CLOE Y LA PARTIDA DE PÓQUER

Fabio había decidido que esta vez la cosa iba en serio. No tenía ni la más mínima duda al respecto.
Tantos años a sus espaldas, tantas caricias, tantos cuerpos, tantas camas ajenas. Y al fin tenía la plena seguridad de que ella era la mujer de su vida.
Se habían conocido una tarde de lluvia a la salida del inmenso bloque de oficinas y lo que empezó con un paraguas compartido acabó con unos croissants mezclados con chocolate y risas.
Aquella noche descubrieron una habitación en un hotel de sueños robados y palabras secretas. Esa noche le regaló un trozo de luna llena.
Habían pasado tres meses y ahora no concebía la vida sin Cloe. Ella era su aire, su risa, su placer. Era su droga, su sueño, su mañana. Su vida.
Noche parisina...
Esa noche era una más, pero él no quería que lo fuera. Ésa iba a ser la noche más importante de su vida.
El reloj a punto de marcar la medianoche cuando Cloe y él miraban una escurridiza luna mientras apuraban la botella de Château Petrus. La había invitado a un fin de semana en París y ahora descansaban en la gran habitación del Champs Elysées Plaza. Desde la gran ventana veían cómo la ciudad de la luz titilaba a sus pies.
Entonces sucedió.
-Cloe quiero que sepas que jamás encontré a nadie como tú -le dijo mirándola a los ojos- y que estoy convencido de que jamás encontraré a nadie igual. Eres todo cuanto necesito, me colmas, me llenas y me haces completamente feliz. Cloe, en unas semanas has pasado a serlo todo en mi vida.
Dos horas más tarde Fabio compraba el primer billete para Madrid.
-¿Viaja solo el señor? -preguntaba la empleada de Spanair.
-Sí, un billete por favor -respondió sin poder olvidar aquella mirada.
Fabio siempre había jugado con las cartas marcadas, siempre había pisado sobre seguro. Hasta esa noche. Por primera vez había puesto su juego sobre la mesa, había enseñado sus cartas.
Y dos segundos más tarde de descubrir su jugada comprobó que llevaba las cartas perdedoras. Cloe lo miró con cara indecisa, luego sonrió y con la mano derecha acarició su mejilla:
-Fabio, necesito tiempo -le respondió- además, sabes que...
Mientras el Airbus A310 despegaba pesadamente Fabio sabía que dejaba atrás a Cloe para siempre, que posiblemente se equivocaba, que quizás se arrepentiría, que volverían las noches de camas ajenas, de labios extraños y caricias prestadas. Pero también sabía que quien lo da todo no puede conformarse con recibir una duda.
Así vienen a veces las cartas en la vida, y quizás es así como debe ser. Lo más triste es que hay partidas donde todos pierden.

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