EL SINDROME GOCONOFU...

Hay días en los me debo plantear seriamente muchos conceptos. El sábado fue uno de ellos. Para empezar mi situación vital era de post-saliente de guardia. Eso quiere decir que empezaba a ser persona (el día que estoy saliente soy un mueble más de la casa que se limita a dormitar en la cama y realizar expediciones al frigorífico en busca de chocolate).
Al levantarme de la cama noto un crack. Era mi rodilla.
-Joooder, esto va a ser un menisco que se ha ido a tomar por saco -pensé. Los médicos tenemos esa manía. En cuanto nos pasa algo, por mínimo que sea, nos ponemos en lo peor.
Lo mío no iba a ser un tironcillo muscular, ni una mala postura durmiendo, tampoco una pequeña tendinitis. Ya imaginaba yo ese pobre menisco destrozado y mi rodilla en manos de un traumatólogo con su Black-and-decker, su martillo y sus clavos pegándome leñazos.
Cojitranco perdido, bajé las escaleras con más pena que vergüenza. Era mi día post-saliente, así es que decidí que me tocaba homenaje: desayunar a base de huevos fritos y café.
Es sencillo: sartén, aceite, ajos, sal y huevos...Frrrgofgofrggfrrrrooggg!!! No sólo metí un dedo en el aceite hirviendo, sino que, a modo de reacción airada, un goterón salió proyectado hacia mi cara haciendo blanco en mi frente.
-Ayyyyy!!-grité mientras daba un respingo tal que me clavé la puertecita del mueble de cocina que hábilmente había dejado abierta.
Sin pensarlo dos veces la emprendí a puñetazos con la puerta que de forma tan traicionera me había agredido.
Es algo que suelo hacer con cierta frecuencia.
Golpear al ratón que no funciona o al filo de la mesa con la que te golpeaste son signos del que he denominado síndrome de Goconofu(No confundir con el sindrome de Pornofo, motivo de otro post). Esta rara enfermedad tiene como síntoma patognomónico que los enfermos golpeamos sin cesar a los objetos por el mero hecho de no acceder a nuestros deseos (Golpear Cosas que No Funcionan). Debe ser una enfermedad con herencia Medeliana pura (autosómica dominante) pues mi infancia está plagada de imágenes de mi padre a martillazos con un enchufe, mi padre arrojando la radio por la ventana porque no cogía bien las emisoras o mi padre arrancando a tironazos el infortunado termo que no paraba de dar por saco (para la historia quedará el día que lanzó una almendra con la mala fortuna de hacer blanco en la cabeza de un pato que pasaba por allí dejándolo tieso en el acto. Esa noche cenamos arroz con pato).
Afortunadamente recordé al último paciente de mi última guardia, y eso me devolvió el humor:
-¿Es usted alérgico a alguna medicación? -le pregunté.
-Sí lo soy -respondió la señora con seguridad masticando chicle como si en ello le fuera la vida.
-Dígame...
-No lo sé -me dijo con cara de asombro ante mi ignorancia- pero con los miles de medicamentos que hay, seguro que alguno me cae mal.
-Ojalá que haga una pompa de las gordas con el chicle y le explote en plena cara - pensé mientras me limitaba a escribir "paciente sin alergias medicamentosas que-se-sepa-hasta-ahora".
La mañana empezaba bien. Medio cojo, quemado y con dolor en la cabeza y en la mano.
Para colmo a mi peque le tocaban deberes. Mi hija tiene casi ocho años y el 99% del tiempo es la persona más adorable de la tierra (al menos para mí). Es alegre, cariñosa, divertida y vital. Pero en el momento que se sienta a hacer los deberes llega el 1% restante. Se vuelve respondona, enfadada y rebelde a más no poder. Ahora ha descubierto el fatídico: boli-con-tinta-que-se borra.
Ella está convencida de que es el mejor invento del mundo. En realidad lo que consigue esta goma es difuminar la tinta creando un asqueroso borrón en la libreta, cosa de la que yo intento convencerla. Finalmente acabamos tirándonos los trastos a la cabeza y pidiéndonos perdón una hora más tarde ( y por supuesto claudicando y admitiendo las bondades del fabuloso boli-con-tinta-que-se-borra).
Era casi mediodía cuando me acordé que mi chica (la mayor de las dos) llegaría pronto de su viaje y la casa estaba aún con más mierda que la cueva de un oso. Por lo tanto tocaba limpieza.
-Tranquilo Salva que con esto tú puedes como un campeón -me animé mientras ponía la música a tope, mandaba a mi peque y su Nintendo con la abuela y me enfundaba mi camiseta de batalla. Pensé que lo lógico era empezar por la planta de arriba, así que medio cojo-manco-quemado-cabreado empecé a las escobonazos a diestro y siniestro por las habitaciones.
La cosa iba viento en popa. En una hora había barrido las habitaciones de arriba, quitado el polvo y hecho las camas. Me quedaba el descansillo y fregar...
-Salva, esto lo tienes controlado león-me volví a animar.
Entonces pasó lo peor, lo que nunca debe pasar. Es la cosa que más odio del mundo, la cosa que menos aguanto...
Mientras barría el descansillo, dejé el recogedor (todo él rebosante de pelillos, arenita, basurilla, papelitos y pelusas multicolores) en el primer escalón. Voy barriendo caminando hacia atrás para no dejar huellas y entonces...zas!! golpeo el recogedor con el culo. En seguida me di cuenta, pero era tarde...
-¡¡Noooooo!! -grité- El puto recogedor (rojo y con el palo negro a un euro en los chinos) se balanceó sobre su eje y empezó a rodar, todo saltarín, escaleras abajo.
Toda la basura se esparció por los escalones, las pelusas saltaban por la barandilla, los papelitos volaban alegres y los pelillos volvían a su lugar natural: el suelo.
Me quedé durante dos segundos inmóvil, sabiendo que estaba a punto de sufrir una crisis del sindrome de Goconofu. Bajé los escalones de dos en dos. Allí estaba el puto recogedor, había llegado al fondo de los veintitré escalones y no le quedaba ni rastro. Limpio, impoluto...
Lo cogí del palo y no me lo pensé dos veces...¡Cracckk, Cracckkk! en menos de diez segundos lo reduje a un montón de trocitos de plástico rojo. Finalmente le di varios pisotones y retorcí el palo negro. Eso me relajó, me quedé en paz conmigo mismo y con el Universo.
Horas más tarde llegaban mis chicas (una de su viaje y otra de su visita a la abuela).
-Bueno, espero que hayas disfrutado del sábado, seguro que te hartaste de hacer lo que te gusta -me dijo- deporte, ordenador, leer, ver alguna peli, habrás tenido tiempo para todo...
En ese momento sonreí, tomé aire y un trago de vino.
-Sí, realmente he flipado esta tarde...- me limité a decir.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

jajajaja...yo he de reoconocer que también me lío a golpes con el ratón del ordenador, qué culpa tiene el pobre?

medicorum dijo...

jajajaajaj... me he partido con este artículo. Yo también golpeo muebles. Recuerdo una vez que me pegué un golpe con la puerta del mueble de la cocina y llevaba un cuchillo en la mano... el resto se lo puede imaginar usted.

J. dijo...

Jajajajajaja!

Has pensado comprar una aspiradora?
Yo tengo una,pero por rapidez, a veces paso el escobillón...y siempre termino volcando la palita (de los chinos, roja con el cabo negro)...
Ahora hay unas "aspiradoras-escobas" cómodas y casi estoy a punto de probar...
Tanta rabia aumenta el cortisol y al final... pues ya sabemos!
Un abrazo, me encanta tu post, espero seguir pasando por aquí...

Anónimo dijo...

lo que mas rabia me da es cuando estoy sarmentando(recoger los palos cortados de la vid) y un maldito sarmiento me da en toda la cara, lo hago trizas¡¡¡¡