ELLA

Son casi las nueve de la tarde en el Sur. Durante el día han sufrido un calor abrasador, pero ahora refresca y todos se sientan a cenar en la casa junto al río. Se acerca una de esas noches tibias en las que la brisa te acaricia regalándote aromas de jazmín.
Ella tiene setenta y ocho años, es la abuela Cándida. Pesa diez kilos más de la cuenta, su azúcar está mucho más alta de lo que debería y su corazón marca ritmos extraños de vez en cuando. Viste un bambo marrón, y se mueve con torpeza, balanceando su cuerpo rechoncho a derecha e izquierda apenas flexionando las rodillas machacadas por la artrosis desde hace años.
Los niños han jugado todo el día en la piscina, pululando alrededor de Cándida, que no ha parado de reprenderles:
-¡Cuidado Pedro, que te vas a matar! ¡No juegues con el perro que te morderá! ¡No corras así junto al agua que un día de partirás la cabeza!
Los niños oyen la cantinela y siguen ajenos a la vieja gruñona que continuamente se equivoca en los nombres de sus nietos.
Ella ha pasado casi todo el día en la gran butaca de mimbre que le compró su hijo. De vez en cuando Carla, la nuera, le da un poco de conversación, y le pregunta acerca de sus azúcares, sus tensiones y sus dolores. Mientras ella mueve el abanico con una destreza poco usual.
A media mañana Ella se duerme mientras todos gritan a su alrededor (es que la abuela ya está vieja y se duerme por las mañanas), entonces sueña con tardes de Sur hace cincuenta años, cuando Miguel era su Miguel, aquel joven de pelo rizado que llegaba agotado a casa para alzarla en brazos y decirle al oído que era la mujer más guapas entre todas la guapas.
Ella se despierta, mira alrededor y descubre que Miguel ya no está. Entonces vuelve a dormitar arrollada por el chapoteo, el parte de radio nacional y el calor de la mañana.
Anochece en el Sur junto al río. La familia se reúne en torno a la mesa, unos filetes y unas cervezas.
-Carlos, trae una Fanta de la despensa a la abuela- Ella no toma alcohol ni bebidas frías.
La conversación se torna más animosa, achispada por el alcohol y las risas. Se habla de trabajo, de la crisis, de estudios y de fútbol. Noche de Sur, vino con gaseosa y sardinas.
Alguien la anima a comer algo de carne (aunque sea pollo, que está muy rico abuela), pero Ella apenas prueba bocado.
El viento baila las risas y las brasas en la casa junto al río, los niños corren alrededor de la abuela, eje de aquel universo con olor a romero.
Entonces sucede algo; casi sin querer, de esa forma que ninguno sabemos explicar. De la única manera que pasan estas cosas y que nadie (casi nadie) suele percibir.
Aprovechando la semipenumbra, Luis el nieto mayor de Cándida, se acerca con sigilo al cuello de Silvia, su novia para besarla con suavidad y susurrarle algo al oído:
-Eres la más guapa entre todas las guapas- le dice.
Al oírlo los ojos de Ella se llenan de tardes de caricias escondidas y besos ocultos, su cuerpo envejecido vuelve sentir un calambrazo al recordar las noches de pasión junto a aquel joven de ojos negros, su Miguel, fallecido tres años atrás. Desde entonces Ella no se siente Mujer, simplemente es la abuela protestona para unos, Cándida para otros, la paciente diabética e hipertensa para su médico o simplemente la vieja gorda del quinto derecha .
Y ahora, treinta y seis meses más tarde, ha vuelto a escuchar esa frase. Sus ojos se llenan de lágrimas hechas con recuerdos y pan de azúcar, y un remolino de mariposas vuelve a agitar su estómago.
Noche de Sur, vino con gaseosa y jazmines moros. Ella se levanta con dificultad del sillón de mimbre.
-¿Qué te pasa abuela? Te brillan mucho los ojos, a ver si vas a tener fiebre, o la tensión alta...
-No hijo, es que soy mayor y los ojos me lagrimean solos. Me voy a la cama que es tarde. Además el estómago otra vez me está dando la lata, no debería haber comido tanto.
-Pero si apenas has co...- responde el nieto. Pero la abuela ya se aleja balanceando su cuerpo y sus rodillas torcidas.
Minutos más tarde Ella se duerme con una sonrisa rezando para que el sueño la vuelva a llevar junto a su Miguel, aquel que la convertía en la mujer más guapa entre las guapas.

Dedicado a todos y cada uno de los ancianos, hombres y mujeres, que cada día arrastran sus sueños junto a nosotros, a sus amores y desamores. A sus vidas de jazmín y romero. Porque, aunque no lo creamos, a ellos también le suceden estas cosas.

4 comentarios:

Miriam dijo...

Gracias por haberme emocionado tan dulcemente con este relato.

Un saludo

Anónimo dijo...

Con relatos como estos,es muy dificil contener una lagrima.Gracias por acordarte de nuestros mayores.
Un saludo.

ALEJANDRA dijo...

Justo anoche vi una peli a la que cómo no, habían retitulado:"Una tarde con Margueritte", que en realidad se llama "La tête en friche"(la cabeza yerma).La coprotagonista tiene 95 años, no te cuento más porque te la recomiendo, sobre todo después de leer tu post...Sí te diré que salí de allí queriendo más a mi Madre de 84 años, y queriendo querer más a mi suegra de 80...GRACIAS por emocionarme.Un beso.

Anónimo dijo...

Me has emocionado,como tantas veces....aùn con las lagrimas en los ojos,te escribo este breve texto.Eres tan genial,gracias por seguir escribièndo y emocionàndo al personal.FLORENCE