VÉRTIGO

Nuria gira tres vueltas la cerradura de casa. Clak, clack, clack... la oscuridad del pasillo la recibe. La mujer suspira mientras piensa que su mundo está a punto de naufragar. Los niños, Mario y Amanda de siete y nueve años, están en casa de la abuela. Pablo, su marido, aún no ha llegado. Deposita las llaves sobre el cenicero (estuve en Ibiza y me acordé de ti) y se dirige a la cocina. Quizás una tableta de chocolate calme su ansiedad.
Dos años antes, cuando la economía familiar era fuerte y todos nadaban en la abundancia sólo Pablo trabajaba fuera de casa. Llegaron a comprar un chalet adosado, un audi A4, tuvieron dos hijos como dos soles y viajaban dos veces al año (al sur en invierno y al norte en verano, como debe ser).
Pero la cosa ahora no es igual. La empresa de Pablo apenas da para pagar los intereses de las deudas, ha tenido que empezar a trabajar como contable en un almacén, están a punto de perder la casa y Nuria debe trabajar cada día en una empresa de limpieza. Despidieron a la chica que cuidaba de los niños y los abuelos han pasado a hacerse cargo de los nietos.
Es viernes cuando Nuria llega a casa; las camas están aún sin hacer, los restos de desayuno siguen en la mesa de la cocina, pisa las migas de pan esparcidas por el suelo y al abrir el frigorífico un par de pizzas de jamón y unas latas de cerveza la contemplan con pavor.
-Qué raro- piensa- Pablo suele llegar siempre antes que yo.
Hay una nota escrita con la pulcra caligrafía de su madre sobre la vitrocerámica. Nuria no tiene ganas ni fuerzas para leerla. Seguramente una lista con las cosas que le faltan para el colegio el lunes, o un aviso diciéndole que llegarán más tarde porque salieron al cine con los niños. A lo peor una nota recordándole que han vuelto a llamar los del banco.
Con tristeza infinita se mira al espejo y se acaricia las canas.
-Debo ir a la peluquería- se recuerda. Entonces oye abrirse la puerta, parece que Pablo ha llegado al fin. O quizás es la abuela con los niños...
Es Pablo.
-¿Crees que éstas son horas de llegar a casa?- ella enfurece al percibir que su marido huele a esa mezcla de tabaco y alcohol propia de los bares. Está llegando al límite de su paciencia y lo sabe.
-Mira guapa, llevo un día de perros. Discutí con el jefe, apenas he comido, llevo dos días sin dormir, y si me he quedado a tomar una copa es porque voy a reventar- responde sin mirarla a la cara.
Se cruzan en el pasillo, en ese instante ella percibe el olor de su perfume de toda la vida. Siente una punzada de pena y miedo al pensar que algo se está rompiendo.
-¿Pero es que ni siquiera me vas a mirar?- le grita mientras él se sienta en el sofá y pulsa el mando a distancia- eso es. Te tiras al sofá y pones los pies sobre la mesita. Hazme el favor de quitar...
-¡Joder, ya no puedo estar cómodo ni en mi propia casa!- él también levanta el tono de voz- ¿lo próximo será ponerme a lavar los platos que no lavaste porque estabas viendo la novela?
Cuando ella se da la vuelta él la mira de reojo y nota esas cosquillas en el estómago que sentía cuando eran novios. Nota un miedo glacial, una sensación de vértigo aterrador al notar que algo puede romperse en cualquier momento. Le entran ganas de levantarse, abrazarla y besarla. Olvidar las letras, las hipotecas, las cartas del banco o la mirada inquisitiva del cabrón de su jefe, empeñado en hacerle cuadrar unas cuentas imposibles. Volver a susurrarle al oído que la desea, que es su princesa, que jamás encontró a nadie como ella, que..
-Te estás pasando- ella ahora grita a pleno pulmón- que sepas que dejé de estudiar por cuidar de ti y de los niños. ¡Capullo!
-Sí, de eso estoy seguro. Mira, no te engañes, dejaste de estudiar porque eres una negada para todo.
-Al menos no llego a casa apestando a borracho como otros- ella sabe que ha perdido los papeles, pero hoy le da igual- ni me pasaré la vida arrastrándome como un gusano ante el jefe para mantener un puesto de mierda.
-Quizás las cosas no me vayan demasiado bien- los gin tonics le hacen decir unas palabras nacidas de la impotencia vital- pero te aseguro que no me pasaré la vida fregando suelos y quitando mierda como alguna que yo me sé.
-También limpio Tu mierda so imbécil.
-Me voy de esta puta casa. Eres igual de bruja que tu puta madre- escupe Pablo. Sabe que es ahí donde más daño puede hacer.
-¡Gilipollas! A mi madre no la metas en esto hijo de la gran puta...
-Amargada, es lo que eres.
-Quiero que te vayas, no quiero volver a verte, me das asco, desgraciado.
Nuria abandona el salón y se dirige a la cocina.
Pablo arroja con fuerza la lata de cerveza contra la pared, que rebota en una esquina esparciendo espuma por toda la estancia. La lata cae al suelo y rueda silenciosa sobre la tarima flotante (quince euros el metro en Ikea, cuando Nuria era la chica de sus sueños y amueblaron el modesto piso en dos tardes de besos y risas mezclados con café de máquina y rosquillas suecas). Él observa la lata de Mahou: rueda mientras esparce los restos de cerveza sobre la madera para ir a parar bajo la mesa camilla. Entonces...
Nuria abandona el salón y va a la cocina. Coge la nota de su madre y lee. Entonces...
La lata ha dejado de rodar al tropezar con algo bajo la mesa. Es una zapatilla roja. Con pánico Pablo levanta la falda de la mesa camilla.
Allí encuentra a los dos hermanos abrazados. Entre ambos sujetan una cartulina azul con una gran corazón rojo (Os queremos papá y mamá, sois los mejores del mundo). Los niños lloran asustados y se abrazan con la fuerza que da la desesperación.
Nuria deja caer la nota al suelo (Nuria, dejo a los niños en casa un poco antes de tiempo. He tenido que salir a comprar unas cosas para mañana para el colegio. Son muy buenos niños y me prometieron que pasarían la tarde preparando algo para cuando llegarais esconderse y daros una sorpresa. Se portarán bien. Besos).
Pablo y Nuria se miran y se dan cuenta de su error, de su ceguera. Sin decir una palabra se arrodillan junto a los niños y los cuatro se abrazan en silencio...

PS: Dedidado a aquellas personas que cada mañana buscan un motivo para mantener vivos sus sueños a pesar de todo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

estremecedor y sorprendente final

Miriam dijo...

Sin palabras... me encanta como escribes...

Anónimo dijo...

Y lo triste es que es cierto...Esas prsonitas que caminan a nuestro lado son conscientes por desgracia,muy pronto, de todo lo que ocurre a su alrededor.Y llevar a esa edad al miedo como compañero es lo peor que les puede pasar.
Deberías publicar estos relatos.Saludos.