NOCHE EN PRAGA

Es demasiado tarde, y se acababa de dar cuenta.
Las cinco de la mañana es la hora bruja en Santa Caterina, el pequeño local del centro de Praga, un jazz club desconocido, de esos que no salen en las guías turísticas. Allí apura sus últimos tragos aquel saxofonista americano que llegó años atrás buscando la magia de la vieja Europa. Demasiado joven para rendirse y demasiado viejo para volver a levantarse, Larry dedos de oro naufraga cada noche en el Santa Caterina. Tres pases por treinta euros. Y bourbon con soda hasta reventar o perder el conocimiento.
Mara sirve las copas con el mismo hastío desde hace años. Veinte años tras la barra le dan la experiencia justa para conocer a un cliente a los quince segundos, y la capacidad de convertir su sonrisa en una mueca en tan solo seis. En casa duerme Alexei; coincidirán apenas cinco minutos en el desayuno y seguirán sus vidas cruzadas. Trabadas.
El humo envuelve las notas espesas y dulzonas del saxo, convirtiendo las luces rojas y verdes en un caleidoscopio que a Marco le recuerdan las películas de Wong Kar Wai en las cuales nunca sabes donde acaba la vivienda conservadora y donde empieza el puticlub de medio pelo. Ése es su encanto.
En una mesita junto a la esquina duerme Harold, un millonario inglés que huye de sus propios fantasmas intentando conjurar sus miedos enterrándolos en ginebra. Diagnóstico: cáncer linfático. Harold odia la vida porque la vida lo ha traicionado. Y no le falta razón.
Una pareja de recién casados entra e inmediatamente abandona el local sin pedir nada. Su viaje Praga-Viena-Budapest por mil euros no hablaba de estos locales ruinosos. Buscan glamour, y de eso el Santa Caterina no anda sobrado.
Marco pide su séptima copa. Sabe que debe ser la última porque después de los treinta y cinco su cuerpo se niega a asumir más dosis de alcohol en una noche. Deposita el billete de diez euros sobre la barra mojada y se cruza una mirada con Anna, se sonríen y la camarera vuelve a llenar su vaso. Se conocen desde hace tan sólo tres noches, pero se caen bien.
Un par de turistas japoneses piden sendos refrescos de cola, un alemán gordo y de nariz roja no aparta su mirada del culo de la camarera cada vez que ésta se vuelve para coger los cubitos, y un marinero de ojos tristes y mirada extraña que habla a su sombra son los clientes que se asoman al escote de Mara.
Y Marco en la otra esquina, junto al viejo saxofonista.
Es demasiado tarde, y aún no se ha dado cuenta.
Alguien se le acerca. Es un chico de ojos vidriosos que le ofrece cocaína, tripis, marihuana, crack, en un perfecto inglés con acento de Santurce. Marco declina la oferta. Ya está bastante jodido como para meterse en aventuras lisérgicas. El chico se aleja con la rapidez que le confiere el ácido líquido. Hace apenas seis años era la estrella de la decimoquinta edición de Gran Hermano. Hoy su Gran Hermano se llama Janko, un eslavo de ojos azules que lo esclaviza cada madrugada.
Junto a la ventana, un grupo de chicas terminan sus bebidas. Marco las observa distraído. Una de ellas tiene un gran parecido con Eva. Eva...
Tras siete años de relación, habían decidido separar sus destinos de forma civilizada y educada. Sin peleas, sin juicios, sin gritos, sin... por suerte Marco casi ha podido olvidarla en los últimos siete meses.
El viaje a Praga junto a unos amigos es parte del Plan B: Olvidar a Eva. Nuevos ambientes, nuevas fiestas, nuevas personas, nuevos amigos...no puede negar que se está divirtiendo. Ella ya es parte del pasado, él es joven y la vida sigue.
Ahora todos se fueron a dormir, y queda Marco, Mara, el viejo del saxo, el marinero, los japoneses y unos ojos negros que no son los de Eva.
Con el valor que le suelen dar las seis copas y media, Marco logra entablar conversación con las desconocidas. Unas amigas de Toledo recorriendo Europa central, una historia sobre becas de investigación y unas risas cómplices.
Marco jamás lo reconocería, pero sabe que la situación la ha provocado él. Sabe que se ha sentado intencionadamente junto a la chica de ojos negros, que a los pocos minutos ha surgido la chispa, que en el momento del cierre han establecido la complicidad justa que dan las casualidades imposibles. Que ha sido él quien la invitó a compartir habitación, y que ha sido ella la que aceptó encantada.
Es demasiado tarde, y aún no se ha dado cuenta.
Se desvistieron con la prisa que da el deseo, se besaron con la pasión de dos amantes expertos, se recorrieron los cuerpos sin frenos y se amaron sin los límites de ninguna moral concebida, llegaron casi a sonrojarse sorprendidos al comprobar que adaptaban sus cuerpos, su caricias y sus deseos como si se conocieran hace años. El amanecer los encontró desnudos frente al gran ventanal, los primeros rayos de sol empezaron a derretir el hielo junto a la ventana. Un gorrión los mira desde fuera curioso al contemplar dos humanos sin sus ropas.
Es demasiado tarde, y se acababa de dar cuenta.
En ese mismo instante, en ese preciso segundo en el que las calles de Praga vuelven a renacer, Marco se da cuenta de todo.
No había ligado con una chica en el Santa Caterina, no había encontrado a alguien que se pareciese a Eva casualmente, no había besado a la becaria de ojos negros por azar. Porque sus besos habían sido para Eva. No había hecho el amor con aquella mujer sensual y casi divina porque entre sus brazos había sentido a Eva. Y no se había abrazado con desesperación a aquella atractiva desconocida de ojos negros porque había vuelto a sentirse junto a Eva.
Que aquellos ojos negros no eran los de Eva, y sí eran los de Eva.
Es demasiado tarde, y se ha dado cuenta de que está completemente enamorado, y para olvidarla necesitará más de quinientas noches y más de una noche en Praga.
PS: Dedicado a uno de los mayores poetas del siglo XX (junto a mi adorado García Montero), Joaquín Sabina. Este post nació escrito en unas servilletas de papel justo tras su último concierto en Málaga.

2 comentarios:

Amanita Faloides dijo...

¡Caramba! Mágico y turbador...

Me ha encantado.

enfermero9 dijo...

Digno de José Luis Albite.