NIÑA NO ME MIRES QUE ME MATAS

Corres sin poder parar, sin querer mirar atrás. Tus pies desnudos marcan una senda irregular y torpe en la arena de la playa.
Finalmente paras en seco y miras el mar inmenso iluminado por la luna llena. El Mediterráneo rayano en lo irreal que acaricia tus pies.
Te sientas y miras las miles de piedras pequeñas que bailan el son de la marea. Bailan para ti. O quizás no…
-Piedras ajenas a todo- piensas con cierta envidia.
Entonces sacas tu pequeña agenda de bolsillo, y en ella trazas algunas ideas sueltas, pero esa noche las musas no se conjuran como es costumbre.
Seis horas antes te preparabas para una noche de sábado que no debía ser diferente a otra. Una noche de copas y amigos; de risas mojadas en lambrusco y buena compañía.
Decidisteis terminar la noche en un pub de copas junto a la playa. Uno de esos bares chillout de moda en los que, como dice Berta, por siete euros puedes mear en un wáter dorado con olor a Yves Saint Lorent.
Os pedisteis unos mojitos con la intención de animaros y bailar. Imposible, pues el disk-jockey te miró con cara de asco cuando le sugeriste algo de David Guetta. El calvito de los platos y los auriculares estaba centrado en evidenciar sus profundos conocimientos del house-new-age-alternativo y no estaba para pachangueos esa noche…
Estabas a punto de despedir un sábado más. Te sentías cansado y la próxima semana sería dura. Aprovecharías el domingo para hacer algo de deporte, leer en tu tumbona favorita y descansar. Quizás luego quedarías para ver Toy Story en 3D.
Entonces sucedió. Fue como viajar abruptamente en el tiempo diez años atrás. Un nudo atenazó de pronto tu estómago y apenas te atreviste a seguir respirando. Acababas de olerlo. Era el perfume de Issey Miyake, ese aroma elegante y vibrante que muchos desconocían. Para ti era inconfundible. Rezaste durante unos segundos sabiendo que ese perfume podía usarlo cualquiera, rezaste para que no fuera ella, y te descubriste rezando para que sí lo fuera.
Era ella. Inconfundible su pelo rojo cortado a lo garçon, su figura contundente y sus ojos de fuego (niña, no me mires que me matas, le solías decir).
Vuestras miradas se cruzaron después de diez años de ausencia. ¿Realmente había pasado el tiempo?
-¿Lidia?- preguntaste retóricamente.
-¡Fran!, Ostras, cuanto tiempo… ¿doce años tal vez?
-Sí, más o menos creo –mentiste.
-¿Qué fue de tu vida?- ella te mira directamente a los ojos (niña, no me mires que me matas)
-Bueno, acabé la Universidad, luego empecé a currar en un banco; ya sabes si quieres algún préstamo me llamas- trataste de bromear mientras buscabas una excusa para pedirle su teléfono y pensabas que estaba diez años más guapa, diez años más deseable, diez años más sensual- ¿Y tú como estás?
-Yo acabé económicas, me contrataron como asesora comercial en una empresa de importación, y no me puedo quejar- ella sonríe- Por cierto, aún recuerdo a veces aquel verano, sigues igual de guapo. Te casaste, imagino...
-La verdad, aún no, aunque estoy comprometido con una chica, quizás el año próximo nos casemos. ¿Y tu qué tal?
-Bueno, salgo con un analista de sistemas de la compañía, se llama Alberto y es encantador. Nos va fenomenal.
Entonces sí suena David Guetta.
-¿Te sigue gustando bailar?- la miras (niña, no me mires que me matas).
-¡Me encanta!- vuelve a sonreír- nunca volví a bailar igual después de aquel verano.
-Yo tampoco- piensas.
Luego compartisteis otra copa y recordasteis aquel verano del año dos mil. Aquel amor que duró lo que duran los amores de verano. Una pasión que produjo cincuenta y dos noches en vela. Jamás lo reconocerás, pero las contaste y las atesoraste en tu mente.
Después del verano cada uno siguió su vida, ella volvió al Norte y tú seguiste junto a tu Mediterráneo. La verdad es que ni siquiera habíais cortado oficialmente, los amores de verano son así.
-No sabía que habías vuelto por aquí- y te descubres de nuevo rezando.
-Realmente hemos bajado sólo unos días, me apetecía volver a saborear vuestro Mar.
Finalmente brindaron por la suerte que habían tenido ambos en sus vidas después de aquel tórrido verano, se rieron y te atreviste a pedirle al Disk Jockey se me olvidó otra vez de Maná. Había sido vuestra canción aquel mes de agosto. El calvito de los cascos estaba de oferta, y la voz dulce del mexicano os acompañó en un baile eterno. Mientras bailabais estuviste a punto de susurrar algo a su oído, rozaste sus caderas y volviste a embriagarte con su perfume imposible de olvidar (niña, no me mires que me matas).
-Nos vamos para casa, mis amigas están cansadas- eran casi las seis de la madrugada y una chica con minifaldas y ojeras los invitaba a salir.
-Nosotros también nos vamos- la miraste- ¿qué te parece si…?
-¿Si…?- te miró.
-Nada, déjalo. Que fue un placer volver a verte.
-Igualmente. Cuídate mucho.
-Tú también guapísima.
Y ahora estás frente a las olas, mirando una luna agonizante.
Estuviste a punto, pero no te atreviste. A punto de decirle la verdad, que no tienes pareja porque no puedes encontrar una sonrisa como la suya, que tu mayor tesoro son las cincuenta y dos noches que compartisteis hace diez años, que aún te recorre un escalofrío cada vez que oyes a Maná, que sigues pensando en ella cuando vas al cine, que no puedes evitar ver una chica pelirroja sin sentir una punzada de dolor, que no la has olvidado ni un solo día en diez años. Pero ella tiene otra vida y sabes que no tienes derecho.
Mientras guardas la noche cincuenta y tres en tu mente, Lidia llega a su apartamento, suelta las llaves en la mesita del salón y se acuesta junto a Alberto. Se acuesta pero no puede dormir pues sabe que estuvo a punto, pero no se atrevió. A punto de decirte la verdad, que vive con Alberto porque le recuerda enormemente a ti, que cada día recuerda aquel verano del año dos mil y a aquel chico de ojos verdes, que jamás ha encontrado una mirada como aquella, que sigue oyendo el CD de Maná cuando va al trabajo, que no ha podido olvidarte. Pero tienes otra vida, y sabe que no tiene derecho.
Aunque ella te hubiera besado sin importarle nada el mundo si le hubieras susurrado, mientras bailabais en aquel pub de la playa: niña, no me mires que me matas.
PS: Dedicado a todos los que se enamoraron algún verano.

1 comentario:

RR dijo...

Precioso y nostálgico relato...si los veranos hablaran...cuantos de ellos dirían con el paso del tiempo, """ no me mires que me matas """...