LA CUEVA

Y como prometí en el post anterior, debo hablar de un nuevo descubrimiento. Sucedió hace apenas unos días, cuando un compañero de trabajo me invitó a conocer "algo nuevo".
Quedamos un sábado por la mañana, y éramos cuatro: Alejandro (bombero), Sonia, Antonio y yo (médicos de urgencias).
-Tú te traes unas zapatillas y con eso vamos sobrados- me dijo Antonio, experto montañero.
A las once de la mañana, tras abandonar una populosa playa plagada de alemanes a la brasa, nos encontramos junto a un acantilado.
-Bueno, ¿y ahora qué hacemos?- pregunté sorprendido.
-Ahora nos tiramos al agua- respondió Sonia.
-A ver, no me habéis entendido- repetí- ¿y ahora qué hacemos?
No había más remedio que saltar los tres o cuatro metros que nos separaban del agua.
-Saltamos y vamos nadando hacia aquel agujero- señaló Alex, experto conocedor de grutas marinas y terrestres.
-Vamos a ver amiguitos, si queréis que vaya con vosotros, el concepto "saltamos" no es para mí. Mejor me empujais y así quizás...
Diez segundos más tarde, gracias a un oportuno empujón, me zambullía entre las olas con un mar demasiado picado para mi experiencia. Para colmo las botas de montaña empezaron a tirar de mí hacia el fondo convirtiendo los doscientos metros de nado en una odisea. Jamás tragué tanta agua en mi vida.
Finalmente llegamos a una abertura en mitad de las rocas, una especie de abrigo sobreelevado.
-¡Tenemos que subir allí!- gritó Sonia.
-¡Glbvahjfñlksleeee!- respondí yo, añadiendo inmediatamente- arghhbfrrgggeee...!
Pasé pánico, lo reconozco, pues debíamos aprovechar el impulso de una ola para izarnos al abrigo rocoso, pero mis botas me lastraban al fondo. Tras cinco intentos, erosiones múltiples en tórax, y varios litros de agua en mi estómago logré subir. Al llegar arriba jadeante sólo pude pensar en dos cosas: en primer lugar que mi absoluta falta de precaución vital debe haber sido causada por un déficit de lactancia materna (no encuentro otra explicación), y en segundo lugar en : ¡joder, y luego hay que volver a nado!!
-Muy bonito, muy bonito- dije un poco decepcionado- al comprobar que habíamos llegado a un refugio en el acantilado, donde se estrellaban las olas levantando espumas saladas.
-Pero si aún o hemos empezado- me dijo Alejandro- venid por aquí.
Entonces nos dirigimos a un agujero en la roca con el espacio justo para un cuerpo no muy grasuliento...
-Vale, ahora me diréis que nos debemos meter por ahí - dije incrédulo.
-Pozi..- respondió alguien.
-Pos me está dando una risa floja, y eso es señal mala malosa- dije yo.
Entonces entramos a la cueva. Es una galería de casi doscientos metros de longitud y apenas un metro veinte de altura, plagada de recodos, aristas cortantes, humedad y agujeros por los que puedes ver el mar a tus pies (y caer si te resbalas), pero iluminada por una luz espectral imposible de definir. La roca dibujaba figuras imposibles y el sonido te hacía sentir parte del mar.
El recorrido me entusiasmó. Se trataba de una auténtica cueva marina, arrebatadora y húmeda, casi virgen. Al final de la galería llegamos a una gran cavidad, una enorme sala con una piscina subterránea de agua salada. La luz llegaba únicamente de los reflejos submarinos, dándole a la escena un irreal color verdeazulado. Espectacular, no tengo otras palabras.
Sin ponernos de acuerdo, decidimos apagar nuestras linternas frontales, entramos al agua templada y guardamos silencio.
Aire húmedo, olor a mar, agua tibia acariciándote, música de olas, sueño de sal y risas...vida.
El tiempo se paró allí abajo (o arriba, pues perdimos también la noción del espacio donde nos esncontrábamos).
La vuelta fue más rápida. Me quité las botas, lo que aligeró la travesía enormemente.
Al finalizar, nos dimos cuenta de que en las horas que duró la expedición no habíamos hablado ni un segundo de turnos, ni de guardias ni de pacientes. Ni siquiera de médicos y enfermeras, y eso ya es casi increíble cuando hay tres médicos juntos.
Fue toda una aventura, y lo curioso es que esta preciosa cueva se encuentra a pocos metros de una zona turística y comercial, aunque muy pocos la conocen por lo inaccesible. Podría poner en este blog la ubicación, incluso las coordenadas exactas del lugar, pero por respeto a la cueva, y quizás por cierto egoísmo, he decidido que siga siendo un lugar desconocido, un trozo de paraíso en mitad de un acantilado sin nombre.
Y como en estos casos hay que dejar constancia del evento, colgaré algunas fotos...


La entrada a la cueva




En la galería de acceso a la piscina




Casi llegamos










1 comentario:

Miriam dijo...

¡Qué fotografías tan estupendas! Yo no creo que me atreviese a realizar una ruta así... soy demasiado miedosa... Envidia sana... ^^

Un saludito