PIRATAS

Solo. Mario no se siente abandonado. Tampoco olvidado, negado o ignorado. Se siente solo...
Sentado en el viejo sofá de su apartamento, el joven abogado pulsa sin parar el botón de avance de programas. Contempla con la mirada perdida un programa de corazón donde se un grupo de periodistas homosexuales acusa y acosa a un cantante por su presunta homosexualidad. Cambia de canal y encuentra a unos comentaristas que se gritan a cuenta de quién se acostó con quién. Noche de viernes.
Llueve fuera, son las primeras gotas de un otoño ya cercano, y Mario se va durmiendo entre periodistas morbosos y cerveza. Solo...
Los cinco niños corrían por la calle. Acababan de ver el último episodio de Pipi Calzaslargas y ahora jugaban a ser piratas. Luis era el Corsario Negro, los otros eran simples bucaneros, pero de los realmente crueles. Combates a muerte, duelos sin cuartel y pipas con sal.
Habían merendado pan con nocilla y ahora buscaban dónde esconder el preciado botín sustraído en el kiosco de la esquina...
Mario se levanta y se dirige a la mesa del salón. Sobre la misma, un sobre lacrado, su carta de despido. Sabe que no podrá hacerse cargo de la hipoteca. Y lo peor de todo es que nadie le ayudará. Sus padres, dos ancianos sin apenas recursos, demasiado hacen con subsistir. Su mujer lo dejó hace meses, seguramente le dirá una vez más lo inútil que ha sido toda la vida. Sus compañeros de trabajo demasiado hacen con salvar el pellejo. Solo, se siente inmensamente solo...
Los cinco piratas corren por la calle Olivos. Es casi la hora de despedirse, pero antes deberán acudir hasta su cueva del tesoro. En un descampado a las afueras de la ciudad, bajo la cepa de un olivo, levantan una losa. Los cinco niños se miran en silencio. Se cogen de la mano y con la seriedad propia de corsarios recitan la clave secreta:
-¡Todos juntos, seremos invencibles!
Con movimientos casi ceremoniales, extraen una gran caja de cartón donde guardan su valioso tesoro: El albúm completo con los cromos de Rui pequeño Cid, un paquete de cromos Panini de la temporada 87/88, una figura de mazinger zeta y una peli de cine exin. Depositan dentro de la caja la nueva aportación: un paquete de cigarrillos de chocolate, tres bolsas de petazetas, unos chicles bangbang y un puñado de susgus. Nunca lo habían hecho, pero esa tarde, en un descuido de la dueña del kiosco, se habían armado de valor y habían hecho un gran botín. Antes de guardar el cofre juraron no volver a cometer tal fechoría...
Mañana será otro día. Quizás debería volver a la empresa y suplicar por su puesto de trabajo, quizás debería ir al banco a suplicar por su hipoteca. O quizás suplicarle a Marta una ayuda económica (ya me lo dijo mi padre, le diría, tan inútil como siempre). Quizás debería saltar desde la terraza...
Cuando los cinco amigos vuelven a casa divisan a lo lejos a don Marcelo. Es el policía municipal. Un tipo gordo que se ahoga incluso riéndose (todos recuerdan el día que tuvieron que llamar a la ambulancia al sufrir un ataque de risa cuando le contaron el chiste de la mujer que perdía un perro llamado mistetas). Al ver al policía, de forma instintiva, los niños huyen sin orden ni concierto. Todos logran escapar, excepto uno. Luis Potes padeció la polio y apenas puede correr, eso hace que el gordinflón lo agarre sin problemas.
-¡Ajá, tú has sido uno de los que robó a la kiosquera! -le grita.
-yo,yo... -balbucea el niño.
-De esto se van a enterar tus padres. Se te va a caer el pelo, sinvergüenza.
Todos conocen en el barrio la crueldad de los padres de Luis. Cuando el señor Potes se entere los azotes con la correa están garantizados. No es la primera vez.
El policía coge al pequeño de los pelos y casi lo arrastra por el descampado...
Mario jamás pensó que esta situación llegaría a su vida. Realmente lo que le preocupa no es la pérdida del empleo o de la casa. No es la pérdida de su mujer, sino la absoluta sensación de soledad. Bebe otro trago de cerveza. Entonces suena el teléfono...
Luis Potes ( Poti Poti es su apodo) ya no es el bucanero audaz que unos minutos antes ocultaba un tesoro. Es un niño de diez años que llora mientras es conducido a trompicones por la calle Olivos. No llora por el dolor que le provoca la mano férrea del guardia en su cuello, sino por sentirse humillado, por los azotes que le esperan, por saberse el más torpe del grupo, por no haber sido capaz de huir debido a su maldita pierna. Maldita pierna...Entonces sucede algo. Al final de la calle hay alguien.
-¿Pero hijo, tú que haces aquí a estas horas? -pregunta el policía al niño que se cruza en su camino.
-Poti Poti no ha sido el que robó las cosas a la kiosquera -dice el niño mientras enseña al policía los petazetas, los chicles y los cigarrillos de chocolate- fui yo.
-¡Mi propio hijo robando en un kiosco, me voy a cagar en la leche que mamó Pirri! -el gordinflón suelta a Luis y se dirige a su hijo. De un tirón le arrebata las chucherías y le estampa una sonora bofetada- marcha para casa, que ya hablaremos esta noche.
Dicho esto el policía se aleja dispuesto a devolver el tesoro a su legítima dueña.
-Gracias Pelopincho -dice Potipoti limpiándose las lágrimas que han marcado surcos en la cara de churretes- ¿por qué lo has hecho?
-Somos piratas -responde- tú hubieras hecho lo mismo por mí. Seguro.
Los niños se despiden con un abrazo.
-Además, ya sabes que todos juntos somos invencibles.
Potipoti se aleja cojeando por la acera y Pelopincho vuelve a casa donde su padre, el policía gordiflón le echará la reprimenda del siglo...
Mario observa la pantalla de su Nokia. No reconoce el número. Seguramente serán los del banco. Ojalá el jefe con buenas noticias.
-¿Dígame?
-Mario, ¿eres tú?-suena la voz al otro lado de la línea.
-Sí, soy Mario, ¿y tú quien eres?
-¿Y si te digo que juntos somos invencibles?
-¿¡¡¡ Poti poti...!!!?
-El mismo -responde la voz- y ahora soy Luis Potes gerente de Cargasa, que nadie se entere de lo de Potipoti, jajajaja...
-Me alegro de volver a saber de ti
-Te llamaba para dos cosas. La primera, me he enterado de que tenías ciertos problemillas laborales. Olvíadalos, en Cargasa necesitamos gente.
-Muchas gracias Pot... Luis. ¿Y la segunda?
-Aquella tarde del descampado devolviste los chicles, los cigarrillos y los peta zetas...¿qué pasó con los caramelos sugus?
-Eso te lo cuento delante de unas cervezas...recuerda que somos piratas.
Minutos más tarde Mario Lanzas, Pelopincho, se asoma a la terraza de su apartamento, mira el cielo y sonríe dando gracias a la vida por no abandonarlo.
Entonces empieza a llover sobre su cara y sonríe.
PS: Dedicado a todos los amigos que hicimos durante una infancia de cromos y policías contra ladrones. Aquellas tardes de pan con nocilla y mandarinas robadas....

3 comentarios:

Miriam dijo...

Muy bonito :)

Anónimo dijo...

no sé como lo consigues, pero siempre doy un gran suspiro al acabar de leer tus historias. Gracias. :))

ALEJANDRA dijo...

Es hermoso encontrarse con "buenas intenciones", con soplos de esperanza como los que transmites,deberías publicar a diario,¡GRACIAS!.