CAMBALACHE

Siglo veinte cambalache, problematico y febril... decía el viejo tango que ahora suena en sus oidos de esa forma que sólo los argentinos saben decir: arrastrando las sílabas, recreándose, adornando las vocales, imaginando acentos imposibles.
El joven Víctor Bárcenas tiene la impresión de que se ha perdido algo...Conduce de vuelta a casa y en la radio suena el viejo tango. Siglo veinte cambalache...
Ramiro siempre insistía en que su acento no era argentino. Él era uruguayo, pero para todos era el enfermero argentino. A sus cuarenta y cinco años y más de veinte años en España trabajando como enfermero sumaba su participación en campañas de lucha contra el SIDA en Kenia, las colaboraciones en equipos quirúrgicos en los campos de refugiados y su experiencia en socorrismo acuático. Moreno, aunque de pelo escaso y con algunas canas. Grandes ojos marrones, expresivos y directos. Alto y espigado gracias a interminables horas de gimnasio, tenía tres pasiones: Su compañera Lara, una guapísima cordobesa; su hijo Leo, diez años de vitalidad y pelos alborotados. Y el tango...
Víctor lo había conocido tres años atrás cuando aún era residente. Siempre con una sonrisa, siempre con las cosas muy claras, siempre tarareando alguna canción de Gardel, Goyeneche o Alfredo Belusi mientras cogía una vía o curaba una herida.
-¿Por qué siempre cantas tangos? -le preguntó un día
-Sirven para espantar los malos espítritus -le respondió- además en las letras del tango se dicen las cinco verdades de la vida: amor, pasión, venganza, traición y dinero.
Desde esa noche ambos se habían hecho grandes amigos. En las madrugadas imposibles en las que todos dormían, Ramiro traía viejas grabaciones y las comentaba con Víctor. Hablaban de la vida, del amor, del dolor.
Una noche habían comentado el gran dilema: hasta donde estarían dispuestos a luchar en caso de enfermar.
-No sé hasta donde llegaría -dijo Víctor.
-Yo lo tengo muy claro -respondio el uruguayo- el día que sepa que la parca viene a por mí, no de daré chance de regodearse. Me quito de enemedio y punto.
Pasaron los meses. Y el dolor llegó a la vida de Ramiro. Como casi siempre, la enfermedad decide marcar con su mano siniestra de la forma más vil y rastrera. Como siempre sucede, la muerte decidió jugar al escondite y el invitado era Ramiro Mendoza. Una leucemia aguda, debilitante y progresiva que lo mataría en menos de un año. Sin esperanzas...Ninguna esperanza, y ambos lo sabían.
Y entonces el enfermero de ojos marrones pasó al otro lado de la trinchera. Ahora no compartían cigarrillos en la puerta, ni cenaban bocatas de mortadela mientras comentaban las letras tremendas de Cátulo Castillo.
La muerte venía de frente, y ambos sabían que la cosa no tenía arreglo. Pero Ramiro seguía tarareando viejos tangos mientras esperaba el fin de la enésima analítica, mientras recibía una nueva transfusión. Siglo veinte, problemático y febril...
El hombre atlético y ágil pasó a ser un amasijo de huesos pálido y ojeroso que se desplazaba en silla de ruedas con su mantita a cuadros sobre el regazo y su sonrisa a modo de excusa vital.
Aquella noche había sido especialmente rara. Quedaban dos pacientes en la zona de observación: Un chico que dormía su inquieta borrachera y Ramiro.
Casi todos dormitaban en la tranquilidad de esas escasas noches apacibles.
Ramiro llamó a Víctor y estuvieron compartiendo unas letras. Esa noche el joven médico notó que a su amigo le faltaba luz en la mirada.
-¿Te pasa algo? -le preguntó.
-Creo que llegué al final del camino mi amigo.
-Te voy a preguntar algo, porque creo que puedo hacerlo.
-Dime.
-Siempre dijiste que si enfermabas así te quitarías antes de enmedio, que...
-Que no dejaría que la enfermedad jugara con mis depojos -repuso- si siempre lo dije.
-¿Y por qué luchas?
-No lucho -repuso el uruguayo- No lo hago por creencias religiosas. No lo hago por la esperanza de curarme, pues sé como viene esto. No lo hago por seguir vivo, pues sé que el camino se acabó hace meses para mí. Únicamente lo hago para que mi hijo nunca me vea derrotado. Para que nunca piense que a su viejo lo vencieron, para que siempre me recuerde luchando. Ahora ya lo sabes...
Quince días más tarde Víctor Bárcenas acudía al funeral del que fuera su amigo. Llovía con fuerza. Ramiro se había ido. Seguía la vida, una cordobesa de ojos profundos caminaba con un niño de pelo azabache. Ambos se mojaban, ambos miraban al frente. Entonces Víctor empezó a tararear una vieja canción.
Siglo veinte cambalache, problematico y febril...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé si te lo he dicho antes: por favor, escribe, ¡ESCRIBE!, no es una petición, es un mandato con la autoridad que me puede dar el seguirte como si fueras un periódico de esperanza que cada mañana quisiera recibir... Hay en tus letras un trasfondo de nostalgia, de realiad "mascada",trgada y digerida, hasta el punto de que la supuesta ficción es demasiado real para que lo sea.
Escribe "de verdad", en papel, da igual que sean libros de bolsillo o encuadernación de lujo, presenta esto tan bello a algúna editorial, ¡¡¡por favor!!!,haces que uno se sienta bien aunque el regustillo sea amargo y dulce a la vez. Y gracias, gracias por esa belleza de alma que es quien te inspira.
Saludos. J.

Juana dijo...

La Vida es como es, las decisiones se toman en cada instante, todo se transforma en cada situación, solo existe la impermanencia, dejémonos llevar por la incertidumbre .... ¡gracias!