LA CIUDAD Y LOS CARACOLES

-Perdone, joven, ¿quiere usted caracoles?- se oye en mitad del jolgorio- giro la cabeza y me cruzo con sus ojos.
Es la Feria de Málaga. Casi un millón de personas en la calle disfrutan la fiesta. Cervezas con tapita, tinto de verano, baile en la calle. Calles abarrotadas a punto de reventar, trajes de gitana, claveles al aire y risas. Amistades, nuevos amores y viejos amigos. Buen humor y música, calor y color en la calle. Vida…
Como cada año, había quedado con unos amigos y llevaba varias horas disfrutando de la feria del Sur; mojitos mezclados con jamón y tortilla de patatas.
Habíamos bailado, comido y bebido. Incluso habíamos conocido a un grupo de amigas que venían del Norte. Nos divertíamos como cada año. Paseábamos por una calle céntrica y nos habíamos acercado a un bar donde sonaban sevillanas al compás del jamón con queso. Habíamos empezado a bailar.
-Perdone joven, ¿quiere usted caracoles?- se oyó en mitad del jolgorio. Apenas oí aquella voz rasgada a mi espalda, y la ignoré inicialmente, pues creí haber oído algo acerca de unos caracoles.
-Sin duda raros los efectos de Baco en mi mente- pensé.
Sonreí pensando en esos momentos que mi situación era inmejorable. Apenas diez años antes era un joven estudiante recién llegado del pueblo con una beca de cien mil pesetas y un millón de ilusiones. Ahora había acabado la carrera, tenía un trabajo, una casa, una familia, una vida junto a dos personas a las que adoraba.
Pero ese día había quedado para recordar viejos tiempos con amigos de la facultad, emborracharme y bailar. Y en ello estaba.
La calle era un jolgorio, un crisol de colores, un estallido de luz donde se mezclaban las voces con la música, el chino vendiendo rosas y el gitano desdentado cantando bulerías a tres euros la estrofa. Risas ligadas de vino y besos de miel. Diversión entre el estruendo que sólo sabemos disfrutar los del Sur, pero…
-Perdone joven, ¿quiere usted caracoles?- se oyó nuevamente- giré mi cabeza y me crucé con sus ojos.
Era un hombre de unos cincuenta años, moreno y más bien bajito. Tenía el pelo negro y peinado con esmero a pesar de la grasa que lo hacía brillar. Ojos negros y mirada cálida. Sonrisa tímida y apagada, suplicante. Camisa a cuadritos rojos y un cuello que delataba una moda de hace más de una década; pantalón de pinzas azul marino, calcetines blancos y zapatillas marrones.
Al mirarlo me acordé del pueblo, de aquellos vecinos a lomos de un burro, de aquellos hombres de campo que quedaron atrás hace años.
Pensé que aquella imagen no cuadraba en mitad de la feria, que aquel hombre no debería estar allí, entre las fritangas y los borrachos; entre danzas y risas prohibidas. No era su sitio.
-Discúlpeme, pero es que…-el hombre parecía atribulado, perdido- nunca me imaginé que tuviera que hacer esto, pero es que tengo familia y…
Me quedé inmóvil, rígido, petrificado ante la mirada huidiza de aquel hombre.
-¿Y qué vende usted?-le pregunté.
-Caracoles, llevo caracoles. Me dijeron en el pueblo que a la gente de la capital le gusta mucho los caracoles, así es que cogí el autobús y me he venido…- el hombre mira al suelo mientras habla- he vendido seis euros en dos días, nunca pensé que me vería así. Nunca...
-Bueno hombre- intenté consolarlo- igual hoy la cosa se da mejor.
-Eso espero, porque no soy capaz de volver a mi casa con la cesta llena de caracoles y seis euros en el bolsillo. Aunque sólo sea por demostrarle a mi hijo que yo…- entonces la voz de aquel hombre del pelo negro se parte y dos lágrimas asoman a sus ojos profundos.
La música ensordecedora se vuelve irreal y el Universo entonces se limita al encuentro de dos seres con destinos enfrentados.
-Felicidad junto a tragedia- pensé entonces- no es justa esta puta vida.
-Le compraría unos pocos pero es que, aquí en la feria, no sé que hacer con una bolsa llena de caracoles- intenté eludir su mirada suplicante.
-Muchas gracias joven- el hombre intentaba esbozar una sonrisa- al menos ha tenido la bondad de atenderme.
-Mucha suerte señor- nos estrechamos la mano.
-Muchas gracias, y si conoce de alguien que necesite caracoles, no dude en buscarme- el hombre bajito y de pelo grasiento baja la mirada para recoger la pesada cesta a sus pies, y con lentitud se acerca a otro grupo de jóvenes con la misma cantinela…
-Perdone joven, ¿quiere usted caracoles?
Minutos más tarde la fiesta siguió ajena a las vidas truncadas, volviendo a la realidad del jamón con vino moscatel, de los bailes regionales y las risas embriagadas.
Habían pasado apenas diez minutos cuando me di cuenta de todo. De mi egoísmo, de mi ceguera, de mi falta de tacto. De mi falta de Cordura. De que había sido incapaz de ayudar a alguien simplemente por no coger una bolsa sucia y llena de caracoles. Me di cuenta de que me había llegado a creer mejor que el resto de personas simplemente por haberme compadecido de un hombre perdido entre la multitud. Entonces corrí hacia la calle donde minutos antes me había encontrado con aquel hombre.
Le compraría todos los caracoles. Estaba harto de gastar el dinero en mojitos a precios disparatados. Daría todo lo que me quedaba a aquel hombre, le compraría todos los caracoles y así podría volver a casa con la cabeza alta. No sería una limosna, sería una compra, y el hombre del pelo negro demostraría ante los suyos que no era absurdo ir a la capital con aquella ridícula cesta de caracoles. Volvería para demostrar a su hijo que no se equivocaba cuando decidió ir a la capital a venderlos.
Abandoné a los amigos y corrí entre la multitud, pero era demasiado tarde. Salté por encima de las cabezas y pregunté a la gente si habían visto a un hombre bajito y moreno vendiendo caracoles. Nadie lo recordaba. Nadie…
Hoy, varias semanas más tarde aún recuerdo aquellos ojos calvados en mi alma y aquella frase que jamás olvidaré:
-Perdone joven, ¿quiere usted caracoles?

1 comentario:

pepeblogger dijo...

Llego con unos días de retraso a esta entrada, que me ha conmovido profundamente.
Comencé a escribir un comentario y se fue haciendo tan largo... que terminó siendo una entrada en mi blog, sin dejar de ser parte del tuyo.
Como parece que no admite trackbacks, dejo aquí un enlace por si a alguien le apetece leerlo. http://wp.me/s11j4b-128
Gracias, Salva