PAU, EL NIÑO Y EL DOLOR

Pau vivía en una gran casa, una de las mejores mansiones del país. Sus padres se llamaban Ana y Marcos, tenía dos hermanos, un perro llamado Popeye y dos gatos, Luna y Pérfido. Una chica filipina los cuidaba durante el día, un cocinero chino les hacía los platos más divertidos y un joven peruano cuidaba su jardín cada tarde.
Sus fiestas de cumpleaños eran las más divertidas. Payasos, castillos inflables, tartas gigantes y muchos, muchos amigos.
Ese año los abuelos le habían regalado la nueva Nintendo Space, la tía Marita le trajo la Galaxy New generation, el tío Juan les regaló unas entradas para Disneyland y sus padres al fin cedieron y le compraron la mini-moto que tanto había pedido.
Pau tenía once años y lo tenia todo.

Ander tenía veintidós años. Nació en un pueblo asturiano llamado Tineo, en el Valle del Narcea. Se había criado entre carbayeras, hórreos y molinos de agua, pero desde los dieciséis lo tenía muy claro: quería ser actor. Y hasta el momento en Tineo a nadie pagaban por recitar a Garcilaso, por eso partió para Madrid al cumplir los veinte.

Un día de Julio empezaron los dolores del pecho de Pau. Sin dudarlo, sus padres lo llevaron a UGH San Jeromo, la mejor clínica privada de la ciudad. Le hicieron unas radiografías, le dieron unos comprimidos y Pau mejoró levemente. Pero el dolor volvió a aparecer pasados unos días. Entonces Pau visitó al mejor pediatra del país, el cual lo derivó a don Blas de la Maza, el afamado cirujano torácico, que le solicitó electros, analíticas varias así como una resonancia. Entonces era una prueba novedosa en el país.
Mientras esperaba dentro del gran tubo, Pau sólo pedía que aquel maldito dolor acabara de una vez mientras apretaba los puños con rabia.
Don Blas de Maza (además de cobrarles una indecencia) inició un tratamiento novedoso a base de derivados de las benzodiazepinas asociado al Praxical, un nuevo analgésico de tercera generación.
Pero el dolor seguía acudiendo a su cita cada mañana, un dolor punzante, una lanzada en el costado del jovencito de cabellos rubios.
-Señores- les dijo el cirujano a los padres con semblante serio, mientras Pau esperaba fuera con su walkman- yo no le encuentro nada fuera de lo común. Les voy a recomendar a mi colega, el doctor Andrews, cardiólogo infantil en la Clínica sant Nichols de Houston.

Ander no había triunfado al primer intento. Ni al segundo. Después de dos años en Madrid había conseguido actuar en tres obras de teatro alternativo, trabajar dos meses como acomodador en el teatro Gran Vía y hacer un papel de tres segundos en una serie de televisión. Sobrevivía a base de repartir publicidad y vivía en un obsoleto apartamento de Chueca junto a Marek, un anciano checo que le enseñó el arte de mover las marionetas.
-Son la magia de Prrraga amigo Ander- le solía decir arrastrando las erres el eslavo que apenas podía manejar las cuerdas a causa de la artrosis y los temblores derivados del alcohol. Los viernes sacaban unos euros extra actuando con sus marionetas en el retiro mientras Marek tocaba un ajado violín y luego pasaba el sombrero
-¡Zack y Rusty, los bailarines más divertidos a este lado del Danubio!-gritaba el anciano.
Hace varias semanas que Ander se plantea volver a casa. Las cosas no le van bien, su economía es un desastre, y sobre todo está perdiendo la fe en su gran sueño: actuar. Actuar...

Días más tarde, mientras preparaban el viaje a Estados Unidos y por indicación de la abuela Margarita, la Familia Mayol acudía a Luis Tapia, considerado el mejor psiquiatra del país, que añadió al tratamiento el Deprandol un sedante inhibidor de la recaptación de serotonina a bajas dosis.
Tres semanas y dos millones de pesetas más tarde (aún existían las pesetas por entonces) los Mayol volvían de Houston cargados de maletas y con una nueva receta. Reactin, un tratamiento novedoso a base de polipéptidos sintetizados a partir de algas, que "parece mejorar el pronóstico de estos pacientes", según las palabras del doctor Andrews.
-Asi es que ahora he pasado a ser "uno de estos pacientes"- pensaba Pau en el avión de vuelta. Había oído hablar a sus padres con aquel doctor de gafas redondas sin montura y barba canosa, mientras les explicaba que su enfermedad tenía un nombre rarísimo, que apenas existían cien casos en todo el mundo, y que él era "uno de estos pacientes".
Llegaron a Barajas con dos horas de retraso, estaban cansados. Y llovía. Pau no lo sabia, pero Marcos, el padre, había llorado en el estrechísimo servicio del avión presa de la desesperación. Ana seguía pensando que había esperanzas. Esperanza...
Para colmo de males ese día había huelga de taxis en la capital, así que decidieron coger la línea ocho del metro. Nuevos Ministerios, Tribunal, Callao con maletas a cuesta. Callao...
Aquel viernes había estado lloviendo todo el día. Marek y Ander decidieron cambiar el Retiro por el metro. Se ganaba menos dinero, pues ya casi nadie se paraba a ver a un joven de pelo rojo y un anciano manejando unas antiguas marionetas (¡Zack y Rusty, los bailarines más divertidos a este lado del Danubio!).
El dolor era ahora más intenso. Ya le habían dicho a Pau que era "uno de esos pacientes", e intentaba no quejarse más de lo necesario. El largo viaje, la lluvia, la tristeza de sus padres, las miles de personas por los pasillos como autómatas buscando su tren y cada inspiración con su correspondiente punzada estaban convirtiendo aquella tarde en un infierno. Pau pensó con curiosidad: miles de personas cruzándose, pero no se oía nada, únicamente el sonido de millones de pasos amortiguados por el rooommm de los trenes al pasar. Nada...¿nada?. casi nada, porque la final del pasillo Pau oyó algo. Era el sonido de un desafinado violín que rompía el absurdo silencio.
Se fueron acercando a su andén, hasta que pudo ver el origen de aquel sonido. Pasaron con prisas delante de aquellos dos músicos ambulantes, un jovencito delgaducho con el pelo rojo y un anciano cubierto de harapos. Pau entonces guardó el cómic en el bolsillo de su abrigo y se los quedó mirando. Sus padres no se habían dado cuenta, y siguieron, pero pasados unos metros volvieron sobre sus pasos alarmados en busca del niño, para contemplar la escena.
Pau se había parado frente a Zack y Rusty. Ambas marionetas bailaban al ritmo de una vieja melodía de los montes astures adaptada para el violín de Marek. Las dos marionetas pararon unos segundos y miraron al niño;
-¿Y tú como te llamas jovencito?
-Me llamo Pau
-¡Nosotros somos Zack y Rrrrrrusty, los bailarines más divertidos a este lado del Danubio!.
Entonces Zack señaló la nariz de su amigo, éste le respondió con un aristocrático saludo seguido de un bofetón, y nuevamente empezaron a bailar.
Pau ahora se había sentado en el suelo mojado. Una sonsrisa empezó a dibujarse en su boca, una sonrisa que dio paso a la risa ante el desgarbado baile de los dos muñecos. La risa...
Entonces sucedió...
Por primera vez en dos años Pau sintió que su respiración no era dolorosa, que el aire no entraba como cuchillas afiladas en sus pulmones, que al fin podía respirar libre de dolor.
Entonces sucedió...
Al ver la cara de aquel niño de ojos azules y pelo suave Ander se dio cuenta de que merecía la pena seguir luchando por su sueño, que su vocación, su meta, su destino era actuar para hacer felices a las personas.
El dolor no volvió nunca más al pecho de Pau.
Los padres de Pau no repararon en aquellos dos minutos de magia, pues las personas mayores no suelen ver estas cosas. Ellos agradecieron a doctor Andrews sus milagrosas inyecciones de polipéptidos sintéticos.
Años más tarde Pau Mayol recibiría el premio Ondas al mejor programa infantil por su programa Marionetas Mágicas.
Marek falleció dos años después de aquella tarde. No estuvo solo. En una fría habitación de La Paz lo acompañó un chico de veinticuatro años y el pelo rojo que respondía al nombre de Ander. Nadie recordará a aquel viejo alcohólico venido de más allá de los Pirineos, aquel harapiento que mientras agonizaba gritó "Zack y Rusty, los bailarines más divertidos a este lado del Danubio".
Ander siguió intentando triunfar como actor, pero tuvo que volver a Tineo. Tiene dos hijos, Raul y Pau. Todos los viernes da clases de marionetas a los niños del pueblo, todos los viernes recuerda aquella sonrisa de un niño de ojos tristes en mitad de un pasillo junto a la estación de Callao. Cada viernes cumple su sueño al lograr dibujar una sonrisa en sus alumnos, Zack y Rusty actuan para ellos.

Dedicado a todos aquellos que lucharon por un sueño, y también a todos aquellos mendigos sin familia, sin pasado y sin futuro que cada día mueren en nuestros hospitales, en especial a Marek, un vagabundo que murió hace unos días sin más familia que un perro esperandolo a la puertas del hospital y que no paraba de repetir algo acerca de unas marionetas.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

genial relato. También creo que que el poder de una sonrisa es tremendo. Bsos

Anónimo dijo...

uf, me dejaste con los ojos llorosos. Creo que a partir de ahora veré de otra forma a los pacientes como Marek. Elena

Anónimo dijo...

Me gusta como escribes, transmites ternura, paz...Gracias!.AnA.

Anónimo dijo...

Yo tambien he llorado!!! Gracias.

Aniña dijo...

Es precioso... gracias por compartirlo
un abrazo

Anónimo dijo...

Sensible, bonito y austero......CLM

Maria dijo...

¡Un bonito relato con un mensaje precioso dentro!

lavioleta dijo...

por todos los que dia a dia convivimos con el dolor y dejamos sueños rotos en el camino....

Miriam dijo...

Lo leí el mismo día que lo publicaste... hoy he vuelto a releerlo y me he vuelto a emocionar... Qué bien escrito...

Un saludo

Anónimo dijo...

Es genial! Yo también me he emocionado!