DIAS DE TRINCHERA

No era el más guapo. Tampoco el que mejor contaba los chistes. No era el ligón del grupo, ni el moderno, ni siquiera era uno de los listillos. Era simplemente bueno.
Cuando empiezas a trabajar en un sitio, las primeras impresiones de la gente suelen quedarse marcadas a fuego en tu ser, a veces para siempre.
Hace de esto algunos años (quizás demasiados), cuando empezaba mi periodo como Médico Residente en un hospital pequeño, de esos llamados Comarcales (ahora que lo pienso Comarcal suena a algo rústico y pegado al terreno, hospital de batalla), uno de esos hospitales de la costa que en verano se convertían en una auténtica trinchera en la que a los recién llegados en cuanto sabíamos cómo rellenar un vale de radiografía, se nos daba un curso express y a luchar. Quizás es la única forma de aprender.
Unas primeras semanas en las que el pánico se mezclaba con la incertidumbre, en las que la duda no tenía cabida, unas noches en las que se trabarían las primeras alianzas, las primeras lealtades, las primeras amistades para toda la vida.
Unas primeras guardias en las que tu R Mayor (Residente con uno o dos años más de experiencia) eran tu Manual de Medicina, porque él lo sabía Todo, y tú no sabías Nada.
No era el que siempre reía, tampoco el que organizaba las fiestas. No solía asistir a nuestras moragas en la playa. Era nuestro R mayor.
Durante aquellas guardias eternas de fichas azules y blancas, guardias de microfonillo en la pared y órdenes de enfermería en forma papelitos de colores pegados en un tablón de corcho aprendimos a Ser Médicos.
A base de errores, de consejos, de alguna lágrima a escondidas. A base de "no te preocupes no pasa nada" o de "a mí también me pasó". Noches de "cógeme unas fichas o reviento", de "¿te puedo contar un paciente?". Noches de azul y blanco.
No era el que siempre acertaba, pero podías tener la absoluta certeza de que lo daba todo en cada paciente.
Recuerdo que fue el primero (quizás coincidencia, quizás no) en cogerme un paciente sin yo pedírselo. "Dame los papeles del sillón tres, yo me hago cargo".
Una noche de pollo-plancha y cocacola light me dijo una frase que hoy repito a los residentes "Nunca dejes de consultar a un especialista por miedo, nunca des un alta si no tienes claro de qué va el paciente".
Lo vi por última vez hace cuatro años. Era la despedida de los R3, su despedida del hospital, y como siempre se presentó elegante y correcto. De hecho era el único con chaqueta y corbata.
-Doctor, pero qué elegante te veo- le dije con algo de sorna.
-Es que para mí éste es un acto importante, por eso me visto con mi mejor traje- me dijo con su habitual habilidad para hacerte dudar si estaba de broma o hablaba en serio.
Nos dimos un abrazo y nos deseamos suerte.
-Seguro que la tienes- me dijo.
-Tú también tío, te la mereces- le respondí- y gracias por todo.
-Era mi deber como R grande.
Pasaron los años...y el sábado pasó de la única forma que suelen pasar estas cosas. Estás en el restaurante de un parque acuático quejándote de las hamburguesas quemadas, del precio de las cervezas, del calor insufrible, oliendo a una señora bigotuda y sudorosa a tu lado, sin saber que estás rozando la felicidad, hasta que suena el teléfono.
-Hola Cristina, cuanto tiempo. ¿...Qué?. No puede ser...
Ese sábado dejó de ser un soleado día de verano, el suelo se movió bajo mis pies y me vi obligado a sentarme. Miré al cielo y comprendí que la vida no es justa (ni debe serlo), pero a veces es toda una putada.
Me senté en un banco de madera y te dediqué unos minutos a modo de homenaje. Recordé tus idas y venidas por los pasillos, tus consejos, tu forma de hablar con un tono grave y algo cascado. Luego la vida siguió.
Unos días más tardes recordamos tu nombre en aquellos mismos pasillos, con aquel mismo café con leche por delante, y hablamos de ti a los nuevos residentes.
-Pues no me suena- decía una Residente de cuarto año.
-Es que era un R mayor mío- le dije- No era el más guapo. Tampoco el que mejor contaba los chistes. No era el ligón del grupo, ni el moderno, ni siquiera era uno de los listillos. Era buena persona. En eso sí fue el mejor.
Juan Antonio, uno de mis Residentes mayores, falleció el pasado viernes. Descansa en paz Amigo.

3 comentarios:

Ana dijo...

Tienes razón Salva. Juan Antonio era una buena persona y un gran compañero. Los que le conocimos no lo olvidaremos nunca. Que injusta es la vida a veces...

laura garcia dijo...

Gracias por ese homenaje a nuestro compañero Salva. Has dado en el clavo con la descripción. Y desde luego que la vida no es justa.
un beso

RR dijo...

Hola Salva, ni idea como he llegado a tu blog, supongo qque siendo enfermera y volando por unos y otros blogs sanitarios , llegué a este...y me he encontrado con este homenaje...dice mucho de ti...

Con tu permiso, e voy a dar un pasein por tu blog, te invito al mío, en ocasiones cuento historias que me pasan como enfermera, aunque no mucho, para no rallar a la gente...bueno un beso, SALVA....