si se para, ya sabes, según protocolo.
La gran camilla abandona el hospital. Jacob, ochenta centímetros, en una camilla de dos metros. Monitor-desfibrilador, respirador, oxígeno...
A la salida, Víctor ve de reojo a los padres, alguien les está informando de la situación.
-Venga, vamos volando- le dice al conductor de ambulancias.
-Hola, me llamo Laura- le dice la enfermera de traslados- ¿Crees que llegaremos bien?
-Hola, yo Víctor, ¿eres nueva no?- responde el médico.
-Sí, ya sabes, cosas de la bolsa de trabajo.
-No te preocupes. Llegaremos bien. Tengo una suerte que te cagas.
La ambulancia abandona la zona de urgencias. Atrás queda la máquina funcionando a pleno rendimiento. El edema agudo de pulmón, el accidente de tráfico, el esquizofrénico, los borrachos, el dolor de los adultos. Eso fue casi en otra vida, ahora cuenta Jacob.
Zuuuummm- Fsssshhhh, Zuuuummm- Fsssshhhh, Zuuuummm- Fsssshhhh...
Veinticinco minutos. Eterno. No pararon ni un segundo de controlar la frecuencia, el pulso, la saturación, la colocación del tubo. Eterno...
A la llegada al hospital infantil Víctor ve nuevamente a Markus y Karin. Han llegado antes que ellos.
Jacob pasa a la UCI pediátrica. Unos brazos entrenados lo pasan a la camilla, lo vuelven a monitorizar. Acuden varios pediatras. Víctor explica el caso a una pediatra con mirada cansada.
-Vale, ¿traes los resultados de las analíticas?
-Sí, aqui tienes.
-Venga, gracias- ella le sonríe.
-Suerte y buenas noches.
Salen de la UCI y se dirigen al ascensor H3. Por el pasillo se cruzan con Markus y Karin.
-Doctor, ¿cómo ha llegado?- pregunta eterna.
-El niño está estabilizado. Este hospital está especializado en estos temas, espero que vaya bien- responde el médico.
-Gracias por todo.
Markus estrecha la mano del médico. Víctor nota una mano áspera, rugosa y plagada de callosidades. Pero amable y cálida.
Minutos más tarde la ambulancia surca la madrugada.
-¿Te dije que llegábamos, verdad? Es que tengo Baraka.
Los tres tripulantes se sonríen, en la radio suena M80.
Cinco meses más tarde...
Han caminado doscientos trece kilómetros. Víctor y tres amigos han tardado una semana, pero por fin están en la plaza del Obradoiro. Los cuatro peregrinos observan la fachada de la gran catedral compostelana satisfechos. Una llovizna cae acariciando sus caras.
Víctor en ese momento recuerda que Santiago significa Sant-Iacob. Recuerda aquella noche y sonríe. Entonces alguien golpea con suavidad en su hombro derecho...
-Hola doctor, ¿como se encuentra?- Víctor se encuentra con la mirada firme y seria de Markus. A su lado Karin.
-Hola, tú eres...-Víctor se queda bloqueado al ver la soledad de la pareja en la inmensa plaza.
-Soy el padre de Jacob, y ella es Karin, quizás no nos recuerde
Un bocado de tristeza inmensa atenaza en ese mismo instante el estómago de Víctor. De pronto un niño de veintitrés meses, un niño de ojos azules y pelo rubio aparece corriendo y salta a los brazos de Karin.
-Gracias por todo- dice la madre besando la frente de Jacob.
Llueve sobre Santiago.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Enhorabuena por la ternura y la sensiilidad con que describes las situaciones. Gracias por sacarme una lágrima cada vez que descubro tu literatura.

Anónimo dijo...

Precioso...

Anónimo dijo...

PRECIOSO,COMO DE COSTUMBRE,SALVA,ES PRECIOSO¡¡.ME SIÈNTO TAN IDENTIFICADA,LO EXPRESAS TAN BIEN....
NO PIERDAS LA INSPIRACIÒN...
FLORENCE

Anónimo dijo...

Joder Salva.... Gracias...... te superas dia a dia..... y nos ayudas a mucha gente..... algunos de nosotros que trabajamos en esto.... y sabemos que es duro.... muy sacrificado.... y que la mayoria ni te valora..... Gracias por hacer que no perdamos la fe....

Anónimo dijo...

Menuda noche de locura ... afortunadamente cuando el equipo funciona si se puede y es compatible con la vida se sale de modo exitoso.Enhorabuena.
Me gusta mucho leerte.

Paula dijo...

Y es en ese momento cuando todo vuelve a cobrar sentido... que increíble sensación. Y qué bien la describes.

Ismael dijo...

Bonita historia llena de sentimiento, además me alegro que en este caso todo termine bien xD

Saludos!!

Anónimo dijo...

Un momento como el que describes bien puede valer por las " no sé cuantas veces" que hay que aguantar las faltas de educación y de respeto que por desgracia no pocas veces tenemos que soportar los profesionales sanitarios de vez en cuando. Precioso y muy bien escrito.

Anónimo dijo...

tantas horas de verrugas plantares bien merecen la pena por un momento si...impagable el relato salva, como siempre...

Enrique dijo...

tantas horas de verrugas plantares bien merecen un momento como este...el relato impagable Salva, como siempre...me ha encantado