EL RETO

Esa mañana se levantó con una extraña sensación de vacío. Se había sentido así en varias ocasiones, siempre coincidiendo con los cambios en su trabajo.
Pero esta vez la sensación rozaba el vértigo.
En una ocasión, con dieciseis años, se presentó a un examen si haber estudiado suficiente, sin tener controlado cómo afrontar la prueba. Ahora sus sensaciones eran parecidas.
Afrontaba un nuevo reto simplemente porque su superior directo le había dicho que estaba preparada para ello, que era una persona seria, eficiente y reponsable. Que con eso era más que suficiente, y que el resto era cuestión de rodearse de gente eficaz. Que en unos días se haría con las riendas del trabajo.
Ella sabía que debería negociar con auténticos tiburones de la negociación, lidiar en mil y una batallas, navegar en un campo que hasta hoy le era completamente ajeno.
Esa mañana las ojeras delataban una noche de pesadillas y mil vueltas en la cama. Un desayuno escaso a base de café americano y un croissant mientras la radio soltaba las nuevas mentiras de cada mañana le dieron las fuerzas que necesitaba.
-Joder, ¿cómo me he metido en esto? -pensaba mientras se forzaba a tragar el amargo café.
Ni siquiera sabía donde quedaba su nuevo trabajo. Dos días antes una llamada le confirmaba el ascenso.
-No te preocupes -le dijeron- un chófer te recogerá a las ocho en punto. Luego alguien te enseñará tu nuevo puesto y a las doce nos vemos par apresentarte a tu equipo.
Con treinta y cuatro años era una mujer segura, toda una profesional, una de las mejores. Pero este nuevo puesto...
Cuando oyó el timbre de la puerta su primer deseo fue que llegaran las ocho de la tarde, poder volver al apartamento y desconectar de todo a base de helado de trufas y "Sexo en Nueva York".
Quince minutos más tarde el chófer la dejaba a las puertas del gran edificio donde la esperaba un señor de aspecto serio, vestido de riguroso traje oscuro y corbata. Ella pensó que aquel tipo bien podría ser un actor protagonista de la segunda parte de "Jack el destripador".
Entraron en el lujoso edificio, y su única preocupación era que no se notara el temblor de piernas. Su padre se lo había explicado hace años: Mira al frente, piensa que estás sóla en el campo...y palante...
Mientras el ascensor los conducía a la planta noble no dejaba de preguntarse las causas de que le hubieran elegido precisamente a ella, y precisamente para aquello...
-Y éste es su despacho -el destripador la miraba con un aire de superioridad que la enervó- en el cajón de arriba tiene un sobre, en él tiene las claves del ordenador, las llaves de los cajones y la contraseña de la caja de seguridad. En aquella puerta tiene un aseo. Si me necesita mi extensión en 90654.
-Muchas gracias -ella intentó aparentar seguridad- ¿Me deja sola? Debo hacer unas llamadas.
Jack el asesor salió no sin antes mirar a su nueva jefa con la curiosidad del zorro antes de devorar a un polluelo.
Ella vomitó todo el desayuno en el estrecho servicio anexo a su inmenso despacho.
Luego miró al espejo, esbozó una sonrisa y vio a una chica de ojos marrones, a una niña que jugaba en la playa, a una mujer de la que dependería a partir de ese día el futuro de miles de personas.
-Vamos palante -dijo recordando a su padre.
Con la serenidad de quien sabe que no hay vuelta atrás ella abrió el primer cajón y miró el solitario sobre sepia que la esperaba.
Con el miedo de quien no sabe lo que le espera rasgó el papel.
Con la esperanza de que tendría suerte tecleó las claves.
Tras unos segundos, y tras el consigueinte ronroneo, especie de sutil protesta del ordenador, tres palabras llenaron la pantalla: Bienvenida señora ministra.

1 comentario:

Juana dijo...

¡Gracias! Es que yo también he sido mujer joven ocupando un puesto que "todos" los "tiburones" retrógrados consideraron que no era para una mujer .... cuando lo hice bien dijeron que "me acostaba con el jefe" .... es lo que tienen algunos seres humanos, son "integristas" .... afortunadamente siempre hay gente que te ayuda y te "mira" como a otros ser humano al que hay que apoyar.