VERDES, AMARILLOS, ROJOS. Y NEGROS...

-¡Joder, sal de una puta vez! –grita la voz de su amigo Pedro arriba.

-Un segundo, sólo un segundo…-responde Mario.

-Fuck you, suéltala hijo de la chingada, suéltala o te vuelo los sesos cabrón! -Mario nota el frío acero de la ametralladora del soldado americano en su nuca…

Dos días antes:

Mario Lares sabía que había otras formas de ganarse la vida, pero él había elegido ésta y no estaba dispuesto a renunciar.

A los treinta y cinco años, el joven médico podría tener una plaza fija, chalet, perro y Audi. Mario prefería un trabajo eventual, una pequeña casa junto a la playa, un Ford Fiesta del 2001, y una vida junto a Lidia, su pareja, y Carla, su hija de nueve años.

Desde hacía ocho años Mario formaba parte del operativo de intervención en catástrofes humanitarias.

Lidia nunca se acostumbra. Cada mañana un escalofrío recorre su espalda al encender la radio y poner las noticias. Sabe que Mario saldrá en cuanto haya un nuevo terremoto. El plazo desde que saltaba la noticia hasta la partida no solía superar las cuarenta y ocho horas. El incierto retorno debía ser quince días más tarde.

Siempre lo llaman porque simplemente es el mejor. En los últimos años han sido El Salvador, Indonesia, Nicaragua, Somalia, Haití, Pakistán…

Cuando regresaba a casa Mario apenas hablaba de sus experiencias. Apenas dedicaba una hora a explicar a Lidia cual había sido el trabajo, y luego desconectaba. Intentaba olvidar la inmensa miseria vivida, el viaje a un juego con la muerte. No repetir las imágenes los cientos de decisiones tomadas en apenas unos minutos decidiendo sobre miles de vidas; no revivir cada mirada de personas a las que debió dejar morir porque habían otras más graves.

En unos días todo volvía a la normalidad, desaparecían las pesadillas, apartaba de su mente aquella negociación con los reyezuelos de la guerra para conseguir una caja de antibióticos, o el silencio ante la injusticia para evitar que los expulsaran, para poder ayudar.

En el área de trabajo debía centrarse en aplicar los protocolos, estaba demostrado que era lo único que funcionaba: salvar lo que se pueda salvar con el menor daño posible, no salir dañado y no provocar el daño a sus compañeros. Triaje de urgencias, selección de víctimas. Etiqueta verde a los heridos leves, amarilla a los menos graves y roja a los graves. Etiqueta negra a los muertos o inviables. Verdes, amarillos, rojos…y negros. Sin prisas, sin parar.

En esta ocasión había sido el norte de República Dominicana. Más de veinte mil víctimas, doscientas mil personas sin hogar, cinco ciudades destruidas, un país de rodillas, colapsado, donde mueren las leyes, donde mandan los soldados, un pueblo en manos de la ley del más fuerte.

Mario había partido con su equipo veintisiete horas más tarde de la primera sacudida.

El equipo de salvamento estaba compuesto por nueve componentes: tres bomberos, dos técnicos de transporte, dos enfermeros, un médico y un perro.

Dos horas tras la llegada, un grupo de soldados de la Marina de los Estados Unidos los escoltaba hasta su zona de trabajo: un colegio a las afueras de Santo Domingo.

Eran las seis de la tarde cuando llegaron a las ruinas de un colegio semiderruido, donde cientos de dominicanos retiraban escombros sin orden ni concierto. Unas sábanas tapaban los cadáveres de siete niños y dos adultos. Una rata mordisqueaba una mano que asomaba obscena entre hierros torcidos y hormigón.

El inicial recelo de los dominicanos ante la llegada de los dos jeeps se convirtió en colaboración en cuanto percibieron que trabajar con los recién llegados mejoraría la situación.

En apenas unas horas el trabajo de desescombro avanzó de forma espectacular. A las 21 horas veinte minutos, mientras trabajaban en lo que parecía una cocina a punto de derrumbarse Zambo, el perro de aguas del cuerpo de bomberos empezó a rascar inquieto señalando con su hocico un imaginario punto bajo los escombros.

Aunque lo había repetido mil veces, Mario no pudo dejar de emocionarse. Allí abajo había alguien. Zambo jamás se había equivocado...

Entonces el trabajo empezó a volverse más frenético, más intenso, más peligroso. Mario conocía los riesgos de la situación. Un grupo de voluntarios empezó a sacar escombros sin control mientras gritaban, otros llamaban a su familiar perdido esperando una respuesta imposible.

Finalmente la Thermo- Scan Allux 215 detectaba un hueco con un cuerpo vivo a dos metros bajo los escombros. Media hora después lograban meter una micro cámara hasta el cubículo. Se trataba de una niña de unos ocho años. La cámara captaba el brillo dos grandes ojos en la cara redonda de una niña, el pelo encrespado y la boca con expresión aterrada al descubrir una pequeña cámara que se movía escrutándola. Amalia, la bombero jefa de grupo de rescate observaba junto a Mario la pantalla unos metros más arriba.

-Es guapa la nena –dijo ella.

-A ésta la sacamos Amalia –respondió él- vamos.

El trabajo debía ser metódico. Tenían unas horas más antes de que los soldados dictasen la vuelta a la base. Sabían que tarde o temprano llegarían. Lo habían hecho cientos de veces, simplemente era cuestión de ir quitando escombros con cuidado, fabricando un túnel por donde sacar a la niña, entrar y salir. Fácil. O no…

Habían pasado ochenta y siete minutos desde que detectaron a la niña. Trabajaban en turnos agotadores de siete minutos y casi habían conseguido llegar. Ahora era Mario el que estaba apartando rocas. Las sacaba una a una y las entregaba a Pedro, el veterano enfermero. Éste las sacaba a la superficie.

Finalmente Mario movía un tablón y descubría el hueco. Enciende una linterna y descubre la cara llorosa de la niña:

-¡Ayúdeme señor, por favor no me deje aquí! Hace frío…

-Tranquila princesa, dame la mano.

-No puedo moverme señor, estoy enganchada de un pie.

-¡Ya la tenemos! –Grita- ¡voy a sacarla!

Entonces sucede lo que jamás debe suceder. Lo que siempre le explicaron en los mil cursos de salvamento, lo que ha ensayado cientos de veces. Una réplica.

Mario lo nota inicialmente como un trueno lejano, luego nota que el mundo se mueve a su alrededor.

-¿Qué pasa señor? –la niña grita desde la oscuridad.

Mario sabe que no tiene más opción, que son las normas; los protocolos lo dicen y no hay otra. Deben salir lo antes posible. Hay que abandonar la zona porque el equipo de salvamento no puede ponerse en riesgo nunca. Nunca…

-Debemos evacuar Mario, lo sabes. Esto se va a venir a bajo y nos machaca. A todos.

-Pedro, en cinco minutos la tenemos fuera, no me hagas esto.

-No eres tú, ni yo. Sabes que necesitamos doce minutos, que necesitamos cinco personas para extraerla con unas garantías mínimas de seguridad, que…

Entonces unas piedras empiezan a moverse alrededor de los dos cooperantes…Pedro ha salido dejándolos solos en el angosto túnel.

Mario introduce una mano en el hueco y logra agarrar la mano de la niña…

-¡Joder, sal de una puta vez! –grita la voz de su amigo Pedro arriba.

-Un segundo, sólo un segundo…-responde Mario.

-Fuck you, suéltala hijo de la chingada, suéltala o te vuelo los sesos cabrón! -Mario nota el frío acero de la ametralladora del soldado americano en su nuca…

El movimiento se hace más intenso, caen cascotes alrededor del médico. El soldado recoge el arma y sale. Mario lo sabe, no hay posibilidades para la pequeña. Debe salir pero no puede soltar esa mano.

-Tranquila princesa, te vamos a sacar.

Entonces oye la voz de Amalia, su jefa.

-¡Mario sabes que no tienes ni un minuto, nosotros salimos! No te ordeno que subas, pero ¡acuérdate de tu hija y sal de una jodida vez!

Han pasado dos minutos. Los miembros del equipo de salvamento abandonan el colegio a punto de derrumbarse. Falta Mario Lares.

Entonces cedieron definitivamente los cimientos. Un ruido ensordecedor precedió a la columna de humo. El techo y las paredes que aún quedaban en pie cayeron sobre los restos del colegio.

Los cooperantes se sientan en el suelo abatidos. Tanto esfuerzo para nada, para perder a uno de los mejores por un error de principiante.

Amalia aprieta los puños hasta sangrar, con su otra mano acaricia al lanudo Zambo.

Entonces nota cómo el perro entra en tensión, cómo levanta el hocico señalando, cómo señala con la pata un punto indefinido bajo los escombros…

-¡Maldito cabezota!

Noventa minutos más tarde el equipo de rescate logra llegar a una oquedad bajo los escombros. Mario sujeta los restos de maderos evitando que todo se venga abajo mientras abraza a la niña. La extracción de los dos cuerpos duró quince minutos. Ambos respiraban con dificultad, ambos con bajo nivel de conciencia, ambos agotados pero vivos. Rojos…

La mañana siguiente Amalia visita a Mario que descansa en una camilla prácticamente recuperado.

-La niña se llama Camila –le dice- dice que un señor de pelo amarillo la sacó del infierno.

Mario sonríe agotado.

-Sabes que no debiste hacerlo ¿verdad? –dice ella.

-Lo sé, pero así son las cosas.

-Me queda una duda, si no quieres no me respondas –se miran a los ojos- ¿Porqué te quedaste incluso a pesar de te recordé a tu hija?

-Precisamente me quedé por eso, porque me la recordaste –responde Mario.

PD: Dedicado a los que cada día tratan de convertir en posible lo improbable. Pero especialmente a aquellos que son capaces de darlo todo por convertir lo imposible en probable.

6 comentarios:

Miriam dijo...

Siempre consigues emocionarme... :)

carmen dijo...

Nunca dejes de escribir!

Anónimo dijo...

muchas gracias por emocionarme de esa forma!

Anónimo dijo...

Como siempre INCREIBLE, un abrazo compañero, como dicen por ahi en otro comentario no dejes de escribir.

lolibel dijo...

Es una historia que hace llorar de alegría ,gracias por contarla.

Anónimo dijo...

escribes de miedo... siempre acabo con lágrimas en los ojos y los pelos de punta